martes, 30 de junio de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus IX


Durante la semana Agustín le habló a Lucía y le preguntó cuándo verían de nuevo. Ella le esquivó completamente la pregunta y se desilusionó un poco. ¿No quería verlo de nuevo? Durante la cita pareció que la estaba pasando bien. Dejó pasar un par de días y el sábado mientras cerraba el local le habló de nuevo. Ella estaba en el shopping comprando un regalo. “Te paso a buscar y almorzamos”, le dijo, pero ella le contestó: “No deberíamos salir”. En ese momento sintió como un puñal se le clavaba en el pecho. ¿Por qué nunca tenía suerte con las mujeres que le gustaban? Decidió mandarle un audio para que el mensaje no se distorsionara. Le dijo que a él le gustaba mucho y que quería salir con ella. También le dijo que le parecía que él le gustaba también y le preguntó si había algo que la frenaba. ¿Es por lo que puede llegar a decir tu familia o tus amigos? La respuesta tardó unos minutos en llegar. “Es por mi familia, por mis amigos y por mí. Es todo muy complicado en este momento”, le contestó. Agustín le dijo que la entendía, pero le pidió que lo pensara. Después de esa conversación dejaron de hablarse por unos días. Sin embargo, Agustín no quería alejarse de ella. No todavía y no así. Así que una tarde en la que se encontraba solo en su local, le mandó un mensaje: “Me aburro”, le escribió y cruzó los dedos para recibir una respuesta. Por suerte fue inmediata. “Yo también”, le contestó y comenzaron a charlar sobre el hombre que se había comido un murciélago en China y había contraído Coronavirus. “Estos chinos son impresionantes. ¿Cómo se va a comer un murciélago?”, le decía Lucía. “No tengo idea, son más raros”, le contestaba Agustín y así comenzaron a hablar de nuevo, (aunque con menos frecuencia) sin imaginar todo lo que estaba a punto de ocurrir.

Mientras Lucía y Agustín descubrían qué pasaba entre ellos, en una ciudad de China detectaron once millones de casos de neumonía cuyo origen era desconocido. Con el correr de los días, cada vez más personas aparecían con los mismos síntomas: tos, fiebre, dolor de cabeza y dificultad para respirar. Nadie entendía qué estaba pasando. Fue más o menos el 31 de diciembre cuando detectaron que la enfermedad que se estaba expandiendo sin control era Coronavirus. Un virus que contraían los animales y únicamente se contagiaba entre ellos ahora estaba en el cuerpo humano. Aparentemente todo comenzó cuando un habitante de Wuhan tomo una sopa de murciélago y este estaba infectado. Como es una enfermedad alta y fácilmente contagiosa, solo bastó que una gota de saliva cayera en otra persona para que empezara a formarse una bola de nieve gigantesca y descontrolada. Tuvieron que empezar a cerrar escuelas, oficinas, shoppings. Todos debían permanecer aislados en sus casas. Estaba prohibido realizar reuniones y estar a menos de un metro de distancia de otra persona. En la televisión se podía ver cómo camiones rociaban todas las calles con agua y desinfectante. Las imágenes parecían de esas películas futuristas. Al principio el resto del mundo no se preocupó mucho. Se reía y hacía memes al respecto. “Eso les pasa por tener esas costumbres raras”, decían algunos. Sin embargo, cuando a mediados de enero descubrieron el primer caso en Europa, el ánimo de todos cambió.

Durante enero, Agustín y Lucía comenzaron de nuevo a hablar muy seguido. Agustín se la pasaba desenvolviendo una serie de halagos y la trataba de convencer de que se vieran. Lucía siempre le respondía que no. Estuvo prácticamente todo el mes rehusándose a verlo, pero un día, después de tanto “que linda que sos” y “como me gustas” no se aguantó más. “¿Vamos a tomar una limonada y a comer torta?”, le mandó por Whatsapp. “A la tarde no puedo”, le contestó él y agregó: “si querés puede ser tipo ocho”. “A las ocho no se merienda. Podemos ir a tomar algo después de comer”, le dijo Lucía. “Dale, te veo a la noche”, le contestó Agustín y ambos celebraron.
A eso de las diez Agustín la pasó a buscar a Lucía por su casa. Como siempre estacionó a la vuelta para que nadie lo viera. “Me sorprendiste con tu mensaje”, le dijo. “No esperaba que me dijeras de vernos”. Lucía se rio y por dentro pensó que ella tampoco esperaba invitarlo a salir. Fueron a un bar de esos ocultos. Como hacía calor fueron para la terraza. Él se pidió un trago con gin, siempre se pedía tragos que tuvieran esa bebida. Ella se pidió uno más dulzón. Comenzaron a charlar de cualquier cosa. Agustín se sentía muy feliz de estar ahí con Lucía y ella otra vez se sentía muy tranquila. “Quiero darle un beso”, pensó Agustín y le dijo: “Vení, sentate acá”. “¿Por qué siempre me exige las cosas en vez de preguntármelas?”, pensó Lucía. “No me voy a mover”, le dijo entonces. Agustín revoleó los ojos y corrió su silla al lado de ella. Le tomó la mano y jugueteó un poco con sus dedos. Lucía se tensó un poco, pero no lo suficiente como la primera vez que habían salido. Él se acercó aún más y finalmente le dio un beso. Ella lo correspondió. Lucía se relajó y no sintió vergüenza por que el resto de las mesas los miraran. Agustín quería que ese momento nunca terminara. A eso de las once y media pidieron la cuenta. Cuando salieron del bar Lucía encaró hacia el auto, pero Agustín le agarró el brazo y comenzó a besarla. De a poco y suavemente la empujó hacia la pared y el beso se volvió más apasionado. Luego de unos minutos, Lucía lo separó y le dijo: “vamos”. Caminaron en silencio hasta el auto y ahí se unieron nuevamente en un beso más fogoso que el anterior. Ambos terminaron sin aliento, pero cuando se subieron a la camioneta, ese fuego no continuó. Lucía quería que siguiera, pero no iba a tomar la iniciativa la primera vez y él no lo hizo. Entonces, la noche terminó cuando Agustín la dejó en su casa y ambos se quedaron con ganas de más.



martes, 23 de junio de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus VIII


Cuando Lucía leyó el mensaje de Agustín lo primero que pensó fue si era una pregunta o una imposición. Después pensó qué excusa podía inventar para decirle que no, pero se imaginó que dijera lo que le dijera al cabo de unos días la iba a invitar a salir de nuevo. Por último, pensó que quizás la invitación no era una cita sino una salida de amigos, aunque sabía que esas no eran sus intenciones. “Bueno, no tengo motivos para decirle que no”, pensó. “Dale”, le escribió no muy segura de lo que estaba haciendo. “¿Mañana?”, le preguntó él. Imposible, pensó ella sabiendo que tenía otra cita. “Arreglemos más llegado el finde”, le contestó finalmente y pensó que quizás se olvidaría o tendría alguna excusa y evitaría salir con él. Sin embargo, cuando llegó el sábado, a eso del mediodía recibió un mensaje de él preguntándole si al final podía. “Ya fue, le digo que sí”, pensó y le mandó una respuesta afirmativa. Cuando la pasó a buscar y se subió a su auto vio que se había afeitado y se había puesto una camisa. “Parece más viejo de lo que es”, pensó y un poco se arrepintió de haberle dicho que sí, aunque cambió de opinión cuando sacó un libro y se lo regaló. Sonrió y le dijo que seguro le iba a gustar. Si había algo que le gustaba que le regalaran eran libros, y ese parecía uno bueno. En el camino charlaron de todo un poco. Le contó que ya no salía más con Matías, pero obvió la parte de que había salido con otro chico apenas dos días atrás. Cuando entraron al bar, los recibió una chica y le dio un poco de vergüenza de que los vieran juntos. “¿Qué pensaría?”. Por suerte sus miedos y dudas se disolvieron cuando se sentaron en la mesa. Por algún motivo que desconocía se sentía muy tranquila con él. No sintió en ningún momento los nervios que tuvo con sus otras dos citas aquella semana. Quizás el hecho de que se conocían de antes ayudó. Durante la cena se rió mucho y en ningún momento sintió la diferencia de edad. Cuando terminaron de comer, él le ofreció ir hasta la orilla del río. Lucía entró en pánico. Sabía que si iban hasta ahí, él iba a darle un beso. Si bien muchas veces se imaginó haciéndolo, ¿realmente quería que la besara? Ante la indecisión se dejó llevar y lo siguió. Cuando estuvieron cerca de la orilla, le empezó a contar una anécdota sobre su ex para ver si podía evitar lo que estaba por venir, pero el la interrumpió y se puso a hablar de otra cosa. Era evidente que estaba dispuesto a cumplir su objetivo a toda costa. “¿Tenés frío?”, le dijo cuando vio que tiritaba. “Un poco”, le contestó, siempre manteniendo una distancia prudente.

