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jueves, 13 de septiembre de 2018

Las Botas de Lluvia - El Final


El despertador sonó a las siete de la mañana y Lucila lo apagó con los ojos cerrados. La noche anterior había tenido la intención de dormirse temprano, pero haciendo un zapping rápido enganchó su película preferida. Cuando sonó la segunda alarma, se tapó con la frazada hasta la cabeza y se maldijo por quedarse despierta hasta tan tarde. ¡Justo ese día que tenía un montón de reuniones!

 Cerró los ojos una vez más, solo para tomar las fuerzas para levantarse, pero se quedó dormida. A los 15 minutos un trueno la hizo despertarse, miró la hora y saltó de la cama. Si pretendía no llegar tarde, tenía que volar. Por suerte, el día anterior, ya se había apartado la ropa que iba a usar, pero nunca tuvo en cuenta que iba a llover. ¡Cada vez le pegan menos al pronóstico! Buscó sus botas de lluvia nuevas, pero no las encontraba en ningún lado. Dio vuelta un vaso para acelerar la búsqueda, y aparecieron. El viejo truco del vaso, ¡cuántas veces la había salvado! Volvió a mirar el reloj y vio que el tiempo se le agotaba. Cerró una ventana que se había abierto con el viento y se dirigió con paso rápido y firme a la parada. Tuvo que correr unos metros el colectivo, pero logró alcanzarlo. 

Cuando estaba llegando a la oficina, comenzaron a caer las primeras gotas. Se apuró para entrar y agradeció no haberse mojado. A las diez de la mañana empezó la maratón. Sobre que odiaba las reuniones, ese día tenía cuatro. Parecía como si todos sus clientes se hubiesen puesto de acuerdo para querer revisar el estado de sus cuentas a la vez. Encima, el último venía a las cinco de la tarde, lo que significaba tener que quedarse después de hora, no poder pasar por su casa a bañarse, probablemente llegar de mal humor a lo de su novio y terminar peleándose porque trabaja más de lo que debería. A las tres de la tarde, la cabeza no le daba más. Necesitaba irse a su casa y dormir hasta el año siguiente. 

A las cuatro y media terminó su reunión número tres y a las cinco llegaba el próximo y último cliente. Tenía tan solo media para armar una minuta rápida de lo hablado, contestar mails, ir al baño y repasar los resultados de las acciones que se habían hecho el mes anterior para presentar. Cuando se sentó en su escritorio, se masajeó las sienes, suspiró y cuando se dio vuelta para pedirle una aspirina a su compañera, se dio cuenta denque algo no andaba bien. “Llamá a la ambulancia”, le dijo, mientras su rostro se iba poniendo cada vez más azul. En pocos minutos la oficina se volvió un caos. A la chica le había agarrado un ataque de alergia y se le estaba terminando el aire. La ambulancia tardó mucho en llegar, pero finalmente lo hizo y lograron salvarla. La situación fue verdaderamente estresante, y por eso, dejaron irse a todos antes de las seis. Obviamente la reunión fue cancelada. 

Al llegar a su casa, Lucila se metió a la ducha y se largó a llorar. Había caído en la cuenta de que la vida podía terminarse en un abrir y cerrar de ojos y eso le generaba un nudo en el pecho. Cuando terminó de bañarse, llamó a sus padres para contarle lo sucedido y ellos la tranquilizaron y le prometieron que el fin de semana le prepararían su comida preferida. Cuando colgó, fue a terminar de cambiarse. Estuvo a punto de ponerse las botas de lluvia de nuevo, pero le dolían los pies y parecía que no iba a seguir lloviendo. De tal modo, las guardó y se puso sus cómodas y amadas zapatillas deportivas. Se dirigió hasta la estación y le mandó un mensaje a su novio avisándole que en pocos minutos estaría en su casa. Esta vez no la iba a poder ir a buscar, el pobre se había quebrado la pierna. Cuando se bajó del tren, ya habían desaparecido los pocos rayos de luz que quedaban. Por eso odiaba el invierno. 

Llegó a la plaza que solía cruzar para acortar camino, pero estaba llena de grandes charcos de agua. Hubiera sido buena idea dejarse las botas de lluvia, al fin y al cabo. Dudó un momento si cruzar igual, pero optó tomar el camino largo. Lo único que le faltaba era tener los pies mojados. Entonces, se dio media vuelta y se fue por otra calle. Ni bien llegó a lo de su amor, lo abrazó tan fuerte como pudo y le contó que había tenido un día horrible. Lo que no sabía era que si alguna de todas esas cosas que le había pasado hubiera sido diferente, si no se hubiera quedado mirando la película, si no se hubiese quedado dormida, si no hubiese cerrado la ventana, si no le hubiera dolido la cabeza, si su compañera no se hubiera descompuesto y, sobre todo, si se hubiera dejado las botas de lluvia puestas, esa noche habría sido brutalmente asesinada y su crimen habría quedado impune.

Mientras tanto, en la plaza, un joven estaba al acecho. Necesitaba sentir el cuerpo de una mujer. Se estaba controlando hace mucho, pero ya no aguantaba más. De repente vio que una chica estaba por pasar y se preparó, pero, finalmente, algo hizo que tomase otro camino. Se enojó mucho. La noche estaba helada, tenía mucho frío y necesitaba saciar su sed. No se le iba a escapar. Si no pasaba por allí tendría que tomar otro camino y ahí la iba a encontrar. Salió de su escondite y saltó un gran charco de agua, pero le calculó mal. Fue así como se resbaló y cayó al piso. Su nuca golpeó un banco y su cuerpo fue encontrado al día siguiente.  


jueves, 6 de septiembre de 2018

Las Botas de Lluvia II


Mientras tanto, el novio de Lucila no podía más de la preocupación. Debía haber llegado hacía más de cuarenta minutos. La llamó varias veces a su celular, pero no contestaba. También llamó a su familia y amigos. Nadie sabía nada de ella. Dio aviso a la policía. “Tenés que esperar veinticuatro horas para hacer la denuncia”, le dijeron ¡veinticuatro horas! No podía esperar tanto. Agarró su campera y salió a buscarla él mismo, aunque no pudiera caminar. Cuando abrió la puerta se encontró con los padres de Lucila. En sus ojos se podía ver su tristeza y desesperación. Sin dudarlo, lo acompañaron. Hicieron desde la casa, el camino inverso que tendría que haber hecho ella desde la estación. Cuando llegaron a la plaza, se separaron y comenzaron a gritar su nombre. Los vecinos salieron de sus casas por los ruidos y, cuando se pusieron al tanto de lo que estaba ocurriendo, decidieron sumarse a la búsqueda. No pasó mucho tiempo hasta que el papá de pudo distinguir que había algo entre unos arbustos, pero lo que nunca se imaginó fue que hallaría el cuerpo sin vida de su hija. La escena que siguió fue desgarradoramente indescriptible, al igual que el dolor de todos. La policía no tardó en llegar y los distintos medios periodísticos fueron arribando de a poco. La noticia salió en absolutamente todos los canales y las teorías sobre lo que había ocurrido fueron infinitas. Cuando comprobó que nadie del círculo cercano podría ser sospechoso, la investigación volvió al punto de inicio. En el lugar no había ninguna cámara y nadie había visto ni escuchado nada. Era como si el asesinato lo hubiera cometido un fantasma. El caso siguió en la agenda periodística algunas semanas más y hubo varias marchas para reclamar justicia, pero ante la falta de pistas, el expediente fue a parar a un cajón y otro crimen más quedó sin resolver. Otro final indignante, triste y evitable. Un final que no se merecía ni ella ni nadie, un final que, gracias a pequeñas circunstancias de la vida, nunca sucedió, porque el crimen nunca se cometió.




