martes, 9 de marzo de 2021

La Última Noche II

 Luego de ver el último atardecer de Río, nos fuimos al departamento a bañarnos, comer y prepararnos para la noche. A eso de las 23 ya estábamos listas y nos pusimos a tomar unos tragos antes de ir con la excusa de que no podíamos volver con la botella en la valija. Cuando llegó la hora, partimos para el boliche que quedaba a un par de cuadras y al que ya habíamos ido un par de veces. Llegamos y, al igual que las otras noches, había barra libre. No tomamos mucho porque los vasitos volaban, pero puedo asegurar que esos pocos tragos hicieron efecto. Nos pusimos a bailar y se me acercó un pibe. Era hermoso, argentino y pegamos alta onda. No dimos unos besos y me dijo de ir a la casa, pero me pareció muy peligroso por lo que le dije que no y me fui a seguir bailando. Al rato conocí a otro pibe, sin dudas una noche totalmente ganadora. Este se llamaba Dani, pero le decían el turco y era todavía más hermoso que el anterior, o por lo menos mis ojos borrachos creían eso. Bailamos un rato y también terminamos dándonos un beso. No me juzguen, sé que ustedes alguna vez también fueron jóvenes e hicieron lo mismo. Cuando me aburrí, me fui de nuevo con mi amiga. Ella también estaba con un pibe bajito y morocho riéndose. Me acerqué y el flaco me saludó en portugués. "Hola", le dije sin prestarle mucha atención y le empecé a hablar a mí amiga. "Silvi, ¿no te das cuenta de quién es?", me dijo señalando. "Ni idea", le respondí yo sin darle mucha importancia. "Es Noé, estúpida", me gritó. Lo miré y no lo podía creer. Sin su ropa para el sol y el proyector en toda la cara era otra persona. Me empecé a reír a carcajadas y lo saludé. Comenzó a hablar, pero si ya le entendía poco de día, en el medio del boliche con la música al palo y borracha fue prácticamente imposible. Lo único que sé es que terminamos dando el beso que veníamos esquivando durante toda la semana. Después de eso, seguimos bailando y charlando un rato más, pero me terminé aburriendo. La verdad es que yo prefiero el chamuyo barato de los argentinos. Los extranjeros podrán ser muy lindos, pero no tienen ni un poco de labia. Cuando la noche ya estaba bastante avanzada y tanto Cecilia como yo con un nivel importante de alcohol en sangre, ella vino a decirme que se iba a la playa con un chileno que había conocido. "¿No era que odiabas a los chilenos?", le pregunté. Solo atinó a decir "Shhh" y se fue. A lo lejos me dijo que le prestara atención al teléfono por cualquier cosa. Yo me quedé un rato más y cuando me sentí cansada, decidí irme. En la puerta me encontré con Dani alias El Turco. Me dio un beso y le dije que ya me iba. Me dijo que me acompañaba. Durante el camino empezamos a hablar incoherencias de borrachos. Cuando llegamos a la esquina del departamento, le dije que estaba a media cuadra y el me dijo que también paraba a media cuadra solo que para el otro lado de la manzana. Nos empezamos a reír y a darnos besos que se tornaron cada vez más apasionados. En un momento pasaron dos personas y cuando nos vieron, nos  gritaron "argentinos". Es increíble como en todas partes del mundo nos terminan reconociendo. Nos reímos y nos seguimos besando. En ese momento me acordé de que lo había dejado abandonado a Noé en el boliche. Menos mal que ya no lo vería al día siguiente. La voz de Dani alias el Turco me hizo volver en mí. "¿Querés venir a mí depto?, me preguntó. Le dije que no, que era peligroso, que si iba podía llegar a matarme. Se rió y me dijo que no me iba a matar. Le dije que no me importaba, que no iba a ir y trató de convencerme de nuevo. Finalmente sacó su billetera y me dijo que me la daba como prueba de que no me iba a hacer nada. Le dije que podía matarme y sacarme la billetera luego, pero mientras me la guardaba en la cartera, accedí a ir.



miércoles, 3 de marzo de 2021

La Última Noche I

 ¿Vieron que todos tienen alguna anécdota con sus amigos que recuerdan hasta el final de sus días? Bueno, con mi amiga Cecilia tenemos muchas, aunque cada una tiene a su preferida. A ella le gusta contar una sobre el perfume del auto, pero a mí, me gusta mucho más la de nuestra última noche en Brasil. 


