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miércoles, 30 de mayo de 2018

Florencia

Lo que les voy a contar sucedió hace ya varios años. Van a escuchar muchas versiones al respecto pero les puedo asegurar que la única verdadera es la mía, el protagonista de esta historia.
Cuando tenía 27 años estaba a punto de convertirme en un flamante cirujano. Solo me faltaban un par de años para terminar mi especialización cuando una tragedia sacudió a mi pequeña familia y mis planes tuvieron que cambiar. El 4 de abril de 2011, mi hermano mayor Manuel fue brutalmente asesinado en la puerta de su kiosko, en el barrio de Chacarita. La versión oficial dijo que había sido un asalto, pero ocho tiros fueron suficientes para sospechar que había pasado algo más.  Luego de su muerte, mi mamá entró en una profunda depresión y, como yo era la única familia que le quedaba, dejé todo para ocuparme de ella. Gracias a Dios, a los pocos meses se pudo recuperar, pero yo ya había renunciado a mi trabajo y perdido mi año universitario. Así  fue como decidí reabrir el kiosko de Manuel para generar ingresos, por lo menos hasta fin de año. Lo que nunca me hubiera imaginado era terminar metido en el mundo en el que me metí.

Una vez rearmado el negocio que heredé pude empezar a disfrutarlo. La verdad es que nunca había hecho nada que no estuviera relacionado con la medicina. Se podría decir que el kiosko me dio otra perspectiva de la vida. A diferencia con el hospital, ahora me encontraba con mucha gente sana y charlatana que me sacaba bastantes sonrisas. Al poco tiempo de abrir ya tenía a mis clientes recurrentes, entre ellos, mis cinco soles. Mía, Catalina, Lola, Sofía y Rosario venían todos los días a comprarme cosas. Al principio, con mucha ingenuidad, pensaba que realmente venían en busca de golosinas, pero después me di cuenta que tenían otras intensiones conmigo. Si bien era una más linda que la otra, ninguna superaba los 20 años, por lo que ni siquiera se me ocurrió intentar nada, pero sí, me gustaba divertirme un poco cada vez que las veía. Mi juego consistía en hacerlas pensar que las estaba seduciendo, las saludaba con un beso, les sonreía, les decía que estaban lindas y ellas se iban del negocio felices como si hubieran conquistado el mundo. Lo único que tenía que procurar era que no se cruzaran que, en realidad, era algo que casi nunca ocurría, pero si pasaba ya tenía preparadas mis técnicas para no se dieran cuenta de nada. Un día, después de la visita de Lola y antes de la de Rosario, llegó una chica que no había visto antes. Me saludó sonriente sin prestarme mucha atención y se fue a agarrar un agua. Fue recién cuando vino a pagarme y nos miramos a los ojos que intuí que mis cinco soles se podrían llegar a convertir en seis. Tal como suponía, aquella muchachita volvió a la mañana siguiente, a la otra y la otra. Se llamaba Florencia, tenía 25 años y trabajaba cerca del local. Al principio pensé que podía ser parte de mi grupo selecto, de hecho creí que lo estaba logrando pero, para mi sorpresa, esta chica era muy astuta y una gran actriz. Mientras yo pensaba que estaba jugando con ella, era ella la que se reía de mí. No sé cómo hizo, pero descubrió mi juego y me desenmascaró. Esto hizo que empezáramos una linda amistad y que con el tiempo comenzara a sentir algo por ella. Algo que iba creciendo día a día y que hizo que hasta dejara de jugar con mis soles.  La esperaba todos los días a las 8:45 de la mañana y cuando no pasaba sentía que a mi día le había faltado un poco de luz. 

Un jueves, mientras no paraba de mirar para afuera para verla llegar, entró un hombre que sin dirigirme la palabra se sirvió un café y se sentó en una de las mesas. Se veía algo extraño, pero estaba muy tranquilo. A los cinco minutos llegó otro que hizo exactamente lo mismo y se sentó en frente del primero lo que fue más raro aún. Se miraron  y luego vi que, con disimulo, se intercambiaron unas bolsitas y dinero. “Ah no, acá no”, me dije. Me acerqué a ellos y les pedí con mucha cortesía que por favor se retirasen. “Somos amigos de Manuel”, me contestaron y yo quedé completamente helado. ¿Mi hermano estaba relacionado con el mundo de la droga? No, no podía ser. “Mirá, yo conocía a todos los amigos de mi hermano y de ustedes nunca supe nada así que les pido, por favor, que se retiren y no vuelvan más”, volví a decir con vos firme. Justo en ese momento entró Florencia que miró la situación un poco confundida, pero no preguntó nada. Los dos tipos se levantaron sin decir nada y se fueron, o eso era lo que creía. A la tardecita, cuando estaba cerrando, sentí un arma en las costillas. “¿Así que te hacés el machito?”, me dijo una voz gruesa. “Si no querés terminar como tu hermano cerrá el pico y dejanos trabajar en paz”, terminó de decir y se marchó. Así fue como en un abrir y cerrar de ojos mi kiosko se transformó en un parador de transas y yo muchas veces el encargado de hacer los intercambios. Al cabo de dos meses, conocí a toda la banda, que era mucho más grande de lo que me imaginaba, y además, me enteré que mi hermano había sido parte de ella. El kiosko había sido una simple excusa para tapar sus negocios turbios. No se pueden imaginar la decepción que sentí. Mi hermano mayor, mi ejemplo a seguir y la persona que siempre admiré no era más que un vil narcotraficante y ahora por él yo estaba metido en lo mismo, pero no por mucho tiempo más. Lo decidí una mañana en la que dos integrantes de la banda estaban en mi kiosco y cuando entró Florencia la miraron de una manera despreciable. Yo estaba muy enamorado de ella y no iba a permitir que nadie le hiciera daño. Iba a luchar por tener la paz que mi vida necesitaba. Es increíble como una persona puede hacerte sacar fuerzas que no tenés, ¿no les parece? Estuve varias semanas planeando la jugada que haría caer a la banda. Lo único que tenía que hacer era desarmar a la cúpula y para eso tenía que debilitar a la base. Fui tejiendo mi telaraña durante un par de meses y el golpe final sucedió un 31 de octubre. Aquí es donde las versiones se empiezan a entrecruzar, pero les puedo asegurar que yo no maté a nadie y ningún inocente salió herido. Murieron los que tenían que morir y están pagando en la cárcel los que tenían que pagar. Por mi parte, puedo decir que ahora sí, soy un flamante cirujano y Florencia es la mejor compañera del mundo. 


miércoles, 16 de mayo de 2018

El Despegue

Cuando Josefina tenía nueve años y se subió por primera vez a un avión, le dijo a su papá que quería ser piloto. “Eso es cosa de hombres, hija. Si querés volar tenés que ser azafata”, le contestó él. “No, yo voy a ser piloto”, volvió a decir muy decidida. “Cosa de chicos”, pensó su padre pero los años pasaron y Josefina siguió con la misma idea, lo que hizo que, finalmente, su padre se resignara y a los dieciséis años le pagara sus primeras horas de vuelo.  A los 23 años, luego de mucho tiempo de búsqueda, logró entrar a una conocida aerolínea. El primer día que pisó el aeropuerto, con su uniforme, su pecho se inundó de emoción y cuando despegó el avión lleno de gente el alma casi se le salió del cuerpo. Definitivamente esa era su vocación.


