jueves, 25 de noviembre de 2021

La Frontera I

 Luego de leer este relato, los que también leyeron Domani no, hoy  van a pensar que me gusta hacer excursiones que desafíen el tiempo. Pero la verdad es que no. Detesto vivir al límite. Para que se den una idea vivo al lado de la estación del tren, pero igualmente voy cinco minutos antes a esperarlo sentada ahí. También soy de las personas que llegan cuatro o cinco horas antes al aeropuerto “por las dudas”. Sin embargo, por segunda vez el tiempo me jugó en contra en un viaje y por segunda vez tengo una gran anécdota que recordaré toda la vida. 


Resulta que viajamos con mi novio, al que a partir de ahora llamaremos Martín, a Costa Rica. Luego de recorrer la mayoría de los lugares turísticos del lado del Océano Pacífico, fuimos para Puerto Viejo, del lado del Atlántico, a pasar los últimos tres días de nuestras vacaciones. Como aquel lugar quedaba muy cerca de la frontera con Panamá, Martín me sugirió ir a pasar el día a Bocas del Toro. Por lo tanto, nos subimos al auto que habíamos alquilado y viajamos una hora hasta el límite de ambos países. Llegamos hasta un puente que estaba lleno de camiones y avanzamos entre ellos hasta un puesto policial. Allí nos explicaron que con autos de alquiler no podíamos cruzar, que si queríamos hacerlo, debíamos hacerlo a pie. Así que estacionamos el auto sobre el puente, detrás de los camiones y se nos acercaron una señora y un muchacho en bicicleta. La mujer nos dijo que si íbamos a Bocas del Toro debíamos estar de vuelta a las cuatro de la tarde nuevamente porque la frontera de Costa Rica cerraba a las cinco. Lo repitió tres veces para que nos quedara claro. Por su parte, el muchacho de la bicicleta dijo que nos llevaría hasta el lugar donde debíamos pagar un impuesto para salir del país. Mientras caminábamos, Martín le preguntó cómo llegar hasta la isla sin el auto y nos habló de unos taxis, pero sin darnos ninguna información exacta. Finalmente nos dejó en un local que aparentaba ser un centro de copiado y dijo que le pagáramos dieciocho dólares al hombre de ahí y que él volvería enseguida. Todo me pareció muy raro, parecía que nos estaban estafando. Sin embargo, le dimos al señor los pasaporte y el dinero y a cambio nos dio un papel que decía que habíamos pagado. En ese interín, el chico de la bicicleta llegó con un hombre muy grandote y nos explicó que él era panameño y que nos podía llevar a Bocas del Toro por ciento diez dólares en total ya que íbamos a ir en combi con un grupo, pero después íbamos a volver solo nosotros dos. Martín le regateó el precio y terminó arreglando que le pagaríamos cien dólares en total más una propina. De esta manera, el panameño nos puso unas cintas en la muñeca y nos llevó hasta un estacionamiento cerca de ahí y nos pidió que hiciéramos el pase de salud para Costa Rica porque nos lo iban a pedir al regreso. “No tenemos Internet”, le dije. Y llamó a otro panameño muy bajito con jean largo y una camisa onda Versace para que nos diera señal, aunque no lo terminó haciendo porque Martín le dijo que él tenía. Sin embargo, no bien se fue el hombre, se dio cuenta de que el Internet era muy lento. En ese momento, mis dudas al respecto del viaje empezaron a crecer. ¿Cómo estábamos seguros de que esa gente nos iba a llevar realmente a Bocas del Toro y no nos iba a matar o secuestrar? Para colmo, justo apareció una mujer con pinta de Madama de burdel a la que le preguntamos si había wifi en el lugar y de forma seca y descortés nos dijo que no. Listo. Desde ese instante no pude parar de pensar que a Martín le iban a pegar un tiro en la cabeza y yo iba a terminar en una red de trata.