A Cecilia la conocí en las clases de rock and roll y entre fiesta y fiesta y cerveza y cerveza, nos terminamos haciendo muy amigas. Hubo un verano en el que a mí me habían echado de mi trabajo y como estaba hacía ya un par de años cobré una buena indemnización. “Vámonos a algún lugar. Hace mucho que no me tomo vacaciones”, le dije. Lo pensó un poco, pero al toque me terminó contestando: “Siempre quise conocer Río de Janeiro”. A mí, que nunca había ido más allá de las Toninas, se me iluminó la cara. “¡Río allá vamos!”, grité y empezamos a sambar como locas. El 1 de marzo partimos hacia nuestro destino. Habíamos conseguido un vuelo directo muy barato por Emirates por lo que en tres horas aterrizamos en el Aeropuerto Internacional Antonio Carlos Jobin. Como era de noche pedimos un Uber, ya que nos habían dicho que era el mejor transporte para movilizarse por la ciudad. Cuando salimos para buscarlo, el calor tropical nos abrazó, pero ¿a quién le importa cuando está por vivir una de las mejores semanas de su vida, no? El chofer nos llevó hasta el Airbnb que habíamos alquilado en en Copacabana. El departamento era soñado. Nos había salido $2,5 y era un lugar como para seis personas. Podíamos elegir dónde dormir y hasta estar en cuartos separados. Aparte estaba bien equipado y quedaba a dos cuadras de la playa. Dejamos las valijas, pusimos música en el celular y empezamos a bailar. Si bien esa noche no salimos porque todavía no conocíamos el lugar ni tampoco sabíamos el idioma, nos quedamos despiertas hasta tarde. Al día siguiente ni bien nos despertamos, nos cambiamos y salimos para la playa. Ahí alquilamos una sombrilla con dos reposeras y dimos por comenzadas nuestras vacaciones. Ese día planeamos el resto de la semana: un día iríamos a Arraial Do Cabo, otro día a Ilha Grande. También visitaríamos el Pan de Azúcar, el Cristo Redentor y la Escalera de Selarón. Además destinaríamos un día para ir a conocer la playa de Barra de Tijuca y el domingo, que hacían peatonal la avenida principal, alquilaríamos bicis e iríamos hasta Leblón. No podíamos más de la emoción. Queríamos hacer todo ya y a la vez que el tiempo nunca pasara. Una vez que organizamos todo, nos relajamos al sol. Pasaron muchos vendedores: de mallas, de Acaí, de Caipirinha y hasta de Marihuana. Después de comprarle una Caipirihna a un chico mendocino, paramos a uno que vendía mallas. Era un hombre bajito, todo cubierto para no le traspasara ni un solo rayo UV y con la cara completamente blanca por el protector solar. Era muy parlanchín y gracioso. No le entendíamos mucho, pero nos hacía reír. Se llamaba Noé. Ese día no le compramos ninguna malla, pero si marcamos el comienzo de una amistad veraniega. Cada día, salvo los que nos fuimos a otras playas, Noé frenó en nuestra sombrilla, clavó la suya con mallas y se quedó un buen rato hablando con nosotras, pero más que nada tratando de levantarme. Todo el tiempo me pedía que le diera una oportunidad y me decía que me iba a llevar a recorrer las playas más lindas de Brasil. Yo me reía y le seguía la corriente, hasta le dejé darme un piquito sin que nadie nos viera. Finalmente, el último día de una increíble semana que superó todas mis expectativas, me despedí de Noé y le dije que lo iba a extrañar. Me miró sorprendido y me dijo que en Brasil extrañar no era algo bueno, que era algo triste. Yo le dije que en Argentina, por el contrario, cuando extrañabas a alguien era porque esa persona era importante para vos. Mi respuesta lo dejó satisfecho. Nos dimos un abrazo, un piquito y cuando se dispuso a seguir su camino, Cecilia le dijo que a la noche íbamos a ir a bailar, que por qué no venía. Noé sonrió y le preguntó dónde y a qué hora y confirmó que allí estaría.




martes, 23 de febrero de 2021

El Perfume del Auto - El Final

 