Cuando le pidió que le diera la mano, se dio cuenta de que no tenía más escapatoria. Podía frenarlo, sin dudas, pero no lo hizo. Algo en su interior la empujó a que viviera aquel momento. El beso fue lindo. Se sentía bien y había una conexión entre ambos, pero eso no impidió que le pánico la invadiera nuevamente “¿Qué estoy haciendo? Este hombre podría ser mi papá”, se dijo mientras sus bocas seguían pegadas. Cuando se separaron, le dijo que él era muy grande para ella, para que entendiera que esa cita no era el inicio de nada. Pero mucho no le importó. Le dijo que él no había notado la diferencia de edad y la volvió a besar. Luego Agustín le preguntó si quería ir a tomar algo a otro lado, pero ella sabía que eso significaba que podrían terminar en su casa y definitivamente era algo que no quería hacer. “Mejor llévame a mi casa”, le contestó y sintió que volvía a tener doce años de nuevo. Cuando finalmente la dejó en su casa, su cabeza era un bolillero de pensamientos. Abrió el libro que le había regalado y vio que tenía una dedicatoria. La leyó y sonrió. Le mandó un mensaje diciendo que le había encantado la dedicatoria. “¿Por qué no tiene aunque sea diez años menos?”, pensó y se tiró en la cama para procesar todo lo que había vivido en unas pocas horas. “No puedo seguir saliendo con él”, se dijo finalmente.



martes, 16 de junio de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus VII


Agustín estuvo varios días pensando si invitar a salir a Lucía o no y a la vez pensando de qué manera hacerlo. Una mañana estaban hablando por Whatsapp de cualquier cosa y sin pensarlo le escribió “vamos al cine” y se lo envió con los ojos cerrados. “No hay nada para ver en el cine”, contestó ella y asumió que había sido una maniobra para decirle que no. Sin embargo, no quiso quedarse con esa respuesta y le retrucó: “Vamos a tomar algo” y cruzó los dedos esperando el sí. “Bueno, está bien”, fue la respuesta y Agustín realizó su típico baile de la victoria. “¿Cuándo?, ¿mañana?”, le preguntó luego. “Arreglemos más cerca del finde, quizás el sábado puedo”, le contestó y rogó para que esa cita se concretara.

El sábado se levantó casi al mediodía y se la jugó. No quería quedarse sin salir con Lucía. “¿Al final podés hoy?”, le escribió. Mientras esperaba la respuesta vio que ella escribió y borró varias veces, pero al final le dijo que sí. A eso de las ocho se afeitó, se puso una camisa y agarró el libro que le había comprado de regalo. A las nueve en punto le mandó un Whatsapp diciéndole que estaba parado a la vuelta. Cuando la vio salir el corazón le dio un vuelco. Qué linda que estaba. Ni bien se subió la saludó con un beso en el cachete y le dio un libro. “Es mi autor favorito, espero que te guste”. Lucía le agradeció y le dijo que seguro le gustaría porque tenían gustos parecidos en la literatura. Durante el viaje hasta el bar que había elegido para llevarla a comer, ella le contó que había terminado su breve relación con Matías y le contó los motivos. “Qué suerte”, pensó él. 

Durante la cena la pasó muy bien. En ningún momento sintió la gran diferencia de edad que había entre ellos. Ella era muy divertida y le encantaba cuando se reía. Aparte era de buen comer. Eso le gustaba. Cuando terminaron de cenar, como el lugar daba al río, le preguntó si quería acercarse a la orilla. La vio dudar un poco, pero finalmente le dijo que sí. Caminaron y cuando él se quiso seguir, ella le dijo que no, que por lo general al borde del río había ratas. Lo hizo reír otra vez, pero aceptó su petición. “¿Tenés frío?”, le preguntó cuando la vio aferrarse a su saco. “Un poco”, le contestó casi sin mirarlo. “Dame la mano”, le dijo entonces. En ese momento lo miró y se la dio. Sorprendido porque le había hecho caso, se la tomó y la llevó hacia él para darle el tan esperado beso. Mientras la besaba sentía que había rejuvenecido veinte años y sobre todo se sentía muy feliz. Estar con ella siempre era como una bocanada de aire fresco. Cuando se separaron, la miró y se mordió el labio. Qué linda que era. La abrazó una vez más aunque esta vez se mostró un poco distante. “Sos muy grande para mí, lo sabés, ¿no?”, le dijo de repente. “Si, lo sé, pero yo no sentí en ningún momento la diferencia de edad”, le contestó. “Dale, aflojá un poco”, le dijo después y la volvió a besar. “¿Querés que vayamos a otro bar?”, le preguntó. “No, quiero que me lleves a casa”, le dijo y ahí se bajoneó un poquito, pero no lo suficiente. Luego de dejarla en su casa fue a cargar nafta y mientras esperaba le llegó un mensaje de ella: “Me encantó la dedicatoria del libro y la pasé muy bien hoy”. Agustín no pudo evitar sonreír de oreja a oreja y para sus adentros se dijo: ”La besé, no puedo creer que la besé”.



martes, 9 de junio de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus VI


Luego de la tercera cita con Matías, Lucía se dio cuenta de qué era un gran amigo, pero una pésima pareja. Así que se pasó la semana pensando de qué manera decirle que no quería salir más con él. En ese interín, tuvo una fiesta en la que conoció a otro chico que le voló la cabeza. La conexión que tuvieron fue inmediata y lo que sintió no lo había sentido desde que había cortado con su ex. Cuando llegó a su casa después de la fiesta le escribió para decirle que le había encantado haberlo conocido y él le correspondió. Al día siguiente él le dijo que quería que salieran, y ella le dijo que sí sin pensarlo. Sin embargo, antes debía terminar su breve relación con Matías. Por lo tanto, le dijo de verse el martes. Fue a su casa, cenaron y después de tener sexo se sentaron los dos en el sillón y se pusieron a charlar. A Lucía le comenzaron a agarrar muchos nervios ya que no sabía cómo decirle que ya no quería seguir viéndolo como algo más que un amigo. Por suerte, de la nada, empezó a hablar él. Le explicó que llevaba un tipo de vida qué le gustaba mucho y que no quería cambiar para tener una relación. Lucía lanzó un suspiro de alivio. Ahora las cosas serían mucho más fáciles. “No te preocupes”, le contestó. “La verdad es que yo te veo más como un amigo”, agregó después y cuando salió del departamento, se saludaron con un beso en el cachete. “Ojalá que podamos ser amigos más adelante”, pensó cuando se subió al Uber y lo despidió con la mano por la ventana.

Cuando llegó el jueves, Lucía había logrado que finalmente Joaquín, el chico que había conocido en la fiesta, le dijera que quería sí quería salir esa noche. Así que a eso de las ocho se vistió y encaró para el bar donde habían quedado. Él chico llegó media hora tarde. Eso ya no le gustó, pero trató de pasarlo por alto. Se sentía muy nerviosa. Tan nerviosa que ni siquiera pudo terminar de comer su hamburguesa. La cita fue algo rara. Joaquín prácticamente no hablaba. Tenía que estar todo el tiempo sacando temas para lograr armar una conversación. Encima cuando la besó, la conexión que habían tenido ya no estaba.  Se ve que el alcohol de aquella noche había creado una simple fantasía. Para colmo, a la hora de pagar Lucía había dejado cien pesos para la propina y Joaquín en vez de dárselo al mozo, se lo quedó. Definitivamente, aquel encuentro fue una total desilusión.



lunes, 1 de junio de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus V


Ya habían pasado algunos meses, pero a Lucía todavía le seguía doliendo la ruptura con su novio. Sin embargo, un día se levantó cansada de llorar y decidió que era hora de empezar a salir con otra gente, así que decidió aceptar la invitación de Matías, un conocido que hacía un par de días le había dicho de salir. En la primera cita la pasó muy bien. El pibe era muy gracioso, su charla era entretenida y besaba bien. Así que cuando la invitó a salir de nuevo dijo que sí sin pensarlo. Para ese entonces ya era principios de noviembre y el curso ya estaba por terminar. El viernes que Matías iba a pasarla a buscar por el instituto, se puso un short colorido y unas sandalias de taco. También se pintó los labios. Ese día se sentía muy bien consigo misma y cuando se dio vuelta y vio que Agustín la estaba mirando de una manera diferente, una sonrisa se le dibujó en la cara. En la semana que siguió, Lucía soñó que Agustín se prendía fuego. Buscó en Internet qué significaba aquel sueño. “Es una advertencia que la persona que se está prendiendo fuego puede llegar a tener una relación tóxica o puede llegar a pasar por un gran sufrimiento”, decía la página consultada. Dudó en si hablarle o no para contarle, pero finalmente lo hizo. “Soñé que te prendías fuego”, decía el mensaje y además le mandó un print de pantalla del significado. “No creo que eso pase”, le contestó él y desde ese momento no pudieron dejar de hablar más. Sus charlas ya se habían hecho parte de su rutina diaria.