jueves, 14 de octubre de 2021

La Clandes - El Final

Con el correr del tiempo, los sábados se volvieron una emocionante rutina. Ya desde el martes planificaban qué iban a comer. A veces pedían y a veces cocinaba ella, según el antojo que había. Lo que sí, el postre siempre era mousse y la cerveza y las papitas no podían faltar. A eso de las 20:45, Santiago mandaba el mensaje de que ya estaba en camino. A eso de las nueve, cuando le enviaba que había estacionado, María se ponía a custodiar la ventana. Cuando lo veía llegar, corría hacia la puerta y la abría apenitas. Por lo general, él se quejaba de que no pasaba por el agujerito que le dejaba ya que no solo tenía que pasar él, sino que también las provisiones. Igualmente después se olvidaba de todo cuando la abrazaba y le daba el primer beso de la noche. A veces ese beso subía de temperatura y no llegaban ni a dejar las bolsas en el comedor. Otras veces lo hacían en la cocina y bueno, obviamente que en la cama. Santiago sentía que cada sábado la quería más. Sin embargo, ella tenía sentimientos encontrados. Él le gustaba mucho y la pasaba muy bien. Además sentía que estaban juntos hacía años. No obstante, antes de conocerlo y antes de que la pandemia hiciera de las suyas, había comenzado a disfrutar de su soltería y sentía que cuando volviera a ser libre, iba a querer esa vida otra vez. Por lo tanto, su frase de cabecera era: "cuando todo esto termine, lo nuestro también". Si bien Santiago le decía que sí, sentía mucha bronca por dentro. Detestaba que se mostrara indiferente ante todo lo que estaban viviendo, pero no decía nada porque prefería eso antes que pasar los sábados a la noche solo, aburrido y sin comida rica. O lo que era peor, invitando a alguna chica de Tinder que no le movería ni un pelo de todos los que le movía María. Los sábados de cuarentena continuaron y parecía que nunca iban a acabar. Un día charlando por Whatsapp, Santiago le insinuó a María que quería algo más que la relación que estaban llevando. Ella le contestó que la estaba pasando muy bien con él, pero que no quería nada más. "¿Querés que lleguemos hasta acá?", le preguntó él. Ella lo pensó un poco y casi le dice que si, pero por algún motivo su respuesta fue un no rotundo. Y agregó que quería seguir un poco más, que después veían qué pasaba. Santiago se decepcionó un poco, pero a la vez se puso como objetivo ganar el corazón. El tema era cómo. ¿Qué más podía hacer? Después de mucho pensar, se dio cuenta de que la única manera de conquistarla era seguir siendo él mismo. Sabía qué era una buena persona y eso era lo que María necesitaba a su lado. Por eso, se convenció de que no en mucho tiempo más se daría cuenta. Y por suerte así sucedió. Una noche luego de comer, tomar cerveza y tener sexo, los dos estaban acostados en la cama mirando Friends. Se estaba reproduciendo el capítulo en el que Chandler le decía "te amo" por primera vez a Mónica y ahí fue cuando a María le hizo el clic. De repente se dio cuenta de que estaba dispuesta a volver a enamorarse. También se dio cuenta de que ya no podía imaginarse su vida sin Santiago. Por eso cuando él un día le largó un "te quiero"  inesperado por Whatsapp le contestó que ella también, aunque lo hizo dos días después porque cuando lo leyó, entró un poco en pánico. Después de ese momento la cosa se puso más linda y todo mejoró cuando el presidente dio permiso para que abrieran los bares y restaurantes. "¿Querés que salgamos de verdad? Estoy dispuesta a contarle de vos a mí papá", le dijo ella. "Obvio que quiero", le contestó él y le preguntó a qué hora la pasaba a buscar. 





jueves, 30 de septiembre de 2021

La Clandes II

 La cuarentena no paraba de extenderse y las conversaciones ininterrumpidas que María y Santiago tenían al principio eran cada vez más escalonadas. Él sentía que la estaba perdiendo y no sabía qué hacer para revertir la situación. Si bien él contaba con un permiso para circular y podría acercarse a donde ella estuviera para verla, María vivía con su papá por lo que era imposible ir a su casa y ella tampoco tenía alguna excusa válida para ausentarse por algunas horas. Y bueno, blanquearle la situación a su padre tampoco parecía una opción. Por su parte, ella ya estaba cada vez más cansada de tener una relación a distancia. No le veía sentido. Pensó en comentarle a su papá que estaba saliendo con alguien para poder salir a verlo, pero no tenía ganas de tener un interrogatorio sobre una persona con la que sabía que no se iba a poner de novia, y tampoco tenía ganas de recibir un sermón sobre cómo se iba a ver con alguien que no conocía en plena pandemia. Estuvo a punto de decirle a Santiago que ya no tenía ganas de seguir hablando. Sin embargo, un día su papá le dijo que se iba y que no iba a volver a dormir. María se sorprendió bastante, pero no quiso hacer preguntas. No estaba lista para conocer la respuesta. Así que simplemente le dijo que se cuidara y que lo vería al día siguiente. Acto seguido, tomó el celular y le escribió a Santiago si quería ir para su casa. Lo borró. ¿Y si alguien lo veía entrar? Caminó de una punta a la otra de la habitación. Tenía que animarse. Escribió de nuevo el mensaje y lo mandó rápidamente, antes de que se pudiera arrepentir. Tardó menos de un minuto en contestarle: “A qué hora voy y qué llevo”. María sonrió. 