Finalmente, después de mucho practicar, en noviembre llegó el gran día: la coreo de fin de año. Para celebrar lo bien que había salido, cuando terminó el show, hicimos una fiesta de disfraces. La pasamos tan, pero tan bien que decidimos repetirla dos semanas después, pero solo que sin disfrazarnos. Esa noche corrió mucho alcohol y la lujuria calentó hasta a las paredes. A eso de las seis de la mañana, todos empezaron a irse, pero con Silvana seguimos la fiesta un par de horas más. Cuando el sol ya estaba brillando bien fuerte Enel cielo y nos habíamos tomado hasta el agua de los jarrones, decidimos irnos. Cómo pudimos nos subimos al auto. Me costó encajar la llave en la ranura y ni hablar del cinturón de seguridad. El auto arrancó y empezamos a andar. La calle me zigzageaba y por eso el camino que había hecho tantas veces me resultó extraño. "¿Dónde tengo que doblar?", le pregunté a Silvana. "En la próxima a la izquierda”, me respondió y yo en mi estado no pude más que hacerle caso. El problema fue cuando doblé y en vez de encontrarme con Avenida Perón, me encontré con Libertador y nosotras de contramano. No llegamos a andar una cuadra cuando vimos las luces del patrullero. Me arrimé a un costado. Un policía se acercó al auto y me hizo bajar la ventana. “¿No se dio cuenta de que está de contramano, señorita?”, me dijo con tono muy serio. “Si, me di cuenta. Es que no soy de acá y doblé mal”, le contesté haciéndome la Carmelita Descalza y tratando de que no se sintiera todo el olor a alcohol que emanaba hasta por los poros. “Registro, DNI y papeles del auto”, me ordenó. Cuando le di todo me pidió que lo esperara y se fue. En ese momento me di cuenta de lo cansada que estaba, los ojos se me empezaron a cerrar y cuando la vi a Silvana que ya los tenía cerrados y estaba cabeceando, me acerqué de a poquito y me apoyé en su hombro. No sé cuánto habremos dormido, pero sí que nos despertamos por los golpes en la ventana de la policía. “Se va a tener que hacer un test de alcoholemia, señorita”, me dijo con tono firme. “Busco el alcoholímetro y vuelvo”, siguió. Abrí los ojos como dos huevos y empecé a desesperarme. “¡Silvana, estoy con el auto del trabajo, me lo llegan a sacar y me echan!, le grité. “Pará, tranquilizate. Comete un par de pastillas de menta y tomate esta botella de agua, algo te tiene que bajar”, me dijo tratando de tranquilizarme en vano. Mientras lo veía al policía acercándose nuevamente, sentía un fuego que me iba quemando viva. No podía permitir que me sacaran el auto. Pensé en bajarme y salir corriendo, pero si hacía eso iba a tener dos problemas, me iban a terminar metiendo presa por tratar de huir de la ley y lo peor de todo, me iban a sacar el auto. Así que no. Salir corriendo no era una opción. Mientras pensaba qué hacer, Silvana me hablaba, pero no la escuchaba. Dentro de mi cabeza, mis neuronas trataban de hacer el match perfecto para encontrar la salida ideal. Por algún motivo, pensé que ese match había llegado cuando mi cerebro dispuso ante mí la imagen del Glade del auto. Como el policía ya estaba a un metro, no lo dudé. Lo saqué de su empaque y me lo tragué sin siquiera masticarlo. “¡Estás loca, Cecilia! ¿Cómo vas a hacer eso? ¿No te das cuenta de que es tóxico?” “Esto me va a bajar el alcohol en sangre, quedate tranquila, yo sé lo que te digo”, le contesté. Vi que abrió la boca para gritarme algo más, pero justo llegó el oficial. “Ponga la boca en el pico y sople hasta que yo le diga”, ordenó y eso hice, o traté de hacer porque claramente comerme el perfume del auto no iba a hacer que la alcoholemia no me diera 1.75. “Señorita, usted en estas condiciones no puede manejar. Le voy a tener que confiscar el registro y el auto”. Intenté objetarle y rogarle que no lo hiciera, pero estaba tan borracha que ni eso pude hacer. 

Cuando las lágrimas me empezaron a caer, Silvana me puso la mano en el brazo, me dijo que me quedara tranquila, pero sobre todo que me resignara, que ya me habían sacado el auto y por el momento no podían hacer nada al respecto. Bajamos y nos quedamos paradas sobre la vereda en el medio de Libertador “¿Ahora qué hacemos?”, me preguntó Silvana. “¿Y si llamamos a Lucas?”, le dije yo como si fuera una buena idea llamar uno de los chicos del grupo, que vivía lejos de ahí, a las nueve de la mañana para que nos fuera a buscar. Pero como a Silvana tampoco le pareció una idea descabellada lo llamamos. Sonó tres veces y atendió una voz toda dormida. Le contamos la situación y se empezó a reír, pero nos dijo que el padre se tenía que llevar el auto, así que no podía rescatarnos. Seguramente era mentira y solo quería seguir durmiendo, pero elegimos creerle. “Vamos a tomarnos el bondi, Ceci”, me dijo Silvana y empezamos a caminar buscando una parada. Sin embargo, en ese momento los tóxicos del perfume del auto comenzaron a hacer efecto y empecé a vomitar sin parar. “Olvidate, hasta Saavedra no llego ni de casualidad”, le dije de repente. “Ya sé que podemos hacer. Vayamos a lo de la profe y te quedás ahí a dormir. Cuando te sientas mejor, te volvés para tu casa”, me sugirió Silvana. En el estado en el que estaba no solo me pareció una idea brillante, sino también mi única alternativa. Me acompañó hasta la casa y tocamos el timbre. La profe salió con cara de dormida y se sorprendió cuando nos vio, pero después de que le contamos la historia estuvo tentada durante media hora. Finalmente, Silvana se fue para su casa y yo me quedé ahí pensando que en un par de horas me iba a recuperar. Terminé dos días enteros en esa casa porque la descompostura no me paraba. Pensé que me moría, pero afortunadamente cuando ya estaba completamente seca por dentro, los vómitos y la diarrea frenaron. Fue como ver salir el Sol después de una semana de lluvia. 

