jueves, 22 de noviembre de 2018

La Tarjetita de Cumpleaños. El final

El jueves a la noche la pasó a buscar por el Club Universitario de Buenos Aires, donde daba la mayoría de sus clases, y fueron a cenar a un bar que quedaba cerca de ahí. A diferencia del domingo se la veía un poco disgustada y eso lo preocupó. Luego de un suspiro, Milagros se ató su cabellaocastaña en una cola de caballo y le pidió disculpas por su estado de ánimo. Le contó que hacía un año no le aumentaban el sueldo y que su sindicato ya no sabía qué hacer para que el gobierno les prestara atención. “¿Los yogis tienen un sindicato?, preguntó Damián extrañado. Mili largó una risita y su cara se volvió a iluminar. “Obvio, que hagamos una disciplina atípica no quiere decir que no seamos trabajadores como cualquier otra persona”. “¿Y por qué no hacen una manifestación o algo de eso?”. Al decir esa frase, la cara de ella cambió. Era como si algo se le hubiera ocurrido, pero no dijo nada al respecto. Finalmente, la conversación tomó otro rumbo y ella recuperó su típico buen humor. Luego de varias cervezas, Damián le terminó confesando que en realidad no tenía ningún sobrino y que había ido al cumpleaños porque encontró la tarjetita y tuvo un impulso. Milagros comenzó a reír a carcajadas, no podía creer lo que estaba escuchando. “Bueno, agradezco que ese nene haya perdido la tarjeta, sino nunca nos hubiésemos conocido”. En ese momento, él se sintió de quince años. Su corazón le latía rápido y fuerte. Lo que siguió fue inevitable, la agarró de la cintura, la besó tímidamente en los labios, y ella lo correspondió.

Aquella fue la primera de muchas citas que tuvieron. El alma de Damián había sanado y se sentía muy feliz junto a Mili. Todo iba perfecto, hasta que una noche ella le estaba mostrando unas fotos en su celular cuando le llegó una notificación en la que se podía leer que un hombre le mandaba una dirección y le decía que mañana se encontrarían ahí. 
- ¿Quién es?, preguntó. 
- Un alumno, le contestó ella con poca seguridad. 
- No pareciera ser un alumno. Mirá, a mí las relaciones abiertas no me van, así que si estás saliendo con otra persona decímelo y no nos vemos más
- ¡No! Yo te quiero mucho y quiero estar con vos. Te juro que no estoy saliendo con nadie más. 
- ¿Entonces?
 - Es que no te puedo contar, es algo secreto. 
- A mí me podés contar lo que sea, podés confiar en mí.

 Mili dudó un momento y luego largó sus palabras como un escupitajo: 
- Estamos organizando una concentración energética para que el gobierno nos aumente el sueldo. 
-¿¡Qué!?, dijo Damián anonadado. 
- No me mires así, vos fuiste el de la idea. 
- ¿¡Yo!?, cómo te voy a dar esa idea si ni siquiera sé de lo que me estás hablando. 
- Eso es porque nunca quisiste venir a mis clases. No te acordás la primera vez que salimos que me sugeriste que hiciéramos una manifestación o “algo”, bueno, ese “algo” es la concentración energética. 
- ¿Y vos pensás que con eso el gobierno les va a aumentar los sueldos?
- Dami, somos energía. Todo es energía y no hay nada más poderoso. ¿Por qué pensás que ya no estás más deprimido? Por que pudiste desbloquear centros energéticos. 

Damián largó una carcajada. 
- Si ustedes logran que les aumenten el sueldo con lo que van a hacer, yo te pido casamiento. Milagros sonrió y le dio un beso. “Prepará los anillos para este viernes, entonces”.

El viernes 25 de noviembre un grupo de yoguis se reunió frente al Congreso. Se sentaron pacíficamente y en silencio. Lo que ocurrió después fue algo indescriptible. Muchos recuerdan aquel día como “La rebelión de los yoguis”, otros como el día en que un gremio cerró las paritarias más altas de toda la historia, y un grupo más reducido como el día en que Damián le propuso casamiento a Milagros. 