A las nueve en punto estaba asomada por la ventana esperando que apareciera Santiago para abrirle la puerta. Hacía quince minutos que le había mandado que ya había salido por lo que ya tendría que estar por llegar. Esperaba que se acordara de no estacionar en la puerta de la casa. Por las dudas le mandó otro mensaje recordándole. En ese momento lo vio pasar y corrió hacia la puerta para abrirle. Mientras Santiago pasaba por la pequeña apertura que le había dejado, María lo atacó a preguntas: “¿Te fijaste que nadie te viera? ¿Estacionaste a la vuelta? ¿Miraste para todos lados antes de entrar?. Él se rio y le contestó que sí a todo. “¿No me vas a saludar?”, le preguntó luego. Ella se rio, se le colgó del cuello y le dio un largo beso. “Qué lindo volver a verte”, dijo él. “¿Dónde puedo dejar todo esto?, preguntó. “¿Qué trajiste tanto?”, “Cerveza, papitas y mousse de chocolate de postre”. "Sos un genio". "Qué rico olor. Qué estás cocinando?", Preguntó. "Pastel de papas. ¿Te gusta?", indagó ella. "Me encanta". María sonrió y lo hizo pasar al comedor, donde le sirvió una porción. "Está buenísimo esto", exclamó Santiago. Se pusieron a charlar animadamente mientras de fondo tenían puesta la tele en la repetición de Avenida Brasil. Cuando terminaron el pastel de papas, María lavó los platos y las fuentes

 "Listo para el postre?", le preguntó y le alcanzó un pote individual. Sin dudas ambos estaban pasando el mejor sábado desde que había empezado la cuarentena. Se sentían muy cómodos el uno con el otro. Cuando terminaron todo lo que había para comer, se fueron para el cuarto. "Poné una peli" , dijo Santiago. Maria eligió una, pero no llegaron a ver ni los primeros diez minutos. Necesitaron cortar con esa abstinencia sexual que los estaba matando hacía meses. Luego del acto, él se quedó dormido y ella se acurrucó entre sus brazos. "Su huequito". A eso de las tres de la mañana, María lo sacudió y le dijo que se tenía que ir. Somnoliento y sin entender nada empezó a cambiarse. "¿No era que tu papá no volvía a dormir?", le preguntó. "No vuelve, pero no sé a qué hora va a llegar mañana y tampoco me quiero arriesgar a qué caiga en el medio de la noche y te vea". "Bueno", dijo mientras bostezaba. Se despidieron cansados, pero felices por lo que habían vivido. "Ojalá tu papá se vaya todos los fines". "Ojalá termine esta cuarentena de una vez", le respondió ella mientras miraba por la ventana que no viniera nadie. "Quién va a pasar a las tres de la mañana?", le preguntó él. "Nunca se sabe", respondió ella y le abrió la puerta para que saliera. Se dieron un último beso y María se fue inmediatamente para la cocina. Guardó todo lo que estaba en el secaplatos y revisó minuciosamente que no hubiera quedado nada de aquel encuentro clandestino. Una vez que certificó que la escena del crimen estaba impecable, se fue a dormir. Ese fue el primero de todos los sábados que siguieron.




lunes, 20 de septiembre de 2021

La Clandes

 “La clandes” deriva de “La clandestina” y es un término que se acuñó entre el 2020 y el 2021 cuando la pandemia del Coronavirus azotó al mundo y en Argentina se estableció una “cuareterna” que duró prácticamente un año. En ella estaba prohibido salir a la calle a menos que sea para realizar compras, pasear al perro o atender a niños y adultos y para eso se necesitaba sacar un permiso especial. Hoy en día, viéndolo a distancia, parece una locura, pero en ese momento todos entendían que era la única solución para que la pandemia terminara. Bah, todos no. Hubo un grupo a los que llamaron "Rompecuarentena" que se oponían rotundamente a quedarse encerrados y se juntaban y hacían fiestas "clandestinas". De ahí el término mencionado en las primeras líneas. El tema es que cuando alguien dice "me voy a una clandes", el resto piensa que se va a una fiesta, pero no piensa en todas esas “clandestinas” que hubo durante el aislamiento de las que nadie se enteró, por ejemplo, la de todas esas parejas que no vivían juntas y no aguantaron más sin verse. María y Santiago eran una de ellas. Se habían conocido en noviembre en una fiesta, cuando todavía era legal hacerlas. Salieron un par de veces, pero muy informalmente ya que, si bien se gustaron, ninguno de los dos tenía intenciones de iniciar una relación. Eso sí, hablaban prácticamente todos los días ya que se llevaban muy bien. Fue a principios de marzo cuando improvisadamente surgió una salida en la que la pasaron tan, pero tan bien que ambos empezaron a mirar la relación con otros ojos y no habían pasado más de tres días cuando se vieron de nuevo. Para ese entonces el Covid ya había llegado a la Argentina y de lo único que se hablaba en la televisión era de que la cuarentena ya era algo inminente. “Veámonos una vez más antes de que cierren todo”, dijo él. Ella dudó un poco ya que sería la tercera vez que lo vería en una semana y eso le causaba cierto sentimiento de ahogo, pero igualmente aceptó ya que luego no lo vería por quince días. “Hoy tengo la casa sola, podés venir y nos quedamos acá”, le dijo María a Santiago. Esa noche él se dio cuenta de que era la chica con la que quería estar por el resto de su vida y le dio mucha rabia no poder verla por quince días, ya que sentía que en ese tiempo ella podía llegar a perder el interés que notaba que estaba teniendo en él. A eso de las tres de la mañana, ella le dijo que no podía quedarse a dormir y algo somnoliento aceptó el destino que le había tocado. Se despidieron en la puerta con un largo beso. “Nos vemos en quince días”, le dijo Santiago, sin saber que en realidad serían dos meses de separación. 




