miércoles, 27 de mayo de 2026

Crimen - Parte II

 1984, casa de Cristian Crat


Cristian escuchaba su casette de Virus cuando tocaron la puerta. Era Diego, su compañero de colegio que había ido a hacer un trabajo práctico. La profesora de historia había armado duplas al azar y le había tocado con él. Si bien no eran amigos, le caía bien. Le gustaba la música y era jugador de las inferiores de Excursionistas, entonces, cada tanto hablaban de bandas o de fútbol. 

Lo hizo pasar hasta su cuarto y le ofreció algo para tomar y un budín casero que le había dejado su mamá. Comenzaron a hacer el trabajo mientras intercalaban conversaciones sobre el futuro de Diego en el fútbol y el último disco de Queen. En un momento, la conversación derivó a sus compañeras de colegio. Este tema le ponía un poco nervioso a Cristian porque siempre estuvo enamorado de Carolina Vélez, pero como era muy tímido jamás se atrevió ni a hablarle. En cambio, Diego era muy sociable y carismático y se sabía que ya había estado con varias del curso. De repente, Diego le preguntó, sin muchos rodeos, si ya había tenido sexo. Le respondió que no y por curiosidad le devolvió la pregunta. Diego se le acercó un poco y hablando más bajito le dijo que si. Que hacía un par de semanas había tenido su primera vez con Carolina Vélez. A Cristian el corazón le dio un vuelco. ¿Cómo que con Carolina Vélez? Si jamás los había visto estar juntos. 


- Pero, si nunca te vi cerca de ella, ¿cómo es que de repente tuvieron su primera vez?

- Lo que pasa que ella es tímida y en el colegio prefiere que no nos vean juntos para que no la molesten. Pero nos vemos en el club cuando yo salgo de fútbol y ella de vóley. Hace como seis meses que salimos. Esto no se lo dije a nadie y no sé por qué te lo voy a decir a vos, pero necesito sacarlo para afuera: creo que estoy enamorado. 


Cuando escuchó esa frase, algo dentro de Cristian se rompió. Su cara se ensombreció y lo que ocurrió después no fue algo premeditado. Para cuando se dio cuenta, Diego yacía sin vida en el piso de su habitación con varios golpes y puñaladas. 


A eso de las seis llegaron sus padres y encontraron a Cristian sentado al lado del cuerpo en estado de shock.  Su madre pegó un grito y con lágrimas en los ojos empezó a decir “¿Qué hiciste, Cristian?” “¿Cómo pudiste hacer esto?”. Por su parte, el padre se agarraba la cabeza sin comprender bien qué era lo que estaba viendo. Cristian los miró con los ojos perdidos y les dijo que no sabía qué había pasado. Que cuando se dio cuenta, Diego ya estaba muerto y no pudo hacer nada al respecto. 

“Tenemos que llamar a la policía”, dijo el padre mientras sacaba su teléfono del bolsillo. La madre se lo sacó rápidamente de las manos. 


- ¿Qué estás haciendo? Si viene la policía y encuentran a este chico muerto Cristian va a ir a la cárcel. 

- ¿Y qué querés hacer, Marina? Hay chico muerto en nuestra casa.

- Si va a la cárcel lo van a matar. Él no estaba en sí cuando lo hizo. 

- Entonces habrá que encontrar un abogado que lo declare insano.

- Y así lo van a mandar a un loquero. Hay que deshacerse del cuerpo.

- A la que van a mandar a un loquero es a vos, Marina. ¿Qué estás diciendo? ¿Te pensás que estamos en una película? Vos sos maestra de inglés y yo vendo sillones, qué sabemos sobre desaparecer cuerpos. 


En ese momento, por un acto más impulsivo que racional, Marina se fue y volvió con una sierra. Sin embargo, cuando intentó desmembrar el cuerpo y la sangre comenzó a brotar, le dio tanta repulsión que terminó vomitando. 


- Estás loca, Marina. Ahora sí no vamos a poder llamar a la policía. Decime que vamos a hacer con este chico. Gritó el padre desesperado.


En ese momento, Cristian salió de su shock y dijo: “Podemos enterrarlo en el jardín. El otro día cuando arreglaron el caño dejaron la tierra movida. Vamos a poder sacarla con mayor facilidad”. "Tiene razón, ahí no lo va a encontrar nadie". Le dijo Marina a su marido. 


El padre agarrándose la cabeza y casi a punto de llorar aceptó la propuesta. Primero cavó el pozo, que no tuvo mucha profundidad. Luego, los tres llevaron el cuerpo al agujero y le tiraron tierra hasta que desapareció. Por último, llenaron la zona de macetas para que nadie se diera cuenta de nada. 


Cuando se hizo de noche, el teléfono sonó en la casa de los Crat. Eran los padres de Diego. Atendió Cristian y sin una pizca de culpa, les dijo que su hijo se había ido de su casa a eso de las cinco de la tarde y no le había dicho si se iba a otro lugar antes de ir para su casa. También le ofreció su ayuda para llamar a algunos compañeros de clase y le dijo que le avisaría si sabía algo de él. Actuó como si el cuerpo sin vida de su compañero no estaría enterrado en el jardín de su casa. 


Durante la semana, la policía fue a hacer algunas preguntas, pero quedaron convencidos con el testimonio de Cristian y no volvieron a aparecer. El revuelo por la desaparición de Diego duró menos de tres semanas. Por algún motivo, la policía no le dio relevancia al caso. Los padres nunca se cansaron de buscarlo. De hecho el papá de Diego falleció atropellado por un auto en una de esas búsquedas. 