martes, 6 de noviembre de 2018

La Tarjetita de Cumpleaños II


Cuando llegó a la dirección que indicaba la tarjetita, se quedó parado frente al lugar un buen rato. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué razón alguien iba a dejar entrar a un extraño al cumpleaños de un chico? Cuando se dio cuenta de lo absurdo de sus actos, se dio media vuelta para volver a su cas, pero justo en ese momento la puerta del salón se abrió y una mujer más o menos de su edad salió y le preguntó si era el papá de alguno de los chicos. “Perdón que te lo pregunte, pero yo soy la tía de Pablito y no conozco a nadie”, le dijo. “En realidad, yo no soy el papá de nadie”, le contestó Damián, pero cuando vio la cara de extrañeza de la muchacha agregó: “Soy el tío de Juan, mi hermana me había dicho que lo viniera a buscar, pero me pasó mal la hora y recién me entero de que al final no vino”. “Qué buenos tíos que somos. A mí, mi hermana me puso a cargo del cumpleaños, porque ella se agarró una gripe terrible y el padre tuvo que viajar de urgencia”, dijo la muchacha aún sin nombre. “Yo sé que seguro tenés planes mejores para un domingo a la tarde, pero si tenés ganas podés quedarte un rato. Además de nenes gritando hay panchos, papas fritas y gaseosa”. “Me encantaría, hace mucho no como panchos” y dándole un beso en el cachete le dijo que se llamaba Damián. “Yo soy Milagros, adelante”.  

A las siete y media, Damián volvió para su casa lleno de comer panchos y papas fritas y con una felicidad que no había sentido en mucho tiempo. Milagros o Mili, como le había pedido que la llamara, era increíble. Linda, divertida, le gustaba bailar y la cerveza, aunque su pasión era el yoga, disciplina con la que se ganaba la vida. También era muy charlatana y confianzuda. A la media hora de estar con ella ya se habían pasado los Whatsapp y likeado fotos en redes sociales. Quedaron para verse en la semana. Cuando llegó a su departamento, se tiró en la cama como a la mañana, solo que esta vez su alma bailaba por dentro. No veía la hora de volver a verla. Esa noche durmió tranquilo, la bocanada de aire fresco había llegado.



martes, 30 de octubre de 2018

La tarjetita de cumpleaños I


Damián entró en la estación a paso lento y cabizbajo. El día estaba hermoso. Sin embargo, dentro suyo había una tormenta que no paraba hacía seis meses, desde que su novia lo dejó. En sí no era la ruptura lo que le afectaba, la relación ya no daba para más y él lo sabía, pero fue el día de la separación cuando el sentimiento de vacío que tenía guardado hacía mucho tiempo salió a la superficie como un volcán enfurecido y nunca más se fue. Necesitaba una bocanada de aire fresco, pero nunca llegaba. Cuando se sentó en uno de los bancos, largó un fuerte suspiro y apoyó la cabeza en la pared. ¿Algún día volvería a sentirse feliz? Miró su reloj milésima vez en el día, pero si alguien le preguntaba la hora no iba a poder contestar. Cuando bajó su mano notó que había un pequeño papel en el asiento. Un poco por curiosidad y un poco por aburrimiento lo dio vuelta para ver de qué se trataba: era una tarjetita de cumpleaños. Un tal Pablito festejaba sus siete años el domingo de cinco a siete de la tarde. Pobre el nene que se la había olvidado, se iba a perder de tener dos horas de felicidad el día más deprimente de la semana. Bah, aunque hoy en día con Whatsapp, solo hace falta tocar dos teclas para tener la dirección de nuevo en las manos. La dio vuelta entre sus dedos y la colocó, nuevamente, sobre el banco. Escuchó cómo se bajaba la barrera y volvió a mirarla. Tenía algo que lo atraía como un fuerte imán. El tren llegó a la estación y las puertas se abrieron. Damián se paró y comenzó a caminar hacia el vagón, se dio vuelta para mirarla una vez más. En un arrebato retrocedió y, para cuando sonó el pitido que anunciaba el cierre de puertas, ya estaba adentro con la tarjetita en las manos.