jueves, 30 de agosto de 2018

Las Botas de Lluvia I


Lucila se desplomó en el banco de la estación y le mandó un mensaje a su novio en el que le decía que en cinco minutos estaría en su casa. ¡Qué lindo era vivir cerca de él! Sobre todo, después de días largos como el que había tenido. Lo único que lamentaba era no haber llegado a cambiarse. El poco tiempo que estuvo en su casa, lo tuvo que emplear para ordenar el desastre que había ocasionado la terrorífica combinación de una ventana abierta y lluvia. Mientras guardaba su celular en el bolsillo de su campera, largó un suspiro y vio cómo el tren entraba al andén. Subió con cuidado y se dirigió al primer vagón. Como se bajaba en la próxima estación no valía la pena sentarse. Cuando llegó, le resultó raro no ver a su novio parado esperándola, pero se había roto la pierna y el médico le había indicado que tenía que estar en reposo algunos días.  Así que bajó, cruzó la vía y, cuando llegó a la plaza que tenía, que atravesar para acortar camino, vio que estaba toda inundada. ¿Tanto había llovido? Como durante el día estuvo de reunión en reunión nunca se dio cuenta de que la tormenta había sido tan fuerte. Dudó un momento si era conveniente ir por allí o tomar el otro camino, más largo. Optó por la primera opción. Afortunadamente, como no se había cambiado, traía puestas sus botas de lluvia. La plaza que, en verano o en días despejados, a esa hora siempre estaba llena de gente, en ese momento se encontraba totalmente desierta. Avanzó despacio, cuidando de no salpicarse la ropa, pero de repente empezó a sentir la sensación de que la estaban siguiendo. Miró para todos lados, pero no vio a nadie. Pensó que eran imaginaciones suyas, hasta que alguien se le abalanzó por detrás y la agarró violentamente de los pelos. Quiso gritar, pero su atacante le tapó la boca y le dijo que se quedara callada. La arrastró hasta un punto ciego del lugar y la quiso violar. Ella logró zafarse y comenzó a correr. Él fue más rápido. Estaba tan enfurecido que empezó a golpearla salvajemente. ¿Cómo se le iba a ocurrir escaparse? La golpeó hasta que cayó al piso y, cuando la vio indefensa, se dispuso a cumplir su principal cometido, pero cuando se le acercó, se dio cuenta que se le había ido la mano. Enfureció aún más, él solo quería sentir su cuerpo, no era su intención matarla. ¿Por qué tuvo que salir corriendo? Si se hubiera quedado quieta, seguiría viva. Ocultó el cuerpo entre unos arbustos y se fue caminando como si nada hubiera pasado.



miércoles, 25 de julio de 2018

Los Ángeles de Negro


El 23 de mayo iba a ser un gran día. En el colegio, me iban a enseñar a escribir palabras con “m”, la letra de mi nombre. Además, era el cumpleaños de Rodrigo y nos había dicho que su mamá iba a preparar una torta para comer en el aula. Digo “iba” porque nada de eso sucedió, o mejor dicho sí, pero yo no pude estar presente. Aquel martes, mi mamá me despertó como cualquier otro día, pero cuando abrí los ojos vi que ella tenía lágrimas en los suyos. Me abrazó fuerte y mientras me acariciaba la cabeza me dijo que ese día no iba a ir a la escuela. Antes de que pudiera decir algo, me explicó que mi tío Alfredo había tenido un accidente y había fallecido. Una vez me hablaron de la muerte. Me dijeron que era cuando el cuerpo ya no podía moverse porque el alma se había ido al cielo con Dios. También me contaron que, a todos, tarde o temprano, nos pasaba. Que era parte de la vida. Y que, si bien nos íbamos a poner tristes porque ya no íbamos a ver más a la persona fallecida, teníamos que pensar en todas las cosas lindas que habíamos vivido con ella y que si se murió era porque ya había cumplido la misión que tenía en la Tierra.

Luego de vestirme con ropa oscura, mi mamá me subió al auto y me abrochó el cinturón de seguridad. Las primeras cuadras las hicimos en completo silencio. Quise preguntar a dónde estábamos yendo, pero no me animé. Mientras manejaba, mi papá le acarició la cabeza a mi mamá y le hizo acordar cuando estaban de novios, había ido por primera vez a su casa, y mi tío lo recibió vestido de sultán para espantarlo. Mi mamá empezó a reírse y contó otra anécdota en la que mi tío también era el protagonista, y así fueron alternándose con distintas historias. Sin embargo, de un momento a otro, la risa se transformó en llanto. “Cómo lo voy a extrañar”, dijo mi mamá. “¿Qué voy a hacer sin mi hermano?" Mi papá le agarró la mano, le dijo que él también lo iba a extrañar y el auto volvió a enmudecer.  Mientras estacionábamos, me surgió una duda tan fuerte que hizo que me animara a romper ese incómodo silencio, “¿Cómo va a subir al cielo, el tío?, pregunté. Mi papá esbozó una pequeña sonrisa y me contestó que los ángeles lo iban a acompañar.

Cuando bajamos del auto, nos dirigimos hacia una casa blanca con una gran puerta verde. Allí nos encontramos con mis abuelos, mi tía y primos. Todos se abrazaron y se pusieron a llorar. De repente, la puerta se abrió y un hombre gordo con camisa blanca nos hizo pasar. Caminamos por un pasillo bastante ancho e ingresamos a una habitación con sillones y una mesa de mármol que estaba en un rincón. Todo se veía viejo y en el ambiente había un olor extraño que no me gustaba para nada. Mi abuela se me acercó y me pidió que me fuera a sentar un ratito. Yo le obedecí. Entonces, vi que todos los grandes pasaban a otro cuarto, y luego de unos minutos salían con pequeños espasmos y los ojos completamente humedecidos. De a poco iban llegando más personas, algunos eran familiares lejanos y a otros nunca los había visto. Entraban despacio, saludaban tímidamente a los que se encontraban cerca y cuando veían a mis abuelos y a mi mamá les daban un abrazo fuerte y, sujetándole las manos, les decían que lo sentían mucho y que no podían creer lo que había sucedido. Luego, se dirigían a ese cuarto que los hacía llorar y salían al rato para ponerse a charlar, esta vez más animadamente. Yo permanecí siempre sentado en el sillón como me había indicado mi abuela y miraba todo. Esa sala oscura y anticuada de vez en cuando se iluminaba con risas que se apagaban rápidamente. De repente tuve la necesidad de ir al baño, así que decidí desobedecer y abandonar mi puesto de observación. Empecé a buscar a mi papá para que me acompañara, pero como no lo encontré, me asomé al misterioso cuarto.  Cuando vi lo que había allí adentro me quedé helado. En el medio de la gente había un cajón de madera oscuro y en las paredes colgaban grandes coronas de flores. Yo sabía que era un ataúd. Lo había visto en la televisión, en una película que miraban mis primos mayores y, por ende, me podía imaginar que en el interior se encontraba mi tío. Se me estremeció todo el cuerpo y no pude evitar salir corriendo. Mi papá que justo me había visto fue detrás de mí. Me abrazó y me dijo que no tendría que haber entrado. “¿Por qué el tío está metido ahí?”, le pregunté entonces. “Como no lo vamos a ver más, lo estamos despidiendo y, mientras tanto, él espera que los ángeles vengan a buscar su alma para llevársela al cielo y descansar en paz.”, me contestó. Y fue en ese mismo instante en el que aparecieron cuatro hombres vestidos con trajes oscuros y anteojos negros. Les pidieron a todos que se retiraran del cuarto ya que era hora de irse. Así fue como dos de ellos ingresaron y cerraron las puertas, mientras los otros dos se quedaron parados firmes asegurándose de que nadie pasara. Luego de unos minutos, las puertas se abrieron nuevamente y los cuatro hombres cargaron el cajón, ¡eran los ángeles! Lo trasladaron hacia un auto negro y largo y todos lo seguimos en los nuestros. Viajamos un rato y llegamos al cementerio. Era un gran parque con el pasto más verde que había visto en mi vida y había muchas flores distribuidas por todo el lugar. Entramos a una pequeña capilla donde un sacerdote habló de la vida y la muerte y nos hizo rezar. Finalizada la misa, llevaron a mi tío hasta un rincón del jardín que tenía un hueco en la tierra. Cuando terminamos de recitar una última oración, el cajón empezó a descender lentamente. En ese momento, todos comenzaron a llorar mientras arrojaban flores. A lo lejos pude ver como los ángeles se retiraban caminando despacio y en el medio de ellos se colaba una luz. Ahora sí mi tío iba a descansar en paz.



