El día que me separé me desperté nerviosa porque
sabía que había un 99% de posibilidades de que me separara esa misma noche. La jornada laboral fue terrible. Si bien eran
más las probabilidades de terminar que de seguir, ese 1% generaba
incertidumbre, y no hay nada peor para el ser humano que el no saber qué va a
pasar. Cuando salí de trabajar, pasé por mi casa y me preparé el bolso para ir
a la suya porque si llegaba con las manos vacías iba a sospechar que algo no
andaba bien y todo se iba a precipitar. Fui al gimnasio para relajarme un poco,
pero no lo logré. Cuando terminó la clase, caminé las siete cuadras que me
separaban de su casa y toqué el timbre. Lo vi terminar de bajar las escaleras y
caminar por el largo pasillo de ese edificio que siempre me causó mucho miedo.
¿sería la última vez que presenciaría esa secuencia? Me abrió la puerta y me
dio un beso en los labios. Fue corto y sin sentimientos. Cuando subimos dejé mi
bolso sobre la mesa, aunque sabía que él lo iba a terminar poniendo en otro
lado. Últimamente lo único que podía hacer en su casa sin que se enojara era
quedarme quieta en un rincón sin tocar nada. Me fui a bañar mientras él
ordenaba. Una vez limpia, me puse su short y su remera, lo que siempre usaba cuando
me quedaba a dormir. Ahí predominó la esperanza. Fuimos a la cocina porque si
él cocinaba yo tenía que estar al lado suyo, pero si la cosa era al revés,
siempre me quedaba sola. Mientras preparaba una salsa con la carne que había
sobrado de unos tacos que habíamos comido el sábado, yo puse en un Tupper que
me prestó, un poco de comida para llevarme al trabajo al día siguiente. Le dije
que el mío me lo había olvidado, pero la realidad era que había decidido no
llevarlo porque no quería hacer traslados innecesarios de elementos que no me
gusta trasladar. En ese momento ganó el 99%. Cuando la cena estuvo lista, puse
los individuales en la mesa, los cubiertos y solo mi vaso con agua porque él no
tomaba mientras comía. Prendió la tele y puso How I Met your Mother, la
serie que mirábamos juntos y la que en el último tiempo hacía que las aguas
permanecieran tranquilas. La salsa estaba buena, aunque nunca fue su
especialidad. Por eso siempre que estábamos antojados de pasta cocinaba yo. Comí
un poco, pero tenía el estómago completamente cerrado. Pensó que no me había
gustado a pesar de que le dije muchas veces que en realidad no tenía hambre.
Siempre fue muy inseguro. Le di mi plato para que se lo terminara. ¿Cuándo iba
a ser el momento adecuado para hablar? Llevé los platos sucios a la cocina y
nos sentamos en los sillones para seguir viendo la serie más cómodos, aunque para
mí, siempre fueron los más incómodos del mundo. Yo cada vez tenía más ganas de
llorar. Me retorcía los dedos de los nervios mientras me armaba de coraje para
hablar. Él estaba como si nada pasara. Se reía y hacía comentarios sobre el
capítulo y sobre Marshall, uno de sus personajes favoritos. A mi ese
actor me hacía acordar a un chico con el que había salido y que él odiaba.