El domingo se despertó a eso de las diez y se quedó en la cama un largo rato mirando al techo. Recordó cuando vivía con su ex y al despertarse se quedaban acostados y abrazados hasta que el hambre los hacía levantarse. También su memoria retrocedió un poco más, a cuando era soltero y se levantaba temprano y salía a correr. Por eso ahora odiaba los domingos, estaba solo y ya no se sentía joven como antes. A eso de las doce se levantó para hacerse algo de comer. Se sentó en ante del plato de fideos y se los quedó mirando con tristeza, ¿en qué momento se había vuelto tan ermitaño? Comenzó a comer de a poco, pero el nudo que tenía en la garganta le impidió terminarse todo. Luego de lavar la vajilla volvió a tirarse en la cama. Desde allí se podía ver que el cielo no tenía ni una nube y el sol estaba más brillante que nunca. En otra época de su vida hubiera estado disfrutando en algún parque de la ciudad. Cuando cerró los ojos sonó su celular. Sobre que estaba deprimido sus papás le mandaban fotos desde su crucero por el Mediterráneo. Les mandó el Emoji de una carita sonriente para que no se ofendieran y lo apagó. Se quedó dormido una media hora y se despertó con el teléfono incrustado en la cara. Todavía somnoliento y, con un leve sentimiento de ira, abrió el cajón de la mesita de luz para meterlo allí y vio la tarjeta de cumpleaños. Se quedo unos minutos mirándola como si fuera una llave de escape, que solo tenía que agarrar para salir del infierno en el que estaba. No lo pensó mucho más, en un arrebato de inconsciencia se cambió y se dirigió al cumpleaños de Pablito.





jueves, 13 de septiembre de 2018

Las Botas de Lluvia - El Final


El despertador sonó a las siete de la mañana y Lucila lo apagó con los ojos cerrados. La noche anterior había tenido la intención de dormirse temprano, pero haciendo un zapping rápido enganchó su película preferida. Cuando sonó la segunda alarma, se tapó con la frazada hasta la cabeza y se maldijo por quedarse despierta hasta tan tarde. ¡Justo ese día que tenía un montón de reuniones!

 Cerró los ojos una vez más, solo para tomar las fuerzas para levantarse, pero se quedó dormida. A los 15 minutos un trueno la hizo despertarse, miró la hora y saltó de la cama. Si pretendía no llegar tarde, tenía que volar. Por suerte, el día anterior, ya se había apartado la ropa que iba a usar, pero nunca tuvo en cuenta que iba a llover. ¡Cada vez le pegan menos al pronóstico! Buscó sus botas de lluvia nuevas, pero no las encontraba en ningún lado. Dio vuelta un vaso para acelerar la búsqueda, y aparecieron. El viejo truco del vaso, ¡cuántas veces la había salvado! Volvió a mirar el reloj y vio que el tiempo se le agotaba. Cerró una ventana que se había abierto con el viento y se dirigió con paso rápido y firme a la parada. Tuvo que correr unos metros el colectivo, pero logró alcanzarlo. 

Cuando estaba llegando a la oficina, comenzaron a caer las primeras gotas. Se apuró para entrar y agradeció no haberse mojado. A las diez de la mañana empezó la maratón. Sobre que odiaba las reuniones, ese día tenía cuatro. Parecía como si todos sus clientes se hubiesen puesto de acuerdo para querer revisar el estado de sus cuentas a la vez. Encima, el último venía a las cinco de la tarde, lo que significaba tener que quedarse después de hora, no poder pasar por su casa a bañarse, probablemente llegar de mal humor a lo de su novio y terminar peleándose porque trabaja más de lo que debería. A las tres de la tarde, la cabeza no le daba más. Necesitaba irse a su casa y dormir hasta el año siguiente. 

A las cuatro y media terminó su reunión número tres y a las cinco llegaba el próximo y último cliente. Tenía tan solo media para armar una minuta rápida de lo hablado, contestar mails, ir al baño y repasar los resultados de las acciones que se habían hecho el mes anterior para presentar. Cuando se sentó en su escritorio, se masajeó las sienes, suspiró y cuando se dio vuelta para pedirle una aspirina a su compañera, se dio cuenta denque algo no andaba bien. “Llamá a la ambulancia”, le dijo, mientras su rostro se iba poniendo cada vez más azul. En pocos minutos la oficina se volvió un caos. A la chica le había agarrado un ataque de alergia y se le estaba terminando el aire. La ambulancia tardó mucho en llegar, pero finalmente lo hizo y lograron salvarla. La situación fue verdaderamente estresante, y por eso, dejaron irse a todos antes de las seis. Obviamente la reunión fue cancelada. 

