miércoles, 24 de abril de 2019

Esos ojos color miel I


Mientras pensaba como decirte lo que tengo para decirte me acordé de cómo comenzó todo.
Me acuerdo de que cuando vi el cartel de “Bienvenidos” le pedí a mi papá que subiera el volumen de la música y me puse a cantar muy fuerte. Era el 30 de diciembre de 2010 y faltaban solo dos días para que comenzara el 2011, el año en el que cumpliría 18, terminaría el colegio y te conocería a vos, el gran amor de mi vida.

Ni bien nos instalamos en el departamento me fui corriendo a la playa. Como todos los años, cuando toqué la arena cerré los ojos para escuchar el sonido del mar y me dejé abrazar por la brisa tan típica de Villa Gesell. Después, me metí al agua y desde ahí miré para la costa. Había muy poca gente todavía. El primer malón llegaría al día siguiente para pasar fin de año y entre ellos estarías vos. El segundo malón, lo haría el primero de enero, al comenzar la quincena. Ahí estarían Beca y Luchi, que días más tarde serían las encargadas de presentarnos oficialmente. Digo oficialmente porque no sé si te acordás, pero nosotros ya nos habíamos cruzado. Fue uno o dos días antes, yo había ido a caminar hasta el muelle y en el camino me compré un licuado. Cuando lo terminé, me acerqué al sector de carpas, donde estaban los tachos de basura para tirar el vaso vacío, y ahí te vi. Bah, vi tus ojos. Esos ojos color miel, con esa mirada tan intensa que me generó una electricidad por todo el cuerpo. Vos también te quedaste helado, pero solo por unos segundos, después te fuiste rápido, como escapándote. Al principio pensé que eras tímido, pero cuando nos presentaron entendí que era lo que te había pasado.

El 5 de enero de 2011 el día estaba hermoso así que fui temprano a la playa. Ahí me encontré con Beca y Luchi, que me preguntaron si ese año podría ir a bailar ya que el año anterior, cuando las conocí, mis papás no me lo permitieron porque todavía era muy chica. Cuando les dije que sí se emocionaron todavía más que yo y al instante nos pusimos a hacer planes para la noche. Nos íbamos a juntar en lo de Luchi y en la peatonal íbamos a decidir a qué boliche ir. Hasta ese momento ni siquiera podía imaginar que eras amigo de Beca y que te vería horas más tarde. A eso de las diez, después de cenar, comencé a prepararme. Me acuerdo de que me puse una pollera tubo negra y una musculosa roja. También recuerdo que mientras me ponía el labial pensé en esas cosas que se aprenden de chico y quedan automatizadas para siempre, como pintarse los labios o ponerse las medias de nylon. Si no te lo enseñan como sabe uno que primero hay que ponérselas de a una hasta las rodillas y después subirlas completamente. Perdón, me fui de tema, pero creo que esa fue la última vez que pude tener un pensamiento tan superficial. Luego de esa noche, te instalaste en mi cabeza y nunca más te fuiste. 

Volviendo a cómo sucedieron los hechos, luego de cambiarme y maquillarme me fui a lo de Luchi. Mientras preparábamos algo para tomar sonó el timbre y, en ese momento, me enteré de que nos acompañarían unos amigos de Beca. Lo que nunca me hubiera imaginado era que, entre ellos, ibas a estar vos. Debo confesar que al principio no me di cuenta. Es que a diferencia de la primera vez que nos vimos, vi tus cicatrices y no tu mirada. La verdad que fue impactante, pero bastó que nuestros ojos se encontraran para comprender que eras vos. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. No entendía nada, ¿cómo es que habíamos coincidido los dos en el mismo lugar? “Simón”, así me dijo Beca que te llamabas y que eras amigo de ella hacía muchos años. En ese momento no me atreví a preguntarle que te había pasado en la cara, por qué tenías tantas cicatrices. De lo que sí me animé fue de ofrecerte un trago y de preguntarte de dónde eras. San Isidro, me contestaste y, automáticamente, pensé que eras de una familia con plata, lo que no pensé fue que ese detalle nos iba a pesar tanto, tiempo después.