Siempre me tenía que morder la lengua para no decírselo. Vimos tres capítulos y
cuando me preguntó si quería ver otro más, respiré hondo, miré por qué episodio
íbamos, ya que imaginaba que iba a tener que terminar la serie sola, y le dije
que le tenía que hacer una pregunta. Como pude, con la voz quebrándose en mil
pedazos, le pregunté si había estado con otra. Muy serio me dijo que no. Lo
volví a interrogar y me volvió a decir que no. Me preguntó si lo que le estaba
planteando se debía a una conversación que habíamos tenido el sábado sobre la
posibilidad de que yo estuviera con otra persona si lo quisiera y le contesté
que sí. Se acomodó en el sillón y se puso en la postura en la que siempre se
ponía cuando quería decirme algo que sabía que me iba a doler. Me largué a
llorar, ya no pude aguantar más. Le expliqué que lo amaba y que nunca podía
estar con otra persona que no fuera él. “Yo ya no siento lo mismo que antes”,
me contestó y sus palabras penetraron en mi cuerpo como un baldazo de agua
fría. “¿Entonces llegamos hasta acá?”, le pregunté con el hilo de voz que me
quedaba. Se miró las manos y no me contestó. Le volví a repetir la pregunta y
siguió sin decir nada. “Decime que sí, dale, decime que sí”, le empecé a
gritar. Necesitaba que me lo confirmara con sus propias palabras. Lo miré fijo
y recién en ese momento me miró a los ojos. Hizo un gesto casi imperceptible
con la boca que tomé como afirmación. Lloré. Lloré mucho. Lloré, aunque sabía
que esa noche me esperaba lo peor. Lloré, aunque hacía un par de meses que ya
estaba llorando porque todo se estaba yendo pique. Pero sobre todo lloré porque
ese uno por ciento de esperanza que me quedaba se había disuelto en un abrir y
cerrar de ojos. Me levanté y fui para el cuarto. Me cambié y empecé a juntar
todas mis cosas. No le rompí ni la ropa ni las cosas de la cocina como habían
hecho otras exs suyas. ¿cómo iba a hacer eso si la mitad de lo que tenía se lo
había regalado yo? Lo que si hice fue aplastar el anillo de hojalata que me había
regalado el día que me pidió ser su novia. Eso me pareció más significativo. Me
hubiera gustado irme con un portazo y empezar a caminar sin rumbo, pero la
inseguridad de Argentina no permite dramatismos. Pedí un Uber y los tres
minutos que tardó en llegar fueron eternos. Me acompañó a la puerta en
silencio. Se lo veía algo desconcertado. Cuando llegó el auto, me abrió la
puerta y lo último que le dije fue que tuviera la decencia de nunca aparecer
frente a mí con otra mujer. Aunque me hubiera dicho que no, yo sabía que había
alguien más. Los hombres no son buenos ocultando cosas. Asintió con la cabeza. Subí al auto hecha una
catarata de lágrimas. Nos miramos por última vez y cuando el chofer arrancó,
saqué mi celular y le mandé un mensaje que decía: “Marshall es igual a Lucas”.
miércoles, 22 de enero de 2020
jueves, 16 de enero de 2020
La Plancha
El reloj marcaba las 18:45 cuando el segundero tocó
el número seis y Noelia, la profesora gritó: “1,2,3 ¡va! Todas las mujeres que
estaban apoyaron sus antebrazos, levantaron las rodillas y quedaron en la
terrible posición de la plancha.
“Treinta segundos, son solo treinta segundos. Si
puedo dirigir una compañía, ¿cómo no voy a aguantar treinta segundos?”, se
autoalentaba Cecilia.
“¿Si finjo ataque de tos y me voy así me evito esta
tortura?, pensaba María
“Sobre que tuve un mal día, voy y vengo a meterme en
esta clase. ¿Qué pasa si me levanto y me voy? ¿Alguien me va a juzgar por irme
a tomar un helado en vez bajar los kilos que aumenté en el embarazo? ¿No tengo inmunidad de madre primeriza?, se
quejaba Carolina que había pasado toda la noche despierta porque su bebé no
paró de llorar.
“Esta plancha maldita no me va a ganar. Hoy no. Hoy
puedo con todo.”, se decía Laura que había curado a una nena con cáncer y
sentía que podía comerse el mundo.
Sofía respiraba profundo y no pensaba en nada más que
evitar que se le cayeran las lágrimas. Hacía menos de un mes había fallecido su
mamá y el dolor que tenía en el alma era más grande que el que podía provocar
cualquier ejercicio de gimnasia.
“Tengo dos semanas para bajar la pancita antes de las
vacaciones. Tengo que aguantar, son solo treinta segundos”, se ordenaba Catalina.
Yamila miraba a todas sufrir y transpirar. “Si
supieran lo que es el verdadero dolor, esto les parecería una pavada”, pensó y
rápidamente se volvió a enfocar en cómo hacer para no pasarse otra vez con la
sal cuando preparara la cena. No quería recibir otra paliza de su marido.
Romina la miró a Yamila, ¿cómo hace para aguantar sin
que se le caiga una gota de transpiración? Seguramente lo único que hace es ir
al gimnasio, criticó Analía.