La familia Crat vivió un tiempo con el remordimiento de lo que habían hecho, pero cuando el caso se apagó, volvieron a vivir una vida normal, la vida que le habían quitado a Diego. 


************************************************


Casa de Cerati, Coghlan 2003


En 2001 Gustavo Cerati se mudó a una vieja casa en Coghlan. El barrio era tranquilo y sus vecinos, los Crat, siempre eran muy amables con él y nunca se quejaban por la música a cualquier hora del día. Lo único que no le gustaba de esa casa era que cada tanto se escuchaban golpes, cosas arrastrándose y gritos que no entendía de dónde provenían. Era como si un fantasma habitara el lugar. Una noche, necesitaba inspiración para componer ya que tenía que terminar su próximo disco. Por lo tanto, tomó un poco de cocaína para dejar volar un poco su cabeza. Cuando la droga comenzó a hacer efecto, empezó a escuchar nuevamente los golpes y gritos y de repente, se apareció frente a él un chico. Se notaba que era joven, no tendría más de dieciseis años. Le dijo que se llamaba Diego y que lo habían asesinado. También le pidió que contara su historia. Necesitaba que sus padres se enteraran de lo que le había sucedido. Gustavo cerró los ojos y cuando los volvió a abrir, el chico ya no estaba. No entendía muy bien lo que había sucedido. Supuso que era parte de su viaje. De repente, una melodía empezó a sonar en su cabeza. Rápidamente agarró un lápiz y empezó a escribir. Para cuando terminó el efecto de la droga, el tema “Crimen” ya estaba escrito. 





martes, 26 de mayo de 2026

Crimen - Parte I

Francisco tenía la tele puesta de fondo mientras trabajaba en su casa de Coghlan. Tuvo que detenerse cuando llegó a sus oídos el titular “Un cadáver fue encontrado en la casa del músico Gustavo Cerati”. Cortó con lo que estaba haciendo y subió el volumen para escuchar mejor la noticia. Los restos habían sido encontrados por obreros que estaban trabajando en la demolición de la casa. Estaban cerca de la medianera y a unos sesenta centímetros de profundidad. El equipo forense recién había llegado al lugar, así que por el momento no tenían más información. Los periodistas hablaron un poco más sobre el tema, pero al no tener datos concretos, se pusieron a charlar de la manifestación que iba a ocurrir a la tarde. En ese momento, Francisco apagó la televisión y se quedó pensativo unos minutos. ¿Acaso su ídolo era un asesino? No, era imposible. Agarró el celular y le escribió un Whatsapp a Rolo, su mejor amigo. 

-¿Viste lo de Cerati?

- Si. Me dijo uno acá en la oficina. Tremendo. 

- ¿Cuando salís vamos a ver qué onda? 

- Dale 


El resto de la tarde a Francisco le costó concentrarse en el trabajo. No veía la hora de que fueran las seis para poder ir hasta la casa de Cerati a ver qué pasaba. A las seis en punto apagó la computadora, se bañó y se cambió mientras esperaba que Rolo llegara. Cuando le tocó el timbre, apenas lo dejó ir al baño. “Dale, vamos”, le dijo y empezó a caminar rapidito las cuadras que lo separaban del lugar de los hechos. Mientras caminaban, Rolo le empezó a contar algo que le había pasado en el trabajo, pero Francisco no lo escuchaba. Estaba muy ansioso por conocer más sobre el asesinato y no entendía cómo Rolo le hablaba de cualquier cosa. Cuando llegaron, estaba todo cercado. Había mucha policía y entraba y salía gente de la casa de Cerati y de la de al lado. También estaba lleno de periodistas. Intentaron averiguar más sobre lo ocurrido, pero nadie les quería decir nada. Después de un rato, entendieron que no iban a poder obtener ninguna información y se fueron. 

Mientras cenaban una pizza, charlaban. 


- ¿Quién será el muerto?, preguntó Rolo

- Ni idea, pero Cerati no pudo haberlo matado. Debe haber una confusión, respondió Francisco.

- Fran. Yo sé que Gustavo es tu ídolo, pero los ídolos también son personas. Yo no creo tampoco que él lo haya matado, pero que pudo hacerlo es una posibilidad.

- Nah, Gustavo no mataría ni a una mosca, dijo Francisco y dio por terminada la charla. 


A la noche le costó un poco dormirse. Rolo tenía razón: los ídolos también son personas. 


A la mañana siguiente prendió la tele para ver si había más noticias, pero solo repetían lo mismo que ya sabía: que un grupo de obreros encontró un esqueleto mientras hacía excavaciones en la casa de Cerati. Apagó la tele y le dio play a “Lago en el cielo”. Mientras terminaba de completar un Excel, el aleatorio puso “Crimen”. De repente Francisco le prestó más atención a la letra “.. y en un lento degradé, supe que te perdí”, “una rápida traición y salimos del amor”, “si no olvido, moriré”, “y otro crimen quedará, sin resolver”. Abrió los ojos como dos platos ¿Y si….? Agarró el celular tan rápido que casi se le cayó de las manos. Le mandó un audio a Rolo. “¿Alguna vez le prestaste atención a la letra de “Crimen”?” ¿Y si la escribió después de matar al tipo que está enterrado e hizo que esa confesión se transformara en un éxito? Mientras terminaba de mandar ese audio, empezó a sonar “Corazón delator”. Automáticamente le mandó otro audio a Rolo. “Cancelá todos los planes que tengas hoy. Tenemos trabajo para hacer”. 