Igualmente la pesadilla no terminó ahí, todavía me quedaba tratar de recuperar el auto. Gracias a Dios tenía un contacto, así que fue fácil sacarlo, pero eso sí, tuve que dejar la mitad de mi sueldo más o menos para hacerlo. Con el registro no hubo nada que hacer. Seis meses manejando indocumentada estuve porque no cabía posibilidad de que en mi trabajo se enteraran lo sucedido, por lo tanto tuve que hacer como si no hubiera pasado nada y vivir con el corazón en la boca todo ese tiempo. Y si piensan que ahora sí terminó esta historia, pues no mi cielos. Si hay algo que me caracteriza es que mi vida es una gran hipérbole. Entonces, como no podía ser de otro modo para una persona que no aprende ante el primer golpe, el día anterior a recuperar mi registro me fui de fiesta y me emborraché. Porque el que tropieza con una piedra, tranquilamente puede tropezar dos veces. Resulta que volvía de Villa Adelina y me encuentro con control policial. Le rogué a todos los santos que no me pararan, pero como se dieron cuenta, no tengo esa suerte. Así que me frenaron y me pidieron los documentos del auto. Como esta vez estaba borracha, pero no tanto como la otra, mi cabeza pudo pensar más rápido y encontró una solución que no me iba a dejar tres días tirada en la cama. Agarré mi cartera y empecé a buscar, buscar y buscar. Cuando logré que los ojos se me pusieran llorosos, lo miré al oficial e hice mi mejor actuación. “Me quiero morir, oficial. Cambié de cartera y me olvidé todos los documentos”, le dije desesperada. Él me miró y cuando ya estaba a punto de largar la lágrima gorda, el policía se apiadó de mí y me dijo que siguiera mi camino. Le di gracias a Dios y arranqué el auto antes de que pudiera arrepentirse. Al otro día fui a buscar mi registro y los nervios que tuve durante seis meses dejaron de existir. No les puedo decir que desde aquella vez no volví a manejar nunca más con alguna copa de alcohol encima, pero si fui consciente del peligro que corría no solo yo sino el resto de las personas si volvía a conducir borracha de esa manera. Por lo tanto, nunca más volví a manejar en ese estado. Con Silvana, que no fue parte de este final, seguimos acumulando anécdotas, que en otra ocasión se las contaré. Yo sigo bailando rock, pero ahora también sumé una nueva pasión: el teatro.



miércoles, 17 de febrero de 2021

El Perfume del Auto I

 Esta historia que voy a contar es una de esas que no se olvidan. De esas que cada vez que la contás, la gente se ríe como si fuera la primera vez. Esta es una historia de la que no me siento orgullosa, pero que cada vez que la recuerdo, un poco me alegra que haya sucedido porque como dice el refrán: “La vida no se mide por lo momentos que respirás, sino por los que te dejan sin aliento”.


A Silvana la conocí en las clases de rock and roll. A mi me habían mandado de Dieta Club a hacer ejercicio para perder un poco de peso, pero como detesto los gimnasios, me puse a buscar algún baile copado. Así fue como lo descubrí. Una noche me metí a Internet a ver si había algún lugar cerca de mi casa. Encontré un o que me gustó, no solo porque era barato y se pagaba por clase, sino también porque tenía muchos otros ritmos que podía explorar si el rock no era lo mío. Como no había que inscribirse previamente, el lunes 16 de abril, salí de mi casa a pesar de la lluvia torrencial que había, y me fui caminando para que nada pudiera evitar que llegara a la clase. Como era de esperarse por el clima, cuando llegué, había muy poca gente. El lugar tenía tres salones, por lo que se dictaban tres danzas distintas a la vez. A mi me mandaron al más grande. Al que tenía el piso de madera y un espejo que abarcaba toda la pared. Saludé a la profesora y al resto del grupo, entre ellos, Silvana. Ella también empezaba ese día, así que tácitamente entablamos “una amistad”, que con el tiempo se volvió en una verdadera. 

