Caminamos hasta el subte (pasamos previamente por el kiosko a comprar cerveza y cigarrillos para Gaby). La calle era puro festejo. Todos cantando y vistiendo los colores de la bandera. Subimos al subte y los cantos siguieron durante todo el viaje. Aproveché que unas chicas se estaban pintando la cara y les pregunté si me pintaban a mí también. Por suerte dijeron que sí sin problemas. Nos bajamos en Callao porque la formación no llegaba hasta la 9 de Julio. De hecho creo que ese fue el último que salió. Si en Villa Urquiza había mucha gente, no se pueden imaginar lo que eran las calles del centro. Caminamos hasta que al fin llegamos. Había gente por todos lados, en la calle, en la vereda, en los árboles, arriba el techo del metrobus y hasta arriba de las lámparas. No sé por qué los argentinos tienen esa necesidad de subirse a lugares altos para festejar. Nos compramos una cerveza más, y nos quedamos mirando todo. Le dije a Gaby que era algo que no nos íbamos a olvidar más. Y espero que así sea. Nos quedamos ahí un buen rato y después nos desplazamos, no me acuerdo por qué. En el medio encontramos un grupo de chicas haciendo carpita para hacer pis. Gaby aprovechó la voleada. Yo no pude, aunque mi vejiga ya me estaba pidiendo liberación. Dimos la vuelta y llegamos al teatro Colón, al que le habían colgado una camiseta gigante de Argentina que decía “campeones”. Avanzamos por la 9 de julio, cantando y saltando. En el medio nos encontramos a un excompañero del colegio que nos dio un abrazo. A eso de las ocho le dije a Gaby que ya era hora de pegar la vuelta, pero no quiso. Le insistí un poco más y nada. Mi vejiga no iba aguantar mucho más. Por suerte en un momento me dijo si quería ir al MC a hacer pis. Le dije que sí, así que avanzamos un poco más hasta Corrientes. Era imposible cruzar para el otro lado. Entonces encaramos por la calle de los teatros en dirección a nuestra casa. Por mis adentros me alegré porque nos estábamos alejando, lo que significaba que ya era hora de volver, aunque esos no eran los planes de Gaby. Cuando se dio cuenta y se resignó, me dijo que hiciéramos la cola para entrar a una pizzería así podía hacer pis finalmente. Por suerte, si bien la cola era larguísima, iba superrápido. Por lo tanto, después de unos quince minutos de espera pude liberar la vejiga. Aprovechamos para comer algo ya que lo último que habíamos ingerido eran los quesos del mediodía. Lamentablemente solo aceptaban efectivo y nuestro capital era de quinientos pesos. Por lo tanto, solo pudimos comprar una porción de muzzarella para cada una. Suficiente para engañar el estómago por un rato. Salimos de la pizzería y comenzamos a caminar porque no había ningún medio de transporte. ¿Llegaríamos hasta Villa Urquiza? En el medio del camino me mensajeé con Silva, mi mejor amigo que también había ido a festejar, pero con el cual no pudimos encontrarnos en el Obelisco porque había tanta gente que no teníamos señal. Me dijo que estaba cerca de donde estábamos nosotras. Por lo tanto, decidimos esperarlo. Vino con otro compañero del colegio, que nos despidió en ese punto porque su familia lo estaba esperando. Caminamos, caminamos y caminamos. Yo ya estaba cansada, tenía sed y hambre así que lo llamé a Martín para que nos viniera a buscar. Me dijo que sigamos caminando por Corrientes, que en algún momento nos iba a cruzar. Eso hicimos. Mientras tanto Silva y Gaby hablaban de bandas y programas que les gustaba y de los cuáles yo no tenía ni idea de su existencia. A medida que nos alejábamos, la gente disminuía, pero la ciudad seguía con el mismo espíritu. Finalmente encontramos a Martín y a Galán en el camino. Lo abracé y le di un beso ya que no habíamos podido festejar juntos. Nos subimos al auto y decimos hacer un automac, pero cuando llegamos había una cola kilométrica de autos. Entonces nos fuimos a comer una pizza cerca de nuestro colegio. En la mesa se pusieron a hablar de lo que fue el mundial. Yo me hundí en mis pensamientos. Cuando terminó la