jueves, 22 de noviembre de 2018

La Tarjetita de Cumpleaños. El final

El jueves a la noche la pasó a buscar por el Club Universitario de Buenos Aires, donde daba la mayoría de sus clases, y fueron a cenar a un bar que quedaba cerca de ahí. A diferencia del domingo se la veía un poco disgustada y eso lo preocupó. Luego de un suspiro, Milagros se ató su cabellaocastaña en una cola de caballo y le pidió disculpas por su estado de ánimo. Le contó que hacía un año no le aumentaban el sueldo y que su sindicato ya no sabía qué hacer para que el gobierno les prestara atención. “¿Los yogis tienen un sindicato?, preguntó Damián extrañado. Mili largó una risita y su cara se volvió a iluminar. “Obvio, que hagamos una disciplina atípica no quiere decir que no seamos trabajadores como cualquier otra persona”. “¿Y por qué no hacen una manifestación o algo de eso?”. Al decir esa frase, la cara de ella cambió. Era como si algo se le hubiera ocurrido, pero no dijo nada al respecto. Finalmente, la conversación tomó otro rumbo y ella recuperó su típico buen humor. Luego de varias cervezas, Damián le terminó confesando que en realidad no tenía ningún sobrino y que había ido al cumpleaños porque encontró la tarjetita y tuvo un impulso. Milagros comenzó a reír a carcajadas, no podía creer lo que estaba escuchando. “Bueno, agradezco que ese nene haya perdido la tarjeta, sino nunca nos hubiésemos conocido”. En ese momento, él se sintió de quince años. Su corazón le latía rápido y fuerte. Lo que siguió fue inevitable, la agarró de la cintura, la besó tímidamente en los labios, y ella lo correspondió.

Aquella fue la primera de muchas citas que tuvieron. El alma de Damián había sanado y se sentía muy feliz junto a Mili. Todo iba perfecto, hasta que una noche ella le estaba mostrando unas fotos en su celular cuando le llegó una notificación en la que se podía leer que un hombre le mandaba una dirección y le decía que mañana se encontrarían ahí. 
- ¿Quién es?, preguntó. 
- Un alumno, le contestó ella con poca seguridad. 
- No pareciera ser un alumno. Mirá, a mí las relaciones abiertas no me van, así que si estás saliendo con otra persona decímelo y no nos vemos más
- ¡No! Yo te quiero mucho y quiero estar con vos. Te juro que no estoy saliendo con nadie más. 
- ¿Entonces?
 - Es que no te puedo contar, es algo secreto. 
- A mí me podés contar lo que sea, podés confiar en mí.

 Mili dudó un momento y luego largó sus palabras como un escupitajo: 
- Estamos organizando una concentración energética para que el gobierno nos aumente el sueldo. 
-¿¡Qué!?, dijo Damián anonadado. 
- No me mires así, vos fuiste el de la idea. 
- ¿¡Yo!?, cómo te voy a dar esa idea si ni siquiera sé de lo que me estás hablando. 
- Eso es porque nunca quisiste venir a mis clases. No te acordás la primera vez que salimos que me sugeriste que hiciéramos una manifestación o “algo”, bueno, ese “algo” es la concentración energética. 
- ¿Y vos pensás que con eso el gobierno les va a aumentar los sueldos?
- Dami, somos energía. Todo es energía y no hay nada más poderoso. ¿Por qué pensás que ya no estás más deprimido? Por que pudiste desbloquear centros energéticos. 

Damián largó una carcajada. 
- Si ustedes logran que les aumenten el sueldo con lo que van a hacer, yo te pido casamiento. Milagros sonrió y le dio un beso. “Prepará los anillos para este viernes, entonces”.