lunes, 2 de agosto de 2021

Y un Día me Contagié de Covid

 Son las 5:45 de la mañana. Hace dos horas y cuarenta y cinco minutos que estoy despierta y ya es la cuarta noche que no duermo más de cuatro horas. También hace como dos meses que no escribo nada. Se ve que tenía que estar casi impactando con la bala del covid para que volviera la inspiración. Si, dije casi porque todavía no sé si lo tengo. Ayer me hice el PCR y todavía me espera un buen tiempo hasta saber el resultado. Me vine a la cocina a tomarme un té. Mi perro y mí novio están durmiendo y no quiero seguir molestando con mis vueltas en la cama. Aunque son dos troncos y probablemente no se enteren de nada. Todavía faltan dos horas para la hora del paracetamol, pero tengo la garganta tan inflamada que no puedo tragar. Además tengo mocos hasta el alma. Una combinación letal para una persona que ya de por sí respira mal porque tiene los cornetes grandes. No saben lo desesperante que es no poder tragar. Sentís que te morís. Es algo así como si una personita viene escapando de un león y para salvarse la vida tiene que saltar tu amígdala, pero se resbala y se cae. Si me acomodo en otra posición a veces la personita puede saltar, pero otras veces no es tan fácil y ahí es donde la desesperación se apodera de mí. Estoy con este tema hace horas. Así que dormir es imposible. Estoy cansada. Y lo peor es que si ese resultado da positivo las cosas pueden empeorar. Y yo que estaba feliz que venía invicta. Sin haberme contagiado y hasta sin haberme tenido que hacer ni un solo PCR. Qué cosa horrorosa el hisopado. Siglo XXI y no lograron inventar un método de detección que hiciera sufrir menos a la gente. Ojalá nunca más me lo tenga que hacer. Encima mi mejor amiga mañana de hace el tercero de la semana. EL TERCERO. Espero que le dé negativo como los otros dos que se hizo porque si le da positivo quiere decir que el bicho se progagó el sábado que festejamos su cumpleaños. Ese que ella no quería festejar y yo le organicé igual. Eso es lo malo de todo esto. O te morís de infeliz por no ver a nadie para no contagiarte ni contagiar, o te morís de culpa o covid por tratar de tener un momento de felicidad entre tanto caos. Igual confío que a ambas nos va a dar negativo. Según el médico que me atendió de forma online todo apunta que es un tremendo resfriado. Porque aunque no lo crean lectores del futuro, a pesar del covid, siguen existiendo otras enfermedades. La gente se sigue muriendo de cáncer, de infartos, de accidentes. Y también podés tener una gripe normal. Sin embargo, si no tenés covid nunca te vas a enterar cuál es tu diagnóstico porque a través de una pantalla no pueden mirarte la garganta y ver si tenés una faringitis, por ejemplo. 


Ya son las 6:30 y estoy de vuelta en la cama porque en la cocina hacía frío. Cómo todo el mundo duerme, me puse a charlar con mi amiga que está viviendo en Nueva Zelanda. Me cuenta que está muy feliz y yo estoy muy feliz por ella, aunque extrañe. Falta una hora y media para la hora del Paracetamol. ¿Podré dormir después de tomarlo? Mi novio no para de roncar, y ronca fuerte así que no me siento culpable cuando me sueno la nariz con mucha fuerza. Aparte quiero que sepan que si no tengo Covid, y es solo una gripe, el culpable es él, que la semana pasada estuvo moqueando por todos lados. Me agarró mucho sueño. Voy a intentar dormir, si mis amígdalas y mi nariz tapada me lo permiten. Ojalá el resultado de mí PCR esté mañana. O si no está el mío, que aunque sea esté el de mi abuela que también se hizo uno. En ese caso, si a ella le da positivo y a mí amiga negativo, quiere decir que la fuente de contagio no estuvo en el cumpleaños sino en mí propia casa. 


Son las 10:21 de la mañana. Todos mis intentos por dormir fueron en vano. Tengo la garganta prácticamente cerrada por lo que tragar saliva ya no es un acto involuntario. Además por mi nariz no pasa la más mínima gota de aire. Estoy pensando seriamente en llamar al número de riesgo de vida para que venga un médico a verme. Estoy muy cansada. Necesito dormir. Ni siquiera puedo recostarme. Quizás deba olvidarme la posición horizontal por un tiempo. Mi novio y mi perro siguen durmiendo. ¿Cómo pueden dormir tanto? 