Una mañana Agustín estaba trabajando en su local, cuando le llegó una notificación: Lucía lo había agregado a Facebook. No pudo evitar sonreír. “¿Qué te pasa?”, le preguntó su empleado que lo vio mirando embobado a la pantalla. “Nada, me agregó una chica que me gusta a Facebook”, le contestó él y no le dio más detalles. Esa misma noche entró a su perfil y lo recorrió de punta a punta. Qué linda que era. ¿Qué pasaría si le mandaba un Whatsapp? ¿Qué pensaría? Para su sorpresa, al día siguiente recibió un mensaje de ella. Desesperado lo abrió para ver qué decía: “Soñé que te prendías fuego”, leyó y automáticamente largó una carcajada. Era muy típico de ella soñar cosas raras y, aunque el sueño no lo beneficiaba mucho, se alegraba de que hubiera soñado con él. Desde ese día no pararon de hablar y mientras tanto pensaba cómo invitarla a salir.



miércoles, 27 de mayo de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus IV


 Luego de las vacaciones de invierno Agustín retomó el curso de Redes Sociales. Vio que un par de sus compañeros habían desertado y se preocupó cuando no vio a Lucía. Para su suerte, apareció unos minutos antes del horario de inicio, pero la notó algo diferente. Se la veía muy triste. Ella lo saludó apenas con una sonrisa y no lo miró ni le habló en toda la primera parte de la clase. En el recreo se le acercó y le preguntó si estaba bien. “Si”, le contestó ella. “¿Segura?”, le preguntó, él. “Después te cuento”, le contestó finalmente con los ojos llorosos. “¿Venís a cenar hoy?”, le preguntó después. Ella dudó un poco, pero al final contestó que sí. Durante la cena estuvo bastante callada y Agustín no veía la hora de que terminara para estar a solas con ella y preguntarle qué le había pasado. Cuando finalmente dieron por terminada la cena, Agustín y Lucía caminaron juntos hacia el subte. Ella le empezó a hablar sobre lo rica que había estado la comida, pero se notaba que lo hacía únicamente por cortesía. “¿Qué pasó, Lu?”, le preguntó. Ella ya no pudo contenerse más y se largó a llorar. Él la abrazó. Entre sollozos le contó que había cortado con su novio hacía dos semanas. La volvió a abrazar y aunque le dolía verla así, por algún motivo que desconocía, se puso feliz.

Con el tiempo, Lucía comenzó a quedarse a cenar cada vez más seguido con sus compañeros de clase. A pesar de que se llevaban bastante edad, se sentía cómoda con ellos. Además aprovechaba esos momentos para descargar toda la bronca que tenía hacia su ex. Con Agustín cada vez se llevaban mejor, aunque sus conversaciones no traspasaban de las clases o las vueltas en subte. Un día, en una de las cenas, un compañero le preguntó si saldría con alguien mucho mayor que ella. “No”, le respondió ella y agregó: “Nunca me gustaron los hombres mucho más grandes”. “¿Estás segura, no te gustaría salir con alguien de cuarenta y tres?” A Lucía le llamó mucho la atención la especificidad de la pregunta y sobre todo porque esa era la edad que tenía Agustín. “¿Le gustaré?”, se preguntó para adentro y a la vez le contestó a su compañero: “No, es demasiado grande para mí”. Después de esa noche, empezó a mirar a Agustín más seguido. Definitivamente no saldría con él, pero ¿le gustaría que pasara algo entre ellos? Tal vez sí. También, desde esa noche, empezó vestirse mejor para ir al curso. Más linda, más sexy. Aunque se lo negara a ella misma, se vestía para él.

Con el correr del tiempo, Agustín notó que Lucía estaba cada vez más animada y también más linda. Se había cortado el pelo y se estaba vistiendo diferente. Más elegante. Cuando se ponía polleras se volvía loco, pero trataba de no pensar mucho en ella porque sabía que sus posibilidades eran prácticamente nulas. Aparte era muy chica, no iban a tener nada que ver. Sin embargo, sus esfuerzos por mirar a otro lado se estaban volviendo en vano. Sus compañeros se habían dado cuenta de que le gustaba y lo molestaban cada vez que se juntaban sin ella. “¿Cómo te gusta, eh?”, le decían cada vez que se hablaba de ella. Agustín siempre negaba todo, pero un día se cansó. “Si, me gusta, pero ni siquiera la tengo agendada en el teléfono. No como ustedes que le hablan por privado”, contestó un día enojado. “Hacés mal, si te gusta deberías agendarla y empezar a hablarle”, le dijo uno de sus compañeros. Esa noche cuando volvía en el subte la agendó. Miró su foto de perfil un buen rato y le escribió un “te extrañamos en la cena hoy” que nunca envió.



martes, 19 de mayo de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus III


Al cabo de dos meses tanto el curso como el grupo ya había tomado forma y tanto Agustín como Lucía ya le habían agarrado la mano al tema. Si había algo en lo que no estaban seguros se ayudaban, ya que continuaron sentándose uno al lado del otro. Se llevaban muy bien. En las charlas que mantenían no se notaba para nada los diecisiete años de diferencia que tenían.  A él, ella le parecía linda y encima tenía buenas ideas, pero era demasiado joven y encima tenía novio. A ella, él le parecía atractivo por la edad que tenía y se notaba que era muy inteligente. Sin embargo, ella solo tenía ojos para su novio y no le gustaban los hombres mucho mayores que ella.
A los cuatro meses de cursada, los “mayores” del grupo comenzaron a juntarse a cenar después de las clases. Los “jóvenes” también estaban invitados, pero siempre tenían algún otro compromiso. Agustín iba siempre. Se había hecho bastante amigo de todos y como solo se juntaba de vez en cuando con sus amigos, le gustaba tener esa salida semanal asegurada. También le hubiera gustado que Lucía asistiera, pero siempre que salían del curso, estaba su novio esperándola en la puerta. Igualmente, sus deseos se cumplieron al final del cuatrimestre. Para festejar que habían terminado la primera parte del curso, los mayores propusieron salir a comer todos juntos y ninguno podía poner excusas. Así que el día que finalizaron las clases, Agustín le pregunto a Lucía si iba a ir, cruzando los dedos para que dijera que sí. Para su felicidad, su respuesta fue afirmativa y se puso más feliz aún, cuando a pesar de que los otros jóvenes dijeron que no iban a ir, ella mantuvo firme su decisión.

Cuando mandaron por el grupo del Whatsapp la propuesta de ir a cenar después de clases para festejar que terminaba la primera parte del curso, Lucía lo primero que hizo fue preguntarles a los compañeros que tenían su edad si iban a ir. Solo uno dijo que si y le pareció suficiente para aceptar. La verdad es que en las clases la pasaba muy bien y tenía ganas de compartir un momento extracurricular con sus compañeros. Sin embargo, el día de la cena, el compañero que le había dicho que iba se bajó a último momento. Pensó en imitarlo, pero cuando Agustín le preguntó si iba, le dio cosa decirle que no. Cuando salieron de clase y llegaron a la pizzería donde iban siempre, Lucía y Agustín se sentaron juntos. La cena resultó muy divertida y Lucía prácticamente no notó la diferencia de edad con sus compañeros. Cuando terminaron de comer, le dijeron que les encantaría que los acompañara más seguido. Ella les contestó que no sería todas las semanas, pero de que de vez en cuando los iba a acompañar. Cuando se despidieron, Lucía encaró para el subte y Agustín también. “Parece que vamos a viajar juntos”, le dijo ella. “Un placer”, le contestó él. Mientras volvían, Agustín le preguntó por su novio. Ella le contó cómo se habían conocido y que estaban juntos hace un año y medio. Luego Lucía le preguntó sobre su situación sentimental.  Él le contestó que estaba solo y le confesó que, si bien había tenido relaciones serias y estables, nunca había llegado a convivir con nadie. “Qué raro”, le dijo ella, pero él en vez de contestarle algo, cambió de tema. Cuando bajaron del subte en Congreso, se despidieron con un beso y Lucía se fue a tomar el colectivo y pensó que Agustín le parecía una muy buena persona.



martes, 12 de mayo de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus II


Lucía hacía dos años que trabajaba en el área de Marketing de una reconocida empresa de golosinas. Por lo general se sentía muy conforme con sus tareas. Todas las mañanas iba entusiasmada a la oficina. Estaba aprendiendo mucho y muy rápido. Sin embargo, toda la parte digital había tomado mucha relevancia en esos años y ella estaba poco capacitada al respecto ya que, cuando iba a la facultad, ni siquiera existía Instagram. Por lo tanto, su jefe le pagó un curso de Marketing Digital para que pudiera actualizar sus conocimientos. Sinceramente le daba bastante fiaca tener que irse hasta el centro una vez por semana durante un año pero, como era gratis, no podía quejarse.

El primer día de clases se tomó el colectivo y el subte y caminó unas cuadras hasta llegar al lugar. Como había cola para ir por ascensor, subió siete pisos por escalera. Casi llegó sin aire, pero lo logró. Hacía mucho que no subía tantas escaleras. Se acercó a un mostrador y preguntó adónde tenía que ir. La chica le señaló el aula que estaba a su derecha. Entró y saludó a las tres personas que ya estaban ahí. El aula era demasiado pequeña. Dificultosamente llegó hasta el segundo banco y optó por sentarse del lado del pasillo, aunque tuviera que pararse luego para que dos personas más pasaran para sentarse al lado de ella.  Quiso prender la computadora, pero sus dedos no encontraron el botón de encendido. Se agachó para ver, pero se golpeó levemente la cabeza. ¿Quién había diseñado esa aula tan incómoda? Corrió un poco las sillas y se agachó para ver. En ese momento escuchó una voz que le decía: “Está arriba de la CPU el botón”. “¡Gracias!, contestó ella sin mirar quién le había hablado, pero deseando que se lo hubiera dicho antes de hacer semejante alboroto. Se sentó, pero como lo hizo tuvo que volver a pararse para dejar pasar a un chico que acababa de llegar. Por suerte el o la tercera ocupante nunca llegó. Miró a su alrededor. Solo eran diez personas. Tres chicos de más o menos su edad y los seis restantes tenían más de treinta años. A las siete en punto entró la profesora. Era bajita, estaba llena de rulos y de energía. También parecía de unos treinta años.

