domingo, 20 de febrero de 2022

La Escala III

 Cuando llegamos al hotel, entramos y otra vez tuvimos que hacer fila. Estábamos hartos de las filas. Mientras esperábamos, escuché cómo a unos del grupete de los que iban a República Dominicana les habían dado mal los vouchers y en vez de darle el hotel por dos noches, se la habían dado por una. Me dieron mucha lástima. No solo les habían encajado una escala de dos días sino que tenían que volver al aeropuerto a solucionar el problema que les habían generado los inoperantes de la aerolínea. Finalmente cuando me llegó mi turno me dieron mis vouchers para comer y la tarjeta de mi habitación. Subí hasta el sexto piso junto a mis compañeros de taxi y cuando abrí la puerta no lo podía creer. Era una habitación gigantesca, con dos camas de dos plazas cada una y una vista a la ciudad. Lo primero que hice fue sacarme el maldito barbijo y la riñonera con la plata. Después me tiré de cabeza a la cama. Creo que no existen las palabras adecuadas para describir la perfección de esa cama. Estuve un rato tirada hasta que se hizo la hora de almorzar y bajé a cambiar mi voucher de comida al restaurant. Cuando entré, la vi a Ana y a Simón, el chico que nos había pagado el taxi y que también iba para Costa Rica a ver a su novia. Me senté con ellos y luego se sumó otro de los chicos que se iba a República Dominicana. Nos pusimos a charlas de nuestras vidas y decidimos ir a pasear a la tarde para aprovechar nuestra estadía inesperada en Colombia. En ese momento me acordé de lo lindo que era viajar solo y poder hacer actividades con gente que hasta ese momento no sabías ni de su existencia. Después de comer, nos fuimos cada uno a su habitación. Necesitábamos dormir un poco. Yo me puse la alarma porque no quería quedarme dormida y perderme de conocer aunque sea un poco de Colombia. Fueron una o dos horas maravillosas de sueño. Cuando sonó la alarma, me estiré y salí de la cama un poco somnolienta. Abrí la valija y me puse un short porque parecía que había aumentado la temperatura y no quería morirme de calor. Bajé al hall central y todavía no había nadie. Me senté en uno de los sillones a esperar. Mientras tanto, veía como dos novias se sacaban fotos. Se ve que el hotel de cuatro estrellas también tenía salones para eventos. Después de esperar unos diez minutos bajó Ana y se sentó al lado mío. Nos pusimos a charlar y le ofrecí unas Melba. Yo siempre me llevó mis galletitas a los viajes por si no me llega a gustar lo que hay de comer en el lugar. Luego de media hora deducimos que los chicos se habían quedado dormidos y no se iban a sumar a la salida. Por lo tanto, nos tomamos un taxi en la puerta y nos fuimos para un parque que me había recomendado una compañera de trabajo que vivía ahí en Bogotá. Llegamos y arreglamos con el taxista que nos pasara a buscar en una hora y media. Antes de bajar nos advirtió que no nos metiéramos para adentro porque era peligroso. Luego de darle las gracias, bajamos y nos fuimos para el “parque” que en realidad era una plaza. Justo había una feria así que caminamos por los diferentes puestos y escuchamos un poco de la música que estaba tocando una banda sobre un escenario. Después le sugerí a Ana merendar algo y fuimos para Juan Valdés que estaba en una de las esquinas. Entramos y pedí un latte y una torta de chocolate que me ofrecieron calentar. Como me pareció raro calentar una torta, le dije que no, pero después me arrepentí un poco porque hubiera estado buena probarla caliente. El lugar estaba lleno de gente, pero igualmente encontramos una mesa para sentarnos en el patio exterior del lugar. Me puse a observar todo y me pareció muy loco estar ahí sentada, en un país en el que no pensaba estar, en frente de una desconocida, tomando un café que nunca tomo porque no me gusta y mostrándole las fotos de mi perro salchicha. Los viajes son mágicos. De eso no cabe duda. Cuando se cumplió la hora y media, fuimos hasta el lugar pactado con el chofer que nos iba a buscar. Nos subimos al auto y emprendimos la vuelta. Mientras recorríamos las calles, le empezamos a preguntar cosas sobre Colombia al conductor. Nos contó cuál era el árbol típico, cómo estaban con el Covid, qué otros lugares había para recorrer y algunas cosas más. Llegamos al hotel y otra vez nos separamos, para irnos cada una a su habitación, aunque al cabo de un rato Ana volvió a tocarme la puerta para pedirme ayuda con el check in que no pudimos hacer y con la televisión que tampoco le pude arreglar. La despedí y me fui a duchar. Una vez limpia, bajé a cenar, pero esta vez sola. En el comedor me encontré con uno de los chicos del grupete, el que iba a viajar a República Dominicana. Estaba comiendo con otras chicas por que me senté sola en otra mesa. Cuando el chico, cuyo nombre no me acuerdo me vio, me pidió disculpas por no haber ido a la salida y se excusó diciendo que se había quedado dormido. Comí en silencio y volví a subir a mi habitación. Puse la tele mientras intentaba hacer el check in, pero tampoco pude hacerlo. Maldita aerolínea. Como no había nada interesante en la tele, abrí mi compu y me dispuse a mirar el final de la serie You, sin importarme que la estaba viendo con mi novio. Cuando la terminé me puse a leer, para adecuarme al silencio de la inmensa habitación. Era la primera vez que dormía sin Martín y sin mi perro en mucho tiempo. Luego de un par de capítulos, mi cuerpo me pedía que cerrara los ojos de una vez por todas. Entonces fui al baño y dejé la luz prendida. También me aseguré de que el despertador estuviera puesto. Igualmente, como era de esperarse, me desperté a eso de las cinco de la mañana con el miedo de haberme quedado dormida. Intenté hacer el check in otra vez, pero no me dejó. Había algún dato erróneo, pero no me daba cuenta cuál. Me volví a dormir hasta que sonó la alarma.