Un día, después de una larga jornada de trabajo, se subió al remis de la compañía y rogó que le tocara viajar sola ya que los autos se solían compartir. A un minuto de que su deseo de cumpliera, el vehículo fue abordado: maldijo por dentro, pero cuando vio que se había subido un piloto joven, morocho con los ojos más lindos del mundo y la sonrisa más encantadora que jamás había visto pensó que quizás no era tan mala la idea de viajar acompañada. Él la saludó con un beso en la mejilla y le deseó buen vuelo. “Estoy volviendo a casa”, le contestó un poco cortante. “Genial, voy a poder darte otro beso”, dijo sonriendo. Josefina se quedó helada y su corazón empezó a latir con fuerza. La vergüenza prácticamente se había apoderado de ella ¡Nunca nadie le había dicho algo como eso! Luciano, así se llamaba, no le paró de hablar en todo el viaje, se notaba que era muy sociable, de las personas que siempre eran el centro de atención, todo lo contrario a ella. Él se bajó primero y nuevamente la besó en el cachete. “Ojalá algún día nos toque volar juntos”, le comentó antes de bajarse. Ese día no tardó mucho en llegar. A la mañana miró su celular para ver qué vuelo le habían asignado. ¡Le tocaba volar con Luciano! Esa tarde llegó prácticamente temblando de los nervios y cuando lo vio casi se desmayó. Él, en cambio, fresco como siempre, se le acercó con una sonrisa y le dio un beso en la mejilla. ¡Qué rico perfume que tenés”, le dijo y luego agregó: “Encantado de ser tu copiloto el día de hoy”. En ese momento casi se murió. Era increíble cómo era capaz de despegar un avión lleno de gente pero no de charlar, sin vergüenza,  con el chico que le tiraba onda. “¿Siempre sonreís cuando despegás?, preguntó Luciano. “También sonrío cuando aterrizo”, contestó ella. “Sos diferente arriba del avión”, dijo entonces. “¿Diferente cómo?”, le dijo ella. “No sé, una persona más suelta quizás”, le contestó. “Debe ser porque volar me apasiona y cuando uno hace lo que le apasiona es más feliz”. “¿No sos feliz allá abajo?, preguntó él. “Sí, lo soy, no me malinterpretes”, rió, “pero acá arriba, sin coneión con la realidad es como…”, “flotar”, dijeron los dos a la vez y se miraron. “Pensamos igual”, dijo Luciano. Cuando volvieron a Buenos Aires, ya que ella había terminado su turno y él debía seguir volando.

Esa misma noche, Josefina se juntó a cenar con sus amigas y les contó sobre el chico que había conocido, pero causaron tanto revuelo que se arrepintió de haberlo hecho. “Basta, chicas”, no hagan tanto alboroto que me da mucha vergüenza”. Y no mentía, era una chica extremadamente tímida que jamás había salido con nadie y no recordaba cuándo había sido la última vez que había besado a alguien y sus amigas lo sabían- “Jose, date cuenta de que  a ese chico le gustás, ¡tenés que hacer algo al respecto!, le dijo una de sus amigas. “¡Ni loca!” Me da vergüenza contárselo a ustedes así que imagínense que mis posibilidades de hacer algo son nulas.” “Bueno, si no te animás a hablarle, agregalo a alguna red social. Sin verse las caras es todo mucho más fácil”. “¡De ninguna manera! No voy a hacer nada y el tema se terminó acá”, les dijo furiosa. “¡Sos una aburrida! ¡Tenés que crecer!, le contestó otra amiga. Después de la cena Josefina llegó a su casa con la cabeza a mil. Estaba muy enojada pero con ella misma. Sus amigas tenían razón, se estaba comportando como una nena de doce años. Así fue como agarró su celular, entró a Instagram y en un arrebato empezó a seguirlo. Obviamente dos segundos después se arrepintió pero, como dice el refrán, lo hecho, hecho está. A la mañana siguiente, cuando se levantó y se fijó qué vuelo le habían asignado para el lunes casi se murió. Le había tocado hacer una posta a Córdoba con Luciano. Y para coronar el momento, le llegó una notificación de que él la había empezado a seguir. Estuvo con los nervios de punta todo el domingo y cuando al otro día sonó la alarma escondió su cabeza debajo de la almohada. ¿Con qué cara lo saludaría cuando lo viera? Cuando llegó al aeropuerto, pensó seriamente en hacerse la enferma, pero su inconsciente le gritó: “¡Tenés que crecer”” y, a la vez, una voz que se le había acercado al oído le dijo: “Qué linda salís en las fotos”. Josefina se sobresaltó pero no dijo ni una palabra, ni ahí ni durante todo el viaje. Él, en cambio, no paró de hablar. Como veinte veces le preguntó si le pasaba algo, pero ella las veinte veces le respondió que no. Al llegar al hotel, se encerró en su habitación y no quiso salir en todo el día. Lo único que deseaba era que la tierra se la tragara. Se odiaba, se odiaba mucho. ¿Por qué no podía ser como una veinteañera normal?

A eso de las 8 de la noche le tocaron la puerta y como era de esperarse era Luciano. “Querés venir a comer al bar de acá a la vuelta?”, le preguntó. “La verdad es que no tengo hambre, me voy a quedar acá”. “Bueno, me voy a tener que quedar con vos entonces”, contestó él. Ella se lo quedó mirando sin entender qué estaba pasando. “Mirá. Jose, a mí me gustás mucho y muero de ganas de conocerte. Yo sé que sos muy tímida, pero te juro que no te voy a hacer mal y si aceptás salir conmigo, aunque sea una sola vez, te prometo que no te vas a arrepentir”. Josefina sonrió, la verdad es que él le gustaba muchísimo, de tal modo, agarró su campera, lo tomó del brazo y salieron los dos caminando para el bar. Y ese fue solo el despegue. 