Esa noche Rolo llegó a lo de Francisco con un pack de cervezas debajo del brazo. “Creo que te estás obsesionando un poco con el tema”, dijo mientras entraba a la casa. “Pero me salvaste de una cena a la que no quería ir así que soy todo oídos. ¿Qué es lo que querés hacer?" 


Cuando entraron al comedor, la mesa estaba llena de papeles. 

  • Tenemos que encontrar en los temas de Soda y Cerati solista indicios de que él es un asesino, dijo Fran.

  • Amigo, realmente creo que se te chifló el moño, le respondió Rolo. ¿Para qué querés hacer eso? ¿Y por qué imprimiste todas las letras si las podemos ver desde la compu?, le respondió Rolo. 

  • Con papel hay más claridad y no te distraés con nada de la compu. 


Rolo miró a Francisco con desconfianza, pero no le dijo nada más, solo que compraran algo para comer que estaba muerto de hambre. 


Las horas pasaron, las empanadas desaparecieron, las cervezas se vaciaron hasta que finalmente se hicieron las tres de la mañana.


- Amigo, yo me voy a ir yendo si. Estoy muerto, le dijo Rolo a Francisco.

- Dale, igual creo que ya terminamos. Tenemos en total seis canciones que hablan sobre muerte explícita o implícitamente: Crimen, Corazón delator, El cuerpo del delito, Entre Caníbales, Lo que sangra y Adiós. Tenemos frases como: “salgamos de la habitación, escondámoslo en un lugar seguro”, “Come de mi, come de mi carne. Tómate el tiempo de desmenuzarme”, “Cruje tu nombre en las paredes”, “No conocían la profundidad, hasta que un día no dio para más”. 

- Buenísimo. ¿Y qué hacemos con todo esto ahora? ¿Vamos a la policía y les decimos “Gustavo Cerati es el asesino porque tiene seis canciones que hablan sobre la muerte?” 


Francisco lo miró a Rolo un poco avergonzado. 


- ¿Qué pasa Fran? ¿Por qué te obsesionaste tanto con esto?, le preguntó Rolo con una mirada suave

- Fran suspiró, se tiró en la silla y dijo: “Yo conozco a Cerati por mi viejo. Él me mostró toda su discografía. Me enseñó los acordes de la mayoría de las canciones. Y en su último tiempo, cuando estaba en el hospital, le ponía algunos temas y decía que escucharlo le aliviaba el dolor. Cerati nos unía y lo acompañó hasta el final. Si es un asesino, siento que todos esos buenos recuerdos, se corrompen. Por eso, prefiero ir mentalizándome de que Gustavo fue un asesino para no odiarlo tanto. Para no odiarlo por romper lo que me queda de mi viejo. 

- Fran, los recuerdos que tenés con tu papá no se van a corromper porque Cerati sea un asesino. No tiene nada que ver una cosa con otra. O sea, si lo es, seguramente deje de ser tu ídolo, pero no va a suceder nada con lo vivido con tu viejo. Solo tenés que separar al músico de la persona, le respondió Rolo comprensivo. 

- Si, tenés razón. Todo esto fue una locura. 

- No pasa nada. Qué mejor que pasar una noche con tu mejor amigo, tomando birra, comiendo empanadas y escuchando a tu artista favorito. Pero bueno, ya es muy tarde así que me voy.

 

Ambos se levantaron y Fran lo acompañó hasta la puerta.


- No te preocupes, vas a ver que Cerati no mató a nadie. Ya veremos qué dicen las noticias. Mientras tanto, pensá en otras cosas, le dijo Rolo mientras se despedía. 


Una semana más tarde, mientras Francisco se preparaba el almuerzo, prendió la tele y escuchó una noticia que le alegró el día: el cuerpo no fue hallado en la casa de Cerati sino en la casa vecina.  Además, el cuerpo tenía un reloj Casio con calculadora que fue clave para enmarcar el asesinato entre 1980 y 1990. 

En ese momento, también le llegó un mensaje de Rolo “¿Escuchaste? Los periodistas habían dicho cualquier cosa. Al cuerpo lo encontraron en la casa del vecino de Cerati. Ya podés dejar a tus recuerdos en paz”. 


Francisco le respondió: "Lo acabo de escuchar. No sabés la felicidad que me da saber que Cerati no es un asesino. Lo que sí, si el cuerpo estaba en la casa de al lado, significa que el asesino fue alguno de los Crat. Yo re conozco a esa familia. No puedo creerlo. ¿Quién será el muerto?"


"No sé quién será el muerto ni el asesino, pero me conformo con saber que Cerati no fue y a mi amigo no me va a volver hacer analizar la discografía completa de su músico preferido hasta las tres de la mañana. ¿Querés tomar unas birras el jueves con Tomi y Coco?"