Agustín había trabajado mucho para que su negocio tuviera una buena estabilidad. Le llevó horas y horas de trabajo, mucho tiempo menos de sueño y hasta algunos ataques de pánico, pero finalmente lo logró. Es por eso que cuando su sobrina le dijo que tenía que hacerle redes sociales a su local, él se negó completamente. “Si no estás en redes sociales, no existís, tío”, le decía ella, pero él siempre le decía que no. La verdad es que sabía que podía llegar a vender mucho por redes ya que una vez le abrió un Facebook al local y le llegaron muchas consultas, pero como no entendía mucho como manejarlo, solo hizo dos publicaciones y nunca más lo tocó.  Un día que uno de sus amigos, que también tenía un negocio, le contó que estaba vendiendo una barbaridad por redes sociales. Eso le hizo un clic en la cabeza. Si había algo que le gustaba, era la plata. Sin embargo, si se ponía las pilas con toda la parte digital quería hacerlo bien. Esa misma noche, cuando llegó a su casa, buscó cursos de marketing digital en su computadora y se inscribió en uno que duraba un año, pero era muy completo.


El primer día de clases, Agustín dejó el cierre de su local en manos de sus empleados. Eso lo ponía algo nervioso, pero si quería crecer, tenía que delegar. Se fue media hora antes para poder bañarse y para tomarse el subte. No se acordaba la última vez que se lo había tomado. Desde que tenía el auto prácticamente había dejado de usar el transporte público. Sin embargo, sabía que ir en con el auto hasta el centro iba a ser un dolor de cabeza, así que optó por ser parte de la plebe, como decía él cuando quería cargar a alguien.
Cuando se bajó en la estación 9 de Julio se quedó parado en el andén mientras todos seguían caminando a su alrededor ¿Por dónde tenía que salir? Encaró para su izquierda y cuando subió las escaleras más gente le pasó por al lado. Se puso contra una pared y sacó su celular para fijarse dónde estaba parado. Una vez que se ubicó caminó las cuadras que lo separaban del instituto. Cuando llegó había una fila que llegaba hasta la puerta para subir al ascensor. Se puso en la fila porque no pensaba subir siete pisos por escalera. Vio a una chica pasar y pensó que debía tener mucho estado físico para subir. Después de unos diez minutos de esperar llegó hasta el piso que le tocaba y luego de preguntar a qué aula tenía que ir, se dirigió hacia allí. Cuando entró se sintió encerrado. El lugar era demasiado chico. Había cuatro personas nada más. Una de ellas estaba tirada en el piso como buscando algo. Uno de los chicos le dijo que el botón de la CPU estaba arriba. Buen dato. Miró donde podía sentarse y le gustó el lugar al lado de la chica que estaba prendiendo la computadora. Seguramente le molestara tener que pararse para dejarlo pasar, pero no le importaba. Cuando se sentó, le pidió permiso. Ella lo miró con algo de fastidio, pero lo dejó pasar. Por suerte la tercera persona que podría haber ocupado el lugar que quedaba nunca llegó. Iba a ser un lío si se tenían que parar los dos. La profesora llegó a las siete muy acelerada. Ojalá no sean así de rápidas las clases porque no voy a enganchar una.







miércoles, 6 de mayo de 2020

Amor en tiempos de Coronavirus I


El 3 de septiembre de 1993 a las once menos veinte de la noche Agustín se encontraba de viaje de egresados en Bariloche. Estaba en la habitación que compartía con sus dos mejores amigos haciendo la previa para ir a ByPass, junto un grupo de chicas de otro colegio. Mientras tanto, en Buenos Aires, Lucía le decía “hola” al mundo en el Hospital Alemán.
Diez meses después, el 8 de julio de 1994 a la una y media de la tarde, mientras Lucía daba sus primeros pasos, Agustín le decía a su mamá que quería dejar la facultad porque el estudio no era para él
El 27 de noviembre de 1999 a las siete y veinticinco de la tarde un chino le sacaba una foto a Agustín en lo alto del Empire State con las imponentes Torres Gemelas de fondo y Lucía recibía su diploma por haber culminado el Jardín de Infantes.  
El 1 de abril 2002 a las cinco de la tarde Lucía entraba a su primera clase de gimnasia artística acompañada de su mamá. Mientras tanto, Agustín, que estaba de viaje en Israel con un grupo de chicos de su templo, conocía a una chica con la que empezaría una relación y que meses después lo dejaría para irse a vivir a Londres.
El 16 de octubre de 2004 a las ocho menos cuarto de la noche, mientras Agustín discutía con su mamá en la cocina de su casa porque no quería ir más al templo, Lucía hacía la cola en la Iglesia para que el Obispo de Buenos Aires la confirmara.
El 12 de marzo de 2007 a las doce y diez del mediodía se largó una tormenta increíble. Justo en ese momento Lucía salía del colegio luego de finalizar su primer día en el secundario y Agustín abría su primer negocio: un bazar.
El 17 de agosto de 2010 a las once y quince la mañana a Agustín le agarraba su primer ataque de pánico luego de que su novia lo dejara por otro y Lucía estaba parada junto al pizarrón de su aula anotando los votos para saber con qué empresa se irían de viaje de egresados.
El 16 de enero de 2013 a las tres de la mañana Lucía se besaba con un chico que se le tiró en un boliche de Mar del Plata mientras que Agustín dormía abrazado a su novia en su casa en Belgrano.
El 23 de diciembre de 2015 Lucía era bombardeada por huevos y harina en celebración a que se había recbido. Mientras tanto, Agustín se lamentaba en el aeropuerto de Río de Janeiro no solo por haber perdido su vuelo, sino también por haber engañado a su novia con una brasilera a la que no volvería a ver jamás.
El 3 de abril de 2019 Agustín pasaba por la puerta del instituto donde haría durante un año un curso de Marketing Digital y Lucía, también.




jueves, 16 de abril de 2020

El Polaco para el polaco - El Final


Mientras hacíamos la fila para comer pizza por un dólar, el canario me preguntó como se pedía una porción de pizza en inglés. Eso me llamó mucho la atención ya que era su última noche en la ciudad. ¿Cómo había pedido su comida durante todo este tiempo? Después de llenarnos la panza fuimos al bar/boliche que nos había recomendado la guía. También había poca gente, supongo que porque era día de semana. Nos pedimos otra cerveza más. Después, yo y mi manía de querer hacer que todas las personas bailen juntas, armé una ronda entre todos los que había. Algunos se pusieron a bailar en el medio, los demás aplaudíamos. Como se dice hoy en día, se picó la noche. De repente empezó a sonar un rock and roll. Uno de los polacos le había pedido al DJ que lo pusiera. Me sacó a bailar al medio de la ronda porque le había dicho que sabía bailar rock. Él no sabía bailar. Qué vergüenza. Es muy difícil bailar con alguien que no sabe bailar cuando uno sí sabe hacer el paso correcto. Traté de disimular que no la estaba pasando bien. Por suerte las canciones tienen un fin. Después de ese bochornoso momento nos pusimos a charlar. “¿Qué escuchan en Argentina cuando van a una fiesta?”, me preguntó. Le dije que se escuchaba mucho reggaetón, cumbia y cuarteto. “¿Cumbia?, ¿cuarteto?, ¿qué es eso?”, me preguntó después. Como me pareció realmente difícil de explicarle eso en inglés, le pedí su celular para anotarle unos temas para que escuchara después. Abrió Spotify y me lo entregó. Busqué a Rodrigo para que escuchara el auténtico cuarteto. “Rodrigo, El Potro”, leyó en un castellano gracioso. Después pensé en qué cantante de cumbia le podía mostrar. El primero que se me vino a la cabeza fue El Polaco y se lo anoté. “El Polaco”, leyó sorprendido y riéndose. Ahí caí en la cuenta de que le estaba dando de escuchar al polaco, El Polaco. Nos empezamos a reír a carcajadas hasta que nuestra conversación fue interrumpida por el dj que anunciaba que las chicas que se subieran a bailar iban a recibir una cerveza gratis. Las brasileras se subieron después de unas yankees que estaban en el lugar. “¿Vos no te subís?”, me preguntó el polaco. “Paso. Prefiero pagarme la cerveza”, le contesté y nos quedamos observando el baile de las chicas sobre la barra. Después de un rato los polacos se fueron y me quedé con el mexicano, el canario y el gallego. Luego de mucho suplicarle al Dj, finalmente puso reggeaton y nosotros a bailar sin parar. A eso de las tres les dije a los chicos que me iba. Te acompañamos, me dijeron y nos fuimos a tomar el metro a la estación de Time Square. En el camino el gallego se compró unos Doritos y nos ofreció: “Alguno queréis Doritosh”, nos preguntó. Y después de escuchar pronunciar así la palabra Doritos, se la hice decir unas mil veces más durante el viaje. Cuando llegamos a la calle 97, nos bajamos. La estación que quedaba a una cuadra de nuestro Hostel estaba cerrada por refacciones durante la noche, así que caminamos unas siete cuadras hasta llegar a nuestro destino. Nos habíamos puesto a hablar de grupos de música y canciones. “Escuchen El Kuelge”, les dije cuando cruzamos la puerta. “¿Qué es?”, me preguntaron los tres. “Es una banda de Argentina que está muy buena. Es una mezcla de reggae con candombe”, les contesté. “¿Qué es Candombe?”, me preguntaron, pero yo ya no tenía ganas de dar más explicaciones así que les dije que lo googleen y di por terminada mi noche.  