Al llegar a su casa, Lucila se metió a la ducha y se largó a llorar. Había caído en la cuenta de que la vida podía terminarse en un abrir y cerrar de ojos y eso le generaba un nudo en el pecho. Cuando terminó de bañarse, llamó a sus padres para contarle lo sucedido y ellos la tranquilizaron y le prometieron que el fin de semana le prepararían su comida preferida. Cuando colgó, fue a terminar de cambiarse. Estuvo a punto de ponerse las botas de lluvia de nuevo, pero le dolían los pies y parecía que no iba a seguir lloviendo. De tal modo, las guardó y se puso sus cómodas y amadas zapatillas deportivas. Se dirigió hasta la estación y le mandó un mensaje a su novio avisándole que en pocos minutos estaría en su casa. Esta vez no la iba a poder ir a buscar, el pobre se había quebrado la pierna. Cuando se bajó del tren, ya habían desaparecido los pocos rayos de luz que quedaban. Por eso odiaba el invierno. 

Llegó a la plaza que solía cruzar para acortar camino, pero estaba llena de grandes charcos de agua. Hubiera sido buena idea dejarse las botas de lluvia, al fin y al cabo. Dudó un momento si cruzar igual, pero optó tomar el camino largo. Lo único que le faltaba era tener los pies mojados. Entonces, se dio media vuelta y se fue por otra calle. Ni bien llegó a lo de su amor, lo abrazó tan fuerte como pudo y le contó que había tenido un día horrible. Lo que no sabía era que si alguna de todas esas cosas que le había pasado hubiera sido diferente, si no se hubiera quedado mirando la película, si no se hubiese quedado dormida, si no hubiese cerrado la ventana, si no le hubiera dolido la cabeza, si su compañera no se hubiera descompuesto y, sobre todo, si se hubiera dejado las botas de lluvia puestas, esa noche habría sido brutalmente asesinada y su crimen habría quedado impune.

Mientras tanto, en la plaza, un joven estaba al acecho. Necesitaba sentir el cuerpo de una mujer. Se estaba controlando hace mucho, pero ya no aguantaba más. De repente vio que una chica estaba por pasar y se preparó, pero, finalmente, algo hizo que tomase otro camino. Se enojó mucho. La noche estaba helada, tenía mucho frío y necesitaba saciar su sed. No se le iba a escapar. Si no pasaba por allí tendría que tomar otro camino y ahí la iba a encontrar. Salió de su escondite y saltó un gran charco de agua, pero le calculó mal. Fue así como se resbaló y cayó al piso. Su nuca golpeó un banco y su cuerpo fue encontrado al día siguiente.  


jueves, 6 de septiembre de 2018

Las Botas de Lluvia II


Mientras tanto, el novio de Lucila no podía más de la preocupación. Debía haber llegado hacía más de cuarenta minutos. La llamó varias veces a su celular, pero no contestaba. También llamó a su familia y amigos. Nadie sabía nada de ella. Dio aviso a la policía. “Tenés que esperar veinticuatro horas para hacer la denuncia”, le dijeron ¡veinticuatro horas! No podía esperar tanto. Agarró su campera y salió a buscarla él mismo, aunque no pudiera caminar. Cuando abrió la puerta se encontró con los padres de Lucila. En sus ojos se podía ver su tristeza y desesperación. Sin dudarlo, lo acompañaron. Hicieron desde la casa, el camino inverso que tendría que haber hecho ella desde la estación. Cuando llegaron a la plaza, se separaron y comenzaron a gritar su nombre. Los vecinos salieron de sus casas por los ruidos y, cuando se pusieron al tanto de lo que estaba ocurriendo, decidieron sumarse a la búsqueda. No pasó mucho tiempo hasta que el papá de pudo distinguir que había algo entre unos arbustos, pero lo que nunca se imaginó fue que hallaría el cuerpo sin vida de su hija. La escena que siguió fue desgarradoramente indescriptible, al igual que el dolor de todos. La policía no tardó en llegar y los distintos medios periodísticos fueron arribando de a poco. La noticia salió en absolutamente todos los canales y las teorías sobre lo que había ocurrido fueron infinitas. Cuando comprobó que nadie del círculo cercano podría ser sospechoso, la investigación volvió al punto de inicio. En el lugar no había ninguna cámara y nadie había visto ni escuchado nada. Era como si el asesinato lo hubiera cometido un fantasma. El caso siguió en la agenda periodística algunas semanas más y hubo varias marchas para reclamar justicia, pero ante la falta de pistas, el expediente fue a parar a un cajón y otro crimen más quedó sin resolver. Otro final indignante, triste y evitable. Un final que no se merecía ni ella ni nadie, un final que, gracias a pequeñas circunstancias de la vida, nunca sucedió, porque el crimen nunca se cometió.




