jueves, 27 de mayo de 2021

El Ratón Pérez

 

Son las siete en punto de la tarde. Damián toca el timbre del piso nueve del edificio que está en Arenales y Maipú. “Ya bajo”, dice una voz femenina. Espera unos minutos más. Una mujer de unos cuarenta años le abre la puerta y lo dirige hasta el ascensor. Cruzan un par de palabras y sonríen. La mujer lo hace pasar al consultorio del doctor Pérez. Como todavía sigue la pandemia del Covid le pone alcohol en las manos, un camisolín y una cofia. Le pide la radiografía y lo hace pasar. Llegando al escritorio le pregunta qué muela se va a sacar. “La de la derecha”, le contesta. La secretaria lo hace acercarse al escritorio y le da unos papeles para firmar. Lee y se asusta un poco, sobre todo cuando dice “partes de la muela pueden llegar a ser tragadas”. Se arrepiente un poco de haber ido. Después de todo el dolor que sentía no era constante y bastante soportable. ¿Podía decir que no e irse? ¿O ya no tenía escapatoria? Decide ser valiente y pone la firma. El doctor lo llama enseguida. Eso es lo bueno de la pandemia. Ya no hay que aguardar horas en la sala de espera. Deja su mochila en un banquito y se sienta. El doctor Pérez le explica que va a sentir un tirón muy, muy fuerte, pero que no le va a doler. Le da un escalofrío. Se enjuaga la boca como le indica. El dentista acomoda el asiento y lo enceguece con la lámpara. Abre la boca y se entrega al sufrimiento. Le da un primer pinchazo que no duele tanto. De fondo se escuchan Los Piojos. Por lo menos su verdugo tiene buen gusto musical. Imagínense sacarse la muela del juicio con un hard rock. Cuando se quiere dar cuenta tiene la aguja otra vez en la boca. Ese pinchazo sí duele. Siente como el líquido se le va metiendo adentro de la encía. ”Vamos a esperar unos minutos”, le dice Pérez. Damián lo mira y trata de descifrar su apariencia debajo del barbijo y la máscara. Con el tema del Covid no tuvo una consulta previa. Fue todo por Whatsapp. Por lo tanto, estaba por escarbarle la boca alguien que ni siquiera había visto ni por foto. Una especie de cita a ciegas. O peor. Es como entrar a una habitación a tener sexo con alguien que no viste en tu vida. El dentista se acerca y dice que va a empezar. Le mete una pinza gigantesca y empieza a tirar. Siente dolor. No debería sentir dolor. Comienza a emitir sonidos para que se dé cuenta de que algo no anda bien. Me mira y me pregunta si me duele. Le dice que sí y saca la aguja de nuevo. Siente otra vez el líquido metiéndose en mi encía. Espera un minuto y empieza a tirar. Nuevamente dolor. Vuelve a gritar. Lo mira sorprendido porque todavía su boca no está dormida. “Vamos a esperar un par de minutos más”, le dice un tanto impaciente. Luego de un par de minutos vuelve a tirar, pero Damián ya no siente nada más que grandes tirones y la sangre tibia invade toda la boca. De repente el dolor aparece nuevamente, pero en el labio. Sin darse cuenta, el doctor está apretando la pinza contra su labio superior. Empieza a hacer ruidos para llamar su atención. “¿Te sigue doliendo?”, exclama algo molesto, pero cuando mira bien se da cuenta de lo que sucede. Quita la pinza, pero ya es tarde, la herida ya está hecha. Sigue escarbando un