cena, cada uno se fue para su casa. Lamentablemente al día siguiente no fue feriado como todos deseábamos, pero fue un día totalmente improductivo. Toda la Argentina se pasó mirando fotos y videos de lo que había sido el día anterior. Por suerte sí fue feriado al día siguiente porque llegaban los jugadores y al presidente le pareció que el pueblo se merecía salir a festejar con ellos. La idea del martes 20 de diciembre, era que la selección diera una vuelta por toda la ciudad arriba de un micro descapotable. Digo era, porque hubo tanta, pero tanta gente (5 millones de personas específicamente), que el micro solo pudo avanzar 20 kilómetros en cuatro horas. El equipo se terminó yendo en helicóptero a la AFA después de que dos flacos saltaran al micro desde un puente. Uno cayó adentro y el otro terminó en el asfalto. Lo mejor que quedó de ese día fueron los videos y los memes. Ver a semejante cantidad de gente fue impresionante. Ver a Scaloni borracho, muy gracioso. Los memes creo que nunca terminaría de mencionarlos, pero principalmente fueron sobre cómo se quemaron los jugadores por no haberse puesto protector solar. A eso de las cinco de la tarde la gente se empezó a desconcentrar y de a poco se terminaba la emoción de los últimos días. Cuando llegó la noche, Coco que todavía estaba en la Tierra, se sintió conforme por lo vivido y decidió que ya era hora de partir. Recorrió la casa una vez más, subió para darle un último beso a Gaby y se fue caminando despacito al paraíso de los perros.
jueves, 2 de marzo de 2023
domingo, 26 de febrero de 2023
Coco, campeón del mundo VI
Antes de ir a lo de Gaby pasamos por el chino con Martín. La cola para la caja era kilométrica, pero logramos llegar a tiempo a nuestras respectivas sedes. Cuando entré al departamento, se sintió un gran vacío. La falta de Coco se notaba demasiado. Saludé a los gatos, pero claramente no era lo mismo. Me faltaban esos ojos saltones pidiendo queso y ladrando sin parar. Traté de no pensar en él, metí las cervezas en el freezer y ayudé a Gaby a terminar de cortar los quesos.
Un ratito antes de las doce, ambos equipos se formaron en la puerta del estadio y salieron al campo de juego. Lali cantó nuestro himno y una francesa cantó la Marsellesa. Una vez terminada la ceremonia de presentación, los jugadores se prepararon y a las doce en punto sonó el pitido del árbitro. No abrí enseguida el libro. Primero comí nerviosamente todo lo que había en la mesa y tomé agua. El partido estaba siendo verdaderamente emocionante. Los jugadores estaban prendidos fuego. Se notaba que querían ganar. A los 23 minutos Messi metió el primer gol que vimos con el delay de siempre. Celebramos y abrí el libro para dejar de comer. Me puse a leer, pero fue demasiado difícil concentrarme. Sobre todo porque a los 36 minutos Di María hizo el segundo gol. El estadio estalló y me emocioné. A Gaby le empezaron a caer lágrimas y a mí también cuando la vi porque sabía que ese llanto no era por el partido. Traté de alentarla diciéndole que íbamos ganando porque no sabía si quería que la viera así o no. El partido siguió un rato más hasta que llegó el entretiempo. Esta vez no hubo cambio a mesa dulce por la hora que era, pero sí me serví un vaso de cerveza. Como siempre abrí Twitter y le empecé a mostrar a Gaby todos los memes divertidos que encontraba. El partido empezó nuevamente y me serví más cerveza. Los jugadores seguían con el fuego intacto, o por lo menos hasta el minuto 86 en el que Mbappé metió el primer gol para la selección francesa. Y encima la cosa no terminó ahí. A los dos minutos de ese gol, el maldito tortuga ninja metió el segundo. La selección quedó totalmente desestabilizada y nosotras sin poder creer lo que estaba pasando. Me tomé rápido la cerveza porque me di cuenta que en ningún otro partido había tomado alcohol. También me acosté nuevamente en el sillón y me puse a leer. No podíamos perder. Además mi vidente personal me había dicho unas horas antes que éramos campeones. Finalmente, el