Las semanas pasaron y el crimen, de a poco, dejó de ser noticia. Los vecinos también dejaron de comentar sobre si existía la posibilidad de que alguno de los Crat pudiera cometer un crimen semejante. Sin embargo, cuando el caso ya estaba casi en el olvido, una noticia sacudió a todos: habían descubierto la identidad de la víctima. Con la pista del reloj, los investigadores se pusieron a buscar los registros de todos los desaparecidos entre la década del 80 y 90 y hubo una coincidencia, que luego fue constatada con ADN. El nombre de la víctima era Diego Hernández Loma de dieciséis años. En 1984, había ido a visitar a un compañero del colegio y nunca regresó. Su familia había hecho la denuncia correspondiente y lo buscó durante años, pero la investigación nunca avanzó. A esta información se le sumó que el cuerpo tenía lesiones compatibles con apuñalamiento en la zona de las costillas y el tórax. Además, tenía fracturas y cortes que indicaban que habían querido desmembrar el cuerpo. El principal sospechoso era Cristian Crat, compañero de colegio de Diego, aunque no podían detenerlo ya que habían pasado cuarenta años, por lo que el caso estaba prescripto. 


Como era de esperarse, a Francisco le llegó un audio de Rolo:


- ¿Viste qué se resolvió el caso de Cerati? 

- ¡Si! No puedo creer que haya sido Cristian y sobre todo, no puedo creer que no puedan meterlo preso. Pobre familia. 

- Si, la verdad que es terrible. Pero por lo menos, después de tantos años buscándolo, supieron dónde estaba su hijo. ¿Qué habrá pasado, no?

- Nunca lo vamos a saber. 

- Che, ¿y Cerati habrá escrito las canciones por él?

- Cómo las va a escribir por él si ni siquiera sabía de su existencia.

- Si, es verdad. Tiré cualquiera. Che, ¿sale picadito el viernes? 





martes, 18 de julio de 2023

Ya va a llegar


24 de noviembre de 2011. El día anterior habíamos terminado el último año del secundario y para celebrar, con algunas chicas del curso, decidimos ir a la fiesta de egresados de uno de los colegios que había ido con nosotros a Bariloche. Nos juntamos a hacer previa en lo de una de ellas. Comenzamos a tomar y a contar anécdotas de lo que había sucedido a lo largo del año. Llegado un instante de la noche, el alcohol ya había hecho de las suyas y completamente desinhibidas y, sin ningún motivo, nos sacamos las remeras para quedarnos en corpiño. Sin embargo, cuando estábamos en pleno momento de libertad femenina, los remises que habíamos pedido para trasladarnos de Florida a San Martín (donde era la fiesta) tocaron el timbre. Nos cambiamos rápido y bajamos. Antes de subir, acordamos que volveríamos todas juntas ya que la zona no era para andar solas. 


Cuando llegamos a la fiesta, nos terminamos separando. Yo terminé solo con dos amigas, pero aún así la pasamos muy bien. Bailamos mucho, hicimos sociales y cómo todavía éramos muy jóvenes nos quedamos hasta que cerró el boliche y nos echaron a todos. El problema comenzó cuando buscamos al resto del grupo y no encontramos a nadie. Enviar un Whatsapp no era una opción porque todavía no existía. Entonces, de repente, nos encontramos las tres en el medio de San Martín sin saber dónde estábamos paradas a las seis de la mañana porque los celulares de esa época no tenían Internet y no se solía llevar la guía T al boliche.


Nos acercamos a una remisería que había en la esquina, pero claramente no había ni un solo auto. Aclaro que Uber tampoco existía. Nos quedamos paradas, con el primer sol de la mañana dándonos en la cara, sin saber qué hacer. Hasta que por fin alguien nos indicó que el 161 (que pasaba por mi casa), paraba en la otra esquina. Esperamos un buen rato hasta que finalmente llegó y nos subimos. Pasamos por toda la zona de fábricas, vimos subir a los que iban a trabajar y dimos mil vueltas hasta que por fin llegamos a una zona que conocía. 


Viajamos un poco más hasta que llegué a mi parada y me bajé. Mis amigas debían seguir unas diez cuadras más hasta Avenida Maipú donde tenían que tomarse los colectivos que las llevaban hasta Olivos y Munro. Yo por algún motivo que desconozco hasta el día de hoy, me bajé del colectivo y fui corriendo tres cuadras desde la parada a mi casa. Me puse el pijama y directamente morí de cansancio ya que eran como las siete de la mañana. Una o dos horas después siento que suena el celular. Era la mamá de mi mejor amiga que me preguntaba si sabía dónde estaba su hija porque todavía no había llegado. Yo muy dormida y todavía un poco borracha, no entendía mucho qué estaba pasando. Le respondí que ya iba a llegar y me volví a dormir (qué amiga, ¿no?). 


Al rato me desperté de nuevo y caí en la cuenta de la situación. La llamé desesperada a mi amiga, que por suerte ya estaba sana y salva en su casa, y me enteré de todo lo que le había sucedido. Resulta que cuando se subió a su colectivo, tenía pocas monedas (no, la SUBE tampoco estaba en auge en ese momento) y le pidió al chofer $1,10, cuando para llegar a su casa necesitaba un boleto de $1,25. Como en su cabeza el chofer la iba a descubrir y la iba a bajar del bondi, se hizo la dormida, pero claramente después de la noche que habíamos pasado se quedó dormida de verdad y cuando se despertó, estaba en el medio de Villa Adelina. Y ella, en vez de avisarle al chofer, decidió bajarse en el medio de la nada. Monedas para tomarse un colectivo de vuelta no tenía y como siempre le pasaba, estaba sin saldo en el celular para llamar a sus papás. Por suerte, no pasó mucho tiempo hasta que su papá la ubicó y la fue a buscar. Y obviamente, como toda situación que podría haber terminado mal, pero terminó bien, se convirtió en una anécdota de la que nos reímos hasta el día de hoy y la frase “ya va a llegar” quedó inmortalizada para toda la vida. 