El segundero llegó al doce y la profesora pronunció
la palabra mágica: “descansen”. Todas se desplomaron en la colchoneta
aliviadas, pero cuando Noelia les dijo que se preparen para una segunda tanda,
todas gritaron al unísono un fuerte “¡No!”.
jueves, 9 de enero de 2020
Domani No, Hoy - El Final
Llegamos a la estación y fuimos directo para las
boleterías. Le explicamos la situación al tano que vendía los boletos y él nos
contestó algo totalmente inentendible. Fueron varios minutos de tratar de
comprender qué era lo que estaba diciendo hasta que le entendimos un “Domani” o
sea, que solo había pasajes para el día siguiente. “Domani, domani”, repetía
sin parar hasta que mi mamá con una voz furiosa le dijo: “Domani no, hoy” y con
total indiferencia y toda su parsimonia el hombre miró el monitor. Yo no
entendí absolutamente nada de lo que dijo, pero lo que pudo reconstruir el
resto de mi familia era que había un tren que salía en unos minutos para Roma y
que podía vendernos unos boletos. Aceptamos y mi hermana como castigo pagó la
diferencia por el cambio de pasajes. Antes de irnos del mostrador, el tano nos
dijo que nos fuéramos rápido para los primeros vagones y como buenos argentinos
que somos llegamos y subimos primeros. El tren tenía una especie de camarotes,
pero en vez de camas tenía dos asientos largos que estaban enfrentados. Al
costado, quedaba formado un estrecho pasillo. Mientras nos acomodamos en los
asientos, vimos cómo los otros pasajeros bajaban de la pared una tapa que
cumplía la función de asiento. Había pocos de esos, de tal modo que los que no
habían sido rápidos para conseguir uno, quedaban parados o sentados en el piso.
El tren empezó a andar y a los pocos kilómetros frenó en la primera estación. Subió
una chica joven, entró a nuestro camarote y dijo que ese era su asiento. Ahí
comprendimos que nos habían sobrevendido los boletos. Mi hermano fue el primero
en salir al pasillo. Dos estaciones después seguí yo y una más, mi hermana. Mi
mamá quedó siguió invicta hasta dos estaciones después donde subió el último
pasajero al que le habíamos ocupado el asiento. En ese momento, uno de los
tanos que estaba sentado por ahí y había visto toda la situación, nos dijo
riéndose “Finito” y no pudimos hacer otra cosa que reírnos. Después de un rato
ya le habíamos tomado el gustito al pasillo. Estaba lleno de tanos hablando a
los gritos y riéndose. Ahora la película se había transformado en una de esas
de época donde los protagonistas logran colarse como polizones en un tren para
poder trasladarse de un lugar a otro y se van haciendo amigos que luego se van
sumando en la aventura. El tano que antes se había reído de nosotros me dejó
cedió su asiento. “Un ratito y un ratito”, me dijo con su tonadita, cosa que no
me lo terminara apropiando. Ya para esa altura del día estábamos todos cansados
y con más hambre que el Chavo, por lo que estuvimos en silencio una gran parte
del trayecto. Solo queríamos llegar, comer y bañarnos. Después de dos horas de
viaje llegamos a Roma casi a las once y media de la noche. Cuando vimos la hora
nuestra esperanza de comer algo se difuminó. ¿Por qué en otros países cierran
todo tan temprano? Sin embargo, cuando bajamos del tren vimos la luz encendida
del Mc Donalds. Amado y hermoso Mc Donalds, el único salvador de todos los
tiempos. Como vimos que ya estaban limpiando nos apuramos para que no nos
cerraran en las narices. Pedimos las cheesburger de un euro que nos habían
sacado del paso durante todo nuestro euroviaje y nos sentamos en un banco de la
estación a comerlas, cerrando así el día que quedaría en nuestra memoria para
siempre.