partido terminó 2 a 2, lo que significaba ir al alargue. Creo que hablo por toda la Argentina si digo que éramos un manojo de nervios. El partido inició nuevamente y a los 108 minutos Messi metió un segundo gol, solo que tardamos un poco en entender que habíamos marcado porque fue de esos goles que se hacen muy cerca del arco y había uno, que no era el arquero, metido adentro y la sacó. Aparte los gritos del edificio de enfrente no llegaron inmediatamente. Gaby se quedó congelada con la mano estirada y yo no paraba de preguntarle si había sido gol. Cuando reaccionó me contestó que sí y nos abrazamos. Gaby empezó a llorar nuevamente y la abracé más fuerte aún. Yo también lloré un poco. Qué cerca estábamos de la copa. Igualmente la alegría duró poco. A los diez minutos los franceses nos metieron otro gol. Íbamos empatados. La desesperación de todos era absoluta. Cuando lo enfocaban a Scaloni se notaba que le estaba por agarrar un infarto. Quería abrazarlo a él también. A los 102 minutos, cuando ya faltaban segundos para terminar el partido, Francia pateó al arco. La hinchada ya estaba lista para meterse en la cancha para celebrar, pero el Dibu estiró su pierna y la sacó. Festejamos como si hubiéramos ganado, aunque en realidad nos estábamos yendo a penales. Lamenté haberme puesto el short que tenía. La última vez que me lo había puesto fue cuando llegamos a penales con Holanda en cuartos de final, pero quise usarlo igual porque si ganábamos e íbamos al Obelisco iba a ser más cómodo que un vestido.
domingo, 12 de febrero de 2023
Coco, campeón del mundo V
Se podrán imaginar que luego de saber que estábamos en la final de la copa del mundo y a dos semanas de terminar el año, nadie quería trabajar. Solo se pensaba en eso y eso era la excusa para comer mal, para tomar durante la semana y para salir. Lo único que importaba era la Scaloneta. Nati y Gaby aprovecharon esos cuatro días para irse a Mar del Plata. Mientras tanto, yo me quedé trabajando como podía y contando los días para el domingo. Ese viernes, cuando cerré la computadora y por fin podía manijear tranquila, organicé el resto de lo que quedaba del día ya que Martín se iba y por lo tanto iba a tener una cita conmigo misma. Pensaba ir a misa, luego pedir algo rico para comer y tomar algo mientras miraba la tele. Sin embargo, cuando me estaba preparando para ir, me llegó un mensaje de mis compañeros de trabajo que decía que se estaban yendo de after a Maldini, bar que queda muy cerca de mi casa. Entonces, cambié de rumbo. Me vestí y me fui para allá. A eso de las doce, cuando estaba bailando y tomando con mis compañeros, me llegó un mensaje de Nati preguntándome si estaba. Le dije que sí, que estaba en Maldini y me respondió que ellas estaban de vuelta en Buenos Aires porque había pasado algo horrible. Coco se había muerto. Me quedé helada. Yo que tuve perros toda la vida y ya había pasado por ese triste momento. Sabía lo que se sentía: era como perder una parte tuya. Nos consolamos pensando que en realidad Coco tenía más edad de la que aparentaba y que se había muerto de viejo. Tal vez un poco antes de lo previsto por su enfermedad y lo que había vivido antes de que Gaby lo adoptara. Al día siguiente fuimos a merendar con todo mi grupo de amigos para distraerla un poco y el domingo fui a su casa para mirar la final. Nati volaba así que solo éramos ella y yo. A eso de las 11 de la mañana mandó una foto al grupo en la que se veía a su gato robar un quesito. “Ya tomó la posta de la cábala de robar quesitos”, puso. Pero la verdad es que no fue Jullian el ladrón. Se dice que cuando una persona muere tarda un tiempo en subir al cielo, sobre todo cuando le quedaron asuntos pendientes acá en la Tierra. Yo creo que con los perros pasa igual. Coco había sido nuestra cábala viviente durante todo el mundial y no podía no ver la final. Por eso, yo creo que ese día estuvo con nosotras: se metió por un segundo en el cuerpo de Jullian y se robó el quesito para demostrar que estaba ahí.