jueves, 28 de junio de 2018

Sudoku

Estoy feliz. Hoy es el primer día de mi primer trabajo. Es apenas una pasantía en el área contable de una empresa, pero me permite ganar unos pesos mientras termino mi carrera y, sobre todo, me da un año y medio más de esa tan solicitada experiencia en las búsquedas laborales. La oficina me queda un poco lejos ya que es en Retiro y yo vivo en Olivos, pero no me importa. Con el tren llego en tan solo media hora y si hay algo que me encanta es viajar en este medio de transporte porque considero que es diferente a los demás. Si bien se parece mucho al subte, el tren tiene la particularidad de ir sobre la tierra, por lo que no solo podés atravesar toda la ciudad en muy poco tiempo sino que, además, te da la posibilidad de admirarla. Otra cosa que me gusta es que, más o menos, siempre te encontrás con la mismas personas. Puede que nunca llegues a saber ni su nombre, pero de repente empiezan a formar parte de tu vida y cuando no las ves hasta las extrañás.

Yo me subo en la estación Mitre y soy de los que se sientan en los últimos vagones. Después de la tragedia de Once mi mamá quedó muy suceptible y me traspasó su miedo a mí. Muchos van estudiando y yo debería hacer lo mismo, pero mi sudoku me parece más entretenido. Una vez leí que este tipo de juegos te ayudan a ejercitar el cerebro y previenen el Alzheimer, además, mientras lo hago, puedo mirar todo lo que ocurre  a mi alrededor. En Centrángolo sube la chica pelirroja que no para de escribir. A veces me dan ganas de sacarle el cuaderno de las manos y ver qué es lo que anota tanto. Está tan ensimismada en su escritura que, a veces, ni siquiera mira su celular ni una sola vez. Al llegar a la estación Florida, ya logré completar una línea de mi juego cuando empieza a sonar "Desde que no estás aquí", interpretado por el cuarteto folklorico que, todos los días, recorre todos los vagones cantando siempre las mismas tres canciones. Pero después, el grupo se desintegra y solo queda el más joven como solista.


En Juan B. Justo me acomodo la camisa nueva que todavía siento algo incómoda. Extraño las remeras y las zapatillas, pero ahora que soy un contador recibido y ya tengo mi puesto fijo de trabajo, no puedo seguir vistiéndome como cuando era un estudiante al que no le importaban las reglas. El nene que siempre sube con el padre en esta estación y que un par de años atrás, con aparentes cuatro años, se sabía todo el recorrido del tren ya usa delantal blanco y ahora también viaja acompañado de su hermanita bebé. En Saavedra, mientras termino de completar un cuadrado entero de mi sudoku, el chico que sube conmigo en Mitre se levanta para recibir a su novia y, luego de saludarla con un beso, se apoyan en el asiento isquiático y se susurran cosas mientras sonríen. Me quedo mirándolos unos segundos pero, la conversación de dos hombres quejándose del tercer aumento del pasaje del año me parece más entretenida. Cuando vuelvo a tomar mi revista para continuar mi juego veo que ya está completo. El cansancio del trabajo me tiene un poco distraído últimamente. Doy vuelta la página y empiezo otro.


Cuando el tren frena en Coghlan me doy cuenta de que hace mucho no veo a la colorada. Quizás cambió de trabajo o se mudó. Miro por la ventana y veo que en el andén pusieron televisores que indican cuándo llega la próxima formación. Considero que es una gran idea y más en este momento que andan con bastante retraso. Mientras suena el pitido de cierre de puertas, un hombre de unos cuarenta años entra corriendo y sigue agitado hasta Belgrano R. Esta escena se repite todos los días a lo largo de varios años. Siento vibrar el celular y cuando abro la mochila para sacarlo me encuentro con el control remoto, que no sé como llegó allí. El mensaje es de mi novia. Me pregunta que vamos a  hacer a la noche ya que hoy cumplimos un año y además vamos a celebrar mi ascenso. Ahora soy coordinador de área.


En Colegiales baja la chica que se encontraba con el novio en Saavedra, pero hace tiempo que ya no están juntos. Se siguen cruzando en el vagón, y aunque no se saludan y se sientan en diferentes lugares, de vez en cuando se miran sin que el otro se dé cuenta. Para mi que todavía se quieren y creo que en algún momento van a volver a estar juntos. También se baja el nene que sabía los nombres de las estaciones. Luce contento su buzo de egresados de séptimo grado y su padre ya no lo acompaña. Ahora es él el que lleva a su hermanita de la mano y cuida que no le pase nada. Yo ya logré completar medio Sudoku, pero no lo puedo seguir porque me invade la duda de si envié un mail muy importante de trabajo o no.


Cuando llego a Carranza un pitido que me cuesta reconocer me hace sobresaltar, pero luego me doy cuenta de que es del tren y me tranquilizo. Últimamente me siento raro, se ve que los preparativos del casamiento y mi nuevo puesto en la gerencia me tienen un poco estresado, no puedo concentrarme ni para hacer mi sudoku. Cuando se abren las puertas entra una chica y se me sienta al lado. Se pone a leer un libro y veo en la contratapa una foto de la pelirroja que no paraba de escribir. Me pongo feliz por ella aunque solo la conociera de vista y memorizo el nombre del libro para comprarlo luego.

Llegando a 3 de Febrero, un chico, más o menos de la edad de mi hijo mayor, me pregunta si no tengo calor con la campera puesta y noto que todos a mí alrededor llevan ropa de verano. Le contesto algo rápido para salir del paso, pero la verdad es que no sé por qué estoy abrigado. Mientras el tren avanza hasta la estación terminal, ingresa al vagón un chico de unos 18 años y empieza a cantar “Desde que no estás aquí” y al terminar cuenta que esa canción la cantaba su papá en esta misma línea hace muchos años. El viaje es bastante aburrido sin mi Sudoku, pero lo tuve que abandonar porque un día dejé de poder completarlo y me agarraba tal enojo que empezaba a gritar y la gente me miraba nerviosa.

El tren frena en Retiro y por el parlante anuncian que es la estación terminal. Algunos pasajeros suben antes que los demás empiecen a bajar y ocupan rápidamente los asientos vacíos. Piso el andén y me siento perdido. Una señora me pregunta si estoy  bien, pero la verdad es que no sé dónde estoy. No recuerdo cómo llegué ahí ni tampoco cómo me llamo. Solo sé que hay algo en mí que no está bien. 


jueves, 14 de junio de 2018

Media Hora en el VIP

-          No voy a pagar seiscientos pesos para estar media hora en un VIP
-          ¿Por qué estarías media hora nada más? Dale, no seas rata, ya todos dijeron que sí.
-          No es de rata, es tener un poco de sentido común. No voy a pagar tanta plata cuando sé que el VIP me aburre y voy a irme al rato.
-          Bueno, hacé lo que quieras, pero te aseguro que tu pensamiento es totalmente erróneo.
-          ¡Obvio que voy a hacer lo que quiera! Igualmente, cuando llegue te mando un mensaje, así por lo menos te saludo por tu cumpleaños.

Hola, queridos lectores, les pido disculpas por haber tenido que presenciar esta discusión, pero vieron que la opinión sobre los boliches es muy variada: hay gente que los odia, otros que les gusta y otros que los aman. Mi amigo, con el que estaba peleando recién ,es de los amantes, que son capaces de pagar seiscientos pesos por ser una Very Important Person, mientras yo, que pertenezco al grupo intermedio, me conformo con pagar el precio de la entrada y estar con el resto del mundo. ¿Así qué ustedes también son de los míos? ¡Genial! Pueden acompañarme hoy a la noche, entonces. Una amiga viene para casa a hacer la previa, ¡vénganse también!, los espero a eso de las 23:30. ¡Nos vemos!