jueves, 2 de enero de 2020
Domani no, Hoy III
Cuando el
micro arribó a destino bajamos corriendo y optamos por tomarnos un taxi. Nos
subimos a uno descapotable. “Al puerto lo más rápido que pueda, perdemos el
ferry”, le dijo mi hermano y el conductor sonrió y asintió con la cabeza a la
vez que apretaba el acelerador. En ese momento la película tranquila del
comienzo del paseo se transformó en una de acción. El coche comenzó a bajar a
toda velocidad con el precipicio a tan solo unos centímetros. Nuestros pelos
empezaron a volar descontroladamente y no podíamos hacer otra cosa que reírnos porque
la situación era completamente bizarra. Cuando llegamos al puerto, la cosa se
puso mejor. Al chofer no le importó que había gente caminando por ahí. Solo
apretó más el acelerador y tocó fuertemente la bocina. Desde nuestro lugar
podíamos ver como las personas saltaban para los lados para no ser
atropelladas. El último tramo fue de vértigo total porque ya podíamos
visualizar el barco y nuestro reloj marcaba las seis y veintinueve. Cuando el
taxista finalmente frenó, vimos como el ferry empezó a hacer marcha atrás,
alejándose de nosotros. “Se ha ido”, dijo el chofer y el silencio invadió el
ambiente hasta que bajamos del auto y mi hermana empezó a recibir el inevitable
reto de mi mamá. “No sé cómo, pero conseguís otros boletos para irnos hoy de
acá”, le dijo tajante. En ese momento me apiadé de ella y la acompañé a la
boletería. En ese corto trayecto pensamos cómo decirle a mi mamá en el caso de
que no hubiera otro ferry y cómo íbamos a conseguir dónde dormir. Fueron diez
metros de puras especulaciones, que se disolvieron cuando la chica de la
boletería nos cambió los pasajes con total naturalidad. Por suerte nos habían
mentido y el último ferry salía a las siete y media de la tarde. Con los ánimos
un poco más tranquilos revivimos el momento en el que el taxi bajó a toda
velocidad por la montaña y nos empezamos a reír a carcajadas. Creo que fue el
episodio más divertido de mi vida. Finalmente, siete y media de la tarde salió
el último barco de regreso a Nápoles, por suerte con nosotros arriba. Esta vez
nos relajamos en la parte de adentro y quedamos en silencio un poco por el
cansancio y otro por el hambre ya que no habíamos probado bocado en todo el
día. Cuando arribamos al puerto de Nápoles, mi hermano hizo explotar una bomba que
hizo poner a mi mamá los nervios de punta nuevamente. Habíamos perdido el ferry
de las seis y media y, en consecuencia, también perdimos el tren que pensábamos
tomarnos para volver a Roma. Así que mientras caminábamos por las asquerosas y
ya oscuras calles de Nápoles, mi hermana recibió otra seguidilla de retos.
Imagínense que si no cabía ni una posibilidad de quedarnos a dormir en Capri,
mucho menos existía la opción de pasar la noche en Nápoles.
domingo, 22 de diciembre de 2019
Domani no, hoy II
Doce y veinte hiperpuntual zarpó el barco. Nos
sentamos al aire libre y una brisa suave y hermosa nos golpeó la cara,
alivianando un poco el hambre que ya había empezado a aparecer. ¡Qué cosa linda
es navegar! Cuando nos acercamos al puerto, entre el aire portuario, los
turistas comprando en los puestitos de la feria y el maravilloso paisaje de
fondo, fue como meterse en una película de esas románticas. Nos acercamos a un
lugar desde donde salía un mini-micro que te llevaba hasta la punta más alta de
la isla. Subimos e iniciamos el camino entre calles angostas en las que de un
lado se veía la pared de la montaña y del otro el precipicio, pero también una
panorámica inigualable. Allá arriba la vista era más hermosa todavía. Se podía
ver todas las casas entre el terreno montañoso y la vegetación y un poco más
allá el mar celeste que se mezclaba con el cielo. Recorrimos un poco. Todo era
o cuesta abajo o cuesta arriba. Ninguna casa se encontraba en un terreno llano.
Sin duda un lugar no apto para borrachos. A diferencia de otras partes de
Italia, en Capri había mucho silencio, lo que lo hacía más lindo. Podríamos
habernos quedado horas observando el paisaje, pero a mi hermana se le ocurrió ir
hasta el otro lado de la isla. “No vamos a llegar con el tiempo”, le dijo mi
mamá, pero ella insistió y la terminó convenciendo ya que haciendo cálculos y
teniendo en cuenta la puntualidad europea, no había chance de perder el ferry
de vuelta. Entonces nos subimos a otro mini-micro y comenzamos a descender
nuevamente, pero esta vez para otra dirección. Cuando bajamos del micrito no
pudimos decir otra cosa que no sea “wow”. De ese lado de la isla estaban las
famosas piedras de Capri. Era como estar viendo una postal. Nos acercamos a un
pequeño muelle que había allí y algunas personas se tiraron al agua. Nosotros
simplemente sumergimos los pies. ¡Qué mágico es el mar! Con solo tocarlo
apenitas sentís como toda la energía de tu cuerpo se renueva. De repente el Sol
comenzó a bajar y el cielo empezó a teñirse de rosa. Sin duda era un momento
para congelar para siempre. No me acuerdo quien fue, pero alguno de los cuatro
miró el reloj y dio el aviso de que ya debíamos volver a la parada a esperar el
micro que salía a las 18 hs. Fuimos los primeros en llegar así que aprovechamos
para sentarnos en un banco que había allí. Los minutos pasaban y comenzó a
formarse una fila. Se hicieron las seis de la tarde, pero el micrito no apareció.