jueves, 2 de febrero de 2023
Coco, campeón del mundo IV
El martes 13 de diciembre se jugó la semifinal del mundial. Para ese entonces, ya me conocía a todos los jugadores del equipo y, gracias a las redes sociales, pudieron mostrar un lado humano que hizo que el pueblo argentino los amara aun más. Dibu era el sex symbol del equipo. Tenía 30 años, hablaba perfecto inglés, una sonrisa encantadora y encima iba al psicólogo. Scaloni también se había vuelto muy popular entre las mujeres. El famoso “Qué hombre” y al que todas querían abrazar porque se notaba que aunque siempre trataba de mantener la mente frío, por dentro se estaba muriendo de nervios y presión. El Papu Gómez ya nos había conquistado con sus pasos de baile durante la copa América, pero lo terminamos de amar cuando en un stream que hizo el Kun Aguero mostró que se había hecho el corto de Beckam. Desde ese entonces hasta llegaron a poner su foto en la página de Wikipedia de aquel jugador. Además, se lo reconocía por el amor que le demostraba a su mujer y su familia. Dybala era el que siempre esperábamos que entrara al campo de juego, pero siempre se terminaba quedando en el banco de suplentes. Enzo Fernández era el de la dentadura rara. Julián Álvarez se volvió una joven promesa del fútbol ya que logró meter como tres goles durante el torneo. Rodrigo de Paul, el más controversial por todo el escándalo entre su ex mujer y Tini, su actual novia. Tagliafico, el pibe de los talentos ocultos. No solo jugaba bien al fútbol sino también sabía bailar y cantar muy bien. Mac Allister, uno de mis favoritos: el colorado con risa de delfín. Messi, que simplemente era Messi y el Kun, que en realidad no era parte del equipo por un problema cardíaco que había tenido, pero que siempre estaba ahí metido. Obviamente me faltan jugadores, pero quise nombrar a los más populares.
Volviendo a aquel día, como el partido cayó día de semana, lo vi sola en casa (con Galán). Como siempre me puse un vestido de la gama de los azules, mi perfume de la suerte y a Galán su remera de Argentina. Le mandé un mensaje a mi vidente: “¿Somos finalistas?”,”Obvio”, me respondió. Cuando terminé de trabajar, me senté en el sillón (esta vez sin la compu del trabajo) y al lado coloqué al “libro cábala”. Antes de comenzar el partido mandamos al grupo nuestras fotos. Yo desde mi casa, Nati a punto de despegar porque ese día volaba (es azafata) y Gaby también en su casa con cerveza, quesitos y Coco. Obviamente. Luego el himno, el silbato del árbitro sonó y el partido comenzó. Les voy a ser sincera. No les puedo contar nada acerca de este partido porque esta vez sí me puse a leer y al no tener a Gaby gritando al lado, lo único que recuerdo bien es que faltando quince minutos, Scaloni metió en la cancha a los tres jugadores que todavía no habían hecho ni un minuto en el torneo. Creo que con ese gesto, las mujeres lo terminaron de amar. Ese día le ganamos 3 a 0 a los subcampeones de Rusia 2018. Cuando terminó el partido, empezaron a sonar bocinazos sin parar. Ya había gente que estaba celebrando en el Obelisco y medio Villa Luro ya estaba en lo de la abuela lalala. Estábamos en la final otra vez. Íbamos a tener revancha después de perder en Brasil en 2014.
domingo, 22 de enero de 2023
Coco, campeón del mundo III
El viernes 9 de diciembre se jugó el partido más picante del mundial. Si todavía alguien no se había subido a la Scaloneta, ese fue el momento. Justo cayó feriado, por lo que nos reunimos religiosamente en lo de Gaby. Ese día hacía muchísimo calor y la casa no tenía aire. Entonces decidí ponerme un short y un top. Azul, obviamente. También me puse mi perfume de la suerte como en todos las ocasiones. El partido era a las cuatro nuevamente. Cociné mi budín de limón y esta vez Nati me pasó a buscar, por lo tanto, no hubo adicionales dulces. Llegamos y como siempre el queso ya estaba listo para ser cortado y Coco bien atento por si caía algo. Nati cortó todo y la ayudé a poner todo sobre la mesa. Gaby se abrió su cerveza y nosotras tomamos agua, al igual que en el resto de los partidos. Por suerte esta vez teníamos un ventilador.