miércoles, 9 de mayo de 2018

10 años ¿Cambian la historia? El Final

 Finalmente acepté salir con Pablo, pero la cita no fue lo que esperaba. Entonces, pensé que quizás sí podría esperar a que él cortara, pero sin dejarme de ver con mi compañero de trabajo. Después de todo, por el tipo de relación que estábamos llevando, cuando se diera la oportunidad solo tendría que decirle que no nos veríamos más y nadie saldría herido. Fue una tarde de miércoles mientras hablaba con él de la vida cuando de repente me dijo: “Creo que acabo de cortar con mi novia”, “¿Cómo creo?”, le pregunté y me mandó un print de pantalla de la conversación que estaba teniendo.  Ella le decía que si la iba a dejar que se lo dijera en ese momento ya que no quería irse de la casa de noche.  Él le pidió que lo esperara porque tenían que hablar, pero ella no quiso hacerlo. No solo se fue, sino que además lo bloqueó de todos lados. “Ahora sí, corté definitivamente”, me dijo. Me quedé mirando la pantalla de mi celular sin poder creerlo. Por un lado, me sentía feliz porque esa ruptura significaba que podríamos estar juntos, pero por el otro sentí mucha pena por su novia. Yo sabía perfectamente lo que era el abandono y sabía que iba a estar destruida. A la noche él me habló como si nada hubiera pasado. Traté de hacerlo recapacitar sobre el hecho de que acababa de cortar con su novia y tenía que estar mínimamente afligido, pero no pareció importarle mucho. El sábado de esa semana nos vimos. Hubo una fiesta de salsa y fuimos con todo el grupo. Los días previos mi cabeza casi reventó. Sabía que las posibilidades de que pasara algo eran de un 99% y eso me ponía muy nerviosa, no solo porque me sentía mal por su ex y por Pablo sino porque me daba mucho miedo sentir lo que había sentido la última vez. Por suerte la tortura no duró mucho. Me acuerdo que el día de la fiesta hacía un frío terrible a pesar de estar en marzo. Cuando bajé del colectivo él me estaba esperando en la parada y fuimos juntos hasta el salón. El lugar estaba lleno de gente y solo bastó cruzar la puerta para que mis pies se empezaran a mover al ritmo de la música. Saludamos a nuestros amigos y nos pusimos todos a bailar. La alegría se sentía en todo el ambiente y entre nosotros explotaban fuegos artificiales. En un momento de la noche, mientras bailábamos, comenzamos a mirarnos intensamente y a desplazarnos de poco hacia la puerta. “¿Querés ir abajo?”, me preguntó y yo dije que sí sin titubear. Bajamos las escaleras lejos del ruido y una vez más quedamos frente a frente. Nos sonreímos en silencio y sin decir nada nuestras bocas se unieron en un nuevo y hermoso beso. Un beso que me trajo mucha paz, la misma paz que sigo sintiendo hoy, treinta años después, cada vez que nos besamos. Sí, es lo que ustedes están pensando. Finalmente terminamos juntos, pero no inmediatamente después de esa noche. Antes de este final feliz tuvimos muchas idas y vueltas más, dejar a Pablo, al final, no fue tan fácil y, tiempo después, un par de personas más se nos cruzaron en el camino. Nos peleamos y nos arreglamos unas 500 veces, pero un día simplemente sucedió. Coincidimos.





miércoles, 2 de mayo de 2018

10 años ¿Cambian la historia? VIII

Como a veces a las personas nos gusta complicarnos un poco la vida, seguí la corriente a los juegos de seducción iniciados por Pablo, mi compañero de trabajo también diez años mayor que yo. Al principio todo apuntaba a que quería iniciar una relación romántica, pero un par de hechos me hicieron entender que solo nos divertiríamos. Mientras tanto, él estaba como loco, o histérico quizás es una palabra que lo describiría mejor. O para no ser tan mala, voy a decir que los altibajos de su relación lo tenían un poco confundido. Un día me decía que pensaba comprometerse con su novia porque yo no sabía lo que quería y al otro que no podía esperar más para estar conmigo. Se podrán imaginar cómo me ponía a mí esta situación. Pero eso no fue todo, mis queridos lectores, la cosa se puso aún peor. Si antes les había dicho que le había agarrado un ataque de locura, luego perdió completamente la razón. Resulta que una tarde estábamos charlando y no sé cómo fue, pero terminamos armando un mundo de fantasía en donde estábamos casados y teníamos hijos. “Volvamos a la realidad”, le dije de repente, “te mando un beso dónde más te guste”, me despedí después. “No me digas esas cosas porque cuando te vea no voy a poder contenerme”, me contestó. “Okey, me porto bien”, le dije apiadándome. “Yo no sé”, me retrucó y esta vez me quedé sin palabras. “¿No querés portarte bien?”, le pregunté para ver si había entendido bien. “Con vos no”, me contestó y mi corazón empezó a latir rápido. “¿Me estás diciendo que querés hacer un paréntesis de tu realidad?”, “Estoy diciendo que cuando te vea te voy a comer la boca de un beso porque la espera se me está haciendo muy larga y no aguanto más.”, me confesó. A partir de ese día me empezó a hablar diariamente y a decirme ese tipo de cosas. Al principio me parecía divertido y le seguía el juego, pero después comencé a sentirme incómoda. Yo no era la segunda de nadie y en ese momento él me estaba tratando como tal. Definitivamente ese comportamiento no me gustaba para nada. Esa no era la persona que yo conocía. Le pedí que parara de hablarme así y aunque me dijo que tenía razón y que no quería hacerme sentir de esa manera, lo continuó haciendo y hasta en una reunión con los chicos de salsa ¡intentó darme un beso! Esa fue la gota que rebalsó el vaso y me hizo tomar la decisión de enfocarme en Pablo. 

 Las semanas pasaron y todo se tranquilizó, o al menos eso pensé. “Le voy a cortar a mi novia”, me dijo un día y al otro mi compañero de trabajo me invitó a salir fuera de las cuatro paredes de su habitación. ¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿Decirle que no a Pablo y esperar a que él cortara aunque pudieran pasar meses? O ¿empezar a salir con Pablo y nuevamente esperar a coincidir con él en algún momento de la vida? Estuve varios días con la cabeza a punto de explotar. Si bien le había contado la situación a un par de amigas seguía sin saber qué rumbo tomar. Solo había una persona que podría ayudarme. Así fue como le hablé a él y le conté todo lo que me estaba pasando. “No me esperes”, me dijo. “Pero mirá que todavía no le dije que sí”, le advertí. “No me esperes”, me repitió. “Yo no sé cuándo me voy a animar a cortarle". "Aparentemente lo nuestro no tiene que ser”, agregó luego y yo no supe que responderle.