 

miércoles, 7 de junio de 2023

Eduardo, vení a bucar a Juan Cruz - El final

La banda

Me llamo Gustavo y me dedico a la música hace treinta años. Siempre soñé con consagrarme y que todos me conozcan, pero los que estamos metidos en este mundo sabemos como solo muy pocos son los que llegan. Estuve en muchas bandas, toqué en bares, en teatros chicos, en eventos y, solo de hobbie, en algunas plazas porteñas. Aquel domingo me levanté temprano, me hice unos mates, leí el diario y después de almorzar nos juntamos con la banda en San Telmo para animar un poco a los turistas. Acomodamos todos los instrumentos sin apuro y empezamos con algunas canciones del Flaco, fuimos pasando por diferentes artistas: Charly, Fito, Pappo. Los clásicos que a todos les gustan. Además, cuando ya teníamos a la gente cautivada, tocamos algunos temas propios que fueron bien recibidos. La gorra se iba llenando de a poco, aunque nosotros tocábamos más por placer que por la plata.


En un momento vi a lo lejos a un nene llorando. Una pareja se le acercó y después de hablar unos minutos con él, el hombre lo subió a los hombros y todos empezaron a aplaudir como si estuvieran en la playa. Me daba mucha pena porque el nene no paraba de llorar. Me hizo acordar a una vez que de pibe me perdí. Es desesperante no saber donde están tus papás. Por lo tanto, le hice una seña al flaco para que se acercara con el chico y le pregunté cómo se llamaba y a quién estaba buscando. “Me llamo Juan Cruz y mi papá se llama Eduardo, me respondió entre sollozos. Y entonces mis dedos empezaron a tocar las cuerdas de mi guitarra sin un rumbo fijo. Salieron los primeros acordes y empecé a cantar “Eduardo, vení a busca a Juan Cruz”. No sé cómo me salió ese ritmo, pero la banda lo enganchó al toque y todos los que nos estaban mirando empezaron a corear la canción.


Al cabo de unos diez minutos apareció el padre. Se acercó hasta el escenario riéndose, andá a saber de qué. Tal vez eran los nervios por tanta exposición. Finalmente se abrazaron y se fueron de la mano. Mientras tanto el público no paraba de aplaudir. Cuando terminó el día, volví a casa y el teléfono empezó a explotar de mensajes. Resulta que alguien había filmado todo la situación de la canción para encontrar al padre del pibe y se volvió viral. No había persona que no cantara “Eduardo, vení a buscar a Juan Cruz”. No lo podía creer. Igualmente lo mejor pasó al día siguiente. Como el video llegó hasta la televisión, nos llamaron de varios canales para hacernos entrevistas. También firmamos un contrato para que nuestro tema sea la melodía de una publicidad de Anaflex y nuestros temas empezaron a tener un montón de reproducciones en Spotify. Yo no sé cómo habrá terminado la historia de Eduardo y Juan Cruz. Probablemente la madre del chico lo haya terminado castrando al padre cuando se enteró, pero en lo que respecta a nosotros, nos volvimos un éxito. 





lunes, 29 de mayo de 2023

Eduardo, vení a buscar a Juan Cruz II

 Eduardo


Yo sé que muchos padres me van a entender porque ser padre no es fácil y mucho menos ser padre separado. Aquel fin de semana mis intenciones fueron las mejores. Sabía que mi hijo no estaba pasando un buen momento a raíz de la separación de sus papás y por eso se me ocurrió llevarlo a pasar el día del niño a Buenos Aires porque sabía que él deseaba mucho conocer el Obelisco. El sábado salió todo fantástico. Paseamos por Palermo y Recoleta y por supuesto terminamos comiendo una pizza de Guerrín con el Obelisco de fondo. Me acuerdo de que le pregunté si al final Ramiro tenía razón y era mucho mejor que el Monumento a la Bandera. Me contestó que era diferente. Que como estructura el Monumento a la Bandera le ganaba por goleada. Que no se podía comparar un palo con punta con un conjunto de cemento que desde el cielo formaba un barco. Pero que lo que tenía de especial el Obelisco era toda la mística de alrededor. Las luces, la gente caminado, los autos, los edificios. El conjunto era una obra de arte. Claramente lo dijo con palabras de un niño de diez años, pero básicamente el concepto fue ese.


A la noche nos dormimos ni bien tocamos la almohada, estábamos muertos. Al día siguiente nos levantamos temprano y fuimos hasta La Boca. Recorrimos Caminito, le mostré la Bombonera y nos mandamos terrible milanesa a la napolitana con papas fritas. Después de descansar un rato, nos fuimos a San Telmo. Quizás no era un plan muy divertido para un nene, pero yo amo las antigüedades y no hay mejor lugar para verlas que en San Telmo. Nos metimos en el mercado aunque estaba lleno de gente y me enamoré de cada cosa que vi. Sin embargo, se robó mi corazón una lámpara que era igual a una que tenía en mi casa cuando era chico y que había pertenecido a mi abuela. No la quería, la necesitaba y estaba dispuesto a pagar cualquier cosa por ella.