jueves, 9 de abril de 2020

El Polaco para el Polaco IV


Caminamos hacia el cuarto y último bar. Me puse a hablar con uno de los españoles. Era de las Islas Canarias. Ya para esa altura de la noche no puedo detallar conversaciones, pero si me acuerdo de que le dije que “Eso nos pasa a los Millenials” y él me preguntó qué era Millenial. En ese momento me sentí chiquita, muy chiquita. Siempre que viajo a algún lado, llega un momento en que me doy cuenta de la inmensidad del mundo. Ese fue el momento de este viaje. Pensar que una expresión se dice en todas partes del mundo igual y descubrir que no, te hace explotar un poco la cabeza.

Llegamos al bar que también era en la terraza de un edificio altísimo. Nos subimos al ascensor todo el grupo de los que hablábamos castellano y uno que era de India que quedó en el medio de todos. Nos pusimos a hablar y él empezó a decir que estábamos hablando muy rápido y no podía entender lo que decíamos. “Too fast, too fast”, empezó a decir sin parar. Todos nos empezamos a reír. “Así es como nos sentimos nosotros cada vez que tenemos que hablar con gente que habla en inglés”, le dije riéndome y todos me siguieron. Cuando llegamos hasta el piso que nos había marcado la chica salimos, pero no había nada. Subimos por una escalera, pero tampoco. ¿Cómo podíamos habernos perdido adentro de un ascensor? Decidimos bajar de nuevo hasta el hall principal. Cuando se abrieron las puertas la guía que esta por hacer pasar a otro grupo de personas, se asustó y se empezó a reír. “What are you doing here?”, nos preguntó. Quisimos responderle, pero nadie sabía cómo responderle y el indio no podía parar de reírse. Nos marcó de nuevo el piso y finalmente llegamos al correcto. No había nadie más que todos los que estábamos en el tour. Todos nos quedamos asombrados de la vista. A pesar de que casi no se veía nada porque la niebla que había era muy espesa, se notaban las siluetas de los edificios y las luces se colaban entre los nubarrones creando una postal inigualable. Nos sacamos una foto grupal y me puse a hablar con uno de los españoles del cual no me acuerdo el nombre, pero sí que era muy joven para ser neurocirujano. De repente la guía nos dijo que éramos libres, que el tour ya había terminado y podíamos hacer lo que quisiéramos. La colombiana propuso que fuéramos a bailar. La mayoría aceptamos, pero antes decidimos pasar a comer una porción de pizza ya que, por lo menos los latinos, no habíamos cenado.



miércoles, 1 de abril de 2020

El Polaco para el polaco III


En el camino me volví a juntar con los polacos. “Qué hambre”, exclamé. “¿No cenaste?”, me preguntaron siendo apenas las ocho de la noche. “¡No! Es muy temprano”, les contesté y agregué que en Argentina solíamos comer entre las nueve y las diez de la noche. Los dos abrieron los ojos como  huevos. “¡Esa hora es muy tarde!”, me dijo alarmado uno de ellos. “¿No tienen hambre?”, preguntó después. “Es que la mayoría de las personas salen de trabajar a las seis de la tarde, y entre que llegás a tu casa o vas al gimnasio, se terminan haciendo ocho de la noche. Después tenés que bañarte y cocinar”, le expliqué. “Igualmente no tenemos hambre porque merendamos”, le dije después. “¿Merendamos? ¿Qué es eso?”, me preguntó en un español gracioso. “Merendar es tomar el té, solo que podés comer otras cosas”, le contesté en inglés. Como siguió indagando por el “ritual” de la merienda, comprendí que no me había entendido. Yo seguí tratando por unos diez minutos de explicarle que la merienda era tomar el té, haciendo con mis manos las comillas en la palabra té. Se empezó a reír a carcajadas. “No entiendo por qué me hacés así con los dedos”, me decía. Yo me reí con él y se lo expliqué por última vez. Para él era tan difícil entender qué era una merienda como para mi entender como es que tenían tiempo de comer a las cinco de la tarde.

Llegamos al tercer bar y me separé de los polacos para volver con mi grupo de latinos que para ese entonces había dejado de ser solo latinos ya que se habían sumado un par de españoles. Subimos de nuevo una gran cantidad de pisos hasta llegar a una terraza techada que estaba llena de gente. Al parecer había un evento privado, así que solo podíamos desplazarnos por una parte del lugar. En una de las mesas, un grupo de chicas había abandonado una gran cantidad de comida y algunos de mi grupo se acercaron y se la empezaron a comer. Yo no sabía dónde meterme de la vergüenza que me daban. “No puedo creer lo que están haciendo les dije”, y uno de los argentinos riéndose me dijo: “Bueno, nosotros por lo menos tenemos la excusa de que nos sale todo muy caro, pero la colombiana… ella no tiene necesidad”, me contestó riéndose. Después de esa escena paupérrima, nos pusimos todos a bailar y no sacamos muchas fotos. Se había generado muy buena onda entre todos. Los únicos que habían quedado colgados eran los brasileros que no hablaban ni castellano ni inglés. Igual ellos eran un grupo grande así no nos preocupamos mucho. “Me voy a comprar una cerveza”, les dije al grupete. “Pará. Acordate que el dólar está a cuarenta y cinco”, me dijeron los argentinos. No les hice caso. La plata que tenía, la había llevado para gastar allá. ¿Cuándo iba a volver a tomar una cerveza en un piso veinticinco mirando a Nueva York entre la niebla? Como dice la canción: solo se vive una vez.



jueves, 26 de marzo de 2020

El Polaco para el polaco II


Cuando llegamos al lugar donde estaba el bar subimos unos cuantos pisos por ascensor. Estaba lleno de gente. Tenía una parte techada donde había un asiento redondo que iba girando despacio. También tenía una parte destechada en la que, si no hubiera estado garuando, se podría haber visto gran parte de la ciudad. Dentro del bar se podía ver gente tomando cerveza y otros caminando con tragos servidos en una especie de saché de leche, pero con una forma más “cool”. Fuimos a la barra para ver la carta. “Es carísimo”, dijeron todos. Una cerveza salía diez dólares y el trago diecisiete. “Para mí todo es caro”, les dije y me compré una cerveza. Ya con mi cerveza en la mano, le pedí a los polacos que me sacaran una foto con un cartel que había en la parte destechada. Salió la mitad del cartel. Esa es una gran desventaja de viajar solo. No hay nadie que pueda sacarte fotos dignas y terminás teniendo fotos cortadas, movidas o videos que tendrían que haber sido fotos.

Después de un rato bajamos para ir al siguiente bar. Por ese entonces ya había vuelto con mi grupo de latinos porque hablar todo el tiempo en inglés para alguien que no tiene práctica es agotador. Cuando salimos del ascensor, nos encontramos a otro argentino que estaba tratando de encontrar las palabras para decirle a la guía que recién se había sumado, pero se cansó y le terminó diciendo: “me enganché acá”. “Ten dolars”, fue lo único que le respondió ella y después de hacer el intercambio de billetes seguimos nuestro camino. El segundo bar también estaba en un edificio altísimo, pero a diferencia del otro era todo al aire libre y casi no había gente. La niebla que había le daba un toque especial a la vista de la ciudad. Me compré un trago y me senté con el argentino que recién se había sumado al tour en una de las mesas ratonas con sillas redondas que había. Me preguntó de que trabajaba. ¿Por qué hay personas que quieren hablar sobre trabajo cuando están de vacaciones? Encima para colmo yo me entusiasmo cuando hablo del mío, así que empecé a hablar sin parar y como me pasa siempre que me emociono hablando, me empezó a picar la garganta y comencé a toser sin parar. “¿Estás bien?”, me preguntó. “Sisi, me pasa siempre”, le contesté, como si esa respuesta fuera algún tipo de alivio para la persona que te está viendo morir. Por suerte en ese momento la guía nos llamó para continuar nuestro viaje.