miércoles, 25 de abril de 2018

10 años ¿Cambian la historia? VII

Como era de esperarse mi relación con Daniel terminó inminentemente. Por suerte no pasó mucho tiempo para que pudiera entender que era lo mejor para ambos y mi corazón cicatrizara. Se ve que así son las cosas cuando el amor es auténtico. Como ya les había contado, con él charlábamos casi todos los viernes y en una de esas conversaciones me enteré de que su novia me detestaba porque conocía nuestra historia, pero sobre todo, porque se daba cuenta de cómo nos mirábamos cada vez que nos veíamos. No nos malinterpreten, no lo hacíamos a propósito, era algo inevitable, aunque debo decir que un día las cosas se nos fueron un poco de las manos. Estábamos en un cumpleaños y él había ido solo así que aprovechamos a bailar juntos todo lo que pudimos. Nuestras miradas eran cada vez más intensas. Yo me moría por darle un beso y él también a mí, pero no ocurrió. Los dos sabíamos que era algo inapropiado y además ninguno tenía la intención de lastimar a nadie.  Lo que no pudimos evitar fue sentarnos uno al lado del otro al momento de la cena y tampoco pudimos impedir que nuestras manos se entrelazaran por debajo de la mesa. Mi corazón latía muy fuerte y aún más cuando al regreso, en el auto, comenzó a acariciarme la pierna. Al llegar a su casa nos despedimos como buenos amigos y al llegar a la mía, le envié un mensaje que explotó en sus manos como una granada. “Algún día vamos a coincidir” decía el texto y para mi sorpresa no solo recibí respuesta, sino que me contestó: “Ojalá así sea. A mí nunca me vas a dejar de gustar”. Al leer eso no pude soportarlo más e hice estallar una segunda bomba. Le confesé que nuestra diferencia de edad me había dejado de importar hace bastante y que el día de la fiesta en mi casa yo pensaba decirle que me la quería jugar por él. “No me digas esto”, me contestó y me dijo que si se lo hubiera dicho antes quizás las cosas hubieran sido de otra manera. “No tenemos que pensar en eso”, le escribí y continué diciéndole que si la vida nos quería juntos en algún momento iba a hacer que eso ocurriera, que mientras tanto él tenía que seguir con su novia y yo con mi vida. Al principio no nos costó mucho seguir adelante. Como aquel hecho había pasado casi a fin de año, pasó bastante tiempo hasta que nos volvimos a ver, y si bien nos seguíamos hablando todo fluía con naturalidad. Él se había ido de vacaciones con su novia, yo con mi familia y al regreso cada uno siguió con lo suyo. El conflicto comenzó nuevamente cuando su relación empezó a deteriorarse y a mí, un compañero de trabajo comenzó a seducirme.



miércoles, 18 de abril de 2018

10 años ¿Cambian la historia? VI

A las dos semanas de salir con Daniel le hablé a él para contarle. No es que quería refregárselo en la cara ni nada por el estilo, sino que prefería contárselo yo antes de que lo supiese por otro lado. Empecé a hablarle de cualquier cosa como para no entrar de lleno en el tema, pero, para mi sorpresa, él también tenía novedades para mí. Me confirmó lo que ya sospechaba, estaba saliendo con alguien más y si bien la noticia me dejó un poco helada me sentí feliz por él. Sabía que lo había lastimado y saber que había una persona que lo quería era reconfortante. Luego de hacerle las preguntas pertinentes sobre su chica llegó mi turno de contarle sobre mi relación. Cuando lo hice se mostró totalmente indiferente, pero lo mal que le cayó la noticia se podía percibir a kilómetros de distancia. Me hizo algunas preguntas al respecto, pero terminó confesándome que ya lo sabía. Después de ese día no nos hablamos más, o por lo menos hasta después de mucho tiempo.

Con Daniel salí durante seis meses. Al principio estaba todo bien y nos queríamos mucho, pero con el tiempo nuestras diferencias comenzaron a ser insalvables. Si bien yo trataba de no hacerle caso en muchas cosas, a veces era inevitable caer en una fuerte discusión.  En esos momentos pensaba en él y me imaginaba como hubiese sido todo si le hubiera dicho que sí. Me acuerdo que un viernes después de una pelea con Daniel tuve una necesidad inmanejable de hablarle, extrañaba mucho nuestras charlas. Aproveché que había comentado algo en el grupo de salsa y le escribí. “Sabía que me ibas a hablar”, me dijo y así fue como empezamos nuestra conversación, la primera de muchas que tuvimos después, siempre los días viernes, en las cuales yo hacía un paréntesis de mi realidad que cada vez me gustaba menos porque, no muy a lo lejos, se vislumbraba su fecha de caducidad.



miércoles, 4 de abril de 2018

10 años ¿Cambian la Historia? IV

El 31 de diciembre a las 23:59 (ya recuperada de mi operación) despedí al año horrible que había tenido y el 1 de enero a las 00:00 levanté mi copa agradeciendo tener 365 nuevas oportunidades. A las 00:01 recibí su “¡Feliz Año!”, a las 00:02 él recibió el mío y a las 00:03 nuestra conversación había terminado. La relación que nunca tuvimos estaba quedando en el olvido y se esfumó completamente luego de mis vacaciones. Si bien seguíamos charlando cuando nos veíamos y manteníamos alguna que otra conversación superficial por Whatsapp, nos habíamos alejado y, por el momento, no había vuelta atrás. Así fue como empecé a salir con un chico que había conocido una noche antes de irme de viaje. Yo sabía que no era mi tipo y que no íbamos a durar mucho, pero yo necesitaba divertirme así que puse primera y apreté el acelerador. Salimos un tiempo, pero cuando llegó marzo, como era de suponer, este amor pasajero no dio para más. Lejos de entristecerme, me sentí más fortalecida que nunca. Podría decir que me sentía tan fuerte como para, finalmente, jugármela por él. Para llevar adelante mi plan de reconquista, organicé una fiesta en mi casa con el grupo de salsa, incluyendo a un par de chicos nuevos que habían comenzado a ir a las clases. Todo había empezado según lo estipulado, pizza, música, baile y cerveza, pero luego el destino quiso que las cosas tomaran otro rumbo. Yo había tomado mucho y mi estado no era el mejor. Me había parecido escuchar que él estaba saliendo con alguien más, pero mi cabeza no estaba en condiciones de asimilar bien la información así que lo dejé pasar. Mientras tanto, uno de los chicos nuevos comenzó a acercase a mí, a bailar conmigo y a hacerme reír. Puede que no me acuerde de muchas cosas de esa noche, pero si recuerdo con claridad cuando casi por sorpresa me robó un beso en el medio de mi escalera. Un beso que me descolocó por completo y me dio una bocanada de aire fresco.