poco más y cuando Damián piensa que ya está por terminar, empieza lo peor. Los tirones cada vez se hacen más fuertes. Parece que le va a arrancar toda la dentadura. Cierra los y se retuerce de los nervios en asiento. Se agarra la ropa y respira profundamente. El dentista le dice que no tenga miedo, pero lo tiene y mucho. ¿Qué es lo que quiere de él? No pareciera una simple extracción. Siente que algo le toca la cara. Está a punto de abrir los ojos, pero justo el doctor Pérez le dice que se quedara quieto. El corazón le late muy fuerte. Hay algo que no está bien. Siente nuevamente que algo le toca la cara. Abre lo ojos y casi se muere. Tiene una rata gigantesca escarbándole la boca. Quiere gritar, pero no puede. Si se llega a mover un milímetro la pinza puede lastimarlo. Cada vez siente que sale más sangre. Pero la rata no parece darse por vencida. Quiere su muela a toda costa. ¿Qué hará con ella después? Siempre fue un misterio el porqué un ratón junta los dientes y se los lleva a cambio de dinero. ¿Le dará plata después de semejante tortura? La rata se acerca un poco más a su cara. Ya no lleva puesto ni el barbijo ni la máscara. ¿En qué momento se lo había sacado? ¿Era por eso que estaba todo tapado? Siente como su pelaje lo toca y le da un escalofrío. Que animal tan repugnante. Hubiera sido más feliz sabiendo que el ratón Pérez eran los padres. Los tirones se hacen cada vez más fuertes. Le gustaría saber qué está pasando, pero obviamente las circunstancias no le permiten emitir una sola palabra. De repente siente algo sólido rodando por su lengua y se acuerda del papel que firmó. ¿Qué pasaría si ese pedacito de muela entra en su garganta y se muere asfixiado? El susto le dura un segundo, porque la garra de la rata es más rápida y saca el pedacito antes de que pudiera caer. No cabe duda de que no piensa dejar ni un milímetro de la muela dentro de él. Siente que está adentro de ese consultorio hace horas. Está cansado y quiere que pare. En ese instante parece que sus deseos se hacen realidad. La rata suspira. Damián que está con los ojos cerrados siente un golpe. Abre un ojo y después el otro. La rata ya no está. Solo está el doctor Pérez que se ve exhausto. Le dice que sacó prácticamente toda la muela, pero que tuvo que dejar una pequeña puntita que estaba muy agarrada y que para sacarla tendría que romper el hueso y no valía la pena. Damián le pregunta si puede ver la muela extraída. El doctor le clava los ojos, pero acepta mostrársela. Lo hace de lejos. Damián se acerca para verla mejor, pero el dentista se la corre y la vuelve a poner en su lugar. Siente la boca prendida fuego. Lo que le espera cuando se vaya la anestesia. Sin dudas la otra muela que debía sacarse quedaría en el lugar. No quiere encontrarse nuevamente con esa rata inmunda. Pérez le da un papel donde están todas las indicaciones de lo que te tiene que hacer en las próximas horas y le hace una receta para unos antibióticos y un calmante. Le da las gracias mientras se saca la cofia y el camisolín y una vez que guarda todo se retira del consultorio. Antes de salir mira para atrás y lo ve al doctor Pérez mirando a la muela totalmente hechizado y a su larga cola moviéndose despacio.