Sonó el himno y me emocioné. Qué lindo que es nuestro himno che. Coco como siempre fue a ladrar al balcón, como si anunciara que el partido debía empezar y nadie podía hacer otra cosa que no fuera mirarlo. Sonó el pitido y arrancó. Miré un rato y como no pasaba nada, abrí el libro de la suerte. Me puse a leer y mientras tanto escuchaba a Gaby gritar. Como les dije fue un partido picante. Mucho golpe, mucho insulto. El árbitro cobraba cualquier cosa y encima no sé por qué teníamos al mundo en contra. (Salvo Bangladesh, que por algún motivo desconocido nos amaba).
A los 35 minutos metimos el primer gol. Obviamente lo escuchamos con delay, pero aún así se festejó. Coco hizo su gran jugada distractiva y esta vez logró robar una papa con la habilidad de un cachorro. También se fue a ladrar al balcón, pero no para festejar su gol, sino su triunfo. Fuimos al entretiempo y aproveché para cambiar la mesa salada por la dulce. También abrimos Twitter para compartirnos los memes que encontrábamos. Para ese entonces yo ya conocía a prácticamente todo el plantel, por lo que los memes eran todavía más divertidos. Gaby se sirvió otra cerveza más. Nosotras seguimos con el agua. Arrancó el segundo tiempo. La cosa se ponía cada vez más picante, pero no se entendía bien por qué. El cielo estaba cada vez más nublado porque estaba anunciado una lluvia que nunca llegaba. Comí budín y me puse a leer. Por eso básicamente no puedo dar detalles sobre el partido. Igual no se preocupen, personas del futuro que lean este relato, que para eso está Youtube.
A los 73 minutos del segundo tiempo, Messi hizo un gol de penal y festejó haciéndole “El Topo Gigio” al técnico holandés. A los 90 minutos, el árbitro adicionó diez más. Gaby se quejó y Coco ladró nuevamente. Gaby lo calmó. A los 83 minutos, Holanda hizo su primer gol y unos minutos después marcó el segundo. Teníamos un gran equipo, pero parecía que cada vez que nos metían un gol, era un poco complicado recuperarse. Terminamos yendo al alargue. Cuando se dio el pitido final no solo no se había convertido ningún gol, sino que además el árbitro le había sacado tarjeta amarilla hasta el público. El equipo se preparó para los penales y todos los argentinos para sufrir. Estábamos viviendo la misma situación que en Brasil 2014, solo que aquella vez, el sufrimiento había sido en semifinales.
Cuando los dos equipos se dispusieron para comenzar con la ronda de penales, Nati se volvió a sentar en la silla y Gaby en el sillón conmigo. Yo abrí el libro.. No tienen una idea lo que es leer con tanta tensión. El primer penal lo pateó Holanda (me niego a decir Países Bajos). Escuchamos los festejos de los vecinos y nos quedamos tranquilas: penal errado. El segundo fue de Messi que muy hábilmente esperó a que el arquero se tirara para patear. Gol. El tercero Holanda lo erró nuevamente y todos cruzamos los dedos. Yo no paraba de leer. El cuarto penal lo pateó Paredes. Gol. Cada vez estábamos más cerca. Solo nos faltaba un poquito más. Lamentablemente el quinto penal, nuestro rival logró hacerle un gol al Dibu. Nos preocupamos, pero no tanto. Veníamos ganando y sabíamos que nuestro arquero estaba muy preparado psicológicamente ya que luego de la derrota con Arabia Saudita había declarado que habló con su psicólogo sobre cómo fortalecerse. (Por eso a lo largo del mundial se volvió un sex symbol. Hoy en día a las mujeres nos gustan los hombres que cuidan su salud mental). El sexto penal de la noche lo pateó Montiel. Gol. Las cámaras enfocaban a la tribuna y se veía a la gente llorar. ¿Cómo no