Me empecé a acercar al puesto con Juan Cruz, pero había tanta gente que me lo aplastaban al pobre pibe. Por lo tanto, le pedí que se quedara parado al lado de una columna que había por ahí y donde lo podía ver desde cualquier ángulo. Finalmente llegué al puesto y pregunté el precio de la lámpara. Doce mil pesos. Ni lo dudé. Saqué mi tarjeta y se la pagué de un saque. Me fui embobado mirando mi lámpara. Y no, no es que me lo olvidé a Juan Cruz. Fueron unos segundos de distracción nomás. Si alguno de acá es padre saben que esas cosas pasan. A todos en algún momento les pasó que se distrajeron y cuando volvieron en sí el pibe estaba metido en el barro hasta el cuello o comiendo la comida del perro. Somos humanos y no hay un manual sobre cómo ejercer la paternidad. Así que la cosa se pone difícil a veces.


La cuestión es que fueron unos segundos de distracción. Unos pasitos que dí demás, pero me di cuenta al toque que me faltaba mi hijo. Lo que pasa es que cuando me dí vuelta para buscarlo en la columna donde lo había dejado, él ya no estaba. El corazón se me subió a la boca y casi se me salió del cuerpo. Se me cortó la respiración cuando vi esa columna vacía. Empecé a mirar para todos lados y a gritar el nombre de Juan Cruz. Le pregunté a todo el mundo si lo habían visto y nada. Me empecé a reir. Algunas personas cuando están nerviosas se van por el inodoro, otra se ponen a llorar desesperadamente. Bueno, yo cuando me pongo nervioso me rio. He llegado a reirme a carcajadas en situaciones terribles. Es algo que no puedo controlar. Me senté en un banco y me agarré la cabeza. No podía creer que había perdido a mi hijo. Traté de calmarme para poder pensar mejor y encontrar una manera de encontrarlo. Por un momento se me cruzó por la cabeza que alguien lo podía haber raptado. El corazón se me frenó por un segundo.


De repente empecé a escuchar música y aplausos. Pensé que era un simple show en la plaza, pero de a poco pude distinguir la letra. “Eduardo, vení a buscar a Juan Cruz”, entonaban con un ritmo rockero. No podía ser, aunque tampoco podía ser tanta coincidencia. Me paré sin darme cuenta que había dejado la lámpara en el banco, y me acerqué despacito hasta donde estaba todo el alboroto. A lo lejos pide ver que había un nene en los hombros de un hombre y que todo el mundo estaba coreando “Eduardo, vení  buscar a Juan Cruz”. Me empecé a reir otra vez de los nervios. Me acerqué un poco más y ya no cabían dudas, el que estaba en los hombros de aquel hombre era Juan Cruz. Me acerqué riendome, no podía controlarlo, y le di un abrazo a mi hijo. Le agradecí a todos por haberlo encontrado y nos fuimos rápido porque me daba mucha vergüenza la situación que estaba viviendo. Juan Cruz no me decía nada, me miraba con odio, pero sin decir una palabra. De repente veo el banco donde estaba sentado y la lámpara que seguía ahí. Corrí hacia ella y la agarré. Solo bastó tocarla para largarme a llorar. No sabía cómo pedirle perdón a mi hijo por haberlo perdido. Por suerte el chico se apiadó de mí y me dio unas palmadas en la espalda. “No te preocupes, pa. Olvidémonos de esto. Comprame algo rico para comer en compensación y asunto terminado”. Me hizo reir, la extorsión no podía faltar. Le pedí que por favor no le dijera nada a su madre. Que lo ocurrido fuera un secreto nuestro. También le prometí que, además de comprarle algo rico, le iba a comprar el jueguito de play que me había pedido por haberle hecho pasar un mal momento.


A eso de las seis llegamos de nuevo al hotel. Yo me había quedado sin batería, entonces enchufé el teléfono para ver si me había llegado algún mensaje. QUINCE LLAMADAS PERDIDAS DE MI EX TENÍA. Resulta que alguien había filmado la situación en la plaza donde todos coreaban nuestro nombres y se había hecho viral en cuestión de minutos. La madre de Juan Cruz casi me mató. No sé todo lo que me dijo. Nunca la había escuchado tan enojada. La quise ablandar diciéndole que ella una vez también lo había perdido en la plaza unos años atrás, pero me retrucó diciendo que a ella nadie le había compuesto una canción ni habían hecho un video que se viralizó por todo el país. En eso tenía razón. Le iba a decir que en ese momento no existían los celulares con cámara, pero me pareció mejor quedarme callado. Cuando volvimos a Rosario, tuve que escucharla de nuevo, pero en persona. Y no solo a ella, el lunes me tuve que bancar a todos mis compañeros del trabajo cantándome sin parar “Eduardo, vení a buscar a Juan Cruz”. La letra era tan pegadiza que al final del día hasta yo la tarareaba. Por suerte la tortura duró solo un par de semanas, hasta que otro video se hizo viral y se olvidaron de mí. Bah, olvidarse es un decir, porque hasta el día de hoy, esa sigue siendo la anécdota estrella de cada juntada. Lo único bueno de todo esto es que, después de mucho tiempo de estar enojada conmigo, la mamá de Juan Cruz aflojó y logré conquistarla de nuevo. 





domingo, 21 de mayo de 2023

Eduardo, vení a buscar a Juan Cruz I

 Juan Cruz


Todos tienen algún recuerdo de la infancia que los marcó de por vida. Ese recuerdo que no importa los años que pasen, siempre se va a contar en las reuniones familiares y te va hacer dar ganar de meterte en el baño y no salir hasta que hayan terminado. Bueno, yo no solo tengo uno, sino que tengo uno icónico que no solo lo recuerda mi familia sino toda la Argentina. 


