Cuando el
micro arribó a destino bajamos corriendo y optamos por tomarnos un taxi. Nos
subimos a uno descapotable. “Al puerto lo más rápido que pueda, perdemos el
ferry”, le dijo mi hermano y el conductor sonrió y asintió con la cabeza a la
vez que apretaba el acelerador. En ese momento la película tranquila del
comienzo del paseo se transformó en una de acción. El coche comenzó a bajar a
toda velocidad con el precipicio a tan solo unos centímetros. Nuestros pelos
empezaron a volar descontroladamente y no podíamos hacer otra cosa que reírnos porque
la situación era completamente bizarra. Cuando llegamos al puerto, la cosa se
puso mejor. Al chofer no le importó que había gente caminando por ahí. Solo
apretó más el acelerador y tocó fuertemente la bocina. Desde nuestro lugar
podíamos ver como las personas saltaban para los lados para no ser
atropelladas. El último tramo fue de vértigo total porque ya podíamos
visualizar el barco y nuestro reloj marcaba las seis y veintinueve. Cuando el
taxista finalmente frenó, vimos como el ferry empezó a hacer marcha atrás,
alejándose de nosotros. “Se ha ido”, dijo el chofer y el silencio invadió el
ambiente hasta que bajamos del auto y mi hermana empezó a recibir el inevitable
reto de mi mamá. “No sé cómo, pero conseguís otros boletos para irnos hoy de
acá”, le dijo tajante. En ese momento me apiadé de ella y la acompañé a la
boletería. En ese corto trayecto pensamos cómo decirle a mi mamá en el caso de
que no hubiera otro ferry y cómo íbamos a conseguir dónde dormir. Fueron diez
metros de puras especulaciones, que se disolvieron cuando la chica de la
boletería nos cambió los pasajes con total naturalidad. Por suerte nos habían
mentido y el último ferry salía a las siete y media de la tarde. Con los ánimos
un poco más tranquilos revivimos el momento en el que el taxi bajó a toda
velocidad por la montaña y nos empezamos a reír a carcajadas. Creo que fue el
episodio más divertido de mi vida. Finalmente, siete y media de la tarde salió
el último barco de regreso a Nápoles, por suerte con nosotros arriba. Esta vez
nos relajamos en la parte de adentro y quedamos en silencio un poco por el
cansancio y otro por el hambre ya que no habíamos probado bocado en todo el
día. Cuando arribamos al puerto de Nápoles, mi hermano hizo explotar una bomba que
hizo poner a mi mamá los nervios de punta nuevamente. Habíamos perdido el ferry
de las seis y media y, en consecuencia, también perdimos el tren que pensábamos
tomarnos para volver a Roma. Así que mientras caminábamos por las asquerosas y
ya oscuras calles de Nápoles, mi hermana recibió otra seguidilla de retos.
Imagínense que si no cabía ni una posibilidad de quedarnos a dormir en Capri,
mucho menos existía la opción de pasar la noche en Nápoles.
jueves, 2 de enero de 2020
domingo, 22 de diciembre de 2019
Domani no, hoy II
Doce y veinte hiperpuntual zarpó el barco. Nos
sentamos al aire libre y una brisa suave y hermosa nos golpeó la cara,
alivianando un poco el hambre que ya había empezado a aparecer. ¡Qué cosa linda
es navegar! Cuando nos acercamos al puerto, entre el aire portuario, los
turistas comprando en los puestitos de la feria y el maravilloso paisaje de
fondo, fue como meterse en una película de esas románticas. Nos acercamos a un
lugar desde donde salía un mini-micro que te llevaba hasta la punta más alta de
la isla. Subimos e iniciamos el camino entre calles angostas en las que de un
lado se veía la pared de la montaña y del otro el precipicio, pero también una
panorámica inigualable. Allá arriba la vista era más hermosa todavía. Se podía
ver todas las casas entre el terreno montañoso y la vegetación y un poco más
allá el mar celeste que se mezclaba con el cielo. Recorrimos un poco. Todo era
o cuesta abajo o cuesta arriba. Ninguna casa se encontraba en un terreno llano.