El viernes 25 de noviembre un grupo de yoguis se reunió frente al Congreso. Se sentaron pacíficamente y en silencio. Lo que ocurrió después fue algo indescriptible. Muchos recuerdan aquel día como “La rebelión de los yoguis”, otros como el día en que un gremio cerró las paritarias más altas de toda la historia, y un grupo más reducido como el día en que Damián le propuso casamiento a Milagros. 


martes, 6 de noviembre de 2018

La Tarjetita de Cumpleaños II


Cuando llegó a la dirección que indicaba la tarjetita, se quedó parado frente al lugar un buen rato. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué razón alguien iba a dejar entrar a un extraño al cumpleaños de un chico? Cuando se dio cuenta de lo absurdo de sus actos, se dio media vuelta para volver a su cas, pero justo en ese momento la puerta del salón se abrió y una mujer más o menos de su edad salió y le preguntó si era el papá de alguno de los chicos. “Perdón que te lo pregunte, pero yo soy la tía de Pablito y no conozco a nadie”, le dijo. “En realidad, yo no soy el papá de nadie”, le contestó Damián, pero cuando vio la cara de extrañeza de la muchacha agregó: “Soy el tío de Juan, mi hermana me había dicho que lo viniera a buscar, pero me pasó mal la hora y recién me entero de que al final no vino”. “Qué buenos tíos que somos. A mí, mi hermana me puso a cargo del cumpleaños, porque ella se agarró una gripe terrible y el padre tuvo que viajar de urgencia”, dijo la muchacha aún sin nombre. “Yo sé que seguro tenés planes mejores para un domingo a la tarde, pero si tenés ganas podés quedarte un rato. Además de nenes gritando hay panchos, papas fritas y gaseosa”. “Me encantaría, hace mucho no como panchos” y dándole un beso en el cachete le dijo que se llamaba Damián. “Yo soy Milagros, adelante”.  

A las siete y media, Damián volvió para su casa lleno de comer panchos y papas fritas y con una felicidad que no había sentido en mucho tiempo. Milagros o Mili, como le había pedido que la llamara, era increíble. Linda, divertida, le gustaba bailar y la cerveza, aunque su pasión era el yoga, disciplina con la que se ganaba la vida. También era muy charlatana y confianzuda. A la media hora de estar con ella ya se habían pasado los Whatsapp y likeado fotos en redes sociales. Quedaron para verse en la semana. Cuando llegó a su departamento, se tiró en la cama como a la mañana, solo que esta vez su alma bailaba por dentro. No veía la hora de volver a verla. Esa noche durmió tranquilo, la bocanada de aire fresco había llegado.



martes, 30 de octubre de 2018

La tarjetita de cumpleaños I


Damián entró en la estación a paso lento y cabizbajo. El día estaba hermoso. Sin embargo, dentro suyo había una tormenta que no paraba hacía seis meses, desde que su novia lo dejó. En sí no era la ruptura lo que le afectaba, la relación ya no daba para más y él lo sabía, pero fue el día de la separación cuando el sentimiento de vacío que tenía guardado hacía mucho tiempo salió a la superficie como un volcán enfurecido y nunca más se fue. Necesitaba una bocanada de aire fresco, pero nunca llegaba. Cuando se sentó en uno de los bancos, largó un fuerte suspiro y apoyó la cabeza en la pared. ¿Algún día volvería a sentirse feliz? Miró su reloj milésima vez en el día, pero si alguien le preguntaba la hora no iba a poder contestar. Cuando bajó su mano notó que había un pequeño papel en el asiento. Un poco por curiosidad y un poco por aburrimiento lo dio vuelta para ver de qué se trataba: era una tarjetita de cumpleaños. Un tal Pablito festejaba sus siete años el domingo de cinco a siete de la tarde. Pobre el nene que se la había olvidado, se iba a perder de tener dos horas de felicidad el día más deprimente de la semana. Bah, aunque hoy en día con Whatsapp, solo hace falta tocar dos teclas para tener la dirección de nuevo en las manos. La dio vuelta entre sus dedos y la colocó, nuevamente, sobre el banco. Escuchó cómo se bajaba la barrera y volvió a mirarla. Tenía algo que lo atraía como un fuerte imán. El tren llegó a la estación y las puertas se abrieron. Damián se paró y comenzó a caminar hacia el vagón, se dio vuelta para mirarla una vez más. En un arrebato retrocedió y, para cuando sonó el pitido que anunciaba el cierre de puertas, ya estaba adentro con la tarjetita en las manos.