¡Hola! ¿Cómo están? ¡Que suerte que vinieron! Vengan, pasen, todavía nos estamos arreglando. ¿Qué dicen? ¿Me pongo la pollera negra de cuero con un top de color o el short rojo con un top negro? La primera opción va mejor, ¿no? ¡Bárbaro! Agarren mi celu, pongan la lista de Spotify que quieran, yo voy a terminar de cambiarme. Listo, ya estoy, ¿Alguien necesita la planchita o la guardo? ¿Nadie? Bueno, la guardo. ¿Alguno me arma un Campari por favor? ¡Gracias! Y cuéntenme, ¿ustedes hace mucho no van a bailar? Yo más o menos, últimamente no estoy yendo mucho, pero cada tanto me gusta ponerme los tacos, maquillarme y bailar sin que importe nada más con la música al palo. ¿No les pasa lo mismo? ¡Uy!, ya son casi las tres, pidamos un Uber así después no tenemos problemas para pasar.

Ya llegamos. Vayamos a ponernos en la fila. Che, cada vez hay gente más chica acá, mírenlo a aquel, esa carita no supera los 17 años. Antes, si no tenías más de 21, no pasabas ni de casualidad en este lugar. Eso sí, el montoncito de gente de la puerta va a seguir por los siglos de los siglos, por lo menos ahora con el Whatsapp ya no tienen que estar gritando el nombre del pública para que les dé bola. Siempre me pareció una pérdida de dignidad total hacer eso. Ay, ya estamos en la puerta, ¡qué rápido! Saquen los DNI que se los va a pedir el patova. ¿Entraron todos? Genial, la entrada para las mujeres está $150 y para los hombres $250. Denme la plata así compro todas juntas. ¡Listo! Tomen, vayan entrando. Uff, ¡qué calor que hace acá! ¿Vamos a cambiar la consumición? Hay Fernet, cerveza y vodka con Speed. Yo me voy a pedir un Fernet,  ¿Ustedes? ¿Fernet también? Perfecto.
-          ¡Hola! Fernet para todos por favor. ¡Gracias!
¡Me encanta esa canción! Vamos a bailar a la pista. Síganme y no se pierdan.
-          Permiso, perdón, permiso, disculpame
Acá creo que estamos bien. Le voy a mandar un mensaje a mi amigo para avisarle que ya llegamos. Si en algún momento lo ve, lo saludaremos. ¿La están pasando bien? ¡Genial! Yo la pasaría mejor si esta piba del VIP me dejara de golpear la cara con su pelo kilométrico. ¡Ah, no! ¿Está tirando cerveza? ¡Me está empapando! Voy al baño a secarme, espero que la hayan sacado para cuando vuelva. ¿Me acompañan? Cómo detesto a este tipo de borrachos. Porque el borracho feliz te hace reír, el borracho triste en cierto punto también, el borracho cariñoso puede llegar a ser un poco molesto, pero nunca tanto como el borracho eufórico, que lo único que sabe hacer es empujar, tirar la bebida encima de las personas y gritar como si estuviera solo. ¡Perdón!, necesitaba descargarme, pero que esto no opaque nuestra noche. ¡Saquémonos una foto! ¡Hermosa! Va directo a Instagram. Volvamos a la pista a seguir bailando.

Wow, ya son casi las seis, qué rápido pasa el tiempo cuando uno se divierte y justo me contestó mi amigo. Me dijo que vayamos para el VIP de la entrada que nos va a hacer pasar.
-          ¡Feliz Cumple! Pensé que no te iba a ver. Ya casi nos estábamos por ir.
-          ¡Gracias! Recién me llegó el mensaje, no tengo mucha señal acá. Vengan que los hago pasar.


¿Vieron? Desde acá todo se ve con otra perspectiva. Todos están vestidos iguales y así juntos parecen un rebaño de ovejas moviéndose adentro del corral. Por eso no me gusta estar acá. Desde el lugar de la aristocracia, la plebe se ve ridícula. Sin embargo, acá todo se vuelve más aburrido. Los sillones te invitan a sentarte, lo que deja en segundo plano al primer objetivo del boliche, y los que bailan, lo hacen entre las mesas llenas de botellas de champagne que se van acumulando a lo largo de la noche. Además, si venís de levante, las opciones acá arriba se reducen, no solo porque hay menos gente sino porque todos se comportan como si fueran de la realeza y si uno no se comporta igual, chau. Uff, ¡qué dolor de pies! ¡Y qué sueño! ¿Vamos? Ay, todavía me retumban los oídos. Disculpen, queridos lectores, pero hoy no los voy a acompañar a bajonear. Estoy muy cansada. ¿Qué hora es? 6:30. ¿Vieron? Yo tenía razón. Solo estuvimos media hora en el VIP.


miércoles, 30 de mayo de 2018

Florencia

Lo que les voy a contar sucedió hace ya varios años. Van a escuchar muchas versiones al respecto pero les puedo asegurar que la única verdadera es la mía, el protagonista de esta historia.
Cuando tenía 27 años estaba a punto de convertirme en un flamante cirujano. Solo me faltaban un par de años para terminar mi especialización cuando una tragedia sacudió a mi pequeña familia y mis planes tuvieron que cambiar. El 4 de abril de 2011, mi hermano mayor Manuel fue brutalmente asesinado en la puerta de su kiosko, en el barrio de Chacarita. La versión oficial dijo que había sido un asalto, pero ocho tiros fueron suficientes para sospechar que había pasado algo más.  Luego de su muerte, mi mamá entró en una profunda depresión y, como yo era la única familia que le quedaba, dejé todo para ocuparme de ella. Gracias a Dios, a los pocos meses se pudo recuperar, pero yo ya había renunciado a mi trabajo y perdido mi año universitario. Así  fue como decidí reabrir el kiosko de Manuel para generar ingresos, por lo menos hasta fin de año. Lo que nunca me hubiera imaginado era terminar metido en el mundo en el que me metí.

Una vez rearmado el negocio que heredé pude empezar a disfrutarlo. La verdad es que nunca había hecho nada que no estuviera relacionado con la medicina. Se podría decir que el kiosko me dio otra perspectiva de la vida. A diferencia con el hospital, ahora me encontraba con mucha gente sana y charlatana que me sacaba bastantes sonrisas. Al poco tiempo de abrir ya tenía a mis clientes recurrentes, entre ellos, mis cinco soles. Mía, Catalina, Lola, Sofía y Rosario venían todos los días a comprarme cosas. Al principio, con mucha ingenuidad, pensaba que realmente venían en busca de golosinas, pero después me di cuenta que tenían otras intensiones conmigo. Si bien era una más linda que la otra, ninguna superaba los 20 años, por lo que ni siquiera se me ocurrió intentar nada, pero sí, me gustaba divertirme un poco cada vez que las veía. Mi juego consistía en hacerlas pensar que las estaba seduciendo, las saludaba con un beso, les sonreía, les decía que estaban lindas y ellas se iban del negocio felices como si hubieran conquistado el mundo. Lo único que tenía que procurar era que no se cruzaran que, en realidad, era algo que casi nunca ocurría, pero si pasaba ya tenía preparadas mis técnicas para no se dieran cuenta de nada. Un día, después de la visita de Lola y antes de la de Rosario, llegó una chica que no había visto antes. Me saludó sonriente sin prestarme mucha atención y se fue a agarrar un agua. Fue recién cuando vino a pagarme y nos miramos a los ojos que intuí que mis cinco soles se podrían llegar a convertir en seis. Tal como suponía, aquella muchachita volvió a la mañana siguiente, a la otra y la otra. Se llamaba Florencia, tenía 25 años y trabajaba cerca del local. Al principio pensé que podía ser parte de mi grupo selecto, de hecho creí que lo estaba logrando pero, para mi sorpresa, esta chica era muy astuta y una gran actriz. Mientras yo pensaba que estaba jugando con ella, era ella la que se reía de mí. No sé cómo hizo, pero descubrió mi juego y me desenmascaró. Esto hizo que empezáramos una linda amistad y que con el tiempo comenzara a sentir algo por ella. Algo que iba creciendo día a día y que hizo que hasta dejara de jugar con mis soles.  La esperaba todos los días a las 8:45 de la mañana y cuando no pasaba sentía que a mi día le había faltado un poco de luz. 