miércoles, 21 de marzo de 2018

10 años ¿Cambian la historia? II

Con el correr del tiempo, el grupo cada vez se hizo más unido y nosotros dos también. Siempre volvíamos juntos de los ensayos y disfrutábamos de la compañía del otro.  Un día llevamos nuestras charlas de entre tiempo a conversaciones privadas por Whatsapp y, al igual que en persona, hablábamos de todo, solo que como no nos veíamos las caras, me animaba a contarle un poco más. Le dije que sentía que estaba caminando en arenas movedizas, que todo a mi alrededor se estaba derrumbando y sobre todo que me sentía muy sola. También le conté que había estado muy enamorada de alguien, pero me había lastimado tanto que sentía que ya no podía querer a nadie más. Él siempre sabía calmarme, me contaba sus experiencias y me hacía sonreír. Así fue como empecé a mirarlo con otros ojos y me di cuenta de que él ya lo hacía. Si hubiéramos tenido la misma edad, quizás todo hubiera sido más fácil, pero esos diez años de diferencia me hacían dudar mucho. Estábamos en etapas diferentes de la vida y así iba a ser constantemente. Cuando estábamos juntos nos llevábamos bárbaro y eso no lo podía negar, pero ¿sería lo mismo en una relación? “Si no probás nunca lo vas a descubrir” dirán ustedes y por eso mismo, un día me dije que, si él me quería conquistar, yo no me iba a resistir. El tema era que, para hacerlo, tenía que sorprenderme, cosa que no era trabajo fácil o sí, depende de cómo se lo mire. Yo necesitaba que hiciera algo que me descolocara, algo que rompiera con todas mis estructuras y me hiciese tomar la decisión de dar ese gran paso. 

miércoles, 14 de marzo de 2018

10 años ¿Cambian la historia? I


Nos conocimos en las clases de salsa, o mejor dicho armando la coreografía de fin de año ya que como íbamos diferentes días nunca nos habíamos visto más que por fotos. Él era rubio, alto, lindo, extremadamente gracioso y… diez años mayor que yo. ¿Y qué? Dirán ustedes. No se preocupen, yo me hice la misma pregunta muchísimas veces, solo que cuando tenés 22 y estás pasando el peor año de tu vida, la perspectiva de las cosas cambia un poco, pero si les parece bien les cuento un poco mejor como se fueron sucediendo los hechos.
Como les contaba anteriormente, nuestra historia comenzó cuando todos los viernes a la noche viajábamos unos 40 minutos para practicar la coreo de fin de año. En los primeros ensayos todavía no teníamos tanta confianza, ni nosotros dos, ni el grupo en general ya que, si bien íbamos a las clases y a algunas fiestas, como todos saben, generar una amistad lleva un poco más de tiempo o un punto de partida. El nuestro fue un asado que surgió como quien no quiere la cosa y en el que terminamos festejando el cumpleaños de él. Comimos, bailamos, cantamos, la pasamos tan, pero tan bien y se generó tan buena onda entre todos que lo que siguió después fueron prácticas llenas de risas, diversión y mucha cerveza. Quiero aclarar que este último dato no es menor ya que gracias a ella fue naciendo nuestro amor. No me malinterpreten, no quiero decir que nos emborrachábamos en cada ensayo y así fue como nos acercamos. En realidad, fue todo lo contrario. Comenzamos a acercarnos en los tiempos muertos en que los demás iban a comprar la cerveza. Charlábamos de todo, de lo que nos gustaba hacer, de nuestra familia, de nuestras metas y ambiciones y así, de a poquito, fue metiéndose en lo más profundo de mi alma que, en ese momento, tenía una herida muy grande. 



viernes, 24 de marzo de 2017

Un amor all inclusive II

Eran las seis de la mañana cuando me tomé el autobús para Varadero. Apenas salía el Sol pero las calles estaban bastantes concurridas.

Cuando pasamos por la plaza de la Revolución me despedí de la figura del Che, no solo porque no sabía cuándo la volvería a ver, sino porque considero que  cuando algo se termina, temporal o definitivamente, hay  que anunciarlo para que la mente lo entienda.

Doblamos y tomamos por el Malecón. Ahora sí se podía ver que estaba ingresando el frente frío porque las olas habían crecido y se movían violentamente como los recuerdos en mi cabeza.
Es cierto que no me estaba muriendo pero  cuando uno pasa  por un lugar donde vivió momentos tan importantes es imposible no pensar en todo lo ocurrido. En esa calle,mi papá me enseñó a andar en bicicleta, di mi primer beso, probé mi primera cerveza. A esa calle iba cada vez que necesitaba pensar y ahí tomé la decisión de irme.

Mientras avanzábamos en el camino, se podía ver la transición del agitado paisaje urbano de La Habana a la tranquilidad de los diferentes pueblos.

Creo que no paré de pensar en todo el viaje. Si bien no estaba arrepentido  de mi decisión, dudaba del trabajo  que había tomado. Me estaba yendo a trabajar de mozo a un hotel All Inclusive. Claramente el problema no era ser mozo y hasta podría decir que  tampoco lo era el all inclusive. Si bien es un choque de mundos y, para los cubanos, una realidad  totalmente diferente, ya estamos acostumbrados al abismo que hay entre los lugares hechos para los turistas y aquellos donde vivimos nosotros. El problema sin duda era en lo que se transformaban las personas dentro de esa burbuja.
El autobús frenó de golpe interrumpiendo mis pensamientos. Ya habíamos llegado a destino.




martes, 27 de diciembre de 2016

24 horas en París con un mimo El final

Y mientras nos besábamos, allá en lo alto, con todo el mundo a nuestros pies, una electricidad recorría todo mi cuerpo. Al principio, mi corazón latía a toda velocidad pero después de un momento, cuando sus manos empezaron a acariciar mi espalda, mis latidos se calmaron y sentí una paz inmensa, una paz que no había sentido en mucho tiempo.

Nos miramos sin decir una palabra, me corrió el pelo de la cara, se mordíó el labio inferior y ambos suspiramos sincronizadamente. Esta vez fui yo quien lo tomó de la mano y tras mirar por última vez ese asombroso paisaje empezamos a descender.

Luego de bajar tomados de la mano y absolutamente en silencio, el ruido de la calle hizo que la burbuja en la que estábamos se rompa. El mimo me sonrió y cuando esa  mirada pícara que me había acompañado durante todo el día simplemente le sonreí y le dije:
-          Muero por saber a dónde vamos a ir.

A los 15 minutos estábamos parados en frente de una puerta negra. El pequeño hombrecito toco dos veces y se abrió. Uno de esos patovicas gigantes lo saludó como si lo conociera, corrió una pesada cortina e hizo una ademán para que pasáramos. 
La música sonaba muy fuerte. Había mucha gente bailando y bebiendo y todos se veían felices.
El lugar era chiquito pero agradable. Fuimos a la barra a pedir unos tragos y no sé muy bien que pasó en el medio, ni cuanto habré tomado pero tengo flashes en los que me veo arriba de una tarima bailando como loca.