Durante la tarde me entero de que mi abuela no tiene Covid y recobro la esperanza. Además me empiezo a sentir mejor y logro dormir una siesta de casi tres horas. Igualmente sigo un poco nerviosa porque falta mi resultado y el de mi mejor amiga. Finalmente me llega su mensaje: positivo. Mis esperanzas se van por la tubería y empiezo a pensar que el gusto y el olfato en realidad no están inhibidos por la gran congestión que tengo. Un par de horas después abro mi mail y ahí está mi resultado. Miro rápido. "DETECTABLE" lo leo varias veces para ver si estoy leyendo bien. Automáticamente se lo envío al médico que me está dando el seguimiento. "Es positivo" me dice. "Cómo ya estás hace cinco días con síntomas, tenés que aislarte solo cinco días más." Por lo menos una buena. Igualmente me invade el miedo. Se está muriendo mucha gente joven y en poco tiempo. Mi novio me dice que me calme. Que no sea alarmista. Que no va a pasar nada. Pero también me dijo que no tenía Covid. 


Son las 00:48 y ya sé que se viene otra noche heavy. Por más que me hice un baño de vapor mi nariz otra vez está completamente tapada y no puedo tragar. ¿Por qué me pasa esto siempre a la noche? Encima mañana trabajo. Qué semana difícil se viene. 


Mi lunes es muy contradictorio. Me siento bien, pero la inflamación de mi garganta es tan grande que cada vez puedo pasar menos saliva. Mientras trabajo la situación se pone desesperante y le escribo al médico. Me receta Acemuk y me dice que más tarde me va a enviar un corticoide por las dudas. 


Son las 7 de la tarde y después de 45 minutos hablando con mi psicóloga, mi garganta se inflama hasta su punto máximo y mi desesperación alcanza niveles altísimos. Por suerte el médico me manda la receta del corticoide y lo apuro a mí novio para que vaya a comprarla. Cuando vuelve, siento que estoy a punto de morir. Le saco la caja de las manos, me tomo el comprimido y medio y ruego que haga efecto rápido. Rápido no lo hace, pero después de dos horas ya me siento mejor. El problema es que una hora después vuelvo al punto de partida. Son las 23:30 de la noche y le escribo al médico para saber qué hacer. A los quince minutos no responde y llamo al número de urgencias de OSDE. Hablo con un chico, pero se corta. Llamo de nuevo y me atiende una chica que dice que en breve un médico va a estar en mi domicilio. Después de algunos minutos mi novio le abre a dos personas que entran todos cubiertos. Pienso que finalmente me van a mirar la garganta, pero no es así. Le cuento cuál era el cóctel de medicamentos que estoy tomando y luego uno de los dos me inyecta más corticoides. Empieza a aliviar automáticamente, pero cuando me voy a acostar me doy cuenta de que otra vez no había hecho efecto. Me pongo a llorar desconsoladamente. Estoy muy cansada. Me caigo del sueño que tengo y me espera una noche entera sin dormir. Cuando me calmo un poco, me pongo a rezar. Le prometo a Dios que si esa noche me deja dormir voy a ir durante un mes todos los fines de semana a misa. Dios se apiada de mí y me quedo dormida. Me despierto cinco horas después con la boca completamente seca y el miedo a estar con la garganta inflamada nuevamente, pero no. Sigo bien, aunque no puedo volver a dormirme. Igual estoy feliz. Por primera vez en seis días dormí más de cuatro horas. Ahora solo tengo que cumplir mi promesa.


A la mañana tengo tres calls consecutivas. Esto hace que mi garganta se vuelva a inflamar. Siento que se empieza a cerrar. Trato de no desesperarme. Respiro y me concentro en que no va a volver a suceder. Voy al baño y me hago un baño de vapor a ver si aflojando un poco los mocos evito que se inflame tanto. Se me pasa momentáneamente. El corticoides lo puedo tomar recién en unas cuantas horas, así que no puedo permitir que se me cierre la garganta de nuevo. Decido no volver a hablar para no generar irritación. Se hacen las tres de la tarde y adelanto una hora la hora del ibuprofeno para evitar terminar llamando a urgencias nuevamente. Por suerte funciona y ya me siento bien. 


Otra cosa que me olvidé de contarles es que se abrió una nueva posibilidad de contagio. No sé si se acuerdan, pero algunas líneas atrás dije que mi novio había estado muy resfriado. Por lo tanto, tengo una teoría muy fuerte de que ese resfrío en realidad fue Covid y me terminó contagiando a mí y a mi amiga. 


Día siete de covid. Solo quedan cuatro y hoy ya pude dormir siete horas, que podrían haber sido 8, pero mi novio es de los que se ponen cuatro alarmas para despertarse. No tienen idea de lo lindo que es poder volver a dormir. Ya he tenido esa sensación antes y les juro que es de las mejores del mundo. Los que hemos pasado un largo tiempo con insomnio alguna vez apreciamos el acto de dormir de otra manera. Aparte me desperté sin dolor de garganta y con muy poca congestión. Lo único que siento raro es el pechito, pero tal vez es porque me está pasando a otro estadio. 