Un jueves, mientras no paraba de mirar para afuera para verla llegar, entró un hombre que sin dirigirme la palabra se sirvió un café y se sentó en una de las mesas. Se veía algo extraño, pero estaba muy tranquilo. A los cinco minutos llegó otro que hizo exactamente lo mismo y se sentó en frente del primero lo que fue más raro aún. Se miraron  y luego vi que, con disimulo, se intercambiaron unas bolsitas y dinero. “Ah no, acá no”, me dije. Me acerqué a ellos y les pedí con mucha cortesía que por favor se retirasen. “Somos amigos de Manuel”, me contestaron y yo quedé completamente helado. ¿Mi hermano estaba relacionado con el mundo de la droga? No, no podía ser. “Mirá, yo conocía a todos los amigos de mi hermano y de ustedes nunca supe nada así que les pido, por favor, que se retiren y no vuelvan más”, volví a decir con vos firme. Justo en ese momento entró Florencia que miró la situación un poco confundida, pero no preguntó nada. Los dos tipos se levantaron sin decir nada y se fueron, o eso era lo que creía. A la tardecita, cuando estaba cerrando, sentí un arma en las costillas. “¿Así que te hacés el machito?”, me dijo una voz gruesa. “Si no querés terminar como tu hermano cerrá el pico y dejanos trabajar en paz”, terminó de decir y se marchó. Así fue como en un abrir y cerrar de ojos mi kiosko se transformó en un parador de transas y yo muchas veces el encargado de hacer los intercambios. Al cabo de dos meses, conocí a toda la banda, que era mucho más grande de lo que me imaginaba, y además, me enteré que mi hermano había sido parte de ella. El kiosko había sido una simple excusa para tapar sus negocios turbios. No se pueden imaginar la decepción que sentí. Mi hermano mayor, mi ejemplo a seguir y la persona que siempre admiré no era más que un vil narcotraficante y ahora por él yo estaba metido en lo mismo, pero no por mucho tiempo más. Lo decidí una mañana en la que dos integrantes de la banda estaban en mi kiosco y cuando entró Florencia la miraron de una manera despreciable. Yo estaba muy enamorado de ella y no iba a permitir que nadie le hiciera daño. Iba a luchar por tener la paz que mi vida necesitaba. Es increíble como una persona puede hacerte sacar fuerzas que no tenés, ¿no les parece? Estuve varias semanas planeando la jugada que haría caer a la banda. Lo único que tenía que hacer era desarmar a la cúpula y para eso tenía que debilitar a la base. Fui tejiendo mi telaraña durante un par de meses y el golpe final sucedió un 31 de octubre. Aquí es donde las versiones se empiezan a entrecruzar, pero les puedo asegurar que yo no maté a nadie y ningún inocente salió herido. Murieron los que tenían que morir y están pagando en la cárcel los que tenían que pagar. Por mi parte, puedo decir que ahora sí, soy un flamante cirujano y Florencia es la mejor compañera del mundo. 


miércoles, 16 de mayo de 2018

El Despegue

Cuando Josefina tenía nueve años y se subió por primera vez a un avión, le dijo a su papá que quería ser piloto. “Eso es cosa de hombres, hija. Si querés volar tenés que ser azafata”, le contestó él. “No, yo voy a ser piloto”, volvió a decir muy decidida. “Cosa de chicos”, pensó su padre pero los años pasaron y Josefina siguió con la misma idea, lo que hizo que, finalmente, su padre se resignara y a los dieciséis años le pagara sus primeras horas de vuelo.  A los 23 años, luego de mucho tiempo de búsqueda, logró entrar a una conocida aerolínea. El primer día que pisó el aeropuerto, con su uniforme, su pecho se inundó de emoción y cuando despegó el avión lleno de gente el alma casi se le salió del cuerpo. Definitivamente esa era su vocación.


Un día, después de una larga jornada de trabajo, se subió al remis de la compañía y rogó que le tocara viajar sola ya que los autos se solían compartir. A un minuto de que su deseo de cumpliera, el vehículo fue abordado: maldijo por dentro, pero cuando vio que se había subido un piloto joven, morocho con los ojos más lindos del mundo y la sonrisa más encantadora que jamás había visto pensó que quizás no era tan mala la idea de viajar acompañada. Él la saludó con un beso en la mejilla y le deseó buen vuelo. “Estoy volviendo a casa”, le contestó un poco cortante. “Genial, voy a poder darte otro beso”, dijo sonriendo. Josefina se quedó helada y su corazón empezó a latir con fuerza. La vergüenza prácticamente se había apoderado de ella ¡Nunca nadie le había dicho algo como eso! Luciano, así se llamaba, no le paró de hablar en todo el viaje, se notaba que era muy sociable, de las personas que siempre eran el centro de atención, todo lo contrario a ella. Él se bajó primero y nuevamente la besó en el cachete. “Ojalá algún día nos toque volar juntos”, le comentó antes de bajarse. Ese día no tardó mucho en llegar. A la mañana miró su celular para ver qué vuelo le habían asignado. ¡Le tocaba volar con Luciano! Esa tarde llegó prácticamente temblando de los nervios y cuando lo vio casi se desmayó. Él, en cambio, fresco como siempre, se le acercó con una sonrisa y le dio un beso en la mejilla. ¡Qué rico perfume que tenés”, le dijo y luego agregó: “Encantado de ser tu copiloto el día de hoy”. En ese momento casi se murió. Era increíble cómo era capaz de despegar un avión lleno de gente pero no de charlar, sin vergüenza,  con el chico que le tiraba onda. “¿Siempre sonreís cuando despegás?, preguntó Luciano. “También sonrío cuando aterrizo”, contestó ella. “Sos diferente arriba del avión”, dijo entonces. “¿Diferente cómo?”, le dijo ella. “No sé, una persona más suelta quizás”, le contestó. “Debe ser porque volar me apasiona y cuando uno hace lo que le apasiona es más feliz”. “¿No sos feliz allá abajo?, preguntó él. “Sí, lo soy, no me malinterpretes”, rió, “pero acá arriba, sin coneión con la realidad es como…”, “flotar”, dijeron los dos a la vez y se miraron. “Pensamos igual”, dijo Luciano. Cuando volvieron a Buenos Aires, ya que ella había terminado su turno y él debía seguir volando.