iba hacerlo si estábamos tan cerca de nuestro objetivo? El séptimo penal también fue gol para Holanda. Los nervios aumentaron aunque mi vidente ya me había dicho que éramos semifinalistas. El octavo gol lo pateó Enzo Fernández. Lo tiró para afuera. ¿Acaso era necesario sufrir tanto? (De hecho para escribir este relato estoy mirando la repetición de esta parte del partido y estoy sufriendo nuevamente). El siguiente penal, Holanda lo metió adentro. Nos quedaba un tiro más que iba a patear Lautaro Martinez. Si lo metía, pasábamos a semis. Si le erraba o se lo atajaba, la cosa seguía. Cuando en nuestra tele estaba a punto de patear, se escucharon los gritos del edificio de enfrente. Éramos semifinalistas. Vimos el gol y celebramos. La ilusión no se extinguía. Los jugadores fueron a abrazar a Lautaro, mientras que Messi se desvió y se tiró encima del Dibu, el verdadero héroe del partido. El festejo duró poco. El equipo holandés se metió en el campo de juego y todos empezaron a pelear. Después de que los separaron, finalmente los jugadores pudieron celebrar con su público.
Igualmente la cosa no terminó ahí. Lo más épico de ese partido fue lo que vino después. Resulta que le estaban por hacer una entrevista a Messi y antes de comenzar la cámara filmó mientras le decía a alguien “Que mirá, bobo. Andá pa yá”. Esa frase épica tardó 24 horas en estar en cuadernos, remeras, tazas y demás objetos. Por esa frase algunos medios dijeron que por fin Messi había sacado su lado maradonniano, que era lo que faltaba como jugador. Otros lo tildaron de “vulgar”. La verdad que si era vulgar o no, daba igual porque lo que importaba era que esa frase ya había quedado inmortalizada para la eternidad. Y para finalizar un día lleno de mística, se largó una tormenta increíble.
domingo, 15 de enero de 2023
Coco, campeón del mundo II
El tercer partido fue contra Polonia. Fue un martes a las cuatro de la tarde, por lo que no nos pudimos juntar para verlo. Yo lo vi sola en casa. Bah, lo vi con Galán, mi perro, que muy interesado no se veía. Este era un partido decisivo. Si perdíamos: Siamo Fuori de la copa. Si ganábamos, quedábamos primeros del grupo y jugábamos contra Australia en octavos de final. Si otro de los equipos del grupo (que no me acuerdo cuál era) tenía determinado resultado, Argentina quedaba segundo y tenía que jugar el próximo partido con Francia, el último campeón del mundo y equipo que nos había dejado afuera en Rusia 2018. Cuando prendí la tele, el partido ya había empezado. Me senté en el sillón con la compu del trabajo y me dejé el “libro cábala” bien cerquita. Antes de empezar mandé una foto de Galán con su camiseta de Argentina y Gaby una de Coco con sus ojos saltones bien atento a los quesitos que estaban sobre la mesa. Esta vez no leí, pero sí aproveché que nadie me iba a molestar para hacer algunas cosas del trabajo que llevaban tiempo, pero no necesitaban de mi atención. En un momento me fui para la cocina y escuché que los vecinos gritaron gol. Corrí hasta el living, miré la repetición y agradecí que estaba sola porque sino sabía que “por cábala” me iba a tener que quedar el resto del partido en la cocina. El partido continuó y al cabo de un rato Argentina metió el segundo y último gol que lo dejó primero en su grupo y con el pase a octavos de final. Muchos fueron a festejar al Obelisco y muchos otros se reunieron en las esquinas de los barrios. Entre esas esquinas, surgió al Abuela lalala. De a poco la fiebre mundialista fue invadiendo a todos y cada vez se hacía más grande, como una bola de nieve.