domingo, 13 de febrero de 2022

La Escala II

 Cansada, muy cansada subí las escaleras eléctricas y me acerqué a la famosa puerta donde los viajeros se despiden de sus familiares y amigos. No había nadie y yo no tenía a nadie de quién despedirme porque Martín se había ido y mi papá se había ido del aeropuerto hacía horas. Saludé al policía que estaba ahí y encaré para donde te hacen pasar por el detector. Solo había una chica con su perrita y los policías que estaban hablando sobre una salida. A la chica la detuvieron porque llevaba una tijera en la mochila. Yo pasé como si nada. Después me fui para migraciones (¿o fue al revés?). Era increíble no ver ni a una sola persona. Ahí escuché el mejor sonido del mundo, el del sellito en el pasaporte. “Buen viaje”, me dijo el que estaba ahí y me fui para el freeshop a descargar un poco de estrés mirando perfumes y chocolates que no me iba a comprar. Todavía faltaba un tiempo para subir al avión. Era como si el tiempo no pasara nunca. Me senté en un lugar, después me cambié, después fui al baño, me senté en otro lugar, hasta que por fin nos llamaron. Antes de subir al avión nos pidieron una vez más todos los papeles y nos advirtieron que solo se podía embarcar con determinados barbijos. Como tenía de sobra, le regalé uno al chico que estaba adelante en la fila y que tenía uno de los no permitidos. Caminé por el pasillo del placer, ese que te lleva hasta las vacaciones, a una experiencia única o a ver a esa persona que tanto querés. Saludé a las azafatas, busqué mi asiento del lado del pasillo, (porque una persona con piernas largas como yo necesita pasillo para no sentirse ahogada) y esperé al despegue. Después de eso no me acuerdo mucho. Creo que nos dieron algo de comer, pero prácticamente dormí las cinco horas que había de viaje hasta la escala. Aterrizamos a eso de las ocho de la mañana. Bajamos y ahí empezó todo. Me dirigí hacia migraciones ya que, como debía permanecer en el país, tenía que registrar mi visita. Mientras hacía la fila sentí nervios otra vez. Cuando pasé al mostrador me preguntaron el motivo de mi viaje y respondí que estaba de tránsito. Me pidieron el pasaje de Colombia a Costa Rica, que no tenía. Nerviosa, le expliqué que tenía habilitado el check in recién al otro día, pero la verdad que no me dieron mucha bola. Me sellaron el pasaporte y me dejaron ir. Busqué mi valija y me dispuse a buscar la oficina de Avianca hasta que vi a un hombre con la campera de la DIAN que es como si fuera la AFIP de Colombia. Ahí me acordé que antes de salir había que pasar por el escáner otra vez. Caminé hacia ese lugar, llena de tics porque el estrés suele aumentar mi Tourette. Cuando pasé por la puerta, el de la DIAN que había visto de lejos me frenó. Me preguntó si tenía algún tipo de tic y me contesté que tenía Tourette. Hizo un gesto con la boca como de lástima y me dijo que pensó que me estaba peleando con alguien por teléfono porque me había visto desde la otra punta moverme mucho. Me reí y le dije que solo eran tics. Me preguntó cuanta plata traía y cuando le dije la cifra se rió y me dejó pasar. Faltaba que me dijera “pasá, pobre”. El escáner dio todo bien así que cuando finalmente fui libre, me dispuse a buscar la oficina de Avianca. Le pregunté a uno que trabajaba en el aeropuerto. Me dijo que estaba en el segundo piso, pero cuando subí al ascensor