Durante todo el día me siento bien. Hasta logro hacer una clase de elongación y una de literatura. Además, la tarta de atún que preparé casi que llegó a tener sabor. 


Día ocho de covid. Dormí como un bebé, pero me levanto rara. Siento como que quiero seguir durmiendo y a la vez mi cuerpo necesita moverse. Creo que el sentirme bien hace que el encierro pese más. 


Es la tarde y ya me harté de estar encerrada. Pienso que si no me hubiera sentido mal, estar diez días encerrada me hubiera hecho volver loca. Aunque también hubiera estado bueno casi no morir con la garganta cerrada. Y ahora que me siento bien, quiero hablar de otra cosa que me parece fundamental para los futuros covidosos que van a perder su sentido del gusto y del olfato. Para empezar quiero que sepan que no se siente igual a qué cuando no sentís bien los sabores porque estás resfriado. Porque cuando estás resfriado, la comida sigue conservando cierto encanto. En cambio cuando tenés Covid, la comida se vuelve como un cartón mojado. No te dan ganas de comerla y tampoco te podés terminar el plato. Hasta a veces puede que termines sintiendo asco y te duela el estómago. Solo se sienten texturas y debo decir que la del arroz es muy fea, en cambio, el dulce de leche es agradable comerlo del pote aunque no le sientas ni un poquito de azúcar. Así que los que lo deseen pueden aprovechar a hacer dieta, ya coman lo que coman, todo va a ser lo mismo. También debo decir que es muy difícil cocinar porque no sabés con exactitud cuánto estás condimentando ni cuan cruda puede estar una comida. Y obviamente es imposible distraerse. No se alejen de esa cocina, porque si algo se quema, no lo van a sentir. 


Día diez y último de Covid. Hoy el médico me dio la maravillosa de que mañana soy libre. Pensé que me tenía que quedarme un día más encerrada, pero no. Mañana soy libre. Encima el miércoles tengo turno para darme la segunda dosis de la vacuna. Voy a estar superinmunizada. Todavía sigo muy congestionada y no huelo ni siento ningún sabor, pero creo que de a poco los sentidos están volviendo. Lo único que hoy intenté hacer una clase de pilates y casi me muero. Me parece que voy a tener que descansar de la actividad física por un tiempo. Mientras tanto voy a aprovechar para hacerme los exámenes postcovid y ver que este bicho inmundo no me haya dañado nada. Por otro lado, el día de hoy mi novio se hizo el PCR. Le dio negativo, por lo que parece que mi teoría de que el que me contagió fue él está prácticamente corroborada. Si bien vamos a dejar un margen de error, es imposible que no se haya contagiado conviviendo diez días conmigo sin ningún tipo de cuidado.


Y para finalizar esta bitácora, quiero hacer una breve reflexión sobre todo lo sucedido. El Covid no es chiste. De hecho en la Argentina ya se registraron más de cien mil muertos. Traten de cuidarse lo más posible. Sin embargo, como persona que siempre se cuidó para reducir el peligro al mínimo (porque la verdad es que desde que empezó todo no fui a fiestas, no saludé con un beso, no abracé y traté siempre de juntarme con las mismas personas), debo decir que el Covid es una ruleta rusa y la bala la puede recibir cualquiera que esté participando. La única forma de no participar es encerrarte en tu casa y no ver a ni un solo ser humano por el resto de tu vida. La noche del contagio éramos seis personas y solo nos contagiamos dos. Cuando empecé con el resfrío (que nunca pensé que iba a derivar en Covid),  me junté a tomar una cerveza con mi mejor amigo. Estuvimos sentados uno enfrente del otro al menos por dos horas y en los diez días que estuve aislada no presentó ningún síntoma. Por eso les digo: el Covid una maldita ruleta rusa y la única forma de salvarse es la suerte. O no ver a nadie nunca más en la vida, aunque eso creo que puede dejar graves secuelas psicológicas. El hombre es un ser social. Por eso a los que juzgan a las personas que se juntan en el medio de una pandemia, les pido que dejen de hacerlo. Con esto no digo que se vayan todos a una fiesta clandestina, porque eso sí no está bien ni corresponde, pero juntarte a comer una pizza puede salvarte más de lo que puede dañarte. Esa noche, como les conté, festejamos el cumpleaños de mi amiga. Se lo organicé yo, aunque no ella se negó por semanas a festejar. ¿Y saben por qué lo hice? Porque el día de su cumpleaños cuando le escribí para saludarla me dijo que no estaba de ánimo y no podía permitir eso. ¿Y saben otra cosa? La noche del festejo ella comió cosas ricas, se rió y pasó un buen rato. Y si me preguntan, me contagiaría mil veces más con tal de mejorarle el ánimo y hacerle pasar un buen cumpleaños.