El partido de octavos de final lo vi en Córdoba. Justo ese fin de semana me había ido para allá porque uno de mis compañeros del taller literario nos había invitado a su casa (la casa protagonista de “Asomados al pozo”). Me acuerdo de que cuando me armaba la mochila, me di cuenta de que en todos los partidos que había visto me había puesto un vestido de la gama de los azules. Entonces me guardé otro vestido celeste que tenía para ponerme exclusivamente para ver el partido. Llegamos allá el mismo sábado que se disputaban los octavos. Yo había dormido solo dos horas porque el avión salió a las siete y media de la mañana y previamente había ido a la fiesta de fin de año de mi trabajo. No podía más con mi vida y deseaba más dormir que mirar el partido, pero a la vez sentía que no podía dejar de verlo. Un ratito antes de las cuatro salimos para el restaurant que el dueño de la casa había elegido como sede. Cuando estaba de camino, me di cuenta de que me había olvidado el libro, pero ya no teníamos tiempo de volver. Igualmente me sentía tranquila porque tenía puesta mi otra cábala. Además, como en los partidos anteriores, le había mandado un mensaje a la mejor amiga de Martín, que es vidente. Siempre era un mensaje corto. “¿Ganamos”? y ella me contestaba “obvio”. No preguntaba más. Si bien me gustaba tener la tranquilidad de saber que ganábamos o perdíamos, prefería vivir el partido igual que el resto. Cuando llegamos al lugar, pedimos una docena de empanadas y cerveza. Mientras esperábamos que empezara el partido, mis amigas me mandaron la foto de ellas, sentadas cada una en su lugar. También me dijeron que no me olvidara el libro y les mentí diciéndoles que ya lo tenía conmigo, aunque en realidad estaba descansando sobre la mesita de luz. El partido comenzó y le pregunté a Martín qué pasaba si alguno metía gol en contra. “Se cuenta como gol para el otro equipo”, me respondió y volvimos a mirar hacia el televisor. Me puse a observar a mi alrededor. Todos se veían tan felices. Aunque sea una persona a la que no le gusta el fútbol es imposible no admitir que es un deporte que une. Casi llegando al final del primer tiempo Messi metió el primer gol de la tarde. El restaurant se llenó de gritos de festejo. Le di un beso a Martín. Ese fue el primer y último partido que vimos juntos de todo el mundial. Durante el entretiempo me mensajeé con las chicas. Coco ya se había robado el quesito de cábala así que íbamos bien. Empezó el segundo tiempo y el segundo gol no tardó en llegar. Julián Álvarez, quien se volvería una importante figura del mundial, fue el que lo hizo. La emoción era total. Estábamos a solo unos pasitos de pasar a cuartos. Lamentablemente no pudimos irnos sin goles. En el minuto 77 Enzo Fernández hizo un gol en contra. “Fue por tu pregunta mufa”, me dijo Martín, pero yo sabía que íbamos a ganar, por lo que no le di mucha importancia a su comentario. Finalmente ganamos y pasamos a cuartos de final. Automáticamente entré a Twitter y a Instagram para ver los memes y los comentarios del partido. Creo en este mundial las redes sociales fueron clave para manijear a todo el pueblo argentino. Una vez más, muchos se fueron a festejar al Obelisco y muchos otros con la abuela lalala. Nadie lo quería decir, pero todos pensábamos lo mismo. La Scaloneta estaba imparable y hasta no tener la copa en sus manos, no se iba a detener.
miércoles, 11 de enero de 2023
Coco, campeón del mundo I
En Argentina el 2022 comenzó como siempre, con inflación, inestabilidad económica, inseguridad y pobreza. Pero a diferencia de otros años, también comenzó con una gran ilusión. La selección de fútbol venía de ser campeona de América y en noviembre se disputaba la copa del mundo. Todo el mundo tenía puesta las fichas en “La Scaloneta” y la esperanza aumentó aún más cuando en junio ganaron La Finalissima ante Italia. Si bien en todos los mundiales el pueblo argentino pretendía consagrarse, esta vez se sentía diferente por dos motivos: en primer lugar, porque probablemente sería el último mundial de Messi y solo le faltaba esa copa para declararse como el mejor jugador de fútbol de la historia. Y en segundo lugar, parecía que la maldición que acechaba a la selección desde el el 86 se había roto, luego de que los campeones de ese año finalmente regresaran a agradecerle a la virgen de Tilcara por el título obtenido.