Mi mamá se empezó a poner nerviosa. Pasaron cinco minutos más y nada. Otros
cinco y nada. Si no venía en los próximos segundos no íbamos a llegar a tomar
el ferry de vuelta. Los gritos de mi mamá a mi hermana ya habían empezado a resonar
hacía quince minutos. ¿Justo en ese momento los europeos tenían que romper su
tradicional puntualidad? Finalmente, el bus llegó seis y veinte. Teníamos cinco
minutos de viaje hasta la cima de la montaña y otros cinco para bajar. Solo un
milagro nos podía hacer llegar.
domingo, 15 de diciembre de 2019
Domani no, Hoy I
Cuando llega el momento en que en la familia ya son
todos mayores de edad, los viajes familiares se disfrutan de otra manera. Por
un lado, porque dejan de ser una obligatoriedad y por otro porque los miembros
dejan de tener jerarquía y se vuelven compañeros de aventuras.
En el 2012 fuimos con mis hermanos y mi mamá a
celebrar sus cincuenta años a Europa. Primero recorrimos Madrid y Barcelona y
después fuimos en tren hasta París unos días. De ahí otro tren hasta Venecia,
pasamos por Florencia y finalmente llegamos a nuestro último destino: Roma.
Entre los cuatro días de estadía que tuvimos en esa
ciudad, tocó el Día de la Madre, por lo que con mis hermanos decidimos
regalarle a la nuestra un día en la Isla de Capri.
Llegamos temprano a la estación de tren y nos fijamos
en las máquinas expendedoras de boletos (que para esa época para alguien del
tercer mundo era algo revolucionario) cuánto nos costaba viajar hasta allá. Teníamos
varias opciones, pero elegimos la más barata, total allá todos los trenes eran de
lujo. Me encantaría contarles acerca del tren y del trayecto, pero la verdad
que justo de ese no me acuerdo de nada. Luego de dos horas llegamos primero a
Nápoles, parada obligatoria para ir hasta la isla. La estación era grande y la
panorámica había cambiado. Se notaba una gran diferencia entre el norte y el
sur y cuando salimos a la calle, esa diferencia se intensificó aún más. La ropa
de la gente ya no era la misma, el ruido ambiental había aumentado
considerablemente y Constitución se había vuelto un poroto al lado de esas
calles llenas de cúmulos de basura, algunas con ratas coronando la pila.
Comenzamos a caminar por las mugrientas callecitas y nos fuimos encontrando con
caripelas que daban bastante miedo. Agarramos fuerte las mochilas, aunque creo
que fue más un reflejo argentino que otra cosa. Había muchas motos y cuando
digo muchas hablo de muchas en verdad. Porque no es normal que haya treinta
motos juntas trasladándose a la vez. Fuimos hasta el puerto para sacar el
pasaje hasta Capri. El trayecto duraba cuarenta minutos y salía doce y veinte
del mediodía. El último ferri de vuelta era a las seis y media de la tarde.
Como teníamos un poco de tiempo antes de que saliera el barco fuimos hasta la
Iglesia de San Genaro que quedaba cerca. Ahí mi hermano, que estudió Turismo y
nos hizo de guía todo el viaje, nos contó que la sangre de San Genaro se guarda
en una ampolla desde hace más de quinientos años y suele licuarse tres veces
por año. Las veces que no se licuó ocurrieron catástrofes como La Segunda
Guerra Mundial, terremotos o la erupción del Vesubio, que dejó a Pompeya debajo
de cenizas. Después de nuestra lección cultural volvimos para el puerto. En el
camino pasamos por varios restaurants donde la gente estaba comiendo unas
pizzas que tenían una pinta bárbara, no como las que habíamos probado en otras
ciudades: finitas como un papel e individuales. Ni a los talones les llegaba a
las del Palacio de la Pizza o Banchero. También encontramos una boca de subte.