Esa misma noche, Josefina se juntó a cenar con sus amigas y les contó sobre el chico que había conocido, pero causaron tanto revuelo que se arrepintió de haberlo hecho. “Basta, chicas”, no hagan tanto alboroto que me da mucha vergüenza”. Y no mentía, era una chica extremadamente tímida que jamás había salido con nadie y no recordaba cuándo había sido la última vez que había besado a alguien y sus amigas lo sabían- “Jose, date cuenta de que  a ese chico le gustás, ¡tenés que hacer algo al respecto!, le dijo una de sus amigas. “¡Ni loca!” Me da vergüenza contárselo a ustedes así que imagínense que mis posibilidades de hacer algo son nulas.” “Bueno, si no te animás a hablarle, agregalo a alguna red social. Sin verse las caras es todo mucho más fácil”. “¡De ninguna manera! No voy a hacer nada y el tema se terminó acá”, les dijo furiosa. “¡Sos una aburrida! ¡Tenés que crecer!, le contestó otra amiga. Después de la cena Josefina llegó a su casa con la cabeza a mil. Estaba muy enojada pero con ella misma. Sus amigas tenían razón, se estaba comportando como una nena de doce años. Así fue como agarró su celular, entró a Instagram y en un arrebato empezó a seguirlo. Obviamente dos segundos después se arrepintió pero, como dice el refrán, lo hecho, hecho está. A la mañana siguiente, cuando se levantó y se fijó qué vuelo le habían asignado para el lunes casi se murió. Le había tocado hacer una posta a Córdoba con Luciano. Y para coronar el momento, le llegó una notificación de que él la había empezado a seguir. Estuvo con los nervios de punta todo el domingo y cuando al otro día sonó la alarma escondió su cabeza debajo de la almohada. ¿Con qué cara lo saludaría cuando lo viera? Cuando llegó al aeropuerto, pensó seriamente en hacerse la enferma, pero su inconsciente le gritó: “¡Tenés que crecer”” y, a la vez, una voz que se le había acercado al oído le dijo: “Qué linda salís en las fotos”. Josefina se sobresaltó pero no dijo ni una palabra, ni ahí ni durante todo el viaje. Él, en cambio, no paró de hablar. Como veinte veces le preguntó si le pasaba algo, pero ella las veinte veces le respondió que no. Al llegar al hotel, se encerró en su habitación y no quiso salir en todo el día. Lo único que deseaba era que la tierra se la tragara. Se odiaba, se odiaba mucho. ¿Por qué no podía ser como una veinteañera normal?

A eso de las 8 de la noche le tocaron la puerta y como era de esperarse era Luciano. “Querés venir a comer al bar de acá a la vuelta?”, le preguntó. “La verdad es que no tengo hambre, me voy a quedar acá”. “Bueno, me voy a tener que quedar con vos entonces”, contestó él. Ella se lo quedó mirando sin entender qué estaba pasando. “Mirá. Jose, a mí me gustás mucho y muero de ganas de conocerte. Yo sé que sos muy tímida, pero te juro que no te voy a hacer mal y si aceptás salir conmigo, aunque sea una sola vez, te prometo que no te vas a arrepentir”. Josefina sonrió, la verdad es que él le gustaba muchísimo, de tal modo, agarró su campera, lo tomó del brazo y salieron los dos caminando para el bar. Y ese fue solo el despegue. 




miércoles, 9 de mayo de 2018

10 años ¿Cambian la historia? El Final

 Finalmente acepté salir con Pablo, pero la cita no fue lo que esperaba. Entonces, pensé que quizás sí podría esperar a que él cortara, pero sin dejarme de ver con mi compañero de trabajo. Después de todo, por el tipo de relación que estábamos llevando, cuando se diera la oportunidad solo tendría que decirle que no nos veríamos más y nadie saldría herido. Fue una tarde de miércoles mientras hablaba con él de la vida cuando de repente me dijo: “Creo que acabo de cortar con mi novia”, “¿Cómo creo?”, le pregunté y me mandó un print de pantalla de la conversación que estaba teniendo.  Ella le decía que si la iba a dejar que se lo dijera en ese momento ya que no quería irse de la casa de noche.  Él le pidió que lo esperara porque tenían que hablar, pero ella no quiso hacerlo. No solo se fue, sino que además lo bloqueó de todos lados. “Ahora sí, corté definitivamente”, me dijo. Me quedé mirando la pantalla de mi celular sin poder creerlo. Por un lado, me sentía feliz porque esa ruptura significaba que podríamos estar juntos, pero por el otro sentí mucha pena por su novia. Yo sabía perfectamente lo que era el abandono y sabía que iba a estar destruida. A la noche él me habló como si nada hubiera pasado. Traté de hacerlo recapacitar sobre el hecho de que acababa de cortar con su novia y tenía que estar mínimamente afligido, pero no pareció importarle mucho. El sábado de esa semana nos vimos. Hubo una fiesta de salsa y fuimos con todo el grupo. Los días previos mi cabeza casi reventó. Sabía que las posibilidades de que pasara algo eran de un 99% y eso me ponía muy nerviosa, no solo porque me sentía mal por su ex y por Pablo sino porque me daba mucho miedo sentir lo que había sentido la última vez. Por suerte la tortura no duró mucho. Me acuerdo que el día de la fiesta hacía un frío terrible a pesar de estar en marzo. Cuando bajé del colectivo él me estaba esperando en la parada y fuimos juntos hasta el salón. El lugar estaba lleno de gente y solo bastó cruzar la puerta para que mis pies se empezaran a mover al ritmo de la música. Saludamos a nuestros amigos y nos pusimos todos a bailar. La alegría se sentía en todo el ambiente y entre nosotros explotaban fuegos artificiales. En un momento de la noche, mientras bailábamos, comenzamos a mirarnos intensamente y a desplazarnos de poco hacia la puerta. “¿Querés ir abajo?”, me preguntó y yo dije que sí sin titubear. Bajamos las escaleras lejos del ruido y una vez más quedamos frente a frente. Nos sonreímos en silencio y sin decir nada nuestras bocas se unieron en un nuevo y hermoso beso. Un beso que me trajo mucha paz, la misma paz que sigo sintiendo hoy, treinta años después, cada vez que nos besamos. Sí, es lo que ustedes están pensando. Finalmente terminamos juntos, pero no inmediatamente después de esa noche. Antes de este final feliz tuvimos muchas idas y vueltas más, dejar a Pablo, al final, no fue tan fácil y, tiempo después, un par de personas más se nos cruzaron en el camino. Nos peleamos y nos arreglamos unas 500 veces, pero un día simplemente sucedió. Coincidimos.





miércoles, 2 de mayo de 2018

10 años ¿Cambian la historia? VIII

Como a veces a las personas nos gusta complicarnos un poco la vida, seguí la corriente a los juegos de seducción iniciados por Pablo, mi compañero de trabajo también diez años mayor que yo. Al principio todo apuntaba a que quería iniciar una relación romántica, pero un par de hechos me hicieron entender que solo nos divertiríamos. Mientras tanto, él estaba como loco, o histérico quizás es una palabra que lo describiría mejor. O para no ser tan mala, voy a decir que los altibajos de su relación lo tenían un poco confundido. Un día me decía que pensaba comprometerse con su novia porque yo no sabía lo que quería y al otro que no podía esperar más para estar conmigo. Se podrán imaginar cómo me ponía a mí esta situación. Pero eso no fue todo, mis queridos lectores, la cosa se puso aún peor. Si antes les había dicho que le había agarrado un ataque de locura, luego perdió completamente la razón. Resulta que una tarde estábamos charlando y no sé cómo fue, pero terminamos armando un mundo de fantasía en donde estábamos casados y teníamos hijos. “Volvamos a la realidad”, le dije de repente, “te mando un beso dónde más te guste”, me despedí después. “No me digas esas cosas porque cuando te vea no voy a poder contenerme”, me contestó. “Okey, me porto bien”, le dije apiadándome. “Yo no sé”, me retrucó y esta vez me quedé sin palabras. “¿No querés portarte bien?”, le pregunté para ver si había entendido bien. “Con vos no”, me contestó y mi corazón empezó a latir rápido. “¿Me estás diciendo que querés hacer un paréntesis de tu realidad?”, “Estoy diciendo que cuando te vea te voy a comer la boca de un beso porque la espera se me está haciendo muy larga y no aguanto más.”, me confesó. A partir de ese día me empezó a hablar diariamente y a decirme ese tipo de cosas. Al principio me parecía divertido y le seguía el juego, pero después comencé a sentirme incómoda. Yo no era la segunda de nadie y en ese momento él me estaba tratando como tal. Definitivamente ese comportamiento no me gustaba para nada. Esa no era la persona que yo conocía. Le pedí que parara de hablarme así y aunque me dijo que tenía razón y que no quería hacerme sentir de esa manera, lo continuó haciendo y hasta en una reunión con los chicos de salsa ¡intentó darme un beso! Esa fue la gota que rebalsó el vaso y me hizo tomar la decisión de enfocarme en Pablo. 