Después de un par de horas, cuando el efecto del alcohol había bajado un poco el mimo me “dijo” que ya era hora de irnos. Al salir, el viento golpeó mi cara y me terminé de recuperar.
-          La pasé increíblemente bien. No me acuerdo cuando fue la última vez que bailé tanto.
El mimo me sonrió y me miró como si quisiera hacer algo pero no se animaba. Le di un beso rápido en los labios y le dije que me llevara a donde estaba pensando ir.

Caminamos algunas cuadras y llegamos a la puerta de un edificio de un solo un par de pisos. Sacó las llaves del bolsillo y me invitó a pasar.
Subimos las escaleras y abrió otra puerta. Era un departamento bastante lindo. En el living tenía un sillón de cuero y una mesa. Desde allí se veían tres puertas. Una daba a la cocina, otra a la habitación y otra al baño. El mimo entró a esta última luego de decirme que me siente.

Al cabo de unos minutos, el mimo salió y yo una vez más me quedé sin palabras. Ya no estaba allí ese hombrecito de cara pintada sino que tenía parado en frente mío a un hombre alto, de espalda ancha, morocho y con unos grandes ojos negros que no paraban de mirarme.
Se sentó junto a mí y quiso empezar a hablar pero esta vez no lo dejé, le tapé la boca con mis dedos y le di un beso impulsivo y apasionado.

No voy a decir que hicimos el amor, no solo porque suena cursi sino porque todos sabemos que para hacerlo justamente se necesita que haya amor. Sin embargo, no fue una simple relación sexual vacía. Definitivamente fue algo muy especial que me renovó el alma y que recuerdo hasta el día de hoy.
A eso de las 4 de la mañana, nos encontrábamos los dos, desnudos y abrazados en su cama como si fueramos una pareja.

-          - Madrid y hasta hace un par de meses era Ingeniero, estaba a punto de casarme y mis papás seguían vivos.
-        -   ¿Y qué pasó?
-         -  Un día me llamaron a la oficina para decirme que mis papás habían tenido un accidente automovilístico y habían fallecido. Me dejaron salir antes del trabajo y cuando llegué a mi casa, desbastado, la encontré a mi novia, en mi cama, con mi mejor amigo.
-        -   Noo! ¿Y que hiciste?
-         -  Fue una mezcla, de llanto, gritos, silencio. Imaginate que fue toda una situación terrible. La persona que más necesitaba en ese momento me había traicionado y tirado 5 años de noviazgo al bote de basura.
-          - ¿Y cómo llegaste acá?
-          - A los dos días, luego del entierro de mis padres y cuando mi novia finalmente se fue de mi apartamento. Decidí que no quería seguir adelante. Simplemente necesitaba hacer un paréntesis en mi vida. Quería estar en silencio y no ver ni hablar con nadie. Asique renuncié a mi empleo, cerré mis redes sociales, guardé mi celular en un cajón, armé un bolso, fui a la estación y saqué el boleto para el primer tren que saliera en ese momento. Y me trajo hasta aquí.
-         -  ¿Y por qué un mimo?
-          - Esa historia es un poco más graciosa. Un día me levante con ganas de molestar a la gente. De chico había hecho circo y allí me enseñaron a ser un mimo asique me pinté la cara y salí pero te puedo asegurar que nunca me había encontrado una muchacha tan guapa como tú.
       
        Le sonreí y lo besé de nuevo. Nos quedamos hablando un rato más. Si en silencio era divertido no pueden imaginarse lo que era hablando. Nunca voy a entender como la novia lo pudo haber engañado.
       Finalmente nos quedamos dormidos y nos despertamos a eso de las 9:30. Como mi vuelo salía a las tres de la tarde y todavía tenía que armar la valija, desayunamos rápido y me acompaño hasta mi hotel.  

Cuando llegamos a la puerta me le colgué del cuello y le di un abrazo cálido y me dijo:
-          - Ahora mi vida es un caos ¿sabes? Me hubiera encantado haberte conocido en otro momento.
-          - ¿Creés que nos vamos a volver a ver?
-          - Yo creo que si el destino quiere que volvamos a vernos, va a conspirar para que eso suceda.Me miró por última vez a los ojos, me dio un beso suave en los labios y se fue caminando despacio. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

24 horas en París con un mimo VII

Cuando bajamos del Arco del Triunfo por fin mis deseos se hicieron órdenes. Caminamos por la iluminada y maravillosa Champs Elysees y en venganza por haberme hecho sufrir hice que el mimo entrara conmigo a todos los negocios de ropa que había y obviamente cargarme las bolsas.  Después del décimo local decidí apiadarme de él, o más bien de mi estómago y le sugerí que fueramos a comer a Mc Donalds.
Al entrar pensé que me había equivocado ya que más que un local de comida rápida parecía un restaurant de lo más elegante.

Durante la cena noté al mimo algo nervioso pero preferí no darle importancia, seguramente traía algo entre manos y esta vez no pensaba preocuparme por ello.
Como lo veía sin intención de iniciar una conversación le comencé a hablar de Buenos Aires. Le conté que está lleno de árboles, que hay muchísimos barrios, todos con su encanto. También le dije centro siempre es un hervidero de gente  y que me encanta viajar en subte y en tren porque de ahí salen las mejores anécdotas. Por último, le confesé, que a pesar de todo, amo vivir ahí.

Una vez terminada la cena le sonreí al mimo cual nena esperando saber cuál sería su próxima aventura. Como de costrumbre, me tomó del brazo y comenzamos a caminar en dirección a la Torre Eiffel. Cuando estuvimos parados frente a ella miré al mimo feliz por estar allí pero a la vez enojada porque no había podido subir.
-          - Quiero que sepas que no te voy a perdonar nunca no haberla conocido por dentro.
El mimo me miró con regocijo me volvió a tomar del brazo y me dirigió hasta una de  las entradas, abrió un gran candado y me hizo un ademán para que entremos.
-          - ¿Estás loco? ¡Si alguien nos ve nos van a meter presos!
Como siempre, se hizo el superado y me hizo entender que no iba a pasar nada.

Así fue como empezamos a subir escalón por escalón hasta llegar al último piso y una vez más el alma se me llenó de alegría, euforia y emoción.
Si desde el Arco del Triunfo se podía ver toda la ciudad, desde ahí arriba se podía ver todo eso y un poco más asique nos quedamos contemplando esa belleza, en silencio, durante varios minutos.

De repente empecé a sentir una nostalgia terrible en el pecho y unas ganas de desahogarme que no había tenido nunca.
-        -   ¿Estuve muy enamorada sabías? Al principio éramos felices pero con el tiempo me di cuenta de que él no sentía lo mismo por mí. ¿Por qué será tan necesario cruzarse con personas que nos lastiman tanto? O te hago una pregunta mejor ¿por qué es tan difícil sacarnos del corazón a los que nos hicieron sufrir?