jueves, 20 de mayo de 2021

Carapantalla Municipal

 ¿Ustedes se quejan de sus vidas? ¿Qué tengo que decir yo entonces? Que soy invisible. Bah, en realidad tan invisible no soy porque cuando el perrito no tiene un árbol para levantar la pata, ahí me ven perfecto. Ah y en época de elecciones ni les cuento como me ven. ¿Acaso no tienen otro lado donde escribir “Macri gato” o “Cristina chorra? Encima a veces me hacen bigotes. Muchachos, el bigote me queda horrible. Prefiero los cuernos, miren lo que les digo. Total, a mi nadie me da bola, así que menos me van a meter los cuernos. No soy como los chupetes backlights que con sus luces encandilan a todos. Encima tienen esos cristales que llueve y no les pasa nada. A mí, caen dos gotas y ya la promoción del concierto de Arjona se transforma en la octava de Rápido y Furioso. Aparte soy presa fácil para los enojados. Ven algo que no les gusta y ¡Zaz! Me arrancan el papel de un tirón ¡Qué dolor! Ya les digo. Mi vida no es nada fácil. Ojalá fuera una gigantografía, que tienen una vista bárbara. O mejor uno de los que van pegados en el vidrio de atrás del bondi. ¿Saben lo que daría por ir recorriendo los barrios de Buenos Aires? También estaría bueno ser de los que están en el subte, en el tren o en la parada del colectivo. Ahí si que te prestan atención. Imaginate que con lo mal que funciona el transporte en Argentina siempre hay demoras, por lo tanto, a la gente no le queda otra que mirarte. Aparte también podés escuchar las conversaciones de la gente. Qué divertido debe ser eso. Yo las escucho también, pero como pasan caminando rápido siempre me quedo con la intriga de cómo terminó la historia. Lo único bueno que rescato de mi vida es que el paisaje siempre me cambia a lo largo del día. Hay momentos en que pasan más autos y más personas y otras que está más tranquilo y puedo descansar. Aparte en la posición en la que estoy tengo la primicia de los choques o si un auto insulta al otro. Las gigantografías, por ejemplo, están tan alto que no ven con nitidez lo que pasa. Yo en cambio se qué auto fue el que hizo mal las cosas. A veces hasta puedo predecir cuando alguno se la va a mandar. Bueno, también me gusta cuando la gente me sonríe. Porque yo se que dije que me insultan y me escriben, pero cuando la gente ve algo que le gusta o le interesa se paran a mirarme con detenimiento y se ponen felices. Y lo mejor es cuando esas personas tienen bebés. Amo a los bebés. Duermen en cada posición los locos. Hablando de dormir, otra cosa que está buena es que a la noche yo puedo hacerlo. Otros carteles no pueden porque tienen todo el tiempo luces en la cara.  De eso siempre agradezco. ¿Saben lo que debe ser no poder decirle chau al mundo por algunas horas? ¡Terrible! Y si sigo pensando, es verdad que la lluvia arruina mis promociones, pero por lo menos puedo sentirla. Algunos no tienen ese privilegio, porque están encerrados en una cajita de cristal o bajo techo. No tienen idea lo lindo que es darse una duchita de vez en cuando. 

Bueno, pensándolo bien, tal vez exageré un poco. Se puede decir que no es tan difícil ser yo. Por lo menos no tengo que preocuparme por temas de plata, que yo sé que a ustedes los agobia mucho. Tampoco nunca nadie me va a romper el corazón ni voy a sufrir la muerte de nadie. ¡Qué triste es su vida! La verdad tienen razón, mejor síganse quejando, tal vez algún día tengan la fortuna en reencarnar en un carapantalla municipal como yo. 





miércoles, 12 de mayo de 2021

38 huevos - El final

Cuando por fin entendí que no iba a decir ni una sola palabra, me acerqué al mostrador, lo miré a los ojos y le dije "Así que no vas a hablar" y con el brazo le pegué a la pila de huevos que había. Algunos cayeron al piso. Conté tres docenas. Luego del exabrupto planificado me fui. Cuando llegué a mi casa, lloré, pero de la bronca. Me sentía humillada. ¿Cómo iba a engañarme a mí? Y encima lo peor era que era la segunda, porque la novia oficial era la otra. Y eso creo que era lo que más bronca me daba. Yo no soy la segunda de nadie. Pasaron casi dos días hasta que recibí su llamada. Dos días. A la otra le había caído en la casa el mismo día del incidente. Lo sabía porque la piba me siguió hablando. Por algún motivo se me quería hacer la amiga y por ese mismo motivo cuando le corté la amistad, ella cambió totalmente su actitud hacia mí. Pero no en ese mismo instante, sino días después cuando se enteró de que el pollero me estaba hablando nuevamente. Resulta que cuando finalmente decidí atenderlo y contestar sus mensajes, se me empezó a hacer el perro arrepentido. Como les dije, era una persona muy manipuladora por lo que, si bien no llegó a convencerme de que volviera con él, si me hizo pensar que se merecía mi perdón. Es por eso que quedamos en que iría al local a que me explicara todo lo que había pasado. Me citó a las dos y a las dos estuve puntual, pero él no estaba ahí. Mientras esperaba me llegó un mensaje de ella, muy agresivo, diciéndome que dejara en paz a su novio. La ira me subió por el cuerpo súbitamente. No solo por cómo me hablaba la piba, sino porque me estaba enterado de que habían vuelto. Una vez más había sido engañada. La segunda vez en una semana. Demasiado. Me llegó otro mensaje, pero esta vez era de él. Me preguntaba si podíamos encontrarnos a las cinco ya le había surgido “algo” y no podía llegar. Ese “algo” era ella. Le dije que estaba “ok”, que iba a ir más tarde. Lo que no le dije era lo que le esperaba cuando llegara. 