 Las semanas pasaron y todo se tranquilizó, o al menos eso pensé. “Le voy a cortar a mi novia”, me dijo un día y al otro mi compañero de trabajo me invitó a salir fuera de las cuatro paredes de su habitación. ¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿Decirle que no a Pablo y esperar a que él cortara aunque pudieran pasar meses? O ¿empezar a salir con Pablo y nuevamente esperar a coincidir con él en algún momento de la vida? Estuve varios días con la cabeza a punto de explotar. Si bien le había contado la situación a un par de amigas seguía sin saber qué rumbo tomar. Solo había una persona que podría ayudarme. Así fue como le hablé a él y le conté todo lo que me estaba pasando. “No me esperes”, me dijo. “Pero mirá que todavía no le dije que sí”, le advertí. “No me esperes”, me repitió. “Yo no sé cuándo me voy a animar a cortarle". "Aparentemente lo nuestro no tiene que ser”, agregó luego y yo no supe que responderle.



miércoles, 25 de abril de 2018

10 años ¿Cambian la historia? VII

Como era de esperarse mi relación con Daniel terminó inminentemente. Por suerte no pasó mucho tiempo para que pudiera entender que era lo mejor para ambos y mi corazón cicatrizara. Se ve que así son las cosas cuando el amor es auténtico. Como ya les había contado, con él charlábamos casi todos los viernes y en una de esas conversaciones me enteré de que su novia me detestaba porque conocía nuestra historia, pero sobre todo, porque se daba cuenta de cómo nos mirábamos cada vez que nos veíamos. No nos malinterpreten, no lo hacíamos a propósito, era algo inevitable, aunque debo decir que un día las cosas se nos fueron un poco de las manos. Estábamos en un cumpleaños y él había ido solo así que aprovechamos a bailar juntos todo lo que pudimos. Nuestras miradas eran cada vez más intensas. Yo me moría por darle un beso y él también a mí, pero no ocurrió. Los dos sabíamos que era algo inapropiado y además ninguno tenía la intención de lastimar a nadie.  Lo que no pudimos evitar fue sentarnos uno al lado del otro al momento de la cena y tampoco pudimos impedir que nuestras manos se entrelazaran por debajo de la mesa. Mi corazón latía muy fuerte y aún más cuando al regreso, en el auto, comenzó a acariciarme la pierna. Al llegar a su casa nos despedimos como buenos amigos y al llegar a la mía, le envié un mensaje que explotó en sus manos como una granada. “Algún día vamos a coincidir” decía el texto y para mi sorpresa no solo recibí respuesta, sino que me contestó: “Ojalá así sea. A mí nunca me vas a dejar de gustar”. Al leer eso no pude soportarlo más e hice estallar una segunda bomba. Le confesé que nuestra diferencia de edad me había dejado de importar hace bastante y que el día de la fiesta en mi casa yo pensaba decirle que me la quería jugar por él. “No me digas esto”, me contestó y me dijo que si se lo hubiera dicho antes quizás las cosas hubieran sido de otra manera. “No tenemos que pensar en eso”, le escribí y continué diciéndole que si la vida nos quería juntos en algún momento iba a hacer que eso ocurriera, que mientras tanto él tenía que seguir con su novia y yo con mi vida. Al principio no nos costó mucho seguir adelante. Como aquel hecho había pasado casi a fin de año, pasó bastante tiempo hasta que nos volvimos a ver, y si bien nos seguíamos hablando todo fluía con naturalidad. Él se había ido de vacaciones con su novia, yo con mi familia y al regreso cada uno siguió con lo suyo. El conflicto comenzó nuevamente cuando su relación empezó a deteriorarse y a mí, un compañero de trabajo comenzó a seducirme.



miércoles, 18 de abril de 2018

10 años ¿Cambian la historia? VI

A las dos semanas de salir con Daniel le hablé a él para contarle. No es que quería refregárselo en la cara ni nada por el estilo, sino que prefería contárselo yo antes de que lo supiese por otro lado. Empecé a hablarle de cualquier cosa como para no entrar de lleno en el tema, pero, para mi sorpresa, él también tenía novedades para mí. Me confirmó lo que ya sospechaba, estaba saliendo con alguien más y si bien la noticia me dejó un poco helada me sentí feliz por él. Sabía que lo había lastimado y saber que había una persona que lo quería era reconfortante. Luego de hacerle las preguntas pertinentes sobre su chica llegó mi turno de contarle sobre mi relación. Cuando lo hice se mostró totalmente indiferente, pero lo mal que le cayó la noticia se podía percibir a kilómetros de distancia. Me hizo algunas preguntas al respecto, pero terminó confesándome que ya lo sabía. Después de ese día no nos hablamos más, o por lo menos hasta después de mucho tiempo.

Con Daniel salí durante seis meses. Al principio estaba todo bien y nos queríamos mucho, pero con el tiempo nuestras diferencias comenzaron a ser insalvables. Si bien yo trataba de no hacerle caso en muchas cosas, a veces era inevitable caer en una fuerte discusión.  En esos momentos pensaba en él y me imaginaba como hubiese sido todo si le hubiera dicho que sí. Me acuerdo que un viernes después de una pelea con Daniel tuve una necesidad inmanejable de hablarle, extrañaba mucho nuestras charlas. Aproveché que había comentado algo en el grupo de salsa y le escribí. “Sabía que me ibas a hablar”, me dijo y así fue como empezamos nuestra conversación, la primera de muchas que tuvimos después, siempre los días viernes, en las cuales yo hacía un paréntesis de mi realidad que cada vez me gustaba menos porque, no muy a lo lejos, se vislumbraba su fecha de caducidad.



miércoles, 11 de abril de 2018

10 años ¿Cambian la Historia? V

Queridos lectores, en este capítulo vamos a hacer un paréntesis de esta historia para hablar de Daniel, aquel chico que les había contado que me robó un pedacito de mi corazón y que en cierta manera es una parte importante de esta historia.

El lunes luego de la fiesta en mi casa donde ocurrió todo lo que ocurrió nos vimos con Daniel en la clase y como no podía ser de otra manera, pusimos nuestra mejor cara de póker para pilotear la situación, aunque nuestras miradas lo decían todo. A la salida me esperó en la esquina, luciendo sus tatuajes y arriba de su moto roja. “¿Te llevo?”, me preguntó y aunque no me gustaba para nada la idea de subirme a una moto ¿quién puede resistirse a semejante escena? Me puse el casco y arrancamos. Como le prohibí llevarme hasta la puerta de mi casa frenamos unas cuadras antes y esta vez fui yo la que le robó el beso. Una hora después recibí un audio preguntándome si quería salir con él y sin pensarlo le dije que sí. Si, ya sé lo que están pensando pero que se yo, Daniel llegó en un momento en el que estaba mejor plantada, sumado a que sus ganas de llevarse el mundo por delante me encandilaron por completo. En fin, una semana después tuvimos nuestra primera cita que fue terrible. Fue tan mala que pensé seriamente en cortarle el rostro, pero como yo solo pretendía divertirme lo dejé pasar y cuando me volvió a invitar a salir no pude decirle que no. Así fue como comenzó todo lo que jamás hubiese imaginado. Con una rapidez casi imperceptible me abrió la puerta y me hizo un lugar en su vida y yo sin darme cuenta empecé a quererlo. Si escucharon bien ¡Lo quería! Después de mucho tiempo pude volver a querer a alguien y tengo que decir que era muy lindo hacerlo. Y no solo logró eso, sino que también pudo sanar por completo mi alma.