El mimo me miró comprensivo a los ojos, respiró profundo, me acarició el pelo y me besó despacio y dulcemente. 


miércoles, 26 de octubre de 2016

24 horas en París con un mimo VI

    De regreso del Sacré-Cœur  pasamos por el famoso Moulin Rouge pero no pudimos pasar, solo se permitía el ingreso al espectáculo y para asistir había que sacar la entrada con un día de anterioridad. Me fui un poco desilusionada porque de verdad tenía ganas de conocerlo pero por suerte el mimo se encargó que el camino sea súper agradable. Nos tomamos nuestro tiempo para disfrutar de la ciudad, frenamos para sacar fotos, comprar suvenires y nos reímos a más no poder.

   Para cuando llegamos al lugar de donde habíamos sacados las bicicletas ya eran las 4:30 de la tarde.
-        -   ¿Ahora si vamos a ir a la torre Eiffeil? Ya se está haciendo tarde y no me gustaría quedarme sin subir.
El mimo me hizo un gesto indicándome que tuviera paciencia pero la verdad es que me costaba tenerla. ¡No podía irme de París sin haber subido a su edificación más emblemática!  

   Una vez que dejamos las bicis comenzamos a caminar nuevamente hasta llegar a una especie de plaza que salía a Champs Elysees y desde donde se podía ver el Arco del Triunfo y la Torre a la vez. Otra vez no pude hacer otra cosa que quedarme admirando el paisaje. ¿Cómo podía ser tan hermosa una ciudad? Como siempre el mimo me volvió a la realidad. Por alguna inexplicable razón se estaba haciendo el muerto, lo miré extrañada pero luego comprendí, me estaba explicando que en aquel lugar, La plaza de la Concordia, fue donde durante la Revolución Francesa le cortaron la cabeza a los reyes. Estaba por ponerme a filosofar sobre esa época cuando el hombrecito de cara pintada miró al hora de mi reloj, me agarró de la mano y me empezó a llevar por los Campos Eliseos casi al trote.

-         -  ¡Ey pará! ¿Qué te picó? ¿Por qué me estás tan apurado? Parecés el conejo blanco de Alicia.
   Aparentemente se dio cuenta de que estaba pareciendo un loco porque frenó un poco la marcha pero no tanto como para que pudiera disfrutar de la caminata por esa calle única en el mundo. No sé qué era lo que lo tenía así pero la verdad me molestó tanto que no le hablé más asique seguimos en completo silencio hasta que llegamos al Arco del Triunfo.

-             -  ¿Hacía falta que corramos tanto para llegar hasta acá? Podríamos haber venido más lento y también disfrutar del camino, le dije enojada.
El descarado me hizo un gesto para que me calle y me dirigió hacia el interior de la construcción. Subimos unas cuantas escaleras y salimos a una especie de balcón. Y otra vez tuve que guardarme mis palabras. Desde allí arriba se veía prácticamente toda la ciudad y como estaba atardeciendo la postal era inigualable.


   El mimo me miró con regocijo como si hubiera ganado una batalla y con el ego por las nubes me hizo un ademán de que lo mejor estaba por venir. Y así fue. El Sol se escondió entre los edificios y las luces se prendieron. En pocos minutos todo quedó maravillosamente iluminado y yo con una felicidad en el pecho que me estaba a punto de explotar. No podía creer todo lo que estaba viviendo y todavía faltaba lo mejor.  




domingo, 4 de septiembre de 2016

24 horas en París con un mimo V

-          Yo creo que la pizza es un invento glorioso, es rica, hay de muchos sabores, se pronuncia igual en todo el mundo y se puede comer en cualquier lado, por ejemplo, en frente del monumento de la bastilla. Simplemente magnífica.

-          - ¿Vos no sos francés no? Le dije de sopetón. El mimo negó con la cabeza pero tampoco hizo algún otro gesto, como para seguirme la conversación.
-          ¿Me vas a contar algo de vos? El mimo volvió a negar con la cabeza pero esta vez rio;
se paró de un saltito, se limpió las manos de los pantalones y me ayudó a levantarme dando por finalizado el almuerzo.

-       -    ¿Vamos a ir a la torre Eiffel? Le dije ilusionada pero el volvió a decirme que no.
-          ¿Por qué no? ¡No quiero quedarme sin subir!  Contesté casi gritando. El descarado me imitó quejándome y luego de tirar la caja de pizza a un tacho de basura hizo un ademán para que lo siguiera.
Caminamos un par de cuadras en silencio (Yo estaba enojada porque no íbamos a ir a donde yo quería) y llegamos hasta un puestito de bicis turísticas. Él se subió a una y empezó a andar sin preámbulos. Rápidamente me subí a otra y lo seguí.

-          - ¿A dónde vamos?, le pregunté pero no me escuchó, estaba demasiado feliz pedaleando sin parar.  Anduvimos varias cuadras y giramos varias veces. En un momento hasta llegué a desconfiar de él, al fin y al cabo nunca me había demostrado que no era un asesino.

Cuando en mi cabeza la única imagen que tenía era  de mi muerta frenamos.
--          ¿Por qué frenamos? Le pregunté. Respiró profundo (Se ve que estaba cansando) y señaló para arriba. Allá a lo alto, al fin de unas escalinatas inmensas, estaba el famoso Sacré-Cœur o en castellano, la basílica del Sagrado Corazón de Jesús. Cuando vi eso automáticamente me avergoncé de mis pensamientos acusatorios. Yo creyendo que me iba  matar y el tipo me llevó a una Iglesia.

Atamos las bicicletas y subimos. Al entrar me quedé con la boca abierta. Mientras un coro de monjas cantaba armónicamente un Cristo gigante nos recibía con los brazos abiertos.
Como se estaba celebrando la Misa, recorrimos la basílica en silencio y el mimo no hizo ningún show como el que presencié en la Catedral de Notre Dame.
Cuando estábamos saliendo el cura dijo “Sagrado Corazón de Jesús” y todos al unísono contestaron “En vos confío”

Ya en el exterior me senté en uno de los escalones y me puse a mirar el paisaje. El mimo me acompañó. Nos quedamos callados un rato hasta que al fin dije:
-         - Qué cosa esto de la confianza, no? Es increíble como marca las relaciones humanas.
Todo lo que se gana y todo lo que se pierde con solo confiar o desconfiar.
Encima es un acto que no podés controlar, porque, en realidad, si lo pensás bien, ni siquiera es un acto, es más bien un sentimiento. Ponele, una persona se puede demostrar una y otra vez que es digno de confianza pero si vos no lo sentís, no lo sentís. Y lo mismo al revés, podés poner las manos en el fuego por alguien y en un microsegundo te puede generar una quemadura que te deja una cicatriz de por vida.