El domingo se despertó a eso de las diez y se quedó en la cama un largo rato mirando al techo. Recordó cuando vivía con su ex y al despertarse se quedaban acostados y abrazados hasta que el hambre los hacía levantarse. También su memoria retrocedió un poco más, a cuando era soltero y se levantaba temprano y salía a correr. Por eso ahora odiaba los domingos, estaba solo y ya no se sentía joven como antes. A eso de las doce se levantó para hacerse algo de comer. Se sentó en ante del plato de fideos y se los quedó mirando con tristeza, ¿en qué momento se había vuelto tan ermitaño? Comenzó a comer de a poco, pero el nudo que tenía en la garganta le impidió terminarse todo. Luego de lavar la vajilla volvió a tirarse en la cama. Desde allí se podía ver que el cielo no tenía ni una nube y el sol estaba más brillante que nunca. En otra época de su vida hubiera estado disfrutando en algún parque de la ciudad. Cuando cerró los ojos sonó su celular. Sobre que estaba deprimido sus papás le mandaban fotos desde su crucero por el Mediterráneo. Les mandó el Emoji de una carita sonriente para que no se ofendieran y lo apagó. Se quedó dormido una media hora y se despertó con el teléfono incrustado en la cara. Todavía somnoliento y, con un leve sentimiento de ira, abrió el cajón de la mesita de luz para meterlo allí y vio la tarjeta de cumpleaños. Se quedo unos minutos mirándola como si fuera una llave de escape, que solo tenía que agarrar para salir del infierno en el que estaba. No lo pensó mucho más, en un arrebato de inconsciencia se cambió y se dirigió al cumpleaños de Pablito.





jueves, 13 de septiembre de 2018

Las Botas de Lluvia - El Final


El despertador sonó a las siete de la mañana y Lucila lo apagó con los ojos cerrados. La noche anterior había tenido la intención de dormirse temprano, pero haciendo un zapping rápido enganchó su película preferida. Cuando sonó la segunda alarma, se tapó con la frazada hasta la cabeza y se maldijo por quedarse despierta hasta tan tarde. ¡Justo ese día que tenía un montón de reuniones!

 Cerró los ojos una vez más, solo para tomar las fuerzas para levantarse, pero se quedó dormida. A los 15 minutos un trueno la hizo despertarse, miró la hora y saltó de la cama. Si pretendía no llegar tarde, tenía que volar. Por suerte, el día anterior, ya se había apartado la ropa que iba a usar, pero nunca tuvo en cuenta que iba a llover. ¡Cada vez le pegan menos al pronóstico! Buscó sus botas de lluvia nuevas, pero no las encontraba en ningún lado. Dio vuelta un vaso para acelerar la búsqueda, y aparecieron. El viejo truco del vaso, ¡cuántas veces la había salvado! Volvió a mirar el reloj y vio que el tiempo se le agotaba. Cerró una ventana que se había abierto con el viento y se dirigió con paso rápido y firme a la parada. Tuvo que correr unos metros el colectivo, pero logró alcanzarlo. 

Cuando estaba llegando a la oficina, comenzaron a caer las primeras gotas. Se apuró para entrar y agradeció no haberse mojado. A las diez de la mañana empezó la maratón. Sobre que odiaba las reuniones, ese día tenía cuatro. Parecía como si todos sus clientes se hubiesen puesto de acuerdo para querer revisar el estado de sus cuentas a la vez. Encima, el último venía a las cinco de la tarde, lo que significaba tener que quedarse después de hora, no poder pasar por su casa a bañarse, probablemente llegar de mal humor a lo de su novio y terminar peleándose porque trabaja más de lo que debería. A las tres de la tarde, la cabeza no le daba más. Necesitaba irse a su casa y dormir hasta el año siguiente. 