No nos animamos a bajar.
lunes, 2 de diciembre de 2019
You Look Like Red Riding Hood - El Final
Una vez liberada mi vejiga pude fijarme bien en mi
mapa cómo llegar a Little Italy, que ya para ese momento parecía la tierra
prometida. Retomé mi camino, esta vez pudiendo disfrutarlo un poco más. Finalmente,
luego de unas cuadras llegué al bendito barrio, bah, mejor dicho, llegué a las
dos cuadras conformadas por muchos restaurantes italianos y muchos locales de
regalos donde podías encontrar muchos recuerditos a un precio bajísimo. No
compré nada, pero me prometí que iba a volver a comerme unos tallarines con
bolognesa. Di la vuelta manzana para chusmear China Town. Dos cuadras de mal
olor y muchos chinos desagradables. Ahí seguro no iba a volver. Miré el cielo y
se había despejado bastante. El reloj marcaba casi las siete y el One World
Obervatory me llamaba a gritos. Era mi oportunidad de ver el atardecer desde
allá arriba. Miré mi mapa de nuevo. Estaba lejos como para ir caminando así que
me fui para el subte que había visto que estaba por ahí cerca. En el submundo
del metro me conecté a wifi y chequeé la línea que debía tomar. Sin duda lo que
más amé de mi viaje fue la facilidad con la que uno se podía mover por la
ciudad. Nada era un problema. Si estabas en la punta del Central Park y querías
ir a tomarte el barco a Staten Island, te tomabas un subte y en treinta minutos
estabas ahí. Si estabas en Times Square y te daban ganas de ir hasta la Grand
Central, pero no tenías ganas de caminar, subte. Si querías conocer Brooklyn,
subte. No importaba a dónde querías ir, siempre había un subte que te dejaba
cerca y en poco tiempo. En fin, cuando llegué hasta la última estación, bajé y
me dirigí rápido hasta el edificio porque tenía miedo de perderme el atardecer.
Fui para una puerta, pero el de seguridad me dijo que tenía que dar la vuelta.
Mientras buscaba la entrada, miré la inmensidad del edificio. ¿Cómo podían
haber hecho algo tan impresionante? Finalmente encontré la puerta de acceso y
cuando entré me recibió una larga fila. Me agarró una ansiedad terrible ¡No
podía perderme el atardecer! Por suerte la cola avanzaba rápido. Cuando llegué
a la boletería le mostré mi celular a la chica que estaba ahí. Antes de viajar
había sacado la Sightseeing Pass. Supuestamente cuantas más atracciones
comprabas, más te ahorrabas. No sé cuánto de verdad tenía eso, pero yo me la
compré igual porque pensé que si me llegaban a robar todo por lo menos ya tenía
cinco atracciones pagas desde Buenos Aires. Después de escanear mi código QR me fui para
la fila para pasar por escáner las cosas. Parecía un aeropuerto. Era increíble
la seguridad que había por todos lados. Luego de comprobar que no era una
terrorista fui a la cola del ascensor y cuando subí comenzó la magia. En el
minuto que tardó en subir 104 pisos, cinco pantallas que vestían el cubículo me
mostraron como fue evolucionando la ciudad. Cuando llegué al último piso, otra
pantalla gigante exponía una panorámica de la ciudad. La chica que nos recibió
dijo algo en inglés que no entendí y a los dos segundos la pantalla se levantó y
dejó al descubierto la verdadera imagen de Nueva York desde las alturas. Todos dijeron “wow” al unísono. La vista era
algo realmente indescriptible. Después de sacar unas fotos, la chica que había
hablado antes nos hizo pasar a otro salón. Ahí otra chica se puso a explicar
algo, pero yo no quería perderme el atardecer por lo que, cuando comprobé que nadie
me miraba, me escurrí y me fui para el mirador principal. “Wow, wow y más wow”.