Por último, quiero decirles a todos que se vacunen. El Coronavirus no se va a erradicar de la faz de la tierra, pero con la vacuna los síntomas pueden disminuir mucho. Mi amiga que se había vacunado hacía dos semanas y por ende ya tenía los anticuerpos, solo tuvo tos. Yo la pasé un poco peor porque me contagié solo tres días después haberme inoculado. Así que los que todavía no lo hicieron, vayan ya a un vacunatorio, que ahora ni siquiera hay que anotarse.  Vayan porque vacunarse salva vidas. 





jueves, 17 de junio de 2021

Siempre Hay un Imbécil en Bicicleta

 Los ciclistas siempre fueron molestos, pero se volvieron una plaga a partir de la pandemia del año 2020. La cuarentena de prácticamente un año hizo sacar a muchos su lado deportista y ecologista. Se compraron bicicletas para aprovechar más el aire puro que el encierro quitó. Se lanzaron a las calles sin que nada les importe. Literalmente sin que nada les importe. No puede ser que vayan por la vida sin respetar nada. ¿O acaso tienen coronita? ¿Por qué los autos y los peatones tenemos que respetar los semáforos y ellos no? Andan por donde quieren y se te cruzan por cualquier lado. Ah, pero vos llegás a poner un pie en la bicisenda y ya te empiezan a tocar la campanita. ¿Sabés adonde les metería ese “ring ring”? Descarados. Se creen los dueños de la calle, pero no hacen más que estorbar. Sobre todo cuando vas caminando apurado y querés cruzar antes de que venga una fila interminable de autos y de repente aparece un imbécil en bicicleta andando a dos por hora y a veces hasta con el celular en la mano. También detesto a los que van por la vereda. ¿Si tenés una calle y en algunos lugares la bendita bicisenda, ¿qué haces en la vereda? ¿No te das cuenta de que podés lastimar a alguien? Mirá si justo sale corriendo un nene o un perro tira de la correa? Hablando de perros, creo que los mayores imbéciles de este planeta son los que “pasean” al perro arriba de la bici. Vos los ves a los pobres perros con la lengua afuera mirando a sus dueños, suplicándoles que frenen. ¿Cómo podés ser tan cruel? ¿Tanto te cuesta caminar un poquito? ¿De verdad te pensás que eso es pasear un perro? No, hermano. A los perros les gusta ir oliendo cada pastito, no llevándote a vos como si tu bici fuera un trineo. Y después están los ciclistas envalentonados que se la juegan a ir por General Paz o metiéndose entre los bondis en las avenidas. Encima te hacen señas con las manos. Se piensan que los automovilistas entendemos sus señales. Cuando un auto pone el guiño, todos saben lo que significa, en cambio, en ningún lado dice que cuando el ciclista levanta la ceja izquierda va a pasarte en la bocacalle. En fin, siempre hay un imbécil en bicicleta.




jueves, 27 de mayo de 2021

El Ratón Pérez

 