Debo decir que las clases de rock superaron mis expectativas, o mejor dicho, el rock lo hizo. Si bien solo había aprendido los pasos básicos y algún que otro giro y enlace, combinados con la música eran magia. Cada vez que bailaba me sentía más viva que nunca. Además el grupo era muy copado. Se sentían buenas vibras en el aire. Durante ese año seguí yendo religiosamente todos los lunes y jueves y mi amor por el rock creció cada vez más y más. Con el grupo empezamos a ir a algunas fiestas, y al ver a personas de otras academias bailando con diferentes estilos, me dieron ganas de mejorar mi técnica, por lo que comencé a pensar en sumar más clases otros días de la semana, con otros profesores. Pero mientras tanto, cuando llegó agosto, la profesora nos invitó a participar de la coreografía de fin de año que se iba a hacer en un teatro junto con todos los otros ritmos que se dictaban en la escuela. Dije que sí sin pensarlo. Entonces a mediados de septiembre empezamos a reunirnos todos los domingos en la casa de la profe para practicar. Fue ahí cuando la buena onda que tuvo siempre el grupo se intensificó e hizo que todos esperáramos ansiosos el fin de semana para vernos. Entre domingo y domingo empezamos a pegar onda con Silvana, pero fue recién después de una fiesta de rock que nuestra amistad comenzó a consolidarse. A eso de las seis de la mañana, cuando prendieron las luces para echarnos, decidimos seguir la gira con ella y dos compañeros más. Nos fuimos a un bar por Olivos, pero no nos dejaron pasar ya que supuestamente teníamos que tener una reserva. “Yo conozco al dueño de otro bar por acá”, dijo Silvana. Entonces encaramos para allá. “No pueden pasar, ya terminó la hora de entrada”, nos dijo el patova de la puerta, pero como no teníamos intenciones de que nos cortaran la gira, Silvana hizo llamar al dueño, que según ella conocía, y en menos de cinco minutos estábamos sentados con dos cervezas de litro en la mesa. Nos terminamos yendo casi a las ocho de la mañana, bah, nos terminaron echando porque éramos los únicos que quedábamos. Nos despedimos en la puerta con los otros dos que estaban con nosotras. Le dije que la llevaba hasta la casa. La primera de muchas vueltas borrachas en el auto. Qué peligro. En el corto trayecto no paramos de reirnos, como si fuéramos amigas de toda la vida. Cuando estacioné nos saludamos con un beso en el cachete, pero en vez de bajarse, me empezó a contar una anécdota y para cuando nos dimos cuenta eran las diez de la mañana y, después de habernos contado la vida, ya nos conocíamos hasta el alma.




miércoles, 9 de diciembre de 2020

Besos en la Espalda

 

Y te diste vuelta. Estabas desnuda porque recién habíamos hecho el amor. Pusiste tus manos debajo de la almohada, pero antes te corriste el pelo a un costado del cuello. Cerraste los ojos. Me concentré para escuchar tu respiración. Me acerqué despacio y puse mis labios sobre tu oreja, como la primera vez que te susurré que te quería. Ese día me abrazaste muy fuerte y me dijiste que a vos te pasaba lo mismo. No sabés lo feliz que me hiciste. Bajé como un tobogán por tu cuello, y tu perfume me hizo sentir en un campo de lavanda. Me detuve un momento para disfrutar del aroma, aunque me hubiera quedado ahí para siempre, como cada vez que te rodeo con mis brazos. Seguí bajando y llegué hasta tus hombros. Me teletransporté frente mar y te dije suavecito, como aquella vez en nuestras primeras vacaciones, que quería que estuvieras conmigo para siempre. Seguí recorriendo tu columna, sentí tu piel suave y dorada como el sol de la tardecita. Crucé tus omóplatos, como San Martín cruzó los andes. Te moviste un poquito. También sonreíste. Me acordé de la primera vez que me enamoré de tu sonrisa. Fue el primer día que te vi, hace 428 días. Tenías puesto un vestido amarillo y estabas rodeada de amigos. Aquella vez supe que eras el amor de mi vida. Recorrí tus costillas zigzagueando como en una pista de ski esquivando todos los altibajos que tuvimos, pero que siempre pudimos superar. Rápidamente caí en tu cintura y me hundí entre tus lunares. Recorrí de una punta a la otra, y se me vino a la mente nuestro primer beso. Esa noche te agarré de la mano y luego mis dedos tocaron tu contorno. Me miraste intensamente y mis labios no se pudieron controlar. Al principio fue tímido y mi corazón latía muy fuerte, pero con cada segundo que pasaba, la paz invadía mi cuerpo y el fuego crecía. Finalmente llegué a tu cadera, esa que me vuelve loco cada vez que veo con poca ropa. Subí nuevamente, recorriendo todo, pero sin frenar en ningún lado. Me puse frente a tu cara. Tus ojos ya están abiertos y se reflejaban en los míos. Ojalá fueras eterna.



martes, 24 de noviembre de 2020

La pared

 

La primera cita después de cortar una relación con alguien que quisiste muchísimo es más bien un trampolín para volver a meterse en el ruedo. En realidad, no es que uno quiere salir verdaderamente, lo hace solo porque ya no da seguir llorando debajo de las sábanas cuando ya se sabe que no hay vuelta atrás. Mi bautismo de fuego fue el último día de octubre. Una semana antes, un chico que apenas conocía de vista de algunas fiestas, me agregó a Instagram y me habló. En lo poco que duró la charla, me hizo reír un algunas veces y además me di cuenta de que teníamos un par de cosas en común. Esto me llamó la atención ya que luego de cortar, pensé nunca iba a volver a encontrar a alguien con mis mismos gustos. Dramatismo típico de recién separado. La cuestión es que cuando me preguntó si quería ir a tomar algo, le dije que sí sin dudar.  El tema vino después, el día de la cita. Me levanté nerviosa y durante todo el día me sentí arrepentida de haberle dicho que sí. Sentía que me había apresurado y todavía no estaba lista para salir con otra persona. Mil veces estuve a punto de abrir la conversación de Whatsapp para cancelarle, pero decidí esperar hasta último momento. Cuando salí de la oficina, me fui para el gimnasio, como todos los miércoles. Ahí ocurrió el milagro. La clase fue de esas bien arriba, en la que dejás la vida y el alma, y eso me dio mucho positivismo. Volví caminado con toda la actitud y cuando llegué a mi casa me bañé, me puse una pollera de jean y un top que me quedaba divino. Antes de salir, saqué mis cartas de tarot y me tiré una carta. La estrella. En pocas palabras y a grandes rasgos es una carta que indica que todo lo que estaba mal, iba a empezar a estar bien. Eso me dio todavía más fuerza. El día estaba hermoso y el bar donde me iba a encontrar con mi cita era relativamente cerca, de manera que decidí ir caminando. Cuando estaba a unas cuadras miré el reloj, faltaban cinco minutos para la hora del encuentro, pero a mi todavía me faltaban diez para llegar. Maldije por haber calculado mal el horario. Odiaba dar una primera impresión de persona impuntual cuando no lo era. En ese mismo instante, me llegó un mensaje de él. “Yo ya llegué. Te espero”, decía. “Llegó en diez”, le contesté yo y apuré el paso.