jueves, 30 de agosto de 2018

Las Botas de Lluvia I


Lucila se desplomó en el banco de la estación y le mandó un mensaje a su novio en el que le decía que en cinco minutos estaría en su casa. ¡Qué lindo era vivir cerca de él! Sobre todo, después de días largos como el que había tenido. Lo único que lamentaba era no haber llegado a cambiarse. El poco tiempo que estuvo en su casa, lo tuvo que emplear para ordenar el desastre que había ocasionado la terrorífica combinación de una ventana abierta y lluvia. Mientras guardaba su celular en el bolsillo de su campera, largó un suspiro y vio cómo el tren entraba al andén. Subió con cuidado y se dirigió al primer vagón. Como se bajaba en la próxima estación no valía la pena sentarse. Cuando llegó, le resultó raro no ver a su novio parado esperándola, pero se había roto la pierna y el médico le había indicado que tenía que estar en reposo algunos días.  Así que bajó, cruzó la vía y, cuando llegó a la plaza que tenía, que atravesar para acortar camino, vio que estaba toda inundada. ¿Tanto había llovido? Como durante el día estuvo de reunión en reunión nunca se dio cuenta de que la tormenta había sido tan fuerte. Dudó un momento si era conveniente ir por allí o tomar el otro camino, más largo. Optó por la primera opción. Afortunadamente, como no se había cambiado, traía puestas sus botas de lluvia. La plaza que, en verano o en días despejados, a esa hora siempre estaba llena de gente, en ese momento se encontraba totalmente desierta. Avanzó despacio, cuidando de no salpicarse la ropa, pero de repente empezó a sentir la sensación de que la estaban siguiendo. Miró para todos lados, pero no vio a nadie. Pensó que eran imaginaciones suyas, hasta que alguien se le abalanzó por detrás y la agarró violentamente de los pelos. Quiso gritar, pero su atacante le tapó la boca y le dijo que se quedara callada. La arrastró hasta un punto ciego del lugar y la quiso violar. Ella logró zafarse y comenzó a correr. Él fue más rápido. Estaba tan enfurecido que empezó a golpearla salvajemente. ¿Cómo se le iba a ocurrir escaparse? La golpeó hasta que cayó al piso y, cuando la vio indefensa, se dispuso a cumplir su principal cometido, pero cuando se le acercó, se dio cuenta que se le había ido la mano. Enfureció aún más, él solo quería sentir su cuerpo, no era su intención matarla. ¿Por qué tuvo que salir corriendo? Si se hubiera quedado quieta, seguiría viva. Ocultó el cuerpo entre unos arbustos y se fue caminando como si nada hubiera pasado.



miércoles, 25 de julio de 2018

Los Ángeles de Negro


El 23 de mayo iba a ser un gran día. En el colegio, me iban a enseñar a escribir palabras con “m”, la letra de mi nombre. Además, era el cumpleaños de Rodrigo y nos había dicho que su mamá iba a preparar una torta para comer en el aula. Digo “iba” porque nada de eso sucedió, o mejor dicho sí, pero yo no pude estar presente. Aquel martes, mi mamá me despertó como cualquier otro día, pero cuando abrí los ojos vi que ella tenía lágrimas en los suyos. Me abrazó fuerte y mientras me acariciaba la cabeza me dijo que ese día no iba a ir a la escuela. Antes de que pudiera decir algo, me explicó que mi tío Alfredo había tenido un accidente y había fallecido. Una vez me hablaron de la muerte. Me dijeron que era cuando el cuerpo ya no podía moverse porque el alma se había ido al cielo con Dios. También me contaron que, a todos, tarde o temprano, nos pasaba. Que era parte de la vida. Y que, si bien nos íbamos a poner tristes porque ya no íbamos a ver más a la persona fallecida, teníamos que pensar en todas las cosas lindas que habíamos vivido con ella y que si se murió era porque ya había cumplido la misión que tenía en la Tierra.