Son las siete en punto de la tarde. Damián toca el timbre del piso nueve del edificio que está en Arenales y Maipú. “Ya bajo”, dice una voz femenina. Espera unos minutos más. Una mujer de unos cuarenta años le abre la puerta y lo dirige hasta el ascensor. Cruzan un par de palabras y sonríen. La mujer lo hace pasar al consultorio del doctor Pérez. Como todavía sigue la pandemia del Covid le pone alcohol en las manos, un camisolín y una cofia. Le pide la radiografía y lo hace pasar. Llegando al escritorio le pregunta qué muela se va a sacar. “La de la derecha”, le contesta. La secretaria lo hace acercarse al escritorio y le da unos papeles para firmar. Lee y se asusta un poco, sobre todo cuando dice “partes de la muela pueden llegar a ser tragadas”. Se arrepiente un poco de haber ido. Después de todo el dolor que sentía no era constante y bastante soportable. ¿Podía decir que no e irse? ¿O ya no tenía escapatoria? Decide ser valiente y pone la firma. El doctor lo llama enseguida. Eso es lo bueno de la pandemia. Ya no hay que aguardar horas en la sala de espera. Deja su mochila en un banquito y se sienta. El doctor Pérez le explica que va a sentir un tirón muy, muy fuerte, pero que no le va a doler. Le da un escalofrío. Se enjuaga la boca como le indica. El dentista acomoda el asiento y lo enceguece con la lámpara. Abre la boca y se entrega al sufrimiento. Le da un primer pinchazo que no duele tanto. De fondo se escuchan Los Piojos. Por lo menos su verdugo tiene buen gusto musical. Imagínense sacarse la muela del juicio con un hard rock. Cuando se quiere dar cuenta tiene la aguja otra vez en la boca. Ese pinchazo sí duele. Siente como el líquido se le va metiendo adentro de la encía. ”Vamos a esperar unos minutos”, le dice Pérez. Damián lo mira y trata de descifrar su apariencia debajo del barbijo y la máscara. Con el tema del Covid no tuvo una consulta previa. Fue todo por Whatsapp. Por lo tanto, estaba por escarbarle la boca alguien que ni siquiera había visto ni por foto. Una especie de cita a ciegas. O peor. Es como entrar a una habitación a tener sexo con alguien que no viste en tu vida. El dentista se acerca y dice que va a empezar. Le mete una pinza gigantesca y empieza a tirar. Siente dolor. No debería sentir dolor. Comienza a emitir sonidos para que se dé cuenta de que algo no anda bien. Me mira y me pregunta si me duele. Le dice que sí y saca la aguja de nuevo. Siente otra vez el líquido metiéndose en mi encía. Espera un minuto y empieza a tirar. Nuevamente dolor. Vuelve a gritar. Lo mira sorprendido porque todavía su boca no está dormida. “Vamos a esperar un par de minutos más”, le dice un tanto impaciente. Luego de un par de minutos vuelve a tirar, pero Damián ya no siente nada más que grandes tirones y la sangre tibia invade toda la boca. De repente el dolor aparece nuevamente, pero en el labio. Sin darse cuenta, el doctor está apretando la pinza contra su labio superior. Empieza a hacer ruidos para llamar su atención. “¿Te sigue doliendo?”, exclama algo molesto, pero cuando mira bien se da cuenta de lo que sucede. Quita la pinza, pero ya es tarde, la herida ya está hecha. Sigue escarbando un poco más y cuando Damián piensa que ya está por terminar, empieza lo peor. Los tirones cada vez se hacen más fuertes. Parece que le va a arrancar toda la dentadura. Cierra los y se retuerce de los nervios en asiento. Se agarra la ropa y respira profundamente. El dentista le dice que no tenga miedo, pero lo tiene y mucho. ¿Qué es lo que quiere de él? No pareciera una simple extracción. Siente que algo le toca la cara. Está a punto de abrir los ojos, pero justo el doctor Pérez le dice que se quedara quieto. El corazón le late muy fuerte. Hay algo que no está bien. Siente nuevamente que algo le toca la cara. Abre lo ojos y casi se muere. Tiene una rata gigantesca escarbándole la boca. Quiere gritar, pero no puede. Si se llega a mover un milímetro la pinza puede lastimarlo. Cada vez siente que sale más sangre. Pero la rata no parece darse por vencida. Quiere su muela a toda costa. ¿Qué hará con ella después? Siempre fue un misterio el porqué un ratón junta los dientes y se los lleva a cambio de dinero. ¿Le dará plata después de semejante tortura? La rata se acerca un poco más a su cara. Ya no lleva puesto ni el barbijo ni la máscara. ¿En qué momento se lo había sacado? ¿Era por eso que estaba todo tapado? Siente como su pelaje lo toca y le da un escalofrío. Que animal tan repugnante. Hubiera sido más feliz sabiendo que el ratón Pérez eran los padres. Los tirones se hacen cada vez más fuertes. Le gustaría saber qué está pasando, pero obviamente las circunstancias no le permiten emitir una sola palabra. De repente siente algo sólido rodando por su lengua y se acuerda del papel que firmó. ¿Qué pasaría si ese pedacito de muela entra en su garganta y se muere asfixiado? El susto le dura un segundo, porque la garra de la rata es más rápida y saca el pedacito antes de que pudiera caer. No cabe duda de que no piensa dejar ni un milímetro de la muela dentro de él. Siente que está adentro de ese consultorio hace horas. Está cansado y quiere que pare. En ese instante parece que sus deseos se hacen realidad. La rata suspira. Damián que está con los ojos cerrados siente un golpe. Abre un ojo y después el otro. La rata ya no está. Solo está el doctor Pérez que se ve exhausto. Le dice que sacó prácticamente toda la muela, pero que tuvo que dejar una pequeña puntita que estaba muy agarrada y que para sacarla tendría que romper el hueso y no valía la pena. Damián le pregunta si puede ver la muela extraída. El doctor le clava los ojos, pero acepta mostrársela. Lo hace de lejos. Damián se acerca para verla mejor, pero el dentista se la corre y la vuelve a poner en su lugar. Siente la boca prendida fuego. Lo que le espera cuando se vaya la anestesia. Sin dudas la otra muela que debía sacarse quedaría en el lugar. No quiere encontrarse nuevamente con esa rata inmunda. Pérez le da un papel donde están todas las indicaciones de lo que te tiene que hacer en las próximas horas y le hace una receta para unos antibióticos y un calmante. Le da las gracias mientras se saca la cofia y el camisolín y una vez que guarda todo se retira del consultorio. Antes de salir mira para atrás y lo ve al doctor Pérez mirando a la muela totalmente hechizado y a su larga cola moviéndose despacio.