Cuando llegué, eché un vistazo rápido al lugar y lo vi sentado en una de las mesas del fondo. Le sonreí y le hice una seña con la mano. Mientras me acercaba, miré para la mesa donde me había sentado la última vez que había ido a ese bar con mi ex. Aquel día discutimos muy fuerte, no cortamos, pero si me saqué el anillo que compartíamos y que él no llevaba puesto hacía semanas. Podría haber elegido otro bar ya que a ese íbamos de vez en cuando con él, pero no soy de las personas que van a un lugar con su pareja y después cuando cortan ya no lo pueden volver a pisar. Además, tenía 2x1 en comida y bebida, algo que no se podía desaprovechar. Aparte, supuse que no había chance de encontrármelo ya que era miércoles y ese día él trabajaba hasta tarde. Cuando llegué a la mesa, le di un beso en el cachete, me senté en frente de él y me disculpé por haber llegado tarde. “No te preocupes”, me dijo mientras guardaba unos libros y agregó: “Yo llegué un rato antes porque tenía que hacer unas cosas”. Lo observé un poco. Era lindo y tenía buena energía. Seguro la iba a pasar bien. Aparte la carta auguraba eso. Llegó la moza y nos dio el menú. En ese momento me di cuenta de que tenía hambre. “¿Qué tenés ganas de pedir?”, le pregunté rogando que quisiera una hamburguesa, así usábamos el 2x1. “Creo que una hamburguesa”, me contestó y festejé por dentro. Vino la moza y pedimos. Nos pusimos a hablar de cualquier cosa y me reí mucho. Hacía mucho que no me reía. De repente, tres personas se sentaron en la mesa de al lado, pero estaba tan entretenida que ni les presté atención. Seguí hablando con mi chico. Además de tener muchas cosas en común, era una persona muy interesante. Llegaron las hamburguesas y con ellas, también llegó al bar un chico que me llamó la atención porque estaba vestido con equipo de gimnasia. Le miré la cara y casi me desamayé. La persona que acababa de entrar y que estaba caminando hacia la mesa que estaba al lado mío era nada más y nada menos que mi ex. Cuando se sentó, los vi a todos: Tato, Sapo y Lucas. El grupete que no había registrado cuando llegó eran todos sus amigos. El estómago se me cerró por completo. No me cabía ni una papa frita del montón que tenía. ¿Qué debía hacer? ¿Contarle a mi acompañante la situación y cambiarnos de mesa? ¿Decirle a él que se cambie? Ninguna de las opciones me pareció adecuada. No quería que mi chico se enterara de todo el drama que había vivido y que estaba viviendo con mi ex al lado. Respiré profundamente y decidí continuar como si él no estuviera ahí. Difícil. Me llevé la hamburguesa a la boca, pero de solo sentir el olor se me revolvió todo el estómago. No podía vomitar ahí. Iba a tener que hacer un esfuerzo. Comí como pude un pedacito. Estaba cruda. Gracias a Dios esa hamburguesa estaba cruda y tenía una excusa para no comer. “Está cruda, no puedo comerla así”, le dije a mi cita y él miró la suya y se dio cuenta de que estaba en las mismas condiciones. “¿Querés que la cambiemos?”, me preguntó. “No, está bien. Se me fue un poco el hambre con verla así”, mentí. Mientras tanto en la mesa de al lado conversaban sin parar. ¿Qué estaban diciendo? Paré la oreja para ver si podía escuchar algo, pero me encontré con un problema. Si bien tenemos dos orejas, es un poco difícil estar pendiente de dos conversaciones a la vez. Si me enfocaba en la conversación de al lado, no podía escuchar las palabras que me venían de frente. “Basta. No puedo seguir así”, me dije y agregué: “Vine a esta cita para olvidarme de mi ex, no voy a estar pendiente de él”, y empecé a construir una pared invisible entre las dos mesas. Cuando ya tuve dos filas de ladrillos hechas, me empecé a sentir mejor. Además, la conversación con mi chico se había puesto interesante. Puse un poco más de cemento y arranqué con la tercera fila de ladrillos, pero en ese momento una parte de mi ex se salió de su cuerpo y se acercó a mi construcción. Empecé a poner los ladrillos cada vez más