Paré de hablar cuando me quedé sin aire y en ese momento pude ver que el mimo tenía los ojos llorosos. No tenía idea de que era lo que había dicho pero al parecer di en la tecla.
Quizás nunca me enterase que le había pasado pero seguro tenía que ver con la confianza.


Suspiré, miré nuevamente el paisaje y ahí lo sentí. Cerré los ojos, sonreí para mis adentros, lo miré y poniendo mi mano sobre su muslo le dije: en vos confío. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

24 horas en París con un mimo. IV

Llegamos al famoso museo de Louvre y nuevamente entramos sin pagar. 
Encaré para una de las alas pero el mimo me detuvo explicándome que teníamos poco tiempo y nos convenía ver lo importante.
Yo sé que están pensando cómo es que me podía decir todo eso sin abrir la boca. Es difícil describir sus movimientos porque no solo eran graciosos sino muy efectivos.

-          - Tengo tantas cosas para preguntarte, le dije mientras subíamos la escalera. ¿No podés dejar de ser mimo un rato así charlamos? Me desespera un poco hablarle a alguien que no emite sonido alguno.
Ante mi súplica, el muy gracioso señorito de cara pintada, lo que hizo fue acercarse a un grupo de amigos que estaban por ahí y empezó a gesticular de una manera que parecía que el que hablaba era él. Se podría decir que tomó prestada la voz de otra persona. Muy ingenioso de su parte la verdad.

-       -    Todavía no entiendo que hago recorriendo París con un mimo. Te juro que no encuentro explicación de por qué estoy haciendo esto. 

El mimo empezó a reírse y empezó a señalarme los cuadros que íbamos pasando. Me detuve dos minutos a mirar a mí alrededor para comprender que era lo que me quería decir.
Vi naturalezas muertas, cuadros realistas, esculturas, retratos majestuosos, pinturas que parecían hechas por nenes de dos años y la famosa Gioconda que no valía ni dos pesos. Fue ahí cuando entendí todo.

-          - A veces no importa ni cómo ni por qué hacés algo. A veces simplemente necesitás hacerlo o te sale y por más que pueda parecer insignificante quizás, después de un tiempo, se convierte en algo trascendental, como estos cuadros, o en momentos inolvidables, como creo que va a terminar este paseo.

El mimo me sonrió dulcemente. Puede que no supiera nada de él y probablemente nunca me enterase ni su nombre pero me hacía sentir bien y eso era suficiente para mí.

-        
-   -  Me muero de hambre. ¿Comemos algo?


domingo, 19 de junio de 2016

24 horas en París con un mimo. Parte 3

Entramos a Notre Dame con un contingente chino porque se ve que al mimo le pareció que era algo muy normal que dos occidentales estuvieran viajando por el mundo con un grupo de 50 orientales.

En fin, una vez adentro no pude más que quedarme parada y admirar semejante construcción. Es increíble como hay personas que tienen el talento de crear algo tan magnífico. 
-         -  ¿Sabías que tardaron en construirla 182 años? Le dije al mimo mientras seguía mirando todo a mí alrededor.
Me dijo que sí con la cabeza pero la verdad es que no me estaba prestando mucha atención. Observaba todo como si sería la primera vez que estaba allí.
-       -   ¿Nunca había venido? Le pregunté un poco confundida.
       Esta vez puso su atención sobre mí y movió la cabeza con un gesto de afirmación pero pude ver en sus ojos que algo le pasaba y lo confirmé cuando bajó la mirada y se puso a actuar una escena del jorobado de Notre Dame en el medio de la catedral evadiendo la situación completamente.

Como no podía ser de otra forma, todos se dieron vuelta a mirarlo y formaron una ronda alrededor de él. Realmente era un actor muy bueno asique dejé  a un lado mis pensamientos y opté por disfrutar de la representación.  Cuando terminó el lugar se llenó de aplausos. El mimo hizo unas reverencias y me hizo señas a mí para que nos vayamos antes de que la seguridad lo sacara a patadas.

Entonces salimos lo más rápido posible y una vez afuera me empecé a reír muy fuerte.
-Sos increíble. De los pies a la cabeza. Nunca pensé que me iba a divertir tanto en una Iglesia.
Él me sonrió y otra vez pude ver que algo le pasaba y esta vez creo que sabía que era.

-         - No te preocupes, todos tenemos una historia que queremos desterrar de nuestra vida pero no podemos porque siempre hay algo, una punta de iceberg, que hace que choquemos y se nos ponga el mundo de cabeza de nuevo. 
Me miró muy sorprendido pero en vez de acceder a contarme algo me hizo uno de sus típicos gestitos.
-          - ¿Qué cuál es mi historia? Si me mostrás un poco más de París quizás te la cuento. ¿Vamos?  

     El mimo me volvió a sonreir compresivo y seguimos caminando andá a saber a dónde. 



miércoles, 25 de mayo de 2016

24 horas en Paris con un mimo. Parte 2

Como quien no quiere la cosa, en un arrebato de inconsciencia, empecé a caminar con el mimo que acababa de conocer, por la calle St Michel, hacia un destino incierto.

Solo bastaron unos pasos para que mi cabeza comenzara a imaginar mi rostro en las tapas de todos los diarios y a crear diversos titulares como “Joven argentina asesinada por un mimo en París”, también reflexioné sobre las formas en que podía llegar a matarme y en los lugares donde podría aparecer, pero  la verdad es que esos macabros pensamientos no me afectaron en absoluto. Seguí firme junto a él como si fuéramos amigos de toda la vida.

 Pasamos por una universidad, La Sorbonne llegué a leer en un cartel. De haber sabido, en ese momento, que era una de las universidades más antiguas y prestigiosas de París quizás hubiera prestado más atención a su fachada en vez de mirar las hermosas carteras de cuero que llevaban las alumnas y lo arreglados que iban los hombres.

En poco tiempo llegamos al río Sena y desde ahí pude ver la maravillosa catedral de Notre Dame.
-¿Acá me querías traer? Le pregunté. Él me dijo que sí con la cabeza y una sonrisa. Me tomó de la mano y comenzamos a cruzar un puente lleno de candados. Se ve que se dio cuenta de mi desconcierto cuando los vi porque se frenó, me señaló a una pareja que iba caminando y luego de formar un corazón con las manos me acercó a donde estaban los candados colgados y pude ver que había iniciales escritas.
-¿Asique las parejas enamoradas vienen acá y ponen un candado para sellar su amor eterno? Que romántico. El mimo me sonrió e hizo una mueca que daba a entender que así era todo en la ciudad del amor.


De repente se me ocurrió  pensar si aquel mimo misterioso tenía novia o algo por el estilo. Casi se lo pregunto pero era obvio que luego el interrogante iba a ser para mí y era algo de lo que definitivamente no tenía ganas de hablar, por lo que simplemente suspiré y seguí al hombrecito con cara pintada a nuestro próximo destino: Notre Dame.