A las 16:55 empecé a caminar las cinco cuadras que separaban mi casa de la pollería. A las cinco en punto crucé la puerta del local y, como me imaginaba, no solo me lo encontré a él sino también a ella detrás del mostrador. “Esta vez vas a hablar”, le dije sin siquiera decir “hola”. “Con el local abierto no voy a hablar”, me contestó. “Si vas a hablar. Quiero que me expliques todo y quiero que lo hagas delante de ella”, le ordené. “Con el local abierto no voy a hablar”, volvió a contestar. “¿Así que con el local abierto no vas a hablar?”, le dije y automáticamente me puse a cerrar el local. Primero cerré la puerta y luego corrí las cortinas. Él respiró hondamente y salió detrás del mostrador. Ella permaneció ahí sin decir una sola palabra. Mientras terminaba de cerrar la última, él empezó a abrir el resto. Se la quise volver a cerrar, pero no me dejó. “Pará, calmate”, me dijo sin levantar ni siquiera un poco la voz. Como no me calmé nada empezamos a tironear. La ira me invadió de nuevo y no me pude contener. Solté la cortina y mi mano se dirigió a su rostro para pegarle un cachetazo. Me la detuvo. Sin pensarlo saqué la otra y le quise pegar del otro lado. Me la agarró también. Entonces, con las dos manos sujetadas, giré mi cintura y le pegué una patada en los testículos, cual burro. No le quedó otra que soltarme. Mientras iba cayendo despacio al piso le grité que no me buscara más y me di vuelta y señalando a la piba le dije “y vos tampoco”. La escena que quedó cuando me fui era digna de ser filmada, pero lamentablemente no había nadie con una cámara para grabar el momento. Después de eso, aunque no lo puedan creer, tiempo después me volvió a llamar y a convencerme de que se había equivocado y bla bla bla. Hasta volví a ir a verlo, pero no hubo ni golpes ni huevos rotos. Simplemente cuando me terminó de decir su sarta de mentiras e intentos de manipulación, me di media vuelta y me fui. A mi pesar, su local continúa en el barrio, pero él se quedó pelado. El karma. Al principio lo esquivaba yendo por otros caminos. Sin embargo, cuando sentí que todo ya estaba superado volví a caminar libre. A veces me lo cruzo y nos miramos. Me pregunto cómo recordará aquellos días. ¿Pensará que estoy loca? ¿O habrá atribuido mi ataque a mi juventud, como lo hago yo hoy en día?  No sé. Lo único que sé es que de esa relación aprendí mucho. También sé que es una anécdota que no puedo contar más, porque cada vez que alguien la escucha, inmediatamente se olvida de toda mi trayectoria amorosa. De lo único que se acuerda fue de cuando fui a la pollería y le rompí treinta y ocho huevos al pollero. 