A las cuatro y media terminó su reunión número tres y a las cinco llegaba el próximo y último cliente. Tenía tan solo media para armar una minuta rápida de lo hablado, contestar mails, ir al baño y repasar los resultados de las acciones que se habían hecho el mes anterior para presentar. Cuando se sentó en su escritorio, se masajeó las sienes, suspiró y cuando se dio vuelta para pedirle una aspirina a su compañera, se dio cuenta denque algo no andaba bien. “Llamá a la ambulancia”, le dijo, mientras su rostro se iba poniendo cada vez más azul. En pocos minutos la oficina se volvió un caos. A la chica le había agarrado un ataque de alergia y se le estaba terminando el aire. La ambulancia tardó mucho en llegar, pero finalmente lo hizo y lograron salvarla. La situación fue verdaderamente estresante, y por eso, dejaron irse a todos antes de las seis. Obviamente la reunión fue cancelada. 

Al llegar a su casa, Lucila se metió a la ducha y se largó a llorar. Había caído en la cuenta de que la vida podía terminarse en un abrir y cerrar de ojos y eso le generaba un nudo en el pecho. Cuando terminó de bañarse, llamó a sus padres para contarle lo sucedido y ellos la tranquilizaron y le prometieron que el fin de semana le prepararían su comida preferida. Cuando colgó, fue a terminar de cambiarse. Estuvo a punto de ponerse las botas de lluvia de nuevo, pero le dolían los pies y parecía que no iba a seguir lloviendo. De tal modo, las guardó y se puso sus cómodas y amadas zapatillas deportivas. Se dirigió hasta la estación y le mandó un mensaje a su novio avisándole que en pocos minutos estaría en su casa. Esta vez no la iba a poder ir a buscar, el pobre se había quebrado la pierna. Cuando se bajó del tren, ya habían desaparecido los pocos rayos de luz que quedaban. Por eso odiaba el invierno. 

Llegó a la plaza que solía cruzar para acortar camino, pero estaba llena de grandes charcos de agua. Hubiera sido buena idea dejarse las botas de lluvia, al fin y al cabo. Dudó un momento si cruzar igual, pero optó tomar el camino largo. Lo único que le faltaba era tener los pies mojados. Entonces, se dio media vuelta y se fue por otra calle. Ni bien llegó a lo de su amor, lo abrazó tan fuerte como pudo y le contó que había tenido un día horrible. Lo que no sabía era que si alguna de todas esas cosas que le había pasado hubiera sido diferente, si no se hubiera quedado mirando la película, si no se hubiese quedado dormida, si no hubiese cerrado la ventana, si no le hubiera dolido la cabeza, si su compañera no se hubiera descompuesto y, sobre todo, si se hubiera dejado las botas de lluvia puestas, esa noche habría sido brutalmente asesinada y su crimen habría quedado impune.

Mientras tanto, en la plaza, un joven estaba al acecho. Necesitaba sentir el cuerpo de una mujer. Se estaba controlando hace mucho, pero ya no aguantaba más. De repente vio que una chica estaba por pasar y se preparó, pero, finalmente, algo hizo que tomase otro camino. Se enojó mucho. La noche estaba helada, tenía mucho frío y necesitaba saciar su sed. No se le iba a escapar. Si no pasaba por allí tendría que tomar otro camino y ahí la iba a encontrar. Salió de su escondite y saltó un gran charco de agua, pero le calculó mal. Fue así como se resbaló y cayó al piso. Su nuca golpeó un banco y su cuerpo fue encontrado al día siguiente.  