A medida que pasaba los meses, la expectativa aumentaba. La selección estaba imparable y se empezó a formar una mística inigualable. La gente empezó a notar coincidencias con el 86: países que no clasificaban desde ese año, colores de la ropa de los futbolistas, resultados de partidos, etc. Todo indicaba que seríamos campeones.
Finalmente el 20 de noviembre comenzó el mundial en Qatar. Argentina fue uno de los primeros en competir. Jugábamos contra Arabia Saudita. Supuestamente un equipo fácil de vencer. Por la diferencia horaria nos tocó a las siete de la mañana. Yo no lo vi. No me levantaba a esa hora para trabajar y menos lo haría para ver un partido de fútbol. Cuando me desperté, me llamó la atención que no me hubiera despertado antes por los gritos de gol. Fui hasta el living para constatar el resultado y la cara de Martín lo dijo todo. Habíamos perdido 2 a 1. Aparentemente habíamos hecho más goles, pero los anularon por offside. Nadie entendía nada y lo que era peor, si llegábamos a perder otro partido, nos quedábamos fuera del mundial. Igualmente había una esperanza. En el 86 también habíamos perdido el primer partido.
Los tres días que nos separaron de la siguiente fecha fueron de tensión total. Hasta yo que no le doy mucha bola al fútbol estaba nerviosa. El sábado 26 de noviembre, a eso de las tres, me tomé el tren y me fui hasta Villa Urquiza a la casa de Gaby, una de mis amigas. Como el partido era a las cuatro, cociné un budín de limón y compré medialunas y cookies. Ese día hacía mucho calor por lo que me puse un vestido celeste. Cuando llegué a la casa de mi amiga, saludé a sus gatos y a Coco, su perro. Al rato llegó Nati, otra de las chicas con muchos quesos y snacks y se puso a preparar la picada. Mientras tanto, Coco, que sufría problemas intestinales y por lo cual no podía comer ni un solo quesito, la miraba muy atento con sus ojos saltones e intimidantes. Yo no sé si me hubiera podido resistir ante esa mirada, pero Nati fue infranqueable. El partido estaba por empezar así que dispusimos la picada sobre la mesa ratona y nos sentamos cada una en un lugar diferente: yo me recosté en el sillón, la dueña de la casa se sentó en el piso y la tercera optó por una silla porque el día anterior de había quemado toda la espalda con el sol. Sonó el himno y comenzó el partido. Coco se acostó al lado de la mesa, pero cada tanto salía al balcón a ladrar. Parecía como si estuviera en la hinchada. La verdad que el primer tiempo no fue nada emocionante. Por lo que Nati se puso a revisar la biblioteca de la Gaby y sacó un par de libros. Me interesó el de “El fin del amor” de Tamara Tenembaum y se lo pedí. Me puse a leer las primeras páginas y fuimos al entretiempo. Aproveché para cambiar la mesa salada por la dulce y nos pusimos a mirar los tweets sobre el partido. ¡Cómo nos acompañaron las redes sociales durante todo el mundial! Pasado los minutos de descanso, volvió a sonar el pitido y la pelota comenzó a moverse nuevamente. Yo abrí mi libro otra vez y después de un rato, escuchamos a los vecinos gritar. Presté atención a la tele. Con unos segundos de delay llegó nuestro primer gol. Lo gritamos igual aunque ya nos lo había spoileado. Mientras tanto, Coco aprovechó la distracción para abalanzarse muy hábilmente sobre la mesa y tratar de robarse algo de comida. Logró saborear un pedacito de cookie, pero ante nuestro grito de “¡No!” lo terminó escupiendo. Luego se fue al balcón a ladrar, como si estuviera festejando. El partido continuó y nos dimos cuenta que mientras estaba el libro abierto, el partido para Argentina era favorable. Por lo tanto, Gaby me obligó a ponerme a leer nuevamente. No me acuerdo cuánto pasó hasta el segundo gol, pero también lo gritamos con delay y festejamos cuando el partido finalizó y el marcador mostró el 2-0 que dejaba, por lo menos hasta el siguiente partido, a Argentina dentro del campeonato.