miércoles, 4 de abril de 2018

10 años ¿Cambian la Historia? IV

El 31 de diciembre a las 23:59 (ya recuperada de mi operación) despedí al año horrible que había tenido y el 1 de enero a las 00:00 levanté mi copa agradeciendo tener 365 nuevas oportunidades. A las 00:01 recibí su “¡Feliz Año!”, a las 00:02 él recibió el mío y a las 00:03 nuestra conversación había terminado. La relación que nunca tuvimos estaba quedando en el olvido y se esfumó completamente luego de mis vacaciones. Si bien seguíamos charlando cuando nos veíamos y manteníamos alguna que otra conversación superficial por Whatsapp, nos habíamos alejado y, por el momento, no había vuelta atrás. Así fue como empecé a salir con un chico que había conocido una noche antes de irme de viaje. Yo sabía que no era mi tipo y que no íbamos a durar mucho, pero yo necesitaba divertirme así que puse primera y apreté el acelerador. Salimos un tiempo, pero cuando llegó marzo, como era de suponer, este amor pasajero no dio para más. Lejos de entristecerme, me sentí más fortalecida que nunca. Podría decir que me sentía tan fuerte como para, finalmente, jugármela por él. Para llevar adelante mi plan de reconquista, organicé una fiesta en mi casa con el grupo de salsa, incluyendo a un par de chicos nuevos que habían comenzado a ir a las clases. Todo había empezado según lo estipulado, pizza, música, baile y cerveza, pero luego el destino quiso que las cosas tomaran otro rumbo. Yo había tomado mucho y mi estado no era el mejor. Me había parecido escuchar que él estaba saliendo con alguien más, pero mi cabeza no estaba en condiciones de asimilar bien la información así que lo dejé pasar. Mientras tanto, uno de los chicos nuevos comenzó a acercase a mí, a bailar conmigo y a hacerme reír. Puede que no me acuerde de muchas cosas de esa noche, pero si recuerdo con claridad cuando casi por sorpresa me robó un beso en el medio de mi escalera. Un beso que me descolocó por completo y me dio una bocanada de aire fresco.




miércoles, 28 de marzo de 2018

10 años ¿Cambian la historia? III

Pasaron los días y finalmente llegó el momento de hacer la muestra de fin de año, que salió mejor que nunca. Para festejar hicimos una gran fiesta en la que nos emborrachamos y bailamos hasta que salió el sol. Con él estuvimos pegados toda la noche y hasta quedamos bailando solos y jugando a hacernos preguntas, pero como siempre, no pasó nada. Cuando volvíamos en el auto le dije, en chiste, que ya no nos íbamos a ver más porque los ensayos habían terminado y no íbamos a volver a coincidir en las clases. Así fue como al día siguiente recibí un mensaje de él preguntándome si quería salir. “Sos muy grande para mí”, le contesté. Sí, es lo que ustedes están pensando, no logró sorprenderme y eso hizo que mi lucha interna la ganara la maldita razón. Por suerte, como todos saben, una batalla no es la guerra y mi corazón tuvo una revancha dos semanas después en otra fiesta. Como había sucedido los últimos meses, bailamos toda la noche juntos. “Once Cuarenta” ya se había vuelto nuestro tema, ese que cada vez que sonaba hacía que bailemos bien cerquita, mirándonos y sonriéndonos con muchas ganas. Esa noche nos abrazamos, pero no me alcanzó, necesitaba saber si había tomado la decisión correcta, por eso decidí irme antes de la fiesta sabiendo que él iba a ir detrás de mí. Y así fue. Caminamos agarrados de la mano como quien no quiere la cosa y cuando llegamos a la parada lo miré casi suplicándole que lo hiciera, hasta le tiré un poquito de la manga del sweater (Si, leyeron bien, tenía puesto un sweater en pleno diciembre).  Él simplemente me miró con mucha intensidad, me acarició la cara, se mordió el labio y me dio ese tan esperado beso. Es difícil describir lo que sentí, pero me hizo entender que para poder estar con él primero tenía que resolver algunos conflictos internos. Dejé pasar algunos días para hablarle y explicarle todo. Le dije que no era el mejor momento para que estuviéramos juntos ya que estaba teniendo un mal año y no me sentía bien para estar con nadie. Obvio que la relación se enfrió bastante, pero por suerte no me dejó de hablar por completo ¡Hasta fue a mi muestra de teatro! Ahí conoció a mi familia y todos  estuvieron de acuerdo que era un chico que les gustaba para mí y me preguntaron por qué no salía con él. ¡Si supieran! Dos días después, como para coronar un año lleno de eventos desafortunados, tuve que ser operada de apendicitis. Fue una cirugía muy sencilla, pero que me dejó dolorida varios días. Es raro lo que voy a decir, pero a pesar de todo, ese dolor físico que sentí fue como una pequeña sanación de mi alma.




miércoles, 21 de marzo de 2018

10 años ¿Cambian la historia? II

Con el correr del tiempo, el grupo cada vez se hizo más unido y nosotros dos también. Siempre volvíamos juntos de los ensayos y disfrutábamos de la compañía del otro.  Un día llevamos nuestras charlas de entre tiempo a conversaciones privadas por Whatsapp y, al igual que en persona, hablábamos de todo, solo que como no nos veíamos las caras, me animaba a contarle un poco más. Le dije que sentía que estaba caminando en arenas movedizas, que todo a mi alrededor se estaba derrumbando y sobre todo que me sentía muy sola. También le conté que había estado muy enamorada de alguien, pero me había lastimado tanto que sentía que ya no podía querer a nadie más. Él siempre sabía calmarme, me contaba sus experiencias y me hacía sonreír. Así fue como empecé a mirarlo con otros ojos y me di cuenta de que él ya lo hacía. Si hubiéramos tenido la misma edad, quizás todo hubiera sido más fácil, pero esos diez años de diferencia me hacían dudar mucho. Estábamos en etapas diferentes de la vida y así iba a ser constantemente. Cuando estábamos juntos nos llevábamos bárbaro y eso no lo podía negar, pero ¿sería lo mismo en una relación? “Si no probás nunca lo vas a descubrir” dirán ustedes y por eso mismo, un día me dije que, si él me quería conquistar, yo no me iba a resistir. El tema era que, para hacerlo, tenía que sorprenderme, cosa que no era trabajo fácil o sí, depende de cómo se lo mire. Yo necesitaba que hiciera algo que me descolocara, algo que rompiera con todas mis estructuras y me hiciese tomar la decisión de dar ese gran paso. 

miércoles, 14 de marzo de 2018

10 años ¿Cambian la historia? I


Nos conocimos en las clases de salsa, o mejor dicho armando la coreografía de fin de año ya que como íbamos diferentes días nunca nos habíamos visto más que por fotos. Él era rubio, alto, lindo, extremadamente gracioso y… diez años mayor que yo. ¿Y qué? Dirán ustedes. No se preocupen, yo me hice la misma pregunta muchísimas veces, solo que cuando tenés 22 y estás pasando el peor año de tu vida, la perspectiva de las cosas cambia un poco, pero si les parece bien les cuento un poco mejor como se fueron sucediendo los hechos.
Como les contaba anteriormente, nuestra historia comenzó cuando todos los viernes a la noche viajábamos unos 40 minutos para practicar la coreo de fin de año. En los primeros ensayos todavía no teníamos tanta confianza, ni nosotros dos, ni el grupo en general ya que, si bien íbamos a las clases y a algunas fiestas, como todos saben, generar una amistad lleva un poco más de tiempo o un punto de partida. El nuestro fue un asado que surgió como quien no quiere la cosa y en el que terminamos festejando el cumpleaños de él. Comimos, bailamos, cantamos, la pasamos tan, pero tan bien y se generó tan buena onda entre todos que lo que siguió después fueron prácticas llenas de risas, diversión y mucha cerveza. Quiero aclarar que este último dato no es menor ya que gracias a ella fue naciendo nuestro amor. No me malinterpreten, no quiero decir que nos emborrachábamos en cada ensayo y así fue como nos acercamos. En realidad, fue todo lo contrario. Comenzamos a acercarnos en los tiempos muertos en que los demás iban a comprar la cerveza. Charlábamos de todo, de lo que nos gustaba hacer, de nuestra familia, de nuestras metas y ambiciones y así, de a poquito, fue metiéndose en lo más profundo de mi alma que, en ese momento, tenía una herida muy grande.