lunes, 23 de marzo de 2020

El Polaco para el polaco I


Lo lindo de los hostels es el hecho de poder socializar con personas de todas partes del globo. Solo basta con decir “Hola, ¿de dónde sos?” a alguien para adentrar en su mundo.
Cuando me fui sola a Nueva York, los primeros días me aislé ya que necesitaba estar conmigo misma. Sin embargo, cuando decidí que ya era hora de conocer a otras personas, me anoté en un tour de bares. Previamente, ese mismo día a la mañana, había hecho otro tour a Bronx donde ya empecé a charlar un poco con otros argentinos. A eso de las 15:30 volví a hostel y decidí quedarme ahí ya que el Pub Crowl era a las 18 y yo venía muy cansada de recorrer la ciudad sin parar. Subí por la escalera los tres pisos que me separaban de mi habitación y cuando entré, quedé sorprendida de que no hubiera absolutamente nadie. Desde que había llegado hacía cuatro días nunca había podido ver el cuarto con luz ya que, no importara la hora que fuera, siempre había alguien durmiendo. Me relajé un rato en la cama hasta que me dio un poco de hambre y fui a planta baja a comprarme algo de comer al barcito que había. “I´m deciding”, le dije al chico que atendía. Me sonrió y me dijo que me tomara todo el tiempo que quisiera. Cuando finalmente me decidí, le pedí un muffin de chips de chocolate y se lo señalé por las dudas de que mi pronunciación no hubiera sido muy clara. Justo en ese momento entró otra empleada muy malhumorada y se interpuso entre el chico lindo y amable que me estaba atendiendo y yo. Me preguntó que quería y le contesté en inglés: “El muffin de chips de chocolate”. Ella agarró el que quiso, lo metió en una bolsa y prácticamente se la revoleó al chico. Él, que había visto toda la escena y mi cara, abrió el paquete y me lo mostró, preguntándome bajito si era ese. Le dije que no y se lo devolvió a la malhumorada diciéndole que no era el que yo quería. “¿Qué querés?, me preguntó de mal modo. “Chocolate and chips”, le contesté mientras se lo señalaba. Empezó a agarrar todos menos el que yo quería. “Chocolate and chips”, le repetía sin parar mientras se lo señalaba. Ella cada vez se enojaba más y cuando por fin se dio cuenta de cuál quería me dijo que había pronunciado mal y una seguidilla de frases que no entendí. Lo miré al chico y mientras nos reíamos, le dije: “I don´t understand what she is saying”. Finalmente, la chica se terminó cansando y abandonó el lugar. El chico me dio el muffin que yo quería y al momento de pagar le extendí mis manos con la plata y dejé que él eligiera las monedas correspondientes. Luego, mientras disfrutaba de mi codiciado muffin, pensé en si bañarme o no. Cómo íbamos a salir tempano, seguramente volveríamos temprano y necesitaría bañarme de nuevo, así opté por no hacerlo. Cuando ya se estaba haciendo la hora subí al cuarto para cambiarme y casi a las 18 volví a bajar al punto de encuentro. Cuando llegué al hall, me arrepentí de no haberme bañado ya que todos estaban bañados y perfumados. Me senté en uno de los sillones y automáticamente un muchacho de unos treinta años se me puso a hablar. “Where come you from?”, me preguntó y solo eso bastó para enterarme de que era de Seattle y estaba en Nueva York de vacaciones. Charlamos un rato más hasta que llegó la chica que iba a ser nuestra guía a cobrarnos el tour. Luego encaramos todos para el subte y una vez ahí abajo esperamos a que los “nuevos” en la ciudad sacaran la Metrocard. Antes de subir nos explicaron dónde debíamos bajar por si alguno llegaba a quedar alejado del grupo. Cuando llegó la línea 2 (la única que pasaba cerca del hostel, pero la también la única que recorría toda la ciudad de norte a sur), me senté entre un grupo de chicos que hablaban todos en inglés. Uno de ellos vivía en Inglaterra. Era colorado, llevaba anteojos, un sobrero y tenía un tradicional acento inglés. Podría haber sido transformado perfectamente en un dibujito animado. Al principio intenté tener una conversación con ellos, pero hablaban tan rápido por lo que al poco tiempo desistí y me quedé callada el resto del viaje. Cuando bajamos, comenzamos a caminar en fila por las calles de Nueva York hasta nuestro primer bar. Me puse a hablar con uno de los argentinos que había conocido en el tour de Bronx, pero después me llamó la atención un chico altísimo y rubio que iba más adelante, así que me le acerqué y le dije: “You are too tall. Where come you from?” Me sonrió y contestó: “I´m from Poland” y ahí empezó nuestra conversación. Patrick (así se llamaba), me contó que con su amigo habían estado recorriendo todo Estado Unidos durante un mes y esa era su última noche. También me dijo que les había gustado más la Costa Oeste, aunque casi se los comió un puma. Bah, creo que eso les pasó. La sucesión de “Roar” y sus manos en posición de ataque me dieron a entender que eso había pasado.



martes, 3 de marzo de 2020

La Verdadera Revolución


El 26 de mayo de 2001, el sol brillaba bien alto en el cielo que estaba más celeste que nunca. Yo tenía seis años y había sido elegida la escolta de la bandera que representaba a primer grado en el acto del 25 de mayo. A las diez de la mañana la vicedirectora de la escuela me vino a buscar al aula para ensayar una vez más la formación, antes de que se reunieran en el patio todos los maestros, alumnos y padres invitados que habían sido convocados a las once.

En la primera pasada, la chica de séptimo grado que llevaba la bandera tuvo dificultades para encajarla en el tahalí de su banda, así que lo hicimos de nuevo. En la segunda pasada, el chico de cuarto grado se trastabilló y casi se cae. De tal modo, la vicedirectora nos lo hizo repetir una tercera vez. A mí me habían empezado a dar ganas de hacer pis, por lo que rogaba que nadie más tuviera ningún percance. Por suerte, la tercera pasada salió perfecta así que cuando escuché las palabras “Listo, ya estamos”, di media vuelta para correr hacia el baño porque mis ganas habían aumentado considerablemente, pero la maldita vicedirectora nos pidió que nos quedáramos en nuestros lugares porque nos quería decir unas palabras. Yo ya estaba en el punto en el que no podía escuchar, no podía ver, no podía moverme. Mi cuerpo estaba totalmente controlado por mi vejiga a punto de estallar. De repente sentí un chorrito caliente bajar por mis piernas. Después otro y otro y otro. Al cabo de segundos tenía la laguna de Chascomús entre mis piernas. Gracias a Dios tenía puesta la pollera del uniforme y no el pantalón. Los zapatos eran negros, por lo tanto, no se notaba que me había hecho pis. Sin embargo ¿cómo explicaba el tremendo charco en el piso? Justo en ese momento la vicedirectora decía algo sobre que el 25 de mayo fue un quiebre para la Patria. Que tenía que decir yo entonces. Abanderada y con pis hasta adentro de las medias. Ese sí era un quiebre. Una vez terminado su discurso nos permitieron dispersarnos. Traté de huir lo más rápido posible para que nadie se diera cuenta de nada, pero justo en ese momento los ojos celestes de la vicedirectora se clavaron en el charquito. “Esperá, Gutiérrez”, me gritó mientras se me acercaba. Cuando escuché mi nombre quedé petrificada y rogué que no me estuviera llamando por el tema del charquito. Cuando llegó hasta mí, se agachó hasta quedar de mi altura y susurrando me preguntó: “¿Vos te hiciste pis?”. “No”, le respondí muy segura. “¿Estás segura?, me volvió a indagar “Si”, le volví a decir bien firme, porque si se miente no se flaquea. “¿Y esa agua que hay en el piso de donde salió?”, siguió metiendo el dedo en la llaga. “No sé, recién veo que está ahí”, le contesté haciéndome la estúpida ya que no había tenido mucho tiempo de pensar una excusa convincente. Me miró seria, pero no me dijo nada. Se ve que como vio que no tenía una aureola de pis en la ropa prefirió dejarme libre.