jueves, 6 de mayo de 2021

38 Huevos II

 Al día siguiente, a pesar de que no había sido una cita ideal, lo pasé a visitar a la pollería cuando volví de la facultad y al otro día cuando volví del gimnasio. Pronto esas visitas se volvieron un ritual. Cada vez que pasaba por el negocio, entraba aunque sea un ratito a estar con él. Tanto en las citas que teníamos, como en las visitas express nos reíamos, la pasábamos bien, pero había algo que no me gustaba. Sentía que era una persona bastante manipuladora. Todo el tiempo pretendía que hiciera lo que él me pedía. Me ponía cara de pobrecito, me daba un discurso y yo se suponía que tenía que ceder. Sin embargo, como siempre tuve un carácter fuerte y sobre todo a esa edad, nunca logró imponerse sobre mi. Quizás con unos años más de experiencia hubiera huido antes, pero no lo hice. Me quedé aunque en el aire se sentía ese olor a que algo no estaba bien. Me quedé porque, aunque frente a mí tenía el claro del bosque, no lo quise ver. Resulta que en un lapso corto de tiempo (no sabría decir cuánto porque la relación en sí fue muy corta), sucedieron una serie de hechos que mirándolos desde lejos me hacen dar ganas de gritarme “Amiga date cuenta”. La cosa empezó una noche que volvía del gimnasio haciéndome mucho pis. Por eso, cuando llegué a la pollería, en vez de parar como hubiera hecho en cualquier otro momento, seguí caminando, pero vi algo extraño. Vi a una chica sentada en el cantero que estaba afuera y cuando me di vuelta, él salió del local y se sentó al lado de ella. Como pensé que era una amiga, no le di mucha importancia. Lo que sí me hizo ruido fue cuando al día siguiente lo visité y me dijo que si alguna vez lo veía con alguien en el local que no fuera cliente, que no pasara. ¿Qué clase de pedido era ese? En ese momento no dije nada, pero mi cabeza quedó recalculando. El segundo hecho que me dejó pensando fue cuando un día que estaba con él, le sonó el celular y atendió diciendo “Hola, Gordi”. ¿A quién le decía gordi? Me dijo que era la madre, pero nunca había escuchado a ningún hijo nombrar así a su mamá. Volví a hacer ojos ciegos, porque a veces el amor es creer o reventar y como yo no quería reventar, opté por creer. Después de eso hubo un último suceso, que fue el que tendría que haberme cacheteado, pero ni eso me alcanzó. Una tarde, ya que hacía un par de semanas que estábamos saliendo, le pregunté si tenía Facebook. Cómo me dijo que no, lo primero que hice cuando llegué a mi casa fue buscarlo. No tardé mucho en encontrarlo y en ver que en su foto de perfil estaba abrazado a una chica. Casi que enloquecí, pero decidí calmarme. No podía ser tan idiota de decirme que no tenía Facebook sabiendo perfectamente que lo podía encontrar. Me fijé la fecha de la foto. Era de un año atrás. Seguramente era de la ex. ¿Tenía una ex? A la noche me junté con mis amigos y le conté la situación. Todos agarraron mí teléfono y empezaron a stalkearlo. "Este Facebook está muerto", dictaminó uno de los chicos. "Esa debe ser la ex", continuó. El veredicto de mis amigos me dejó un poco más tranquila, pero las cosas no iban a quedar así. Al día siguiente, me hice la estúpida y le pregunté si había estado de novio así podía sacar cuentas. Me dijo que sí y la historia que me contó me dejó satisfecha. Error. Nunca debí haberme conformado con ese cuento barato y sobre todo cuando mi intuición me decía lo contrario.  En fin, cómo la vida se dio cuenta de que no me iba a sacar la venda de los ojos, una tarde me llegó un Whatsapp de un número desconocido preguntándome por Gastón. Antes de contestar nada pregunté quién era. "Soy la novia", me respondió y yo me quedé sin reacción. Después de hablar un poco y enterarme de que estaba de novio hacía dos años, acordamos con la chica caerle las dos juntas al negocio para ver qué decía. Cuando llegamos, me preguntó cómo lo había conocido, hacía cuánto salíamos y algunas cosas más. Ella me dijo que no era la primera vez que se lo hacía y no pude entender cómo era que seguía con él. "Yo le voy a romper algo", le dije y entramos las dos. Él nos miró incrédulo. Sus pesadillas se habían hecho realidad. Tanto él como la novia se quedaron callados. Parecía ser yo la única abatida por lo sucedido. Quise gritarle, pero no me salía hacerme la loca. Por lo que traté de hablarle en el tono más enojado que tenía. "Decile que que estamos saliendo", le empecé a "gritar". "Contame quién es ella", continué. Mientras tanto, él lo único que hacía era preparar milanesas y repetía como un loro "No voy a hablar".