Luego de vestirme con ropa oscura, mi mamá me subió al auto y me abrochó el cinturón de seguridad. Las primeras cuadras las hicimos en completo silencio. Quise preguntar a dónde estábamos yendo, pero no me animé. Mientras manejaba, mi papá le acarició la cabeza a mi mamá y le hizo acordar cuando estaban de novios, había ido por primera vez a su casa, y mi tío lo recibió vestido de sultán para espantarlo. Mi mamá empezó a reírse y contó otra anécdota en la que mi tío también era el protagonista, y así fueron alternándose con distintas historias. Sin embargo, de un momento a otro, la risa se transformó en llanto. “Cómo lo voy a extrañar”, dijo mi mamá. “¿Qué voy a hacer sin mi hermano?" Mi papá le agarró la mano, le dijo que él también lo iba a extrañar y el auto volvió a enmudecer.  Mientras estacionábamos, me surgió una duda tan fuerte que hizo que me animara a romper ese incómodo silencio, “¿Cómo va a subir al cielo, el tío?, pregunté. Mi papá esbozó una pequeña sonrisa y me contestó que los ángeles lo iban a acompañar.

Cuando bajamos del auto, nos dirigimos hacia una casa blanca con una gran puerta verde. Allí nos encontramos con mis abuelos, mi tía y primos. Todos se abrazaron y se pusieron a llorar. De repente, la puerta se abrió y un hombre gordo con camisa blanca nos hizo pasar. Caminamos por un pasillo bastante ancho e ingresamos a una habitación con sillones y una mesa de mármol que estaba en un rincón. Todo se veía viejo y en el ambiente había un olor extraño que no me gustaba para nada. Mi abuela se me acercó y me pidió que me fuera a sentar un ratito. Yo le obedecí. Entonces, vi que todos los grandes pasaban a otro cuarto, y luego de unos minutos salían con pequeños espasmos y los ojos completamente humedecidos. De a poco iban llegando más personas, algunos eran familiares lejanos y a otros nunca los había visto. Entraban despacio, saludaban tímidamente a los que se encontraban cerca y cuando veían a mis abuelos y a mi mamá les daban un abrazo fuerte y, sujetándole las manos, les decían que lo sentían mucho y que no podían creer lo que había sucedido. Luego, se dirigían a ese cuarto que los hacía llorar y salían al rato para ponerse a charlar, esta vez más animadamente. Yo permanecí siempre sentado en el sillón como me había indicado mi abuela y miraba todo. Esa sala oscura y anticuada de vez en cuando se iluminaba con risas que se apagaban rápidamente. De repente tuve la necesidad de ir al baño, así que decidí desobedecer y abandonar mi puesto de observación. Empecé a buscar a mi papá para que me acompañara, pero como no lo encontré, me asomé al misterioso cuarto.  Cuando vi lo que había allí adentro me quedé helado. En el medio de la gente había un cajón de madera oscuro y en las paredes colgaban grandes coronas de flores. Yo sabía que era un ataúd. Lo había visto en la televisión, en una película que miraban mis primos mayores y, por ende, me podía imaginar que en el interior se encontraba mi tío. Se me estremeció todo el cuerpo y no pude evitar salir corriendo. Mi papá que justo me había visto fue detrás de mí. Me abrazó y me dijo que no tendría que haber entrado. “¿Por qué el tío está metido ahí?”, le pregunté entonces. “Como no lo vamos a ver más, lo estamos despidiendo y, mientras tanto, él espera que los ángeles vengan a buscar su alma para llevársela al cielo y descansar en paz.”, me contestó. Y fue en ese mismo instante en el que aparecieron cuatro hombres vestidos con trajes oscuros y anteojos negros. Les pidieron a todos que se retiraran del cuarto ya que era hora de irse. Así fue como dos de ellos ingresaron y cerraron las puertas, mientras los otros dos se quedaron parados firmes asegurándose de que nadie pasara. Luego de unos minutos, las puertas se abrieron nuevamente y los cuatro hombres cargaron el cajón, ¡eran los ángeles! Lo trasladaron hacia un auto negro y largo y todos lo seguimos en los nuestros. Viajamos un rato y llegamos al cementerio. Era un gran parque con el pasto más verde que había visto en mi vida y había muchas flores distribuidas por todo el lugar. Entramos a una pequeña capilla donde un sacerdote habló de la vida y la muerte y nos hizo rezar. Finalizada la misa, llevaron a mi tío hasta un rincón del jardín que tenía un hueco en la tierra. Cuando terminamos de recitar una última oración, el cajón empezó a descender lentamente. En ese momento, todos comenzaron a llorar mientras arrojaban flores. A lo lejos pude ver como los ángeles se retiraban caminando despacio y en el medio de ellos se colaba una luz. Ahora sí mi tío iba a descansar en paz.