A las once y diez de la mañana ya estaban todos esperando que empezara el acto y los abanderados estábamos en la secretaría atentos a que nos dieran la orden para salir. Yo ya no aguantaba más estar parada, así que me desplomé en una silla sin pensar que mi bombacha todavía húmeda iba a mojar la pollera. A las once y cuarto nos vino a buscar la vicedirectora y nos hizo formar.  Me vio y se agarró la cabeza. “Ay, Gutiérrez, ¿por qué no me no me dijiste que sí cuando te lo pregunté? No podés salir al acto así ahora”, me dijo un poco enojada. Yo la miraba sin decir nada y quería que me tragara la tierra porque encima todos me estaban mirando. De repente, la escolta de sexto grado se fue y volvió con una caja. “¿Si se pone algo de acá?”, dijo mientras sostenía la caja de objetos perdidos. “Si, es buena idea”, contestó la vice “Pero no tenemos tiempo para que se cambie. Atate esta campera a la cintura y listo” “Vamos, no podemos retrasarnos más”, ordenó, y nos hizo avanzar rápidamente.
De a uno fuimos saliendo al patio y poniéndonos en nuestras posiciones. Sonó el himno, pero nadie cantó. Todos me estaban mirando sorprendidos y yo no entendía por qué. También se escuchaban algunas risas. Miré a la vicedirectora y la estaban sosteniendo porque estaba medio desmayada. El misterio lo develé un par de años después, cuando mirando fotos de ese acto pude ver que la campera tenía una inscripción que decía “Viva España”.



domingo, 16 de febrero de 2020

Tensión Sexual


Francisco ficha a las 8:02. Sube somnoliento las escaleras de la oficina y prende las luces. Es el primero en llegar. Acomoda su mochila en el escritorio y enciende la computadora. Se va a hacer un mate. Qué ganas de irse de nuevo a la cama. Mira mails y organiza lo que tiene que hacer. 8:15 llega Natalia. Cómo detesta a esa piba. La saluda con un beso en el cachete y vuelve a su monitor, lo que menos quiere es que se le ponga a hablar. Entre las 8:15 y las 8:30 llegan cuatro compañeros más y su jefe. Qué raro que todavía no llegó Cata. Termina de decir esa frase en su mente y aparece. A medida que saluda a todos se va sacando prendas: el gorro, la campera y otro saco más que tiene abajo. Afuera hace mucho frío. Cuando llega hasta él, le apoya los dedos congelados en la nuca y se ríe. Francisco se tira para adelante por la sensación y se ríe también. Se saludan con un beso en la mejilla y ella se sienta en su escritorio, al lado de él. Mientras prende la computadora, le cuenta una situación graciosa que vio mientras esperaba a su novio en la estación del tren y se empieza a reír a carcajadas. Todos se ríen de su risa, incluso Francisco que desearía que ese novio no existiera. Ambos se ponen a trabajar. Él la mira de reojo de vez en cuando. En un momento, Cata se saca la bufanda y se hace una cola de caballo, dejando al descubierto su cuello largo y blanco. Le tira la bufanda en la cara para molestarlo. Siente su perfume y se vuelve loco. Cómo odia que haga eso. No tiene una idea de todo lo que le provoca. Suspira y se muerde los labios. Le tira de nuevo la bufanda. Se ponen a charlar y Francisco no sabe cómo hacer para no mirarle los labios. Su jefe les llama la atención y vuelven al trabajo.

Catalina recibe un mensaje de su novio, pero en vez de sonreír se pone seria. Desde que empezó la semana no se paran de pelear. Se va al baño para cambiar un poco la energía. Cuando vuelve tiene un chocolate sobre el teclado. Que suerte que por lo menos la vida la recompensa con personas como Francisco que con pequeños detalles le alegran el día. Le agradece y se ponen a charlar sobre chocolates. Lo mira a los ojos, pero la mirada se le desvía hasta la boca. Que labios carnosos que tiene. Se va a hacer un café y cuando vuelve le tira un poco de la oreja. Él le agarra la mano y no se la quiere soltar. Se empiezan a hacer cosquillas. De repente, sus caras quedan muy cerca. Se produce un silencio y se separan. Ella está algo agitada. Respira hondo y se muerde los labios.

 Cuando llega la hora del almuerzo, como todos los días, van juntos para el comedor. Ponen los dos Tuppers juntos en el microondas. Mientras esperan, Catalina se apoya en la mesada y estira los brazos para arriba. La ropa se le sube y se le ve el obligo. Francisco siente que el verano llegó de golpe. Si se controla es solo porque está en su lugar de trabajo y no quiere que lo echen. Si pudiera ya la hubiera agarrado de la cintura, sentado sobre la mesada y besado hasta quedarse sin aliento. Se sientan a comer y ella le convida un poco de sus papas por la comida de él era poca. Cuando terminan, se van a sentar a los sillones que hay para descansar. Catalina se suelta el pelo y le apoya un pie sobre el muslo a Francisco y le pide que le ate los cordones con la excusa de que está tan llena que no puede ni moverse. Se los ata y se pone a jugar un rato con ellos. Le tira de la media para molestarla y aprovecha para tocarle disimuladamente el pedacito de piel que le queda entre la media y el pantalón. Cómo le gustaría seguir recorriendo esa pierna.

Cuando vuelven del almuerzo, a Catalina le cuesta concentrarse. Todavía siente el contacto de Francisco en su piel. Agarra un papel y se pone a dibujar para lograr enfocar su atención nuevamente. Hace unos gatos sobre una medianera y se lo regala a Francisco que ya volvió y la está mirando. Él le agrega unas cervezas. Se ríen. Ella dibuja unos corazones y da por terminada la obra de arte. Se la regala y Francisco se pone contento. Se levanta y se va a la cocina a hacerse un café. Catalina lo sigue. Mientras esperan que la cafetera termine su trabajo se miran, pero ninguno dice nada. Sonríen. Francisco se le acerca un poco a Cata y parece que le va a decir algo, pero justo entra Natalia y dice que si tira maíz pisingallo entre ellos se vuelve pochoclo. Los dos la miran mal. Catalina también la detesta. Es una metida y encima tiene mal aliento. Ruegan que el café se termine de hacer de una vez por todas. Natalia se le hace la linda a Francisco. Él la ignora y se distrae viendo a Cata servir el café. Qué linda que es. Ella se mete entre él y Natalia que sigue en el medio y le da su taza. Vuelven hablando a propósito sobre el mal aliento. 

Se hacen las 15:15, la hora de la muerte en la oficina, esa que no se pasa nunca y en la que todos miran el monitor pensando en estar en cualquier lugar menos ahí. Francisco agarra una lapicera dibuja una carita feliz en el cuaderno de Catalina como ella hizo muchísimas otras veces cuando estaba aburrida. Era como un código que tenían. Ella le agarra la mano y le dibuja una, pero le sale deforme. Por lo tanto, la transforma en un dinosaurio, que es todavía peor. Él se ríe y se burla. Agarra otra lapicera y le dibuja un elefante. Que piel suave que tiene. También le sale mal y más que un elefante, parece un pez espada. Se ríen y sacan fotos para subir a las historias de Instagram. Su jefe les llama la atención nuevamente y los amenaza diciéndole que si siguen así los va a cambiar de lugar, como si estuvieran en el colegio. Francisco vuelve a su trabajo inmediatamente. Lo que menos quiere es estar lejos de Cata, aunque sea tan difícil tenerla cerca.

Son las 16:30, falta poco para que termine la jornada laboral. A Catalina le invade una ansiedad que la está matando. Siempre le pasa a esa hora del día. Se muere de ganas de hablarle a Francisco para distraerse un poco, pero si lo hace su jefe los va a separar y si eso ocurre, corre el riesgo de que la sienten al lado de Natalia y no soportaría ese mal aliento todo el día. La ansiedad aumenta segundo a segundo. Crece a tal nivel que, o se comería treinta caramelos al hilo, o se abalanzaría sobre Francisco y se lo comería a él. Qué difícil tenerlo tan cerca. A las 17 en punto Francisco guarda sus cosas y apaga la computadora. Es su hora de irse. Hace un saludo general, pero a ella le da un beso y le toca el hombro. Una electricidad le recorre el cuerpo. Respira hondo por enésima vez en el día y se levanta para ir al baño. Él que la ve pararse, le pregunta si piensa irse con él. Ella se ríe y revolea los ojos. Caminan juntos hasta que llegan a las escaleras. Él se prende la campera, pero el cierre se le traba. Ella lo ayuda. A él le late el corazón, a ella le tiemblan las manos. Cuando solucionan el problema, Cata vuelve a la oficina sin pasar por el baño.  A las 17:30 baja las escaleras y ficha su salida. Se toma el tren y va directo para lo de su novio. Esa misma tarde se reconcilian en la cama, en la cocina y también en el baño.




miércoles, 29 de enero de 2020

Los Tres Gordos


A Mariela la conocí cuando estábamos en salita de tres. Yo era de esos nenes tímidos que casi no hablaban y ella un pequeño torbellino. Un día, en un recreo, estaba jugando solo y ella se me acercó. “¿Por qué estás solo?, me preguntó y sin dejarme contestar, se sentó al lado mío y me empezó a hablar sin parar. Desde ese momento fuimos los mejores amigos. Con el paso del tiempo, hizo que me desinhibiera bastante. En la primaria logré hacerme un grupito de amigos varones, que aún hoy sigo conservando. Ella siempre tuvo a su grupo de amigas y podría haber tenido miles si lo hubiese querido porque la facilidad que tenía para socializar era envidiable. Además, era inteligente y sabía de muchas cosas. A veces nos pasábamos horas hablando. Cuando llegamos al secundario además de inteligente y buena (porque también era muy buena persona), se puso muy linda. Yo no podía creer como todavía no había dado su primer beso. Hasta yo, tímido y flacucho como era, ya había besado a Camila Torres. “Quiero que mi primer beso sea con alguien del que me quede un lindo recuerdo”, me decía cada vez que hablábamos de eso. Finalmente, ese tan preciado beso le llegó de la mano de Juan Carlos, su primer novio, a los catorce años. El pibe me caía bien, era macanudo. Se habían conocido en la playa y salieron unos ocho meses hasta que la dejó cuando se fue de viaje de egresados. Mariela quedó destrozada y yo odié a Juan Carlos como nunca odié a nadie. No solo lo odié porque le rompió el corazón a mi mejor amiga, lo odié por todo lo que vino después de él, especialmente, los tres gordos.  