jueves, 6 de septiembre de 2018

Las Botas de Lluvia II


Mientras tanto, el novio de Lucila no podía más de la preocupación. Debía haber llegado hacía más de cuarenta minutos. La llamó varias veces a su celular, pero no contestaba. También llamó a su familia y amigos. Nadie sabía nada de ella. Dio aviso a la policía. “Tenés que esperar veinticuatro horas para hacer la denuncia”, le dijeron ¡veinticuatro horas! No podía esperar tanto. Agarró su campera y salió a buscarla él mismo, aunque no pudiera caminar. Cuando abrió la puerta se encontró con los padres de Lucila. En sus ojos se podía ver su tristeza y desesperación. Sin dudarlo, lo acompañaron. Hicieron desde la casa, el camino inverso que tendría que haber hecho ella desde la estación. Cuando llegaron a la plaza, se separaron y comenzaron a gritar su nombre. Los vecinos salieron de sus casas por los ruidos y, cuando se pusieron al tanto de lo que estaba ocurriendo, decidieron sumarse a la búsqueda. No pasó mucho tiempo hasta que el papá de pudo distinguir que había algo entre unos arbustos, pero lo que nunca se imaginó fue que hallaría el cuerpo sin vida de su hija. La escena que siguió fue desgarradoramente indescriptible, al igual que el dolor de todos. La policía no tardó en llegar y los distintos medios periodísticos fueron arribando de a poco. La noticia salió en absolutamente todos los canales y las teorías sobre lo que había ocurrido fueron infinitas. Cuando comprobó que nadie del círculo cercano podría ser sospechoso, la investigación volvió al punto de inicio. En el lugar no había ninguna cámara y nadie había visto ni escuchado nada. Era como si el asesinato lo hubiera cometido un fantasma. El caso siguió en la agenda periodística algunas semanas más y hubo varias marchas para reclamar justicia, pero ante la falta de pistas, el expediente fue a parar a un cajón y otro crimen más quedó sin resolver. Otro final indignante, triste y evitable. Un final que no se merecía ni ella ni nadie, un final que, gracias a pequeñas circunstancias de la vida, nunca sucedió, porque el crimen nunca se cometió.




jueves, 30 de agosto de 2018

Las Botas de Lluvia I


Lucila se desplomó en el banco de la estación y le mandó un mensaje a su novio en el que le decía que en cinco minutos estaría en su casa. ¡Qué lindo era vivir cerca de él! Sobre todo, después de días largos como el que había tenido. Lo único que lamentaba era no haber llegado a cambiarse. El poco tiempo que estuvo en su casa, lo tuvo que emplear para ordenar el desastre que había ocasionado la terrorífica combinación de una ventana abierta y lluvia. Mientras guardaba su celular en el bolsillo de su campera, largó un suspiro y vio cómo el tren entraba al andén. Subió con cuidado y se dirigió al primer vagón. Como se bajaba en la próxima estación no valía la pena sentarse. Cuando llegó, le resultó raro no ver a su novio parado esperándola, pero se había roto la pierna y el médico le había indicado que tenía que estar en reposo algunos días.  Así que bajó, cruzó la vía y, cuando llegó a la plaza que tenía, que atravesar para acortar camino, vio que estaba toda inundada. ¿Tanto había llovido? Como durante el día estuvo de reunión en reunión nunca se dio cuenta de que la tormenta había sido tan fuerte. Dudó un momento si era conveniente ir por allí o tomar el otro camino, más largo. Optó por la primera opción. Afortunadamente, como no se había cambiado, traía puestas sus botas de lluvia. La plaza que, en verano o en días despejados, a esa hora siempre estaba llena de gente, en ese momento se encontraba totalmente desierta. Avanzó despacio, cuidando de no salpicarse la ropa, pero de repente empezó a sentir la sensación de que la estaban siguiendo. Miró para todos lados, pero no vio a nadie. Pensó que eran imaginaciones suyas, hasta que alguien se le abalanzó por detrás y la agarró violentamente de los pelos. Quiso gritar, pero su atacante le tapó la boca y le dijo que se quedara callada. La arrastró hasta un punto ciego del lugar y la quiso violar. Ella logró zafarse y comenzó a correr. Él fue más rápido. Estaba tan enfurecido que empezó a golpearla salvajemente. ¿Cómo se le iba a ocurrir escaparse? La golpeó hasta que cayó al piso y, cuando la vio indefensa, se dispuso a cumplir su principal cometido, pero cuando se le acercó, se dio cuenta que se le había ido la mano. Enfureció aún más, él solo quería sentir su cuerpo, no era su intención matarla. ¿Por qué tuvo que salir corriendo? Si se hubiera quedado quieta, seguiría viva. Ocultó el cuerpo entre unos arbustos y se fue caminando como si nada hubiera pasado.