Resulta que cuando tenía diez años mis viejos se separaron. Si bien se separaron en buenos términos y no hubo ningún problema al respecto, no dejó de ser una situación bastante angustiante para mí. Creo que uno nunca está preparado para que sus papás se separen. La cuestión es que para levantarme el ánimo, mi papá decidió llevarme a Buenos Aires (nosotros somos de Rosario) a pasar el Día del Niño porque yo siempre hinchaba con conocer el Obelisco porque Ramiro, un compañero del colegio que venía de allá, decía que era mucho mejor que el Monumento a la Bandera. Salimos el sábado temprano para pasar todo el fin de semana. Luego de unas horas de viaje, llegamos a un hotel que quedaba por Palermo. Ese día recorrimos por ahí, pasamos por Recoleta y obviamente terminamos comiendo una pizza en Guerrín con el Obelisco de fondo. Fue un día increíble. Lástima que no puedo decir lo mismo del día siguiente. Bah, al principio arrancó todo bárbaro. Nos fuimos hasta La Boca, recorrimos Caminito. Nos comimos una milanesa increíble y conocimos La Bombonera. Después a mi papá se le ocurrió ir a San Telmo. Tiene una obsesión por los objetos viejos. Así que el Mercado de San Telmo fue una parada obligatoria. Me acuerdo que me dijo que tuviera mucho cuidado con mis cosas porque robaban mucho por ahí. JA. Qué lindo hubiera sido si él hubiera tomado su propio consejo. ¿Pueden creer el tipo me perdió? Sí, como están leyendo. ME PER DIÓ. Y encima lo peor que es el día de hoy que sigue diciendo que yo me fui. Pero no. Lo que pasó es que íbamos por los pasillos del mercado. Estaba lleno de gente y creo que hasta estaban los fantasmas, dueños de todas esas antigüedades.


En un momento, mi papá vio una lámpara horrible en uno de los puestos, pero había tantas personas que era un poco difícil llegar hasta ella. Me pidió que me quedara un minuto parado donde estaba que iba a preguntar el precio. Y eso hice. Me quedé ahí y no le saqué la vista de encima. Vi como se acercaba al puesto esquivando gente. Vi cómo le preguntaba el precio de la lámpara. Vi como sacaba la billetera y le pagaba. Y vi como se iba del puesto admirando lo que acababa de comprar. Suspiré y lo seguí. Le pegué el grito, pero ni bola. Estaba tan embobado con su nueva adquisición que se había olvidado completamente de mí. Empecé a caminar más rápido para alcanzarlo, pero había tanta gente que lo perdí de vista. Lamentablemente mi viejo no es un tipo alto como para encontrarlo fácil por lo que terminé perdiéndolo de vista. Obviamente me envolvió la desesperación.


Estaba perdido en un lugar que no conocía, en una ciudad que no era la mía y sin celular porque en esa época todavía no tenía uno. Me largué a llorar como si no hubiera un mañana. Porque podría haberme guardado las lágrimas, pero desde chiquito mi mamá me enseñó que los hombres sí lloran y yo en ese momento necesitaba llorar con mucha fuerza. Bastaron solo unos minutos de llanto para que un matrimonio se me acercara a preguntarme qué me pasaba. Les conté que había perdido a mi papá y luego de describirlo lo comenzamos a buscar por la plaza principal. Nada. Como pasaba el tiempo y no aparecía, el señor que estaba conmigo me levantó en sus hombros y empezó a aplaudir como si estuviera en la playa. El resto de la plaza lo siguió.


Mi papá siguió sin aparecer. ¿Dónde se había metido? De a poco empecé a perder las esperanzas de encontrarlo. Ya me veía en un orfanato solo y muerto de hambre. Me puse a llorar peor. Entonces, el cantante que estaba musicalizando la tarde paró todo y me preguntó cómo me llamaba yo y cómo se llamaba mi papá. No sé cómo hizo, pero en dos segundos se armó un tema que terminó siendo el hit del año: “Eduardo, vení a buscar a Juan Cruz”. Lo van a encontrar en Youtube si lo buscan. También van a ver cómo medio San Telmo la cantaba y mi papá, que andá a saber dónde estaba (porque nunca me supe dónde se había metido), no aparecía. Después de como diez o quince minutos apareció riendose y me abrazó. Obviamente hubo una ovación del público y la banda se consagró por temón. Yo, por mi parte, me sentía muy enojado. Era su único hijo, ¿cómo me iba a perder así? Solo se me pasó el enojo cuando después de salir de la muchedumbre mi papá se largó a llorar con la lámpara que se había comprado en la mano. Me pidió perdón y me abrazó de nuevo. Yo lo abracé más fuerte porque sabía que en realidad había sido todo un desborde por lo que sentíamos a causa de la separación. Cuando nos calmamos, fuimos a tomar un helado y me pidió que por favor no le contara nada a mi mamá. Que fuera un secreto entre nosotros. Obviamente mi video se hizo viral y antes de que llegáramos al hotel mi papá tenía quince llamadas perdidas de mi mamá. No sé todo lo que le habrá dicho, pero perdonar lo terminó perdonando porque hoy en día, después de quince años están juntos otra vez.