El gordo vago

El gordo vago vino casi inmediatamente luego de Juan Carlos. Mariela ya había cumplido los quince así que gracias a Dios no quedó registrado en ninguna de las fotos de su fiesta, pero creo que si entramos a su Facebook y bajamos hasta el año 2009 puede que haya quedado alguna foto sacada con una vieja cámara digital. A este gordo lo conoció en la misma playa que a Juan Carlos y lo dejó entrar a su vida únicamente por despecho. Cuando me contó que lo había conocido, supe de movida que no iba a durar mucho porque ella seguía enamorada de su ex. No le dije nada porque supuse que un clavo iba a sacar a otro y ella merecía ser feliz. Sin embargo, cuando conocí a Rodrigo imaginé que las cosas iban a terminar más precipitadamente de lo esperado. Mientras que Mariela era abanderada, Rodrigo estaba cursando por tercera vez el primer año del secundario. Ella entrenaba natación seis veces por semana, y él jugaba a la play seis horas por día. Ella le hablaba de libros y él le nombraba la formación completa de River. “De verdad, Maru ¿cómo te puede gustar este pibe?”, le preguntaba yo cada vez que me lo mencionaba. “Los opuestos se atraen”, me contestaba con su tono de quinceañera superada. Encima el gordo no solo era vago, también era bastante mentiroso. Cada tanto Maru me contaba las historias que le inventaba a la madre que te dejaban con la boca abierta. No me imagino cómo le mentiría a ella también. Así y todo duraron dos meses. Yo pensé que lo iba a mandar a mudar a la semana, pero se ve que lo necesitó un poco más de tiempo para sacarse de la cabeza a Juan Carlos. Igualmente, la cosa no terminó ahí. Años después, cuando estábamos en quinto, el gordo vago volvió remasterizado. Con la excusa de las entradas de nuestra fiesta de egresados le habló y se le quiso hacer el lindo. Creo que no duró un round. Mariela no es una persona de mucha paciencia y cuando está en perfecta alineación es implacable. De tal modo, como no pudo con ella, el gordo, que además de vago y mentiroso, era bastante mala persona, se metió con una de sus mejores amigas. Si bien no logró ocasionar una pelea porque los sentimientos de ella hacia él eran nulos, si hizo que las amigas se distanciaran durante todo el año que duró esa relación. Por suerte su amiga también se dio cuenta de la clase de persona que era y lo terminó dejando. Ahora el gordo está preso. Hace algunos años lo agarraron asaltando una estación de servicio.

El Gordo Yeta  

El gordo yeta apareció en nuestras vidas cuando teníamos diecisiete años. Yo estaba de novio con Agustina Lorenzi y Mariela estaba pasando uno de los mejores momentos de su vida. Le iba bien en el colegio, le iba bien en natación, iba a bailar seguido y se sentía muy feliz. Lo único que le preocupaba era el hecho de que algunas de sus amigas ya habían empezado a perder la virginidad y ella ni siquiera tenía a alguien que le gustara. “No te preocupes, Maru. Ya te va a llegar el momento”, la tranquilizaba yo sin animarme a contarle que con Agustina ya lo habíamos hecho. “Si, obvio. Por ahora estoy tranqui. Todavía no sé si estoy lista”, me contestaba ella. Sin embargo, todo cambió con Gonzalo. Era el futbolista estrella de su club, aunque nunca lo había registrado. Fue un día que se cruzaron en la calle y que él luego la agregó al MSN y le habló. “Hola, nena”, “Nos vemos, linda”, así la conquistó. A Mariela siempre le gustó el chamuyo barato. Este gordo también era vago ya que tenía veinte años y no trabajaba ni estudiaba. Sin embargo, a diferencia del otro, era bastante inteligente y tenía mucho futuro jugando al fútbol. Igual, a ella eso no le importaba. La verdad nunca entendí bien qué es lo que le importaba de los hombres.  El físico seguro que no. Sino había forma alguna de que se hubiera enamorado de un gordo colorado que la vivía rechazando. Al principio iba todo bien, él mostraba interés, pero cuando ella quiso dar un paso más en la relación, le dijo rotundamente que no. Lo peor es que el pibe no se fue, quiso seguir saliendo y ella obviamente no pudo decirle que no. Yo no entendía nada. Todo hubiera sido más razonable si Maru hubiera dejado de ser virgen, pero no. Por lo tanto, todo era bastante confuso. Finalmente, la relación con el gordo yeta terminó al quinto mes, pero como Mariela es muy cabeza dura, el día que apareció de nuevo, cuando volvimos del viaje de egresados, volvió a sus brazos como si nada hubiera pasado. Yo me enteré de que estaba saliendo de nuevo con él tres meses después. Como todos lo odiábamos, no le había dicho absolutamente a nadie que lo estaba viendo de nuevo. Si me lo contó fue porque no pudo más con su genio y necesitó decirme cuán enojada estaba porque el gordo le había dicho que quería ser su primera vez, pero cada vez que estaba a punto de hacerlo pasaba algo: o llegaba alguien de sorpresa a la casa, o no tenía forros, o el perro se descomponía. Estaba furiosa. Igualmente yo creo que lo que más bronca le daba no era seguir virgen, sino que el pibe seguía sin querer tener algo serio con ella. Yo para esa época ya había cortado con Agustina así que pude enforcarme cien por ciento en convencerla de que dejara a ese gordo yeta, pero no hubo caso. El caprichito le duró unos cuantos meses y así y todo no pasó nada. Creo que si no hubiera estado tan pendiente de ese pibe se hubiera desvirgado muchísimo antes. Por suerte se terminó cansando y de un día para el otro la historia se terminó para siempre. Bah, casi, porque unos años después cuando el gordo, que ya no era más gordo, le escribió para preguntarle si ya había resuelto el asunto, se encontraron y concretaron lo que tanto les había costado. Hoy en día está casado y tiene dos hijas. Trabaja en un banco. Nunca pudo llegar a jugar profesionalmente al fútbol porque se rompió el tobillo. Y aunque Mariela me diga mil veces que no, yo sé que ese gordo es yeta. Después de haber estado con él tuvo siete años de mala suerte y cada vez que se lo cruzó en esos años y ella estaba en pareja, cortaba a la semana.

El Gordo Sindicalista

Cuando el gordo sindicalista cayó como una bomba de estruendo, yo estaba cursando mi último año de abogacía y Mariela se había recibido Contadora hacía ya tres años. Lo conoció en el gimnasio, en una clase de baile. Un gordo bailarín. Nunca me había hablado de él. De hecho, por ese tiempo andaba muy confundida con otro pibe, por eso me llamó la atención el día que vino toda eufórica a contarme que casi se lo voltió en el vestuario. “¿De dónde salió este pibe, Maru?, ¿No querías estar con Máximo?”, le pregunté extrañado. “No sé cómo pasó, lo veía siempre en las clases, charlábamos, pero nada. Y el otro día estábamos al lado de los vestuarios hablando de cualquier cosa y de repente hubo una fuerte atracción, nos besamos y terminamos on fire”, me contestó. La cuestión que lo que empezó como un simple arranque de calentura, terminó en una aventura bastante arriesgada. No llegué a conocerlo más que por fotos y supe poco de él porque lo mantenía bastante oculto. Sin embargo, con la información que le pude extraer pude saber cuatro cosas fundamentales: se llamaba Gabriel, era anestesista, se sabía las leyes laborales de pe a pa y no tenía absolutamente nada en común con mi amiga. A este gordo, la verdad que no puedo criticarlo mucho, porque como dije antes, Mariela lo único que me contaba era sobre sus travesías sexuales. Sin embargo, lo nombré como el gordo sindicalista porque cuando se cansaba de escuchar nombrar por enésima vez los derechos de los trabajadores venía a quejarse conmigo. “¿Sabés a donde se puede meter a Perón?”, me decía indignada. Igualmente, se la notaba animada. Como con el otro pibe no iba ni para atrás ni para adelante decidió enfocarse más en él, aunque lo siguió manteniendo en las tinieblas. Se ve que la clandestinidad le generaba adrenalina. El tema vino cuando el gordo casi la deja embarazada. Ahí la adrenalina se transformó en crisis extrema. Nunca la vi tan nerviosa. Tuvo que ir varias veces a la clínica de la alergia que le había agarrado. “¿Y por qué no te cuidaste, estúpida?”, la retaba yo. “Obvio que me cuidé, imbécil, pero este infeliz se puso mal el forro y se le salió. Decime como le voy a explicar a mi familia que estoy embarazada de una persona que ni siquiera saben de su existencia”, me gritaba desesperada.  Gracias a Dios el gordo además de ser sindicalista y peroncho era poco efectivo. A las dos semanas Mariela le estaba agradeciendo a todos los dioses de todas las religiones por no haber concebido. No hace falta decir que esa relación terminó en ese mismo momento.

“Basta de gordos”, le dije después de esas semanas fatales. “Te lo prometo”, me dijo, pero yo sabía que iba a volver a salir con el primer gordo que viera. Así que la hice fácil. Engordé unos kilitos.  Hay debilidades que no se pueden evitar. La de ella eran los gordos y la mía, ella.