No alcanzaban las palabras para describir semejante belleza. Desde allá arriba
se podía ver absolutamente todo: la Estatua de la Libertad, el Puente de
Brooklyn, el Empire State y hasta Time Square. Simplemente maravilloso. Después
de sacar fotos muy malas desde todos los ángulos, me senté a esperar el
atardecer que todavía no había llegado. Pasó media hora más y nada, otra media
hora y nada. Terminé esperando dos horas hasta que finalmente se hizo de noche,
pero valió la pena. Si ver la ciudad de día desde allá arriba te dejaba sin
palabras, no se pueden imaginar lo que fue ver el atardecer y todo iluminado
luego. Cuando todo se oscureció, me quedé quince minutos más y decidí bajar. En
ese interín me agarró miedo. No se me había pasado por la cabeza que estaba en
el edificio más alto de Manhattan, el que reemplazaba las Torres Gemelas que
habían tirado abajo en 2001. ¿Qué pasaba si a alguien justo en ese momento se
le ocurría hacer un atentado cuando yo estaba ahí arriba? Claramente me iba a
morir, pero de solo pensarlo me dio un escalofrío.
Cuando bajé ya era totalmente de noche. Caminé hasta
los piletones donde antes estaban las torres y me puse a leer los nombres de
los fallecidos. Otro escalofrío. Me fui a sentar a uno de los tantos bancos que
había por ahí y disfruté del silencio que había. Esa es otra de las cosas
lindas de viajar solo: podés tener silencio cuando vos quieras. Si fuera
fumadora, ese hubiera sido el momento ideal para prender un cigarrillo, pero
como no lo soy, simplemente me quedé ahí y me dejé abrazar por la calma.
Después de un buen rato mi panza empezó a sonar y me di cuenta de que lo último
que había comido era la sopa del mediodía. No sé por qué, pero a lo largo del
viaje mi apetito se redujo prácticamente al cien por ciento. Quizás era por el
cansancio o por la euforia de querer conocer todo, pero la verdad es que no
sentía ganas de comer. Igualmente, en aquel momento decidí que iba a cenar algo
así que me dirigí hasta Oculus, la nueva estación de subte. Otra vez “Wow”. Qué
habilidad tienen los yanquis de construir cosas tan maravillosas y gigantes.
Ahí abajo habían construido una pequeña ciudad: Shopping, patio de comidas, juegos
y todas las líneas de metro. Como ya era tarde estaba todo cerrado, así que me
fui directo a buscar la línea 2 que era la que me llevaba a Time Square, el
lugar que más me fascinó y por el que pasaba todas las noches, aunque fuera un
ratito. Tardé en encontrar la estación. El lugar era verdaderamente muy grande,
pero finalmente llegué. Cuando subí al vagón, me desplomé en el asiento. ¡Qué
cansada estaba! ¡Había caminado una barbaridad! Aproveché el tiempo que el
subte estuvo estacionado para romper mi burbuja y chequear mis redes sociales y
contestar mis Whatsapp. Aparentemente en Buenos Aires se había cortado
masivamente la luz. La verdad me importó muy poco. El metro arrancó, de vuelta
a la burbuja. Después de unos cuantos minutos llegué a mi destino y salí al
mundo exterior. Caminé un par de cuadras hasta las famosas escalinatas. Busqué
una pizzería que había visto el día anterior. Nunca apareció. Me acerqué a un foodtrack
que tenía un cartel gigante que decía “Empanadas Argentinas”. Miré los
sabores y me llamó la atención que había uno que decía “Argentina”. ¿Qué clase
de sabor era Argentina? Se lo pregunté al chico que atendía. “Empanadas
argentinas”, me contestó. Le volví a preguntar qué sabor era ese, ”¿Carne”?
Volvió a contestarme algo que no era la respuesta que yo quería. No me
entendió, yo no le entendí así que terminé pidiendo dos de jamón y queso y solo
una de carne, porque andá a saber qué tipo de carne era esa. También me pedí
una latita de cerveza. Después de tanto caminar necesitaba hundir mi organismo
en una Corona. Cuando me dio todo lo que pedí, puse la plata en mis manos y se
las extendí para que él eligiera el billete y la moneda que quisiera. Me fui a
sentar a las escalinatas. Volví a observar todo a mi alrededor. No podía creer
que estaba ahí, sola y muy feliz con mis tres empanadas de jamón y queso
(porque el chico se había equivocado) y mi birrita en Time Square.
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