Sin duda un lugar no apto para borrachos. A diferencia de otras partes de
Italia, en Capri había mucho silencio, lo que lo hacía más lindo. Podríamos
habernos quedado horas observando el paisaje, pero a mi hermana se le ocurrió ir
hasta el otro lado de la isla. “No vamos a llegar con el tiempo”, le dijo mi
mamá, pero ella insistió y la terminó convenciendo ya que haciendo cálculos y
teniendo en cuenta la puntualidad europea, no había chance de perder el ferry
de vuelta. Entonces nos subimos a otro mini-micro y comenzamos a descender
nuevamente, pero esta vez para otra dirección. Cuando bajamos del micrito no
pudimos decir otra cosa que no sea “wow”. De ese lado de la isla estaban las
famosas piedras de Capri. Era como estar viendo una postal. Nos acercamos a un
pequeño muelle que había allí y algunas personas se tiraron al agua. Nosotros
simplemente sumergimos los pies. ¡Qué mágico es el mar! Con solo tocarlo
apenitas sentís como toda la energía de tu cuerpo se renueva. De repente el Sol
comenzó a bajar y el cielo empezó a teñirse de rosa. Sin duda era un momento
para congelar para siempre. No me acuerdo quien fue, pero alguno de los cuatro
miró el reloj y dio el aviso de que ya debíamos volver a la parada a esperar el
micro que salía a las 18 hs. Fuimos los primeros en llegar así que aprovechamos
para sentarnos en un banco que había allí. Los minutos pasaban y comenzó a
formarse una fila. Se hicieron las seis de la tarde, pero el micrito no apareció.
Mi mamá se empezó a poner nerviosa. Pasaron cinco minutos más y nada. Otros
cinco y nada. Si no venía en los próximos segundos no íbamos a llegar a tomar
el ferry de vuelta. Los gritos de mi mamá a mi hermana ya habían empezado a resonar
hacía quince minutos. ¿Justo en ese momento los europeos tenían que romper su
tradicional puntualidad? Finalmente, el bus llegó seis y veinte. Teníamos cinco
minutos de viaje hasta la cima de la montaña y otros cinco para bajar. Solo un
milagro nos podía hacer llegar.
domingo, 15 de diciembre de 2019
Domani no, Hoy I
Cuando llega el momento en que en la familia ya son
todos mayores de edad, los viajes familiares se disfrutan de otra manera. Por
un lado, porque dejan de ser una obligatoriedad y por otro porque los miembros
dejan de tener jerarquía y se vuelven compañeros de aventuras.
En el 2012 fuimos con mis hermanos y mi mamá a
celebrar sus cincuenta años a Europa. Primero recorrimos Madrid y Barcelona y
después fuimos en tren hasta París unos días. De ahí otro tren hasta Venecia,
pasamos por Florencia y finalmente llegamos a nuestro último destino: Roma.
Entre los cuatro días de estadía que tuvimos en esa
ciudad, tocó el Día de la Madre, por lo que con mis hermanos decidimos
regalarle a la nuestra un día en la Isla de Capri.
Llegamos temprano a la estación de tren y nos fijamos
en las máquinas expendedoras de boletos (que para esa época para alguien del
tercer mundo era algo revolucionario) cuánto nos costaba viajar hasta allá. Teníamos
varias opciones, pero elegimos la más barata, total allá todos los trenes eran de
lujo. Me encantaría contarles acerca del tren y del trayecto, pero la verdad
que justo de ese no me acuerdo de nada. Luego de dos horas llegamos primero a
Nápoles, parada obligatoria para ir hasta la isla. La estación era grande y la
panorámica había cambiado. Se notaba una gran diferencia entre el norte y el
sur y cuando salimos a la calle, esa diferencia se intensificó aún más. La ropa
de la gente ya no era la misma, el ruido ambiental había aumentado
considerablemente y Constitución se había vuelto un poroto al lado de esas
calles llenas de cúmulos de basura, algunas con ratas coronando la pila.
Comenzamos a caminar por las mugrientas callecitas y nos fuimos encontrando con
caripelas que daban bastante miedo. Agarramos fuerte las mochilas, aunque creo
que fue más un reflejo argentino que otra cosa. Había muchas motos y cuando
digo muchas hablo de muchas en verdad. Porque no es normal que haya treinta
motos juntas trasladándose a la vez. Fuimos hasta el puerto para sacar el
pasaje hasta Capri. El trayecto duraba cuarenta minutos y salía doce y veinte
del mediodía. El último ferri de vuelta era a las seis y media de la tarde.
Como teníamos un poco de tiempo antes de que saliera el barco fuimos hasta la
Iglesia de San Genaro que quedaba cerca. Ahí mi hermano, que estudió Turismo y
nos hizo de guía todo el viaje, nos contó que la sangre de San Genaro se guarda
en una ampolla desde hace más de quinientos años y suele licuarse tres veces
por año. Las veces que no se licuó ocurrieron catástrofes como La Segunda
Guerra Mundial, terremotos o la erupción del Vesubio, que dejó a Pompeya debajo
de cenizas. Después de nuestra lección cultural volvimos para el puerto. En el
camino pasamos por varios restaurants donde la gente estaba comiendo unas
pizzas que tenían una pinta bárbara, no como las que habíamos probado en otras
ciudades: finitas como un papel e individuales. Ni a los talones les llegaba a
las del Palacio de la Pizza o Banchero. También encontramos una boca de subte.
No nos animamos a bajar.
lunes, 2 de diciembre de 2019
You Look Like Red Riding Hood - El Final
Una vez liberada mi vejiga pude fijarme bien en mi
mapa cómo llegar a Little Italy, que ya para ese momento parecía la tierra
prometida. Retomé mi camino, esta vez pudiendo disfrutarlo un poco más. Finalmente,
luego de unas cuadras llegué al bendito barrio, bah, mejor dicho, llegué a las
dos cuadras conformadas por muchos restaurantes italianos y muchos locales de
regalos donde podías encontrar muchos recuerditos a un precio bajísimo. No
compré nada, pero me prometí que iba a volver a comerme unos tallarines con
bolognesa. Di la vuelta manzana para chusmear China Town. Dos cuadras de mal
olor y muchos chinos desagradables. Ahí seguro no iba a volver. Miré el cielo y
se había despejado bastante. El reloj marcaba casi las siete y el One World
Obervatory me llamaba a gritos. Era mi oportunidad de ver el atardecer desde
allá arriba. Miré mi mapa de nuevo. Estaba lejos como para ir caminando así que
me fui para el subte que había visto que estaba por ahí cerca. En el submundo
del metro me conecté a wifi y chequeé la línea que debía tomar. Sin duda lo que
más amé de mi viaje fue la facilidad con la que uno se podía mover por la
ciudad. Nada era un problema. Si estabas en la punta del Central Park y querías
ir a tomarte el barco a Staten Island, te tomabas un subte y en treinta minutos
estabas ahí. Si estabas en Times Square y te daban ganas de ir hasta la Grand
Central, pero no tenías ganas de caminar, subte. Si querías conocer Brooklyn,
subte. No importaba a dónde querías ir, siempre había un subte que te dejaba
cerca y en poco tiempo. En fin, cuando llegué hasta la última estación, bajé y
me dirigí rápido hasta el edificio porque tenía miedo de perderme el atardecer.
Fui para una puerta, pero el de seguridad me dijo que tenía que dar la vuelta.
Mientras buscaba la entrada, miré la inmensidad del edificio. ¿Cómo podían
haber hecho algo tan impresionante? Finalmente encontré la puerta de acceso y
cuando entré me recibió una larga fila. Me agarró una ansiedad terrible ¡No
podía perderme el atardecer! Por suerte la cola avanzaba rápido. Cuando llegué
a la boletería le mostré mi celular a la chica que estaba ahí. Antes de viajar
había sacado la Sightseeing Pass. Supuestamente cuantas más atracciones
comprabas, más te ahorrabas. No sé cuánto de verdad tenía eso, pero yo me la
compré igual porque pensé que si me llegaban a robar todo por lo menos ya tenía
cinco atracciones pagas desde Buenos Aires. Después de escanear mi código QR me fui para
la fila para pasar por escáner las cosas. Parecía un aeropuerto. Era increíble
la seguridad que había por todos lados. Luego de comprobar que no era una
terrorista fui a la cola del ascensor y cuando subí comenzó la magia. En el
minuto que tardó en subir 104 pisos, cinco pantallas que vestían el cubículo me
mostraron como fue evolucionando la ciudad. Cuando llegué al último piso, otra
pantalla gigante exponía una panorámica de la ciudad. La chica que nos recibió
dijo algo en inglés que no entendí y a los dos segundos la pantalla se levantó y
dejó al descubierto la verdadera imagen de Nueva York desde las alturas. Todos dijeron “wow” al unísono. La vista era
algo realmente indescriptible. Después de sacar unas fotos, la chica que había
hablado antes nos hizo pasar a otro salón. Ahí otra chica se puso a explicar
algo, pero yo no quería perderme el atardecer por lo que, cuando comprobé que nadie
me miraba, me escurrí y me fui para el mirador principal. “Wow, wow y más wow”.
No alcanzaban las palabras para describir semejante belleza. Desde allá arriba
se podía ver absolutamente todo: la Estatua de la Libertad, el Puente de
Brooklyn, el Empire State y hasta Time Square. Simplemente maravilloso. Después
de sacar fotos muy malas desde todos los ángulos, me senté a esperar el
atardecer que todavía no había llegado. Pasó media hora más y nada, otra media
hora y nada. Terminé esperando dos horas hasta que finalmente se hizo de noche,
pero valió la pena. Si ver la ciudad de día desde allá arriba te dejaba sin
palabras, no se pueden imaginar lo que fue ver el atardecer y todo iluminado
luego. Cuando todo se oscureció, me quedé quince minutos más y decidí bajar. En
ese interín me agarró miedo. No se me había pasado por la cabeza que estaba en
el edificio más alto de Manhattan, el que reemplazaba las Torres Gemelas que
habían tirado abajo en 2001. ¿Qué pasaba si a alguien justo en ese momento se
le ocurría hacer un atentado cuando yo estaba ahí arriba? Claramente me iba a
morir, pero de solo pensarlo me dio un escalofrío.
Cuando bajé ya era totalmente de noche. Caminé hasta
los piletones donde antes estaban las torres y me puse a leer los nombres de
los fallecidos. Otro escalofrío. Me fui a sentar a uno de los tantos bancos que
había por ahí y disfruté del silencio que había. Esa es otra de las cosas
lindas de viajar solo: podés tener silencio cuando vos quieras. Si fuera
fumadora, ese hubiera sido el momento ideal para prender un cigarrillo, pero
como no lo soy, simplemente me quedé ahí y me dejé abrazar por la calma.
Después de un buen rato mi panza empezó a sonar y me di cuenta de que lo último
que había comido era la sopa del mediodía. No sé por qué, pero a lo largo del
viaje mi apetito se redujo prácticamente al cien por ciento. Quizás era por el
cansancio o por la euforia de querer conocer todo, pero la verdad es que no
sentía ganas de comer. Igualmente, en aquel momento decidí que iba a cenar algo
así que me dirigí hasta Oculus, la nueva estación de subte. Otra vez “Wow”. Qué
habilidad tienen los yanquis de construir cosas tan maravillosas y gigantes.
Ahí abajo habían construido una pequeña ciudad: Shopping, patio de comidas, juegos
y todas las líneas de metro. Como ya era tarde estaba todo cerrado, así que me
fui directo a buscar la línea 2 que era la que me llevaba a Time Square, el
lugar que más me fascinó y por el que pasaba todas las noches, aunque fuera un
ratito. Tardé en encontrar la estación. El lugar era verdaderamente muy grande,
pero finalmente llegué. Cuando subí al vagón, me desplomé en el asiento. ¡Qué
cansada estaba! ¡Había caminado una barbaridad! Aproveché el tiempo que el
subte estuvo estacionado para romper mi burbuja y chequear mis redes sociales y
contestar mis Whatsapp. Aparentemente en Buenos Aires se había cortado
masivamente la luz. La verdad me importó muy poco. El metro arrancó, de vuelta
a la burbuja. Después de unos cuantos minutos llegué a mi destino y salí al
mundo exterior. Caminé un par de cuadras hasta las famosas escalinatas. Busqué
una pizzería que había visto el día anterior. Nunca apareció. Me acerqué a un foodtrack
que tenía un cartel gigante que decía “Empanadas Argentinas”. Miré los
sabores y me llamó la atención que había uno que decía “Argentina”. ¿Qué clase
de sabor era Argentina? Se lo pregunté al chico que atendía. “Empanadas
argentinas”, me contestó. Le volví a preguntar qué sabor era ese, ”¿Carne”?
Volvió a contestarme algo que no era la respuesta que yo quería. No me
entendió, yo no le entendí así que terminé pidiendo dos de jamón y queso y solo
una de carne, porque andá a saber qué tipo de carne era esa. También me pedí
una latita de cerveza. Después de tanto caminar necesitaba hundir mi organismo
en una Corona. Cuando me dio todo lo que pedí, puse la plata en mis manos y se
las extendí para que él eligiera el billete y la moneda que quisiera. Me fui a
sentar a las escalinatas. Volví a observar todo a mi alrededor. No podía creer
que estaba ahí, sola y muy feliz con mis tres empanadas de jamón y queso
(porque el chico se había equivocado) y mi birrita en Time Square.
lunes, 25 de noviembre de 2019
You Look Like Red Riding Hood III
Greenwich es el típico barrio que se ve en las series.
De hecho, ahí está el edificio de Friends, el cual no visité porque me
enteré de su existencia cuando ya había vuelto. Los edificios eran muy
pintorescos y mucho más bajos que los rascacielos que se podían ver en el
Distrito Financiero. Todos tenían la escalera de incendios en el exterior y
cuando veías las entradas no podías imaginarte otra cosa que no fuera una
escena de película romántica. Porque Nueva York es así. Es como estar
constantemente mentido dentro de una película. A mí particularmente además me
generó mucha paz. Caminar sola por esas calles era como ir andando adentro de
una burbuja donde nada ni nadie me molestaba y donde todo estaba bien.
Sin darme cuenta llegué a Soho. Acá la topetitud ya
había aumentado, no solo porque se podía visualizar perfectamente el Empire
State y el One World Observatory sino porque algunas de las mejores marcas
decían “presente”. Yo entre al bueno y confiable Forever, pero a diferencia del
día anterior, que me había logrado comprar varias prendas, ese día no conseguí
nada de mi talle. La verdad que los talles allá son algo complicado. Hasta que
das con el indicado podés haberte probado cinco camisas, por ejemplo. Salí un
poco desilusionada y me dispuse a seguir caminando hasta que vi el maravilloso
Victoria Secret que me imantó hacia él. Desde hacía un par de años mi amiga me
traía algo de ahí cada vez que viajaba a ver a su novio y me volví fan. De tal
modo, estar ahí era como tener la oportunidad de ver a tu ídolo todos los días.
Cuando entré fue algo así como la gloria. Solo faltaba el coro de ángeles
cantando. Todas las paredes del local estaban empapeladas de productos y estaba
lleno de cajoneras y estantes donde había todavía más cosas para elegir. Empecé
a mirar todo completamente fascinada, sobre todo las ofertas. Estuve un buen
rato mirando todo, pero otra vez el tema del talle me complicaba la vida: 32b
36c, 34ª. ¿Cómo iba a saber yo qué talle de corpiño era con todos esos números
y letras? Mientras pensaba en mi cabeza cómo formularle a algún vendedor la
pregunta, escuché a uno hablar castellano. “¡Milagro!”. Me le acerqué y le
planteé mi problema. Ante esto me dio un papel, me metió en el sector de
probadores donde me dijo que me iban a tomar medidas y se fue. “Hello”, me saludó
otra vendedora mientras abría la puerta de un probador. Me metió adentro y me
empezó a tomar medidas con una rapidez inimaginable. Me dio un papel que decía
32B y una pila de corpiños. Después me dijo algo que no hubo chance de que
entendiera. “¿Vos no hablás español?” le pregunté, pero me dijo que no y me
encerró con los corpiños. Me los empecé a probar porque supuse que eso tenía
que hacer, aunque no sabía muy bien con qué fin. En ese interín se me rompió el
mío. Fue como que si el lugar me hubiera dicho: “Esa baratija de Puente
Saavedra acá no va, querida” Así que no me quedó otra que comprarme uno, aunque
no fue de los que me estaba probado sino otro que encontré a diez dólares entre
las gangas. Después de como cuarenta minutos finalmente me fui. Ya era hora de
conocer Little Italy y China Town. Miré mapa no muy detenidamente y empecé a
caminar. Caminé, caminé y caminé, pero ninguno de los dos barrios apareció. Al
contrario, parecía que estaba cada vez más cerca de la parte sur de la ciudad.
“¿Cómo podía ser?” Cuando me fijé en el mapa me di cuenta de que no había prestado
atención y me había ido para el otro lado. También me percaté de que mi vejiga
estaba a punto de explotar. Busqué un lugar para sentarme y poder concentrarme
para encontrar el camino para llegar a un baño lo más rápido posible. No estaba muy lejos así que si caminaba
rapidito lo iba a lograr. Gracias a Dios encontré un Starbucks antes de lo
pensado. Entré y me fui directo para el fondo. Me puse al final de una fila
donde había hombres y mujeres. “Is the same line?”, le pregunté al chico de
adelante. Lanzó una risita y me dijo que sí en inglés. “¡Qué modernos!”,
exclamé en castellano y cuando me escuchó me preguntó de donde era. “Argentina”,
le contesté rogando que no escupiera el hilo de futbolistas y costumbres que no
consumo. Por suerte no lo hizo. Por el
contrario, me preguntó de qué parte de Argentina era. Aparentemente algo sabía
sobre el país. Intenté explicarle cómo eran las subdivisiones geográficas, pero
esta vez mis neuronas no conectaron hasta la clase de inglés donde me enseñaron
eso. Con muchas señas traté de hacerme entender pero, aunque él me dijo que sí
lo había hecho, para mí fue todo en vano. Antes de que le tocara su turno para
entrar al baño, me dio unos tips para recorrer la ciudad y me recomendó cruzar
el puente de Brooklyn temprano por la mañana así evitaba cruzarme con tanta
gente. Al día siguiente le hice caso, pero eso se los cuento en otra ocasión.
martes, 19 de noviembre de 2019
You Look Like Red Riding Hood II
Arranqué recorriendo el museo. La verdad es que fueron
quince dólares para ver lo mismo que podía haber encontrado en el Centro
Cultural Recoleta, pero la vista que tenía era asombrosa y tenía wifi, así que,
aunque sea valió un poco la pena. Cuando terminé de recorrerlo, me senté en uno
de los sillones que había por ahí. ¡Qué objeto tan preciado es el asiento
cuando uno está de vacaciones en una ciudad!
Busqué en mi mapa cómo llegar al Chelesea Market aunque fue en
vano porque justo esa zona tenía diagonales así que me terminé perdiendo. Sin
embargo, cuando ya me estaba por dar por vencida, apareció. Entré más que para
recorrerlo en búsqueda de comida, porque ya hacía varias horas que no ingería
nada. Ese era mi día número tres en la ciudad y los dos días anteriores me
había dedicado a probar toda la comida grasosa que podía encontrar, así que en
ese momento necesitaba algo liviano, pero con lo único con lo que me topaba era
con comida tapa-arterias o ensaladas, cosa que detesto. Di un par de vueltas
tratando de decidir mientras mi hambre se hacía cada vez más grande. Finalmente
encontré un lugar que vendía sopas. Leí, bah, deduje qué era cada una y opté
por una que solo era de vegetales, porque créanme que podía llegar a haber hasta
sopa de búfalo. Solo para asegurarme pregunté si la lista que estaba frente a
mis ojos eran sopas y, conteniendo la risa, el chico que atendía me dijo que
sí. Como se dio cuenta de que no entendía mucho lo que me estaba diciendo, me
mostró tres vasos de telgopor y pedí el mediano. La chica de la caja me dijo
algo totalmente inentendible y a mi primer “what” sacó tres bolsitas y me dijo
que eran “free”. Agarré la que tenía como unos minipancitos, porque las otras
dos no tenía ni idea qué eran. Le di los seis dólares y puse en mi mano todas
las monedas que tenía y se las acerqué para que ella eligiera la que quería. Es
el día de hoy que todavía no las diferencio. Salí a tomar mi sopita (la cual no
quise pasar a pesos) a una especie de plaza de cemento que tenía algunas mesas
y sillas. Empezaron a caer algunas gotas de lluvia, pero estaba muy cómoda ahí
sentada comiendo y observando todo como para moverme. Por suerte no se largó fuerte.
Después de un
rato me levanté. Mi amiga me había recomendado que fuera caminando para el lado
de Greenwich, así que encaré para allá. Fueron varias cuadras, de modo
que cuando me topé con el Whashington Park y vi un asiento, obviamente
me tiré de cabeza. El lugar era muy agradable. Había muchos árboles y flores y
en el centro una gran fuente. También se veía el arco que me había mencionado
mi amiga y la Universidad Pública de Nueva York en una esquina. Había mucha
gente y una banda estaba tocando música divertida. No me pregunten de qué género
porque de música no tengo idea, pero sonaba divertida. De repente, un chico
morocho con cara rara se me sentó al lado. “You look like Red Riding Hood”, me
dijo. “What?”, le pregunté para ganar tiempo mientras mis neuronas trataban de
procesar qué me había dicho. Me lo repitió. “Robin Hood”, le entendía yo y no
comprendía porque me estaba diciendo que me parecía si no me había robado nada.
Me lo repitió una vez más y me señaló mi vestido rojo. Mis neuronas viajaron a la
velocidad de la luz hasta la parte del cerebro donde tenía guardado el recuerdo
de la clase de inglés en la que me enseñaron cómo se decía Caperucita Roja.
“Ahhhh”, le dije y me reí con una sonrisa falsa. “¿De dónde sos?”, me preguntó,
porque claramente se dio cuenta de que no estaba ni cerca de vivir en un país
anglosajón o europeo. “Argentina”, le conteste y tardó dos microsegundos en
escupir prácticamente sin respirar: “Messi, Maradona, mate”. “Te topaste con la
chica equivocada”, pensé mientras se ponía a hablar de lo mucho que le gustaba
el fútbol y tomar mate. Traté de no decirle que no me gustaba el fútbol ni
tomaba mate para no desilusionarlo, pero mi farsa no duró mucho. “¿Una
argentina que no mira fútbol ni toma mate?”, me preguntó sorprendido. Balbuceé
algo inentendible hasta para mí y desvié la conversación preguntándole a qué se
dedicaba. Por lo que pude entender estudiaba y trabajaba en una empresa, aunque
no sabía si creerle ya que era lunes a las tres de la tarde y el pibe estaba
ahí sentado al lado mío y no detrás de un escritorio. No le dije nada no solo
porque no sabía cómo decírselo, sino que porque también cabía la posibilidad de
que hubiera entendido mal. Después de unos minutos, la charla ya se había
puesto aburrida y el chico me parecía demasiado raro, así que me puse a pensar
cómo podía hacer para irme sin parecer descortés ni que quisiera acompañarme.
Por suerte no tuve que pensar mucho porque se terminó yendo solo. “safé”, me dije
y me levanté para seguir mi camino hacia Greenwich.
miércoles, 13 de noviembre de 2019
You Look Like Red Riding Hood I
Viajar solo o, mejor dicho, con uno mismo, es algo
todos deberían hacer alguna vez en su vida. No solo para disfrutar del placer
que implica poder hacer lo que uno quiere cuando quiere sin tener que negociar con
nadie, sino también para sentir sensaciones que solo aparecen cuando sos
únicamente vos con el resto del mundo.
En junio de 2019 viajé sola a Nueva York. Bah, cuasi
sola, porque en realidad fui a visitar a una de mis mejores amigas que vivía
allá hacía seis meses, pero como solo la veía en sus tiempos libres, la gran
parte del día me enamoraba de la ciudad por mi cuenta.
El primer lunes de mi viaje me levanté temprano (cosas
que pasan cuando compartís la habitación de un hostel con siete personas más). El
cielo estaba muy nublado y la temperatura ideal. Me puse un vestido rojo para
contrastar con el día y luego me fui a desayunar a la kilométrica cocina del
Hostelling International. Mientras el resto de los huéspedes se cocinaba lo que
yo hubiera cenado, yo me preparé un té solo para no salir con el estómago
vacío. Como no me compré el famoso chip, mientras desayunaba estudié a mi fiel
y amado mapa y me fijé en la aplicación del subte cómo llegar hasta donde me
encontraría con mi amiga. Media hora después caminé una cuadra hasta la 103 y
Broadway y bajé al tan incomprendido subte de Nueva York. Cada vez que descendía
a ese submundo no lograba entender cómo a las personas les parecía tan
complicado el sistema. Era tan simple, solo tenías que saber si ibas para el
norte o el sur de la ciudad. Si ibas para arriba tenías que ir del lado que
decía uptown, si ibas para abajo tenías que encarar para downtown.
Después era solo una cuestión de mirar los carteles y ver por qué andén pasaba
el subte al que tenías que subirte y listo. Yo ese día me subí a la línea 2. La
única que pasaba cerca del hostel, pero también la única que recorría la ciudad
de pe a pa. No recuerdo nada especial de ese corto trayecto, pero estoy segura
de que con algún personaje me habré encontrado. ¡Es inimaginable la diversidad
de gente que hay en la ciudad que nunca duerme!
Me bajé en Times Square, que era por donde pasaban
prácticamente todas las líneas. Ahí me encontré con mi amiga y comenzamos a
caminar para el barrio de Hudson Yards, que no quedaba muy lejos de ahí. Cuando
llegamos, muchas obras en construcción nos empezaron a invadir. “Están haciendo
todo nuevo”, me comentó mi amiga y de a poco, con cuidado, fuimos metiéndonos
por donde teníamos paso hasta que finalmente llegamos al imponente y extraño
edificio “The Vessel”. “Wow” es lo único que pude atinar a decir, antes de
comenzar con la sesión de fotos con la estructura metálica con forma de panal
de abejas. Supuestamente había que reservar con mucho tiempo de anticipación
para subir, pero yo había escuchado que daban entradas para el día, así que nos
acercamos para averiguar. La mandé a preguntar a mi amiga porque siempre que se
pueda evitar hablar inglés, se evita. Volvió victoriosa diciendo que era verdad
y fuimos a hacer la cola para que nos den las entradas porque algo gratis en
Nueva York y en ese entonces con el dólar a 45 no se podía dejar pasar. “Vuelvan
en 25 minutos”, nos dijeron, así que como no podía ser de otro modo en el país
más consumista del mundo, nos fuimos a dar una vuelta al shopping que estaba al
lado. No me acuerdo como se llamaba, pero era una onda Galerías Pacífico, muy
grande y con marcas incomprables. Igualmente paseamos y nos entretuvimos un
rato dibujando en una gran pared de lentejuelas que habían montado. Era algo
así como el paraíso hecho pared. Cuando terminamos nuestras obras de arte
seguimos caminando y encontramos el famoso H&M. Gracias a Dios ya se había
hecho la hora de volver y no logramos caer en las garras de la marca. Por que
es así, H&M te succiona y no te expulsa si no es con una bolsa en la mano. Entramos
a The Vessel. Con solo poner un pie ahí dentro sentías como toda esa estructura
de metal te envolvía y comenzabas a hacerte chiquito, muy chiquito. Era
increíble pensar que todo eso que estaba a tu alrededor era un simple mirador,
que se había hecho únicamente como un fin turístico. Empezamos a subir las escaleras
y el vértigo dijo “presente”. “Menos mal que no vine sola”, dije. Y seguí
subiendo con ayuda mi amiga. Valió la pena. Si bien la vista no era tan hermosa
como desde otros grandes edificios que visité luego, se podía ver bien el río y
parte de la ciudad. Y si te asomabas para adentro del panal de abejas, lo que
se formaba era algo totalmente asombroso. Luego de apreciar el tiempo necesario
bajamos dificultosamente, bah, yo bajé dificultosamente porque el vértigo no me
quería soltar la mano.
Cuando salimos caminamos por el famoso Highline,
ese del que escuché hablar mil veces, pero que no supe que era hasta que lo vi.
Para los que no saben, es un caminito de madera que se va metiendo entre los
edificios y a los costados tiene diferentes esculturas. Termina cerca del Whitney
Museum, el lugar donde me separé de mi amiga y empecé mi primera aventura
sola en Nueva York.
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