jueves, 2 de marzo de 2023

Coco, campeón del mundo - El final

Caminamos hasta el subte (pasamos previamente por el kiosko a comprar cerveza y cigarrillos para Gaby). La calle era puro festejo. Todos cantando y vistiendo los colores de la bandera. Subimos al subte y los cantos siguieron durante todo el viaje. Aproveché que unas chicas se estaban pintando la cara y les pregunté si me pintaban a mí también. Por suerte dijeron que sí sin problemas. Nos bajamos en Callao porque la formación no llegaba hasta la 9 de Julio. De hecho creo que ese fue el último que salió. Si en Villa Urquiza había mucha gente, no se pueden imaginar lo que eran las calles del centro. Caminamos hasta que al fin llegamos. Había gente por todos lados, en la calle, en la vereda, en los árboles, arriba el techo del metrobus y hasta arriba de las lámparas. No sé por qué los argentinos tienen esa necesidad de subirse a lugares altos para festejar. Nos compramos una cerveza más, y nos quedamos mirando todo. Le dije a Gaby que era algo que no nos íbamos a olvidar más. Y espero que así sea. Nos quedamos ahí un buen rato y después nos desplazamos, no me acuerdo por qué. En el medio encontramos un grupo de chicas haciendo carpita para hacer pis. Gaby aprovechó la voleada. Yo no pude, aunque mi vejiga ya me estaba pidiendo liberación. Dimos la vuelta y llegamos al teatro Colón, al que le habían colgado una camiseta gigante de Argentina que decía “campeones”. Avanzamos por la 9 de julio, cantando y saltando. En el medio nos encontramos a un excompañero del colegio que nos dio un abrazo. A eso de las ocho le dije a Gaby que ya era hora de pegar la vuelta, pero no quiso. Le insistí un poco más y nada. Mi vejiga no iba aguantar mucho más. Por suerte en un momento me dijo si quería ir al MC a hacer pis. Le dije que sí, así que avanzamos un poco más hasta Corrientes. Era imposible cruzar para el otro lado. Entonces encaramos por la calle de los teatros en dirección a nuestra casa. Por mis adentros me alegré porque nos estábamos alejando, lo que significaba que ya era hora de volver, aunque esos no eran los planes de Gaby. Cuando se dio cuenta y se resignó, me dijo que hiciéramos la cola para entrar a una pizzería así podía hacer pis finalmente. Por suerte, si bien la cola era larguísima, iba superrápido. Por lo tanto, después de unos quince minutos de espera pude liberar la vejiga. Aprovechamos para comer algo ya que lo último que habíamos ingerido eran los quesos del mediodía. Lamentablemente solo aceptaban efectivo y nuestro capital era de quinientos pesos. Por lo tanto, solo pudimos comprar una porción de muzzarella para cada una. Suficiente para engañar el estómago por un rato. Salimos de la pizzería y comenzamos a caminar porque no había ningún medio de transporte. ¿Llegaríamos hasta Villa Urquiza? En el medio del camino me mensajeé con Silva, mi mejor amigo que también había ido a festejar, pero con el cual no pudimos encontrarnos en el Obelisco porque había tanta gente que no teníamos señal. Me dijo que estaba cerca de donde estábamos nosotras. Por lo tanto, decidimos esperarlo. Vino con otro compañero del colegio, que nos despidió en ese punto porque su familia lo estaba esperando. Caminamos, caminamos y caminamos. Yo ya estaba cansada, tenía sed y hambre así que lo llamé a Martín para que nos viniera a buscar. Me dijo que sigamos caminando por Corrientes, que en algún momento nos iba a cruzar. Eso hicimos. Mientras tanto Silva y Gaby hablaban de bandas y programas que les gustaba y de los cuáles yo no tenía ni idea de su existencia. A medida que nos alejábamos, la gente disminuía, pero la ciudad seguía con el mismo espíritu. Finalmente encontramos a Martín y a Galán en el camino. Lo abracé y le di un beso ya que no habíamos podido festejar juntos. Nos subimos al auto y decimos hacer un automac, pero cuando llegamos había una cola kilométrica de autos. Entonces nos fuimos a comer una pizza cerca de nuestro colegio. En la mesa se pusieron a hablar de lo que fue el mundial. Yo me hundí en mis pensamientos. Cuando terminó la cena, cada uno se fue para su casa. Lamentablemente al día siguiente no fue feriado como todos deseábamos, pero fue un día totalmente improductivo. Toda la Argentina se pasó mirando fotos y videos de lo que había sido el día anterior. Por suerte sí fue feriado al día siguiente porque llegaban los jugadores y al presidente le pareció que el pueblo se merecía salir a festejar con ellos. La idea del martes 20 de diciembre, era que la selección diera una vuelta por toda la ciudad arriba de un micro descapotable. Digo era, porque hubo tanta, pero tanta gente (5 millones de personas específicamente), que el micro solo pudo avanzar 20 kilómetros en cuatro horas. El equipo se terminó yendo en helicóptero a la AFA después de que dos flacos saltaran al micro desde un puente. Uno cayó adentro y el otro terminó en el asfalto. Lo mejor que quedó de ese día fueron los videos y los memes. Ver a semejante cantidad de gente fue impresionante. Ver a Scaloni borracho, muy gracioso. Los memes creo que nunca terminaría de mencionarlos, pero principalmente fueron sobre cómo se quemaron los jugadores por no haberse puesto protector solar. A eso de las cinco de la tarde la gente se empezó a desconcentrar y de a poco se terminaba la emoción de los últimos días. Cuando llegó la noche, Coco que todavía estaba en la Tierra, se sintió conforme por lo vivido y decidió que ya era hora de partir. Recorrió la casa una vez más, subió para darle un último beso a Gaby y se fue caminando despacito al paraíso de los perros.