lunes, 10 de enero de 2022

Playa Dominical

 Siempre creí en el dicho “Las cosas pasan por algo” y lo terminé de comprobar en mi último viaje. Resulta que el 16 de mayo de 2020 debía viajar a Costa Rica. El viaje lo iba a hacer sola ya que el año anterior había viajado por mi cuenta a Nueva York y la experiencia me había fascinado. Ya tenía todo prácticamente listo, mi pasaje, los hostels reservados, y todas las ganas de vivir una nueva aventura. Sin embargo, como todos saben, la hermosa pandemia de Covid paralizó al mundo y me dejó sin mis tan preciadas vacaciones. Igualmente debo decir que en mi caso no fue tan malo. Si bien me quedé encerrada un año como todos, fui una de las afortunadas que logró enamorarse en pandemia y comenzar una hermosa relación. Por lo tanto, cuando finalmente abrieron las fronteras, ese viaje solitario que pensaba hacer a Costa Rica, se transformó en una aventura de a dos. 


El cinco de noviembre de 2021, luego de un año y medio de espera, fuimos con mi novio hasta el aeropuerto juntos, aunque viajamos en aviones separados ya que yo tenía mi pasaje de antes y el adherente, tuvo que sacarse un pasaje por otra aerolínea. Él salió primero. Yo tuve que esperar unas cuantas horas más por un retraso de la aerolínea y encima me comí treinta horas de escala en Colombia, aunque esa aventura la pueden leer en mí relato "La escala". Finalmente, luego de dos días de viaje llegué a Costa Rica y viajamos con Martín (el susodicho) algunas horas hasta nuestro primer destino: Manuel Antonio. El primer día fuimos hasta el famoso parque nacional con el nombre homónimo del lugar y el segundo día decidimos viajar una hora hasta el Parque Nacional Marino Ballena. Allí, como en todos lados, nos frenó una guía que aparentaba ser del lugar para explicarnos el funcionamiento del parque y vendernos una excursión para ir a ver las ballenas. Si, aunque no lo crean, en el medio del Caribe hay ballenas que van a aparearse y criar a sus ballenatos. Las descubrió no hace mucho uno de los presidentes de Costa Rica. Le dijimos que lo íbamos a pensar mientras estacionábamos (o aparcábamos) el auto.ya que el precio de la excursión era nada más y nada menos que cincuenta dólares. Cuando por fin bajamos y vimos que la guía efectivamente era del lugar y que la excursión podría ser interesante, aceptamos. Le dimos los cincuenta dólares y entramos al parque a disfrutar un rato de la playa ya que la lancha para adentrarnos en el mar salía una hora y media después. Lo primero que vimos cuando entramos fue un cartel que decía “No alimente a los cocodrilos” ¿Quién en su sano juicio le daría de comer a un cocodrilo? ¿Quién en su sano juicio se acercaría a un cocodrilo si ve uno? Seguimos caminando. La playa era realmente enorme. Estaba como para ir con un niño y decirle: “Andá solo al mar, yo te miro desde acá”. Comenzamos a caminar hasta “la cola de la ballena” porque no se los dije, pero además de haber ballenas, en ese lugar la playa formaba naturalmente una cola de ballena. ¿Pueden creerlo? Por lo tanto caminamos hasta allí, hasta donde si te parabas en el medio, podías ver las olas romper de un lado y del otro. Nos sacamos unas fotos y volvimos. Me metí un rato al mar cálido y nos fuimos abajo de unas palmeras porque el sol te hacía derretir. Finalmente, cuando llegó la hora de la excursión, nos fuimos a buscar a la guía que nos reunió con el resto del grupo: cuatro españoles, dos mexicanos y dos que no sabíamos de dónde eran, pero no hablaban castellano y eran muy rubios. Nos subimos a la lancha y el guía se puso a hablar en inglés a pesar de que la mayoría hablábamos castellano. Eso es algo que me molesta. ¿Por qué siempre somos los latinos los que tenemos que hablar en inglés y los que hablan en ese idioma no pueden hacer un poquito de esfuerzo para hablar en castellano? En fin, el guía nos dijo que primero iríamos a ver si veíamos las ballenas y después hasta una isla donde podríamos ver piedras que formaban unas ventanas y también podríamos nadar un rato. También nos advirtió que la época de ballenas en realidad ya había terminado, pero que quizás veríamos alguna rezagada como había sucedido el día anterior. Empezamos a navegar mar adentro. Al principio cada cosita que veíamos empezábamos a gritar para ver si el guía nos decía efectivamente que era una ballena, pero no. Siempre era alguna rama. Navegamos como dos horas buscando ballenas, pero solo vimos una tortuga como la de “Buscando a Nemo”. Una completa desilusión. Igualmente el paseo estaba lindo y se puso mejor cuando llegamos a una zona donde las piedras formaban ventanas y había una de ellas que formaba como una especie de puerta por la que no pasamos porque, según el guía, esa parte se había vuelto peligrosa. Luego fuimos hasta la isla que en realidad era una piedra gigantesca, pero que se llamaba isla porque tenía más de un árbol. Allí nos tiramos al mar. Debo decir que me dio un poco de miedo estar ahí en el medio de la nada sin hacer pie. ¿Qué hubiera pasado si justo aparecía una ballena cuando estábamos en el agua? Ya sé que no hacen nada, pero ¿saben lo que debe ser que te pase un animal de semejante tamaño por al lado? Por suerte no pasó nada y cuando el guía nos indicó, volvimos a la lancha a emprender el regreso. Navegamos una hora aproximadamente y al ir en contra de la corriente, el paseo se volvió más divertido porque las olas nos hacían saltar de nuestros asientos. Finalmente, llegamos a la playa y nos despedimos de todos. Como todavía quedaba un rato antes de que oscurezca, Martín sugirió que fuéramos a Playa Dominical, que quedaba solo a unos kilómetros de allí. Por lo tanto, nos subimos al auto todos mojados y nos dirigimos hasta ahí. Llegamos justo para ver el atardecer. Estacionamos y bajamos hasta la playa. La arena era bien negra y había ramas desparramadas por todos lados. El sol, que ya se había empezado a ocultar, pintaba de naranja todo el cielo, y la lluvia tropical le daba un toque mágico. Nos quedamos parados, ahí mirando semejante belleza. Era un momento perfecto. De repente, Martín se fue a buscar algo en su mochila. Estuvo bastante rato haciéndolo y ahí empecé a suponer qué era lo que estaba buscando. Entonces, cuando lo encontró, se acercó a mí con una bolsita de papel. Muchas veces habíamos hablado de casarnos. Prácticamente ya teníamos organizado medio casamiento en nuestras cabezas y hasta sabíamos a dónde nos íbamos a ir de luna de miel. Por eso cuando se acercó, me preguntó: “¿Adónde nos vamos a ir de luna de miel?” “A México”, le respondí y empecé a sonreír porque mis sospechas se estaban a punto de confirmar. “Bueno”, siguió. “Como ahí nos vamos a ir de Luna de Miel, ahí compré los anillos”. Mentira. Después me confesó que los había comprado en México (donde él hizo escala para ir a Costa Rica) porque no había tenido tiempo de comprarlos en Buenos Aires, pero eso lo vamos a dejar pasar. Volviendo al mágico momento, sacó los anillos de la bolsita y me preguntó: “¿Te querés casar conmigo?” Y obvio que le dije que sí, ¿cómo no le voy a decir que sí? Si es el amor de mi vida.




jueves, 9 de diciembre de 2021

La Frontera - El Final

 Caminamos unos metros por la playa hasta el restaurante que estaba suspendido sobre el mar. No paraba de llover, pero igualmente el paisaje se veía hermoso. Íbamos a tener que volver otra vez para poder admirar semejante belleza. Me pedí una hamburguesa y un Daikiri de melón, pero como no había, le pregunté si había de frutilla, o mejor dicho, de fresa ya que cuando dije frutilla el mozo me miró con una cara como diciéndome “no tengo idea qué es una frutilla”. Tardaron muchísimo en traernos la comida. De hecho, estuvimos ahí sentados una hora de la hora y media que teníamos para disfrutar el lugar. Pero bueno, por lo menos el paisaje era lindo y con lluvia era lo mismo estar sentados en el restaurant o en la playa. Cuando terminamos de comer, volvimos para el muelle y nos metimos en el mar porque no habíamos ido hasta ahí para no tocar la cálida agua caribeña. El placer terminó rápido porque ya casi era la hora pactada. Mientras nos secábamos, apareció el grupete de panameños con vasos de plástico en la mano y riéndose mucho. Martín les pidió un trago y uno fue a buscar un vaso. Dudé mucho si tomar o no, ya que quizás lo que querían eran emborracharnos o ponernos algo en la bebida para poder cometer su acto delictivo, pero como la verdad habían sido tan buena onda hasta ese momento y el ron tenía una pinta bárbara, acepté. Tomamos un par de vasos de ese ron exquisito y nos sacamos fotos para que las mujeres de todos aquellos hombres supieran que estaban de trabajando y no de fiesta. De repente, el líder del grupo nos dijo que vayamos al muelle porque ya debíamos tomar la lancha para regresar. Cuando llegó, subimos y viajamos los quince minutos hasta el puerto. Para ese entonces, el que diría todo se empezó a preocupar porque le parecía que estábamos algo retrasados. Llegamos al puerto y nos dirigimos todos hasta la ventanilla donde se mostraban los boletos. Uno de los panameños nos pidió otra vez los pasaportes. Dudas de nuevo. En las series de trata de personas, las chicas secuestradas siempre eran despojadas de sus pasaportes. Martín me pidió que saliéramos a sacarnos fotos. Él estaba en un cumple sin dudas. Los beneficios de ser hombre. Nos sacamos algunas fotos y apareció el hombre con nuestros pasaportes. Prácticamente corrí a buscarlos y me tranquilicé nuevamente. Aunque no por mucho ya que la lancha no llegaba y el tiempo seguía corriendo. Esperamos un rato más hasta que finalmente llegó y viajamos la media hora correspondiente hasta tierra firme. Miré el reloj. Para mí solo un milagro nos podía hacer llegar, pero el chofer aseguró que llegaríamos justo veinte minutos antes de las cinco para poder tener poder hacer tranquilos migraciones. Subimos corriendo a la camioneta y ni bien arrancó empezó la carrera contra el tiempo. No sé a qué velocidad iríamos, pero seguro era más de la permitida para ese tipo de vehículo. La bocina sonaba sin cesar y no parábamos de pasar autos. Para ese entonces estaba tan preocupada por el tiempo que mi paranoia sobre el asesinato de Martín y mi secuestro se me había pasado o por lo menos hasta que la camioneta frenó de golpe al lado del camino. No tenía un espejo, pero seguro estaba más blanca que un fantasma. El corazón se me subió a la garganta, pero bajó rápidamente cuando vi que en realidad el chofer había bajado a hacer pis. “Es la adrenalina”, dijo cuando terminó, subió a la camioneta y volvió a manejar a toda velocidad. Ahora sí, descartada la posibilidad de muerte y secuestro me dediqué a disfrutar de la adrenalina de la llegada. Me hacía acordar cuando en Capri bajé a toda velocidad una montaña en un auto descapotable para poder alcanzar un ferri que finalmente perdimos. Esperaba que esta vez el final fuera feliz. Eran las seis menos veinte de Panamá (cinco menos veinte de Costa Rica) y no había ni novedades de la frontera. ¿Llegaríamos? Pasaron cinco minutos más y nada. La angustia volvía de nuevo. ¿Dónde íbamos a pasar la noche? Según Martín sí migraciones estaba cerrado íbamos a poder pasar igual, dormir en el hotel y volver al otro día a sellar el pasaporte. Sinceramente a veces dudo de que tenga cuarenta y cinco años. La cuestión es que llegamos a la frontera nueve minutos antes de que cerrara. Bajamos corriendo de la camioneta y fuimos hasta la casilla de Panamá. Allí nos recibieron tres panameños sentados o apoyados en la pared con las manos en los bolsillos que parecían ñoquis municipales. Cuando nos vieron, nos dijeron que no nos podían sellar el pasaporte porque la oficina de Costa Rica estaba por cerrar. Martín le empezó a decir que si se quedaban así claramente no íbamos a llegar, que todavía faltaban cinco minutos. Por su parte, uno de los panameños con el teléfono en la mano les decía que uno de sus compañeros había ido corriendo hasta el otro lado del puente y las autoridades costarricenses nos estaban esperando. Yo por mi parte estaba ahí parada, callada y sin saber qué hacer. Gracias a Dios algo los hizo cambiar de opinión y me pidieron que me acercara a la ventanilla. Me tomaron una sola huella, me preguntaron de qué trabajaba y me sellaron el pasaporte. Martín, que todavía no había terminado el trámite, me miró y me dijo: “Corré, yo ya te alcanzo” Y eso hice. Corrí junto con el panameño a través del puente, en ojotas y con todas las secuelas que me había dejado el Covid que se me había metido en el cuerpo tres meses atrás. Tuve que frenar en la mitad. El aire ya no pasaba más. Respiré profundamente y caminé, porque correr era imposible. Mientras tanto miraba para atrás para ver si lo veía a Martín. Nada. Tomé aire de nuevo y empecé a correr otra vez. No duré mucho. Caminé de nuevo un trayecto y otra vez tomé velocidad. Finalmente terminé de cruzar el larguísimo puente. “Subí a la oficina de allá”, me dijeron. Y eso hice con el poco aire que tenía. Le mostré el pase de salud a una doctora. Gracias a Dios lo habíamos hecho antes de pasar a Panamá. La médica escaneó el QR del pase. Luz verde. Bajé la escalera y cuando casi estaba por llegar a la casilla de migraciones de Costa Rica apareció Martín. Otra vez me preguntaron de qué trabajaba, me pidieron que mostrara mi pasaje de vuelta a Buenos Aires y zaz. Ya estaba legalmente en Costa Rica otra vez. Miré para el piso de arriba, pero Martín ni siquiera se asomaba. ¿Qué pasaría? Me di vuelta y le dije a migraciones que faltaba mi novio. Se rió y me preguntó si lo dejábamos. Los panameños que estaban atrás mío también se rieron y dijeron que sí. Yo también me reí, pero contesté que no, que por favor lo esperaran. ¿Qué iba a hacer si yo quedaba adentro y él afuera? Afortunadamente a las 17:03 mi compañero salió con el pasaporte sellado. Todos festejaron y los panameños ligaron quince dólares de propina. Caminamos todos juntos hasta el auto, riendo y respirando aliviados. Nos despedimos y le pregunté a la mujer que nos cuidó el auto cuánto le debíamos: “veinte dólares”, me contestó. Se los di sin chistar porque mi cabeza que nunca está para hacer cuentas, luego de todo ese adrenalínico día, menos. Cuando nos subimos al auto, Martín me preguntó cuánto nos había cobrado. Casi puso el grito en el cielo cuando escuchó el monto, pero como dice mi cuñado: “Si convertís, no te divertís”. Así que imaginamos que fueron solo veinte pesos y nos dirigímos hacia el hotel. Nos merecíamos una buena ducha y gran cena. 



miércoles, 1 de diciembre de 2021

La Frontera II

 Finalmente nos vinieron a buscar tres panameños. El que conocimos en el centro de copiado, el de la camisa y uno más que supuestamente era el chofer de la combi con la que íbamos a ir. Nos llevaron hasta la casilla de migraciones de Costa Rica donde entregamos los pasaportes y nuestros certificados de vacunación completa contra el Covid. Luego, los panameños nos hicieron cruzar el largo puente que separaba un país de otro y nos llevaron hasta la casilla de migraciones de Panamá. Ahí volvimos a presentar toda la documentación y además nos tomaron las huellas. Para ese entonces me había tranquilizado un poco ya que había aparecido una pareja española que iba a viajar con nosotros hasta Bocas del Toro. Sin embargo, luego de hacer todos los trámites migratorios, esa pareja se fue en otro auto. ¿Por qué se iban con otro transporte si íbamos todos al mismo lugar? El miedo se apoderó nuevamente de mi. Fuimos todos juntos hasta una combi destartalada que tenía unos asientos supercolorinches. Ya en viaje, los panameños nos mostraron una botella de ron de casi dos litros y nos contaron que como hasta que llegamos nosotros no tenían ningún viaje, habían decidido ir ellos hasta Bocas a una fiesta en la playa que había en celebración de los 101 años de la isla. Después nos preguntaron a dónde íbamos a ir nosotros y como Martín le contestó que a la playa, decidieron que iríamos todos juntos. En el camino se subió un panameño más, que no habló en todo el viaje. Sospechoso. Durante el trayecto hasta el puerto estuve bastante nerviosa ya que el lugar era horrible y no había ningún cartel que indicara a dónde íbamos. Por lo tanto, tampoco tenía la certeza de que llegaríamos a donde queríamos ir. Al cabo de una hora de viaje llegamos al puerto. El lugar era realmente horrible. No obstante, ahí me volví a tranquilizar un poco ya que vi muchos extranjeros que estaban por tomar la lancha hacia la isla, de manera que me sentí más segura. El panameño pidió seis boletos y nos llamó para que le mostráramos los pasaportes a la mujer que los daba. Esperamos un rato y nos subimos a una lancha como las lanchas colectivo que hay en Tigre. Calculé la hora en la que habíamos salido ya que nos habían explicado que si salíamos a las cuatro de Bocas del Toro, llegaríamos perfecto antes de las cinco de Costa Rica para hacer migraciones. La lancha tardó exactamente media hora en llegar. Bajamos y estaba lloviendo, aunque eso no impidió que notara lo cristalina que era el agua. Sin dudas un día de sol, aquel lugar debía ser paradisíaco. Salimos del puerto y se veían edificaciones muy coloridas y me acordé de que una parte de la Casa de Papel se había filmado en Panamá. ¿Sería allí? Mis pensamientos fueron interrumpidos por uno de los panameños que me preguntaba si íbamos a hacer la nuestra o íbamos a ir con ellos. Estaba contestando que íbamos a ir por nuestra cuenta, cuando Martín les respondió que iríamos con ellos. Nos recomendaron que fuéramos a comprar algo de comer ya que en la playa no íbamos a encontrar nada. Entonces, fuimos hasta un supermercado a abastecernos. En la caja había una china y solo pude pensar cómo es que una china había llegado a una isla de Panamá. Pagamos y fuimos otra vez para el puerto. Ahí los seis nos tomamos otra lancha que en menos de quince minutos nos dejó en una playa que estaba plagada de panameños tomando y bailando. Para ese entonces ya me sentía tranquila ya que seguíamos con vida y en el lugar donde estaba planeado estar. Nos dijeron quince para las cuatro estuviéramos en el muelle porque sino no íbamos a llegar antes de las cinco a Costa Rica y nos señalaron un lugar adonde podíamos ir a comer. Pensé tres cosas:

 - Teníamos solo una hora y media para disfrutar de la playa

- Para qué nos habían hecho comprar comida si al final había un restaurante 

- Cómo iban a estar cómodos en la playa con jeans largos y camisa.




jueves, 25 de noviembre de 2021

La Frontera I

 Luego de leer este relato, los que también leyeron Domani no, hoy  van a pensar que me gusta hacer excursiones que desafíen el tiempo. Pero la verdad es que no. Detesto vivir al límite. Para que se den una idea vivo al lado de la estación del tren, pero igualmente voy cinco minutos antes a esperarlo sentada ahí. También soy de las personas que llegan cuatro o cinco horas antes al aeropuerto “por las dudas”. Sin embargo, por segunda vez el tiempo me jugó en contra en un viaje y por segunda vez tengo una gran anécdota que recordaré toda la vida. 


Resulta que viajamos con mi novio, al que a partir de ahora llamaremos Martín, a Costa Rica. Luego de recorrer la mayoría de los lugares turísticos del lado del Océano Pacífico, fuimos para Puerto Viejo, del lado del Atlántico, a pasar los últimos tres días de nuestras vacaciones. Como aquel lugar quedaba muy cerca de la frontera con Panamá, Martín me sugirió ir a pasar el día a Bocas del Toro. Por lo tanto, nos subimos al auto que habíamos alquilado y viajamos una hora hasta el límite de ambos países. Llegamos hasta un puente que estaba lleno de camiones y avanzamos entre ellos hasta un puesto policial. Allí nos explicaron que con autos de alquiler no podíamos cruzar, que si queríamos hacerlo, debíamos hacerlo a pie. Así que estacionamos el auto sobre el puente, detrás de los camiones y se nos acercaron una señora y un muchacho en bicicleta. La mujer nos dijo que si íbamos a Bocas del Toro debíamos estar de vuelta a las cuatro de la tarde nuevamente porque la frontera de Costa Rica cerraba a las cinco. Lo repitió tres veces para que nos quedara claro. Por su parte, el muchacho de la bicicleta dijo que nos llevaría hasta el lugar donde debíamos pagar un impuesto para salir del país. Mientras caminábamos, Martín le preguntó cómo llegar hasta la isla sin el auto y nos habló de unos taxis, pero sin darnos ninguna información exacta. Finalmente nos dejó en un local que aparentaba ser un centro de copiado y dijo que le pagáramos dieciocho dólares al hombre de ahí y que él volvería enseguida. Todo me pareció muy raro, parecía que nos estaban estafando. Sin embargo, le dimos al señor los pasaporte y el dinero y a cambio nos dio un papel que decía que habíamos pagado. En ese interín, el chico de la bicicleta llegó con un hombre muy grandote y nos explicó que él era panameño y que nos podía llevar a Bocas del Toro por ciento diez dólares en total ya que íbamos a ir en combi con un grupo, pero después íbamos a volver solo nosotros dos. Martín le regateó el precio y terminó arreglando que le pagaríamos cien dólares en total más una propina. De esta manera, el panameño nos puso unas cintas en la muñeca y nos llevó hasta un estacionamiento cerca de ahí y nos pidió que hiciéramos el pase de salud para Costa Rica porque nos lo iban a pedir al regreso. “No tenemos Internet”, le dije. Y llamó a otro panameño muy bajito con jean largo y una camisa onda Versace para que nos diera señal, aunque no lo terminó haciendo porque Martín le dijo que él tenía. Sin embargo, no bien se fue el hombre, se dio cuenta de que el Internet era muy lento. En ese momento, mis dudas al respecto del viaje empezaron a crecer. ¿Cómo estábamos seguros de que esa gente nos iba a llevar realmente a Bocas del Toro y no nos iba a matar o secuestrar? Para colmo, justo apareció una mujer con pinta de Madama de burdel a la que le preguntamos si había wifi en el lugar y de forma seca y descortés nos dijo que no. Listo. Desde ese instante no pude parar de pensar que a Martín le iban a pegar un tiro en la cabeza y yo iba a terminar en una red de trata.





jueves, 14 de octubre de 2021

La Clandes - El Final

Con el correr del tiempo, los sábados se volvieron una emocionante rutina. Ya desde el martes planificaban qué iban a comer. A veces pedían y a veces cocinaba ella, según el antojo que había. Lo que sí, el postre siempre era mousse y la cerveza y las papitas no podían faltar. A eso de las 20:45, Santiago mandaba el mensaje de que ya estaba en camino. A eso de las nueve, cuando le enviaba que había estacionado, María se ponía a custodiar la ventana. Cuando lo veía llegar, corría hacia la puerta y la abría apenitas. Por lo general, él se quejaba de que no pasaba por el agujerito que le dejaba ya que no solo tenía que pasar él, sino que también las provisiones. Igualmente después se olvidaba de todo cuando la abrazaba y le daba el primer beso de la noche. A veces ese beso subía de temperatura y no llegaban ni a dejar las bolsas en el comedor. Otras veces lo hacían en la cocina y bueno, obviamente que en la cama. Santiago sentía que cada sábado la quería más. Sin embargo, ella tenía sentimientos encontrados. Él le gustaba mucho y la pasaba muy bien. Además sentía que estaban juntos hacía años. No obstante, antes de conocerlo y antes de que la pandemia hiciera de las suyas, había comenzado a disfrutar de su soltería y sentía que cuando volviera a ser libre, iba a querer esa vida otra vez. Por lo tanto, su frase de cabecera era: "cuando todo esto termine, lo nuestro también". Si bien Santiago le decía que sí, sentía mucha bronca por dentro. Detestaba que se mostrara indiferente ante todo lo que estaban viviendo, pero no decía nada porque prefería eso antes que pasar los sábados a la noche solo, aburrido y sin comida rica. O lo que era peor, invitando a alguna chica de Tinder que no le movería ni un pelo de todos los que le movía María. Los sábados de cuarentena continuaron y parecía que nunca iban a acabar. Un día charlando por Whatsapp, Santiago le insinuó a María que quería algo más que la relación que estaban llevando. Ella le contestó que la estaba pasando muy bien con él, pero que no quería nada más. "¿Querés que lleguemos hasta acá?", le preguntó él. Ella lo pensó un poco y casi le dice que si, pero por algún motivo su respuesta fue un no rotundo. Y agregó que quería seguir un poco más, que después veían qué pasaba. Santiago se decepcionó un poco, pero a la vez se puso como objetivo ganar el corazón. El tema era cómo. ¿Qué más podía hacer? Después de mucho pensar, se dio cuenta de que la única manera de conquistarla era seguir siendo él mismo. Sabía qué era una buena persona y eso era lo que María necesitaba a su lado. Por eso, se convenció de que no en mucho tiempo más se daría cuenta. Y por suerte así sucedió. Una noche luego de comer, tomar cerveza y tener sexo, los dos estaban acostados en la cama mirando Friends. Se estaba reproduciendo el capítulo en el que Chandler le decía "te amo" por primera vez a Mónica y ahí fue cuando a María le hizo el clic. De repente se dio cuenta de que estaba dispuesta a volver a enamorarse. También se dio cuenta de que ya no podía imaginarse su vida sin Santiago. Por eso cuando él un día le largó un "te quiero"  inesperado por Whatsapp le contestó que ella también, aunque lo hizo dos días después porque cuando lo leyó, entró un poco en pánico. Después de ese momento la cosa se puso más linda y todo mejoró cuando el presidente dio permiso para que abrieran los bares y restaurantes. "¿Querés que salgamos de verdad? Estoy dispuesta a contarle de vos a mí papá", le dijo ella. "Obvio que quiero", le contestó él y le preguntó a qué hora la pasaba a buscar. 





jueves, 30 de septiembre de 2021

La Clandes II

 La cuarentena no paraba de extenderse y las conversaciones ininterrumpidas que María y Santiago tenían al principio eran cada vez más escalonadas. Él sentía que la estaba perdiendo y no sabía qué hacer para revertir la situación. Si bien él contaba con un permiso para circular y podría acercarse a donde ella estuviera para verla, María vivía con su papá por lo que era imposible ir a su casa y ella tampoco tenía alguna excusa válida para ausentarse por algunas horas. Y bueno, blanquearle la situación a su padre tampoco parecía una opción. Por su parte, ella ya estaba cada vez más cansada de tener una relación a distancia. No le veía sentido. Pensó en comentarle a su papá que estaba saliendo con alguien para poder salir a verlo, pero no tenía ganas de tener un interrogatorio sobre una persona con la que sabía que no se iba a poner de novia, y tampoco tenía ganas de recibir un sermón sobre cómo se iba a ver con alguien que no conocía en plena pandemia. Estuvo a punto de decirle a Santiago que ya no tenía ganas de seguir hablando. Sin embargo, un día su papá le dijo que se iba y que no iba a volver a dormir. María se sorprendió bastante, pero no quiso hacer preguntas. No estaba lista para conocer la respuesta. Así que simplemente le dijo que se cuidara y que lo vería al día siguiente. Acto seguido, tomó el celular y le escribió a Santiago si quería ir para su casa. Lo borró. ¿Y si alguien lo veía entrar? Caminó de una punta a la otra de la habitación. Tenía que animarse. Escribió de nuevo el mensaje y lo mandó rápidamente, antes de que se pudiera arrepentir. Tardó menos de un minuto en contestarle: “A qué hora voy y qué llevo”. María sonrió. 

A las nueve en punto estaba asomada por la ventana esperando que apareciera Santiago para abrirle la puerta. Hacía quince minutos que le había mandado que ya había salido por lo que ya tendría que estar por llegar. Esperaba que se acordara de no estacionar en la puerta de la casa. Por las dudas le mandó otro mensaje recordándole. En ese momento lo vio pasar y corrió hacia la puerta para abrirle. Mientras Santiago pasaba por la pequeña apertura que le había dejado, María lo atacó a preguntas: “¿Te fijaste que nadie te viera? ¿Estacionaste a la vuelta? ¿Miraste para todos lados antes de entrar?. Él se rio y le contestó que sí a todo. “¿No me vas a saludar?”, le preguntó luego. Ella se rio, se le colgó del cuello y le dio un largo beso. “Qué lindo volver a verte”, dijo él. “¿Dónde puedo dejar todo esto?, preguntó. “¿Qué trajiste tanto?”, “Cerveza, papitas y mousse de chocolate de postre”. "Sos un genio". "Qué rico olor. Qué estás cocinando?", Preguntó. "Pastel de papas. ¿Te gusta?", indagó ella. "Me encanta". María sonrió y lo hizo pasar al comedor, donde le sirvió una porción. "Está buenísimo esto", exclamó Santiago. Se pusieron a charlar animadamente mientras de fondo tenían puesta la tele en la repetición de Avenida Brasil. Cuando terminaron el pastel de papas, María lavó los platos y las fuentes

 "Listo para el postre?", le preguntó y le alcanzó un pote individual. Sin dudas ambos estaban pasando el mejor sábado desde que había empezado la cuarentena. Se sentían muy cómodos el uno con el otro. Cuando terminaron todo lo que había para comer, se fueron para el cuarto. "Poné una peli" , dijo Santiago. Maria eligió una, pero no llegaron a ver ni los primeros diez minutos. Necesitaron cortar con esa abstinencia sexual que los estaba matando hacía meses. Luego del acto, él se quedó dormido y ella se acurrucó entre sus brazos. "Su huequito". A eso de las tres de la mañana, María lo sacudió y le dijo que se tenía que ir. Somnoliento y sin entender nada empezó a cambiarse. "¿No era que tu papá no volvía a dormir?", le preguntó. "No vuelve, pero no sé a qué hora va a llegar mañana y tampoco me quiero arriesgar a qué caiga en el medio de la noche y te vea". "Bueno", dijo mientras bostezaba. Se despidieron cansados, pero felices por lo que habían vivido. "Ojalá tu papá se vaya todos los fines". "Ojalá termine esta cuarentena de una vez", le respondió ella mientras miraba por la ventana que no viniera nadie. "Quién va a pasar a las tres de la mañana?", le preguntó él. "Nunca se sabe", respondió ella y le abrió la puerta para que saliera. Se dieron un último beso y María se fue inmediatamente para la cocina. Guardó todo lo que estaba en el secaplatos y revisó minuciosamente que no hubiera quedado nada de aquel encuentro clandestino. Una vez que certificó que la escena del crimen estaba impecable, se fue a dormir. Ese fue el primero de todos los sábados que siguieron.




lunes, 20 de septiembre de 2021

La Clandes

 “La clandes” deriva de “La clandestina” y es un término que se acuñó entre el 2020 y el 2021 cuando la pandemia del Coronavirus azotó al mundo y en Argentina se estableció una “cuareterna” que duró prácticamente un año. En ella estaba prohibido salir a la calle a menos que sea para realizar compras, pasear al perro o atender a niños y adultos y para eso se necesitaba sacar un permiso especial. Hoy en día, viéndolo a distancia, parece una locura, pero en ese momento todos entendían que era la única solución para que la pandemia terminara. Bah, todos no. Hubo un grupo a los que llamaron "Rompecuarentena" que se oponían rotundamente a quedarse encerrados y se juntaban y hacían fiestas "clandestinas". De ahí el término mencionado en las primeras líneas. El tema es que cuando alguien dice "me voy a una clandes", el resto piensa que se va a una fiesta, pero no piensa en todas esas “clandestinas” que hubo durante el aislamiento de las que nadie se enteró, por ejemplo, la de todas esas parejas que no vivían juntas y no aguantaron más sin verse. María y Santiago eran una de ellas. Se habían conocido en noviembre en una fiesta, cuando todavía era legal hacerlas. Salieron un par de veces, pero muy informalmente ya que, si bien se gustaron, ninguno de los dos tenía intenciones de iniciar una relación. Eso sí, hablaban prácticamente todos los días ya que se llevaban muy bien. Fue a principios de marzo cuando improvisadamente surgió una salida en la que la pasaron tan, pero tan bien que ambos empezaron a mirar la relación con otros ojos y no habían pasado más de tres días cuando se vieron de nuevo. Para ese entonces el Covid ya había llegado a la Argentina y de lo único que se hablaba en la televisión era de que la cuarentena ya era algo inminente. “Veámonos una vez más antes de que cierren todo”, dijo él. Ella dudó un poco ya que sería la tercera vez que lo vería en una semana y eso le causaba cierto sentimiento de ahogo, pero igualmente aceptó ya que luego no lo vería por quince días. “Hoy tengo la casa sola, podés venir y nos quedamos acá”, le dijo María a Santiago. Esa noche él se dio cuenta de que era la chica con la que quería estar por el resto de su vida y le dio mucha rabia no poder verla por quince días, ya que sentía que en ese tiempo ella podía llegar a perder el interés que notaba que estaba teniendo en él. A eso de las tres de la mañana, ella le dijo que no podía quedarse a dormir y algo somnoliento aceptó el destino que le había tocado. Se despidieron en la puerta con un largo beso. “Nos vemos en quince días”, le dijo Santiago, sin saber que en realidad serían dos meses de separación.