rápido, pero él se empezó a reír y se apoyó en un costado. “¿De verdad pensaste que con este flacucho cabeza de fósforo me ibas a olvidar?”, me dijo de repente. “Basta. Andate”, le grité yo. En ese momento mi cita me empezó a preguntar por las cartas de tarot y mi ex, que había empezado a tirar algunos ladrillos me dijo: “¿Te acordás la última vez que vinimos acá? Me tiraste las cartas y me salía El Diablo todo el tiempo. Te enojaste porque decías que me quería liberar de vos. Tenías razón. Lástima que no me animé a hacerlo ese día”. Empecé a poner los ladrillos nuevamente y hacer las filas lo más rápido que podía. “¿Por qué no le tirás las cartas a él? A ver que le sale. Te apuesto lo que quieras que en el amor no le va a salir nada lindo. ¿Cómo le va a salir algo bueno si seguís enamorada de mi?”, me dijo luego. “Callate. No sigo enamorada de vos. Si no, no podría estar acá. ¿O te pensás que soy como vos, que al día siguiente de cortar ya estabas con otra?”, le dije con bronca, pero sintiéndome un poco más segura conmigo misma. Se ve que la energía de El Carro se había apoderado de mí. Seguí sumando ladrillos a mi pared. “Vas a ver que salen hoy y no te va a dar más bola”, siguió diciéndome para darme inseguridad. “Y si te sigue dando bola, va a ser solo para llevarte a la cama”, continuó. “Basta. ¿Te pensás que son todos mentirosos como vos?”, le grité yo sin dejar de poner los ladrillos. “¿Yo mentiroso? Yo nunca te mentí, solo te oculté, que es diferente”. Lo miré con mucha bronca acordándome de todo lo que me había ocultado en el tiempo que habíamos estado juntos. Seguí sumando ladrillos apretando los dientes para no enloquecer y mordiéndome la lengua para no decirle todas las cosas que pensaba sobre él. Ya tenía construida un poco más de la mitad de la pared. Con algunas filas más se iba a terminar la pesadilla. Sin embargo, aunque ya apenas le veía el pecho, mi ex, seguía insistiendo. “Uy, me parece que te quiere dar un beso. ¿Te acordás cuando nos dimos el nuestro?”, empezó a meter el dedo en la llaga. “¿Y te acordás de nuestra primera cita? Te llevé a un lugar mucho más lindo que este. Y te invité yo. Este no tiene pinta de largar la plata”. En ese momento algunos ladrillos se cayeron. Traté de ponerlos de nuevo, pero no se pegaban. “Estabas linda ese día”, me dijo de repente con la voz un poco quebrada. Se cayeron algunos ladrillos más, pero no intenté ponerlos de nuevo. Me extendió la mano y me dijo que quizás podíamos volver a intentarlo. Se la estaba a punto de dar, cuando mi acompañante me hizo una pregunta que me llamó la atención. “¿Qué carta te describiría a vos en esta cita?”. Mientras pensaba coloqué los ladrillos que se habían caído en la pared. “La sacerdotisa”, le contesté ya que mi intuición me había llevado hasta ese bar, pero a la vez tenía muchas cosas guardadas. Mi acompañante sonrió y se me empezó a acercar. En ese momento mi cabeza estaba a mil. ¡Me iba a besar y mi ex estaba al lado! “No lo beses”, me gritó su desdoblamiento. “¿Te pensás que vas a sentir lo mismo que sentías conmigo?”, continuó. Cuando escuché eso, pensé que la pared se iba a derrumbar por completo porque tenía razón. Desde que había cortado, todos los besos que había dado habían sido completamente vacíos. Lo miré a los ojos para terminar de rendirme y tirar abajo toda esa pared, pero cuando lo hice me vi a mí y me vi bien. Me vi sin lágrimas en los ojos. Me vi sin ojeras por pasarme noches sin dormir. Me vi linda como hacía mucho no me veía. Entonces di vuelta la cara justo en el momento en que la boca de mi acompañante llegó a la mía. Nuestras lenguas se empezaron a entre cruzar, y si bien no sentí lo que sentía cada vez que besaba a mi ex, sentí algo y eso me dio esperanza. En ese instante también me acordé de La Estrella, la carta que había sacado antes de salir de mi casa. “Todo lo que estaba mal, ahora va a empezar a ir bien”, me dije y con esa fuerza, terminé de construir la pared.