resulta que había solo uno. ¿Por qué le decían segundo piso al primero? Ya arriba volví a preguntar. Está por allá, me señaló uno. ¿Dónde es allá? Hice una vista panorámica y vi unos mostradores de Avianca. Me acerqué hasta ahí. A todo esto me habían trabado la manija de la valija, por lo que maniobrar con ella era una verdadera pesadilla. Me acerqué y le pregunté a uno de Avianca adónde debía ir. Me mandó para un lado y de ese lado me mandaron para el otro. ¿Nadie podía compadecerse de mí acaso y darme una solución rápida? Finalmente llegué hasta la persona que me dio los vouchers del hotel y la comida. También me dijo que fuera hasta el estacionamiento donde encontraría una camioneta del hotel que me llevaría gratis hasta ahí. Bajé cansada, llena de tics, con dolor de espalda, harta del barbijo y con ganas de tirarme en una cama de una buena vez. Fui hasta el punto donde me dijeron que esperara. Pasaron cinco minutos y nada, quince minutos y nada. Ya se había empezado a acumular gente con la que me puse a hablar. Todos nos quejábamos. ¿Qué otra cosa íbamos a hacer después de la desastrosa experiencia que nos había brindado la aerolínea? Después me quedé charlando con Ana, una señora de Villa Ballester que había ido a visitar a su hermano. Me contó que un año ella viajaba para Costa Rica y otro él viajaba para Argentina, pero que con la pandemia hacía dos años que no se veían. También me contó que tenía la valija llena de dulce de leche y que no había podido llevar las tapas de empanadas por la imprevista escala de treinta horas. Entre charla y charla ya había pasado una hora de espera y algunos del grupo empezaron a tomarse taxis porque no querían esperar más. En eso se nos acerca un muchacho y nos pregunta si queríamos compartir un taxi hasta el hotel, que él lo iba a pagar. Con tal de no esperar más, le dijimos que si y nos subimos a uno de los tantos autos amarillos. Fueron tan solo diez minutos de viaje. Hubiéramos llegado caminando con todo lo que esperamos.



domingo, 6 de febrero de 2022

La Escala I

 Cuando algo está enyetado, está enyetado. No hay vuelta que darle. Por ejemplo, mi viaje a Costa Rica lo estuvo desde el primer momento. Me acuerdo que cuando estuve a punto de sacar el pasaje, allá por 2019, decidí no hacerlo porque todavía no me habían efectivizado en el trabajo y no sabía que iba a ser de mi en el futuro. Luego, esa incertidumbre me salió cara porque cuando en enero me metí nuevamente para sacar mi boleto, el Gobierno había decidido poner veinte millones de impuestos a los viajeros, seguramente para pagarle el sueldo a todos los ñoquis que trabajan ahí. Por lo tanto, un pasaje que solo salía treinta y cinco mil pesos, me terminó costando cincuenta mil. No solo eso, a dos meses de viajar, a Dios se le ocurrió mandar una pandemia de Coronavirus por lo que mi viaje fue rotundamente suspendido. La historia de la pandemia ya todos la saben, así que vamos a hacer una elipsis hasta un año y medio después.


Nervios, nervios y más nervios. Así se puede definir el comienzo del viaje. Para empezar, no sabíamos si íbamos a poder viajar (digo sabíamos porque en el medio de la cuarentena me puse de novia y el susodicho se sumó al viaje que iba a hacer sola) ya que las fronteras no terminaban de abrir y quedar varados en Costa Rica no era una opción. Por suerte abrieron dos semanas antes. