miércoles, 22 de enero de 2020

El Día que me Separé



El día que me separé me desperté nerviosa porque sabía que había un 99% de posibilidades de que me separara esa misma noche.  La jornada laboral fue terrible. Si bien eran más las probabilidades de terminar que de seguir, ese 1% generaba incertidumbre, y no hay nada peor para el ser humano que el no saber qué va a pasar. Cuando salí de trabajar, pasé por mi casa y me preparé el bolso para ir a la suya porque si llegaba con las manos vacías iba a sospechar que algo no andaba bien y todo se iba a precipitar. Fui al gimnasio para relajarme un poco, pero no lo logré. Cuando terminó la clase, caminé las siete cuadras que me separaban de su casa y toqué el timbre. Lo vi terminar de bajar las escaleras y caminar por el largo pasillo de ese edificio que siempre me causó mucho miedo. ¿sería la última vez que presenciaría esa secuencia? Me abrió la puerta y me dio un beso en los labios. Fue corto y sin sentimientos. Cuando subimos dejé mi bolso sobre la mesa, aunque sabía que él lo iba a terminar poniendo en otro lado. Últimamente lo único que podía hacer en su casa sin que se enojara era quedarme quieta en un rincón sin tocar nada. Me fui a bañar mientras él ordenaba. Una vez limpia, me puse su short y su remera, lo que siempre usaba cuando me quedaba a dormir. Ahí predominó la esperanza. Fuimos a la cocina porque si él cocinaba yo tenía que estar al lado suyo, pero si la cosa era al revés, siempre me quedaba sola. Mientras preparaba una salsa con la carne que había sobrado de unos tacos que habíamos comido el sábado, yo puse en un Tupper que me prestó, un poco de comida para llevarme al trabajo al día siguiente. Le dije que el mío me lo había olvidado, pero la realidad era que había decidido no llevarlo porque no quería hacer traslados innecesarios de elementos que no me gusta trasladar. En ese momento ganó el 99%. Cuando la cena estuvo lista, puse los individuales en la mesa, los cubiertos y solo mi vaso con agua porque él no tomaba mientras comía. Prendió la tele y puso How I Met your Mother, la serie que mirábamos juntos y la que en el último tiempo hacía que las aguas permanecieran tranquilas. La salsa estaba buena, aunque nunca fue su especialidad. Por eso siempre que estábamos antojados de pasta cocinaba yo. Comí un poco, pero tenía el estómago completamente cerrado. Pensó que no me había gustado a pesar de que le dije muchas veces que en realidad no tenía hambre. Siempre fue muy inseguro. Le di mi plato para que se lo terminara. ¿Cuándo iba a ser el momento adecuado para hablar? Llevé los platos sucios a la cocina y nos sentamos en los sillones para seguir viendo la serie más cómodos, aunque para mí, siempre fueron los más incómodos del mundo. Yo cada vez tenía más ganas de llorar. Me retorcía los dedos de los nervios mientras me armaba de coraje para hablar. Él estaba como si nada pasara. Se reía y hacía comentarios sobre el capítulo y sobre Marshall, uno de sus personajes favoritos. A mi ese actor me hacía acordar a un chico con el que había salido y que él odiaba. Siempre me tenía que morder la lengua para no decírselo. Vimos tres capítulos y cuando me preguntó si quería ver otro más, respiré hondo, miré por qué episodio íbamos, ya que imaginaba que iba a tener que terminar la serie sola, y le dije que le tenía que hacer una pregunta. Como pude, con la voz quebrándose en mil pedazos, le pregunté si había estado con otra. Muy serio me dijo que no. Lo volví a interrogar y me volvió a decir que no. Me preguntó si lo que le estaba planteando se debía a una conversación que habíamos tenido el sábado sobre la posibilidad de que yo estuviera con otra persona si lo quisiera y le contesté que sí. Se acomodó en el sillón y se puso en la postura en la que siempre se ponía cuando quería decirme algo que sabía que me iba a doler. Me largué a llorar, ya no pude aguantar más. Le expliqué que lo amaba y que nunca podía estar con otra persona que no fuera él. “Yo ya no siento lo mismo que antes”, me contestó y sus palabras penetraron en mi cuerpo como un baldazo de agua fría. “¿Entonces llegamos hasta acá?”, le pregunté con el hilo de voz que me quedaba. Se miró las manos y no me contestó. Le volví a repetir la pregunta y siguió sin decir nada. “Decime que sí, dale, decime que sí”, le empecé a gritar. Necesitaba que me lo confirmara con sus propias palabras. Lo miré fijo y recién en ese momento me miró a los ojos. Hizo un gesto casi imperceptible con la boca que tomé como afirmación. Lloré. Lloré mucho. Lloré, aunque sabía que esa noche me esperaba lo peor. Lloré, aunque hacía un par de meses que ya estaba llorando porque todo se estaba yendo pique. Pero sobre todo lloré porque ese uno por ciento de esperanza que me quedaba se había disuelto en un abrir y cerrar de ojos. Me levanté y fui para el cuarto. Me cambié y empecé a juntar todas mis cosas. No le rompí ni la ropa ni las cosas de la cocina como habían hecho otras exs suyas. ¿cómo iba a hacer eso si la mitad de lo que tenía se lo había regalado yo? Lo que si hice fue aplastar el anillo de hojalata que me había regalado el día que me pidió ser su novia. Eso me pareció más significativo. Me hubiera gustado irme con un portazo y empezar a caminar sin rumbo, pero la inseguridad de Argentina no permite dramatismos. Pedí un Uber y los tres minutos que tardó en llegar fueron eternos. Me acompañó a la puerta en silencio. Se lo veía algo desconcertado. Cuando llegó el auto, me abrió la puerta y lo último que le dije fue que tuviera la decencia de nunca aparecer frente a mí con otra mujer. Aunque me hubiera dicho que no, yo sabía que había alguien más. Los hombres no son buenos ocultando cosas.  Asintió con la cabeza. Subí al auto hecha una catarata de lágrimas. Nos miramos por última vez y cuando el chofer arrancó, saqué mi celular y le mandé un mensaje que decía: “Marshall es igual a Lucas”.


jueves, 16 de enero de 2020

La Plancha


El reloj marcaba las 18:45 cuando el segundero tocó el número seis y Noelia, la profesora gritó: “1,2,3 ¡va! Todas las mujeres que estaban apoyaron sus antebrazos, levantaron las rodillas y quedaron en la terrible posición de la plancha.

“Treinta segundos, son solo treinta segundos. Si puedo dirigir una compañía, ¿cómo no voy a aguantar treinta segundos?”, se autoalentaba Cecilia.

“¿Si finjo ataque de tos y me voy así me evito esta tortura?, pensaba María

“Sobre que tuve un mal día, voy y vengo a meterme en esta clase. ¿Qué pasa si me levanto y me voy? ¿Alguien me va a juzgar por irme a tomar un helado en vez bajar los kilos que aumenté en el embarazo?  ¿No tengo inmunidad de madre primeriza?, se quejaba Carolina que había pasado toda la noche despierta porque su bebé no paró de llorar.

“Esta plancha maldita no me va a ganar. Hoy no. Hoy puedo con todo.”, se decía Laura que había curado a una nena con cáncer y sentía que podía comerse el mundo.

Sofía respiraba profundo y no pensaba en nada más que evitar que se le cayeran las lágrimas. Hacía menos de un mes había fallecido su mamá y el dolor que tenía en el alma era más grande que el que podía provocar cualquier ejercicio de gimnasia.

“Tengo dos semanas para bajar la pancita antes de las vacaciones. Tengo que aguantar, son solo treinta segundos”, se ordenaba Catalina.

Yamila miraba a todas sufrir y transpirar. “Si supieran lo que es el verdadero dolor, esto les parecería una pavada”, pensó y rápidamente se volvió a enfocar en cómo hacer para no pasarse otra vez con la sal cuando preparara la cena. No quería recibir otra paliza de su marido.

Romina la miró a Yamila, ¿cómo hace para aguantar sin que se le caiga una gota de transpiración? Seguramente lo único que hace es ir al gimnasio, criticó Analía.

El segundero llegó al doce y la profesora pronunció la palabra mágica: “descansen”. Todas se desplomaron en la colchoneta aliviadas, pero cuando Noelia les dijo que se preparen para una segunda tanda, todas gritaron al unísono un fuerte “¡No!”.



jueves, 9 de enero de 2020

Domani No, Hoy - El Final


Llegamos a la estación y fuimos directo para las boleterías. Le explicamos la situación al tano que vendía los boletos y él nos contestó algo totalmente inentendible. Fueron varios minutos de tratar de comprender qué era lo que estaba diciendo hasta que le entendimos un “Domani” o sea, que solo había pasajes para el día siguiente. “Domani, domani”, repetía sin parar hasta que mi mamá con una voz furiosa le dijo: “Domani no, hoy” y con total indiferencia y toda su parsimonia el hombre miró el monitor. Yo no entendí absolutamente nada de lo que dijo, pero lo que pudo reconstruir el resto de mi familia era que había un tren que salía en unos minutos para Roma y que podía vendernos unos boletos. Aceptamos y mi hermana como castigo pagó la diferencia por el cambio de pasajes. Antes de irnos del mostrador, el tano nos dijo que nos fuéramos rápido para los primeros vagones y como buenos argentinos que somos llegamos y subimos primeros. El tren tenía una especie de camarotes, pero en vez de camas tenía dos asientos largos que estaban enfrentados. Al costado, quedaba formado un estrecho pasillo. Mientras nos acomodamos en los asientos, vimos cómo los otros pasajeros bajaban de la pared una tapa que cumplía la función de asiento. Había pocos de esos, de tal modo que los que no habían sido rápidos para conseguir uno, quedaban parados o sentados en el piso. El tren empezó a andar y a los pocos kilómetros frenó en la primera estación. Subió una chica joven, entró a nuestro camarote y dijo que ese era su asiento. Ahí comprendimos que nos habían sobrevendido los boletos. Mi hermano fue el primero en salir al pasillo. Dos estaciones después seguí yo y una más, mi hermana. Mi mamá quedó siguió invicta hasta dos estaciones después donde subió el último pasajero al que le habíamos ocupado el asiento. En ese momento, uno de los tanos que estaba sentado por ahí y había visto toda la situación, nos dijo riéndose “Finito” y no pudimos hacer otra cosa que reírnos. Después de un rato ya le habíamos tomado el gustito al pasillo. Estaba lleno de tanos hablando a los gritos y riéndose. Ahora la película se había transformado en una de esas de época donde los protagonistas logran colarse como polizones en un tren para poder trasladarse de un lugar a otro y se van haciendo amigos que luego se van sumando en la aventura. El tano que antes se había reído de nosotros me dejó cedió su asiento. “Un ratito y un ratito”, me dijo con su tonadita, cosa que no me lo terminara apropiando. Ya para esa altura del día estábamos todos cansados y con más hambre que el Chavo, por lo que estuvimos en silencio una gran parte del trayecto. Solo queríamos llegar, comer y bañarnos. Después de dos horas de viaje llegamos a Roma casi a las once y media de la noche. Cuando vimos la hora nuestra esperanza de comer algo se difuminó. ¿Por qué en otros países cierran todo tan temprano? Sin embargo, cuando bajamos del tren vimos la luz encendida del Mc Donalds. Amado y hermoso Mc Donalds, el único salvador de todos los tiempos. Como vimos que ya estaban limpiando nos apuramos para que no nos cerraran en las narices. Pedimos las cheesburger de un euro que nos habían sacado del paso durante todo nuestro euroviaje y nos sentamos en un banco de la estación a comerlas, cerrando así el día que quedaría en nuestra memoria para siempre.



jueves, 2 de enero de 2020

Domani no, Hoy III


 Cuando el micro arribó a destino bajamos corriendo y optamos por tomarnos un taxi. Nos subimos a uno descapotable. “Al puerto lo más rápido que pueda, perdemos el ferry”, le dijo mi hermano y el conductor sonrió y asintió con la cabeza a la vez que apretaba el acelerador. En ese momento la película tranquila del comienzo del paseo se transformó en una de acción. El coche comenzó a bajar a toda velocidad con el precipicio a tan solo unos centímetros. Nuestros pelos empezaron a volar descontroladamente y no podíamos hacer otra cosa que reírnos porque la situación era completamente bizarra. Cuando llegamos al puerto, la cosa se puso mejor. Al chofer no le importó que había gente caminando por ahí. Solo apretó más el acelerador y tocó fuertemente la bocina. Desde nuestro lugar podíamos ver como las personas saltaban para los lados para no ser atropelladas. El último tramo fue de vértigo total porque ya podíamos visualizar el barco y nuestro reloj marcaba las seis y veintinueve. Cuando el taxista finalmente frenó, vimos como el ferry empezó a hacer marcha atrás, alejándose de nosotros. “Se ha ido”, dijo el chofer y el silencio invadió el ambiente hasta que bajamos del auto y mi hermana empezó a recibir el inevitable reto de mi mamá. “No sé cómo, pero conseguís otros boletos para irnos hoy de acá”, le dijo tajante. En ese momento me apiadé de ella y la acompañé a la boletería. En ese corto trayecto pensamos cómo decirle a mi mamá en el caso de que no hubiera otro ferry y cómo íbamos a conseguir dónde dormir. Fueron diez metros de puras especulaciones, que se disolvieron cuando la chica de la boletería nos cambió los pasajes con total naturalidad. Por suerte nos habían mentido y el último ferry salía a las siete y media de la tarde. Con los ánimos un poco más tranquilos revivimos el momento en el que el taxi bajó a toda velocidad por la montaña y nos empezamos a reír a carcajadas. Creo que fue el episodio más divertido de mi vida. Finalmente, siete y media de la tarde salió el último barco de regreso a Nápoles, por suerte con nosotros arriba. Esta vez nos relajamos en la parte de adentro y quedamos en silencio un poco por el cansancio y otro por el hambre ya que no habíamos probado bocado en todo el día. Cuando arribamos al puerto de Nápoles, mi hermano hizo explotar una bomba que hizo poner a mi mamá los nervios de punta nuevamente. Habíamos perdido el ferry de las seis y media y, en consecuencia, también perdimos el tren que pensábamos tomarnos para volver a Roma. Así que mientras caminábamos por las asquerosas y ya oscuras calles de Nápoles, mi hermana recibió otra seguidilla de retos. Imagínense que si no cabía ni una posibilidad de quedarnos a dormir en Capri, mucho menos existía la opción de pasar la noche en Nápoles.



domingo, 22 de diciembre de 2019

Domani no, hoy II


Doce y veinte hiperpuntual zarpó el barco. Nos sentamos al aire libre y una brisa suave y hermosa nos golpeó la cara, alivianando un poco el hambre que ya había empezado a aparecer. ¡Qué cosa linda es navegar! Cuando nos acercamos al puerto, entre el aire portuario, los turistas comprando en los puestitos de la feria y el maravilloso paisaje de fondo, fue como meterse en una película de esas románticas. Nos acercamos a un lugar desde donde salía un mini-micro que te llevaba hasta la punta más alta de la isla. Subimos e iniciamos el camino entre calles angostas en las que de un lado se veía la pared de la montaña y del otro el precipicio, pero también una panorámica inigualable. Allá arriba la vista era más hermosa todavía. Se podía ver todas las casas entre el terreno montañoso y la vegetación y un poco más allá el mar celeste que se mezclaba con el cielo. Recorrimos un poco. Todo era o cuesta abajo o cuesta arriba. Ninguna casa se encontraba en un terreno llano. Sin duda un lugar no apto para borrachos. A diferencia de otras partes de Italia, en Capri había mucho silencio, lo que lo hacía más lindo. Podríamos habernos quedado horas observando el paisaje, pero a mi hermana se le ocurrió ir hasta el otro lado de la isla. “No vamos a llegar con el tiempo”, le dijo mi mamá, pero ella insistió y la terminó convenciendo ya que haciendo cálculos y teniendo en cuenta la puntualidad europea, no había chance de perder el ferry de vuelta. Entonces nos subimos a otro mini-micro y comenzamos a descender nuevamente, pero esta vez para otra dirección. Cuando bajamos del micrito no pudimos decir otra cosa que no sea “wow”. De ese lado de la isla estaban las famosas piedras de Capri. Era como estar viendo una postal. Nos acercamos a un pequeño muelle que había allí y algunas personas se tiraron al agua. Nosotros simplemente sumergimos los pies. ¡Qué mágico es el mar! Con solo tocarlo apenitas sentís como toda la energía de tu cuerpo se renueva. De repente el Sol comenzó a bajar y el cielo empezó a teñirse de rosa. Sin duda era un momento para congelar para siempre. No me acuerdo quien fue, pero alguno de los cuatro miró el reloj y dio el aviso de que ya debíamos volver a la parada a esperar el micro que salía a las 18 hs. Fuimos los primeros en llegar así que aprovechamos para sentarnos en un banco que había allí. Los minutos pasaban y comenzó a formarse una fila. Se hicieron las seis de la tarde, pero el micrito no apareció. Mi mamá se empezó a poner nerviosa. Pasaron cinco minutos más y nada. Otros cinco y nada. Si no venía en los próximos segundos no íbamos a llegar a tomar el ferry de vuelta. Los gritos de mi mamá a mi hermana ya habían empezado a resonar hacía quince minutos. ¿Justo en ese momento los europeos tenían que romper su tradicional puntualidad? Finalmente, el bus llegó seis y veinte. Teníamos cinco minutos de viaje hasta la cima de la montaña y otros cinco para bajar. Solo un milagro nos podía hacer llegar.



domingo, 15 de diciembre de 2019

Domani no, Hoy I


Cuando llega el momento en que en la familia ya son todos mayores de edad, los viajes familiares se disfrutan de otra manera. Por un lado, porque dejan de ser una obligatoriedad y por otro porque los miembros dejan de tener jerarquía y se vuelven compañeros de aventuras.

En el 2012 fuimos con mis hermanos y mi mamá a celebrar sus cincuenta años a Europa. Primero recorrimos Madrid y Barcelona y después fuimos en tren hasta París unos días. De ahí otro tren hasta Venecia, pasamos por Florencia y finalmente llegamos a nuestro último destino: Roma.
Entre los cuatro días de estadía que tuvimos en esa ciudad, tocó el Día de la Madre, por lo que con mis hermanos decidimos regalarle a la nuestra un día en la Isla de Capri.

Llegamos temprano a la estación de tren y nos fijamos en las máquinas expendedoras de boletos (que para esa época para alguien del tercer mundo era algo revolucionario) cuánto nos costaba viajar hasta allá. Teníamos varias opciones, pero elegimos la más barata, total allá todos los trenes eran de lujo. Me encantaría contarles acerca del tren y del trayecto, pero la verdad que justo de ese no me acuerdo de nada. Luego de dos horas llegamos primero a Nápoles, parada obligatoria para ir hasta la isla. La estación era grande y la panorámica había cambiado. Se notaba una gran diferencia entre el norte y el sur y cuando salimos a la calle, esa diferencia se intensificó aún más. La ropa de la gente ya no era la misma, el ruido ambiental había aumentado considerablemente y Constitución se había vuelto un poroto al lado de esas calles llenas de cúmulos de basura, algunas con ratas coronando la pila. Comenzamos a caminar por las mugrientas callecitas y nos fuimos encontrando con caripelas que daban bastante miedo. Agarramos fuerte las mochilas, aunque creo que fue más un reflejo argentino que otra cosa. Había muchas motos y cuando digo muchas hablo de muchas en verdad. Porque no es normal que haya treinta motos juntas trasladándose a la vez. Fuimos hasta el puerto para sacar el pasaje hasta Capri. El trayecto duraba cuarenta minutos y salía doce y veinte del mediodía. El último ferri de vuelta era a las seis y media de la tarde. Como teníamos un poco de tiempo antes de que saliera el barco fuimos hasta la Iglesia de San Genaro que quedaba cerca. Ahí mi hermano, que estudió Turismo y nos hizo de guía todo el viaje, nos contó que la sangre de San Genaro se guarda en una ampolla desde hace más de quinientos años y suele licuarse tres veces por año. Las veces que no se licuó ocurrieron catástrofes como La Segunda Guerra Mundial, terremotos o la erupción del Vesubio, que dejó a Pompeya debajo de cenizas. Después de nuestra lección cultural volvimos para el puerto. En el camino pasamos por varios restaurants donde la gente estaba comiendo unas pizzas que tenían una pinta bárbara, no como las que habíamos probado en otras ciudades: finitas como un papel e individuales. Ni a los talones les llegaba a las del Palacio de la Pizza o Banchero. También encontramos una boca de subte. No nos animamos a bajar.



lunes, 2 de diciembre de 2019

You Look Like Red Riding Hood - El Final


Una vez liberada mi vejiga pude fijarme bien en mi mapa cómo llegar a Little Italy, que ya para ese momento parecía la tierra prometida. Retomé mi camino, esta vez pudiendo disfrutarlo un poco más. Finalmente, luego de unas cuadras llegué al bendito barrio, bah, mejor dicho, llegué a las dos cuadras conformadas por muchos restaurantes italianos y muchos locales de regalos donde podías encontrar muchos recuerditos a un precio bajísimo. No compré nada, pero me prometí que iba a volver a comerme unos tallarines con bolognesa. Di la vuelta manzana para chusmear China Town. Dos cuadras de mal olor y muchos chinos desagradables. Ahí seguro no iba a volver. Miré el cielo y se había despejado bastante. El reloj marcaba casi las siete y el One World Obervatory me llamaba a gritos. Era mi oportunidad de ver el atardecer desde allá arriba. Miré mi mapa de nuevo. Estaba lejos como para ir caminando así que me fui para el subte que había visto que estaba por ahí cerca. En el submundo del metro me conecté a wifi y chequeé la línea que debía tomar. Sin duda lo que más amé de mi viaje fue la facilidad con la que uno se podía mover por la ciudad. Nada era un problema. Si estabas en la punta del Central Park y querías ir a tomarte el barco a Staten Island, te tomabas un subte y en treinta minutos estabas ahí. Si estabas en Times Square y te daban ganas de ir hasta la Grand Central, pero no tenías ganas de caminar, subte. Si querías conocer Brooklyn, subte. No importaba a dónde querías ir, siempre había un subte que te dejaba cerca y en poco tiempo. En fin, cuando llegué hasta la última estación, bajé y me dirigí rápido hasta el edificio porque tenía miedo de perderme el atardecer. Fui para una puerta, pero el de seguridad me dijo que tenía que dar la vuelta. Mientras buscaba la entrada, miré la inmensidad del edificio. ¿Cómo podían haber hecho algo tan impresionante? Finalmente encontré la puerta de acceso y cuando entré me recibió una larga fila. Me agarró una ansiedad terrible ¡No podía perderme el atardecer! Por suerte la cola avanzaba rápido. Cuando llegué a la boletería le mostré mi celular a la chica que estaba ahí. Antes de viajar había sacado la Sightseeing Pass. Supuestamente cuantas más atracciones comprabas, más te ahorrabas. No sé cuánto de verdad tenía eso, pero yo me la compré igual porque pensé que si me llegaban a robar todo por lo menos ya tenía cinco atracciones pagas desde Buenos Aires.  Después de escanear mi código QR me fui para la fila para pasar por escáner las cosas. Parecía un aeropuerto. Era increíble la seguridad que había por todos lados. Luego de comprobar que no era una terrorista fui a la cola del ascensor y cuando subí comenzó la magia. En el minuto que tardó en subir 104 pisos, cinco pantallas que vestían el cubículo me mostraron como fue evolucionando la ciudad. Cuando llegué al último piso, otra pantalla gigante exponía una panorámica de la ciudad. La chica que nos recibió dijo algo en inglés que no entendí y a los dos segundos la pantalla se levantó y dejó al descubierto la verdadera imagen de Nueva York desde las alturas.  Todos dijeron “wow” al unísono. La vista era algo realmente indescriptible. Después de sacar unas fotos, la chica que había hablado antes nos hizo pasar a otro salón. Ahí otra chica se puso a explicar algo, pero yo no quería perderme el atardecer por lo que, cuando comprobé que nadie me miraba, me escurrí y me fui para el mirador principal. “Wow, wow y más wow”. No alcanzaban las palabras para describir semejante belleza. Desde allá arriba se podía ver absolutamente todo: la Estatua de la Libertad, el Puente de Brooklyn, el Empire State y hasta Time Square. Simplemente maravilloso. Después de sacar fotos muy malas desde todos los ángulos, me senté a esperar el atardecer que todavía no había llegado. Pasó media hora más y nada, otra media hora y nada. Terminé esperando dos horas hasta que finalmente se hizo de noche, pero valió la pena. Si ver la ciudad de día desde allá arriba te dejaba sin palabras, no se pueden imaginar lo que fue ver el atardecer y todo iluminado luego. Cuando todo se oscureció, me quedé quince minutos más y decidí bajar. En ese interín me agarró miedo. No se me había pasado por la cabeza que estaba en el edificio más alto de Manhattan, el que reemplazaba las Torres Gemelas que habían tirado abajo en 2001. ¿Qué pasaba si a alguien justo en ese momento se le ocurría hacer un atentado cuando yo estaba ahí arriba? Claramente me iba a morir, pero de solo pensarlo me dio un escalofrío.





Cuando bajé ya era totalmente de noche. Caminé hasta los piletones donde antes estaban las torres y me puse a leer los nombres de los fallecidos. Otro escalofrío. Me fui a sentar a uno de los tantos bancos que había por ahí y disfruté del silencio que había. Esa es otra de las cosas lindas de viajar solo: podés tener silencio cuando vos quieras. Si fuera fumadora, ese hubiera sido el momento ideal para prender un cigarrillo, pero como no lo soy, simplemente me quedé ahí y me dejé abrazar por la calma. Después de un buen rato mi panza empezó a sonar y me di cuenta de que lo último que había comido era la sopa del mediodía. No sé por qué, pero a lo largo del viaje mi apetito se redujo prácticamente al cien por ciento. Quizás era por el cansancio o por la euforia de querer conocer todo, pero la verdad es que no sentía ganas de comer. Igualmente, en aquel momento decidí que iba a cenar algo así que me dirigí hasta Oculus, la nueva estación de subte. Otra vez “Wow”. Qué habilidad tienen los yanquis de construir cosas tan maravillosas y gigantes. Ahí abajo habían construido una pequeña ciudad: Shopping, patio de comidas, juegos y todas las líneas de metro. Como ya era tarde estaba todo cerrado, así que me fui directo a buscar la línea 2 que era la que me llevaba a Time Square, el lugar que más me fascinó y por el que pasaba todas las noches, aunque fuera un ratito. Tardé en encontrar la estación. El lugar era verdaderamente muy grande, pero finalmente llegué. Cuando subí al vagón, me desplomé en el asiento. ¡Qué cansada estaba! ¡Había caminado una barbaridad! Aproveché el tiempo que el subte estuvo estacionado para romper mi burbuja y chequear mis redes sociales y contestar mis Whatsapp. Aparentemente en Buenos Aires se había cortado masivamente la luz. La verdad me importó muy poco. El metro arrancó, de vuelta a la burbuja. Después de unos cuantos minutos llegué a mi destino y salí al mundo exterior. Caminé un par de cuadras hasta las famosas escalinatas. Busqué una pizzería que había visto el día anterior. Nunca apareció. Me acerqué a un foodtrack que tenía un cartel gigante que decía “Empanadas Argentinas”. Miré los sabores y me llamó la atención que había uno que decía “Argentina”. ¿Qué clase de sabor era Argentina? Se lo pregunté al chico que atendía. “Empanadas argentinas”, me contestó. Le volví a preguntar qué sabor era ese, ”¿Carne”? Volvió a contestarme algo que no era la respuesta que yo quería. No me entendió, yo no le entendí así que terminé pidiendo dos de jamón y queso y solo una de carne, porque andá a saber qué tipo de carne era esa. También me pedí una latita de cerveza. Después de tanto caminar necesitaba hundir mi organismo en una Corona. Cuando me dio todo lo que pedí, puse la plata en mis manos y se las extendí para que él eligiera el billete y la moneda que quisiera. Me fui a sentar a las escalinatas. Volví a observar todo a mi alrededor. No podía creer que estaba ahí, sola y muy feliz con mis tres empanadas de jamón y queso (porque el chico se había equivocado) y mi birrita en Time Square.