jueves, 3 de septiembre de 2020

Tourette y Yo

 

Tourette apareció en mi vida cuando tenía ocho, pero recién me dijo su nombre dieciocho años después. Yo intuía que me acompañaba, pero no sabía quién era. Tourette es (digo es porque hoy en día sigue a mi lado) un ser invisible que va conmigo a todos lados y tiene un control remoto que maneja todo mi cuerpo. Al comienzo solo presionaba el botón de los ojos y, cada vez que lo hacía, me producía una molestia tal que me obligaba a pestañar rápido y fuerte. Más adelante comenzó a presionar otro que me hacía hacer un pequeño sonido gutural, que para los distraídos podía ser imperceptible, pero para mí sonaba hasta el Himalaya. El tema empezó cuando mis amigas comenzaron a preguntar “¿Por qué pestañás tan fuerte?” y yo no tenía una respuesta para darles.  

Cuando llegué al secundario Tourette empezó a tocar otros botones: uno de ellos era el del cuello que me producía un dolor como si fuera una contractura y me hacía moverlo cada dos por tres y otro reproducía, sin parar, una voz en mi interior que, cada vez que veía un cajón o una puerta abierta, me decía: “cerrala”. A veces era tan insistente que tenía que dejar lo que estaba haciendo para ir a cerrar aquella puerta o cajón que estaba abierto. Por suerte cuando fui más grande, entre mis amigos y conocidos nunca nadie hizo más que un comentario al pasar sobre mis tics, pero en mi casa se la pasaban diciéndome que dejara de hacer así con los ojos o que no moviera tanto el cuello. Es por eso que cada vez que Tourette tocaba algún botón, trataba de disimular de alguna manera mis movimientos, aunque sabía que era en vano.

Cuando ingresé a la facultad, parecía que Tourette ya tenía el acceso completo a todos los botones del control remoto y no dejó ninguno sin tocar. Me hacía contraer la rodilla y la panza y me hacía mover el hombro y las muñecas. Además, otra voz me hacía acomodar y alinear todos los objetos. Encima, para colmo, percibía mis sentimientos. Entonces cuando me sentía nerviosa, estresada o triste, él también lo sentía y, para descargarse, empezaba a presionar todos los botones a la vez con mucha fuerza y me hacía mover tanto que hasta me causaba dolor. Si por esa época hubiera sabido que era él el que me hacía todo eso, me hubiera enfurecido y tirado ese control remoto por los aires. Igualmente, en esos años, me enteré de que había muchos Tourette dando vueltas que hacían que la gente insultara sin parar. Y que encima, si se te acercaban, no se iban nunca más. “Pobre gente”, pensaba yo, que no sabía que uno de esos tantos Tourette estaba al lado mío hacía años.

Cuando comencé a trabajar la cosa empeoró, primero porque “el señor” ya tenía una coordinación perfecta de los botones del control remoto, por lo que podía armar coreografías con todos mis tics. Y después, porque detectaba cuando me dejaba atragantado algo que quería decir y de la bronca, presionaba el botón de los dientes haciéndome morder tan fuerte que me dejaba doliendo la mandíbula. También empezaba a manejarme delante de las personas y me hacía morir de vergüenza. Año tras año la cosa empeoraba y yo, que pensaba que era todo emocional, decidí ir a la Psicóloga para que me dijera como sacarme los tics “si bien pueden tener una cuota emocional, no creo que sea eso. Andá a un neurólogo”, me dijo. Así que eso fue lo que hice. Cuando llegué, solo bastaron unos pocos minutos para que me presentara a Tourette. “Él es Tourette, el que te estuvo acompañando todos estos años y el que te va a acompañar por el resto de tu vida”, me dijo. También me contó que su control remoto tenía un montón de botones más, pero que nunca se usaban todos, que cada Tourette elegía qué botones usar según la persona. Agradecí que el mío no tocara los de los insultos ni los de los ruidos raros. No obstante, en ese momento no supe cómo reaccionar. Lo único que podía pensar que ese ser iba a estar al lado mío para siempre y para siempre es demasiado tiempo.  El doctor me dio unas pastillas. Me dijo que si las tomaba, Tourette iba a estar más tranquilo y no iba a estar presionando los botones todo el tiempo. Cuando terminó la consulta, me fui a mi casa repasando toda la información que me acababa de dar. Me quería morir. No lo podía ni lo quería creer. Me angustié y me enojé mucho. Le empecé a gritar a Tourette y a decirle que lo odiaba. Que se fuera, pero me contestó presionando tímidamente los botones del hombro y la rodilla, los que siempre tocaba cuando me sentía nerviosa. Se ve que él tampoco quería estar donde estaba, pero no le quedaba otra. Esa semana fui a la psicóloga y le presenté a mi no deseado compañero. También le hablé de mis sentimientos hacia él, pero ella me dijo que no tenía que estar angustiada, sino al contrario, porque ahora sabía quién era y podía controlarlo yo a él. Tenía razón. Desde ese momento y desde que empecé a tomar las pastillas, tengo una mejor relación con Tourette. Si bien es él el que controla la mayoría de las veces, yo ya tengo un poco de manejo sobre mi cuerpo y lo mejor es que ahora, cada vez que alguien me pregunta si tengo hipo o me duele el cuello, ya no balbuceo una respuesta o cambio de tema, sino que les presento a Tourette y me alegro cuando me dicen “No me di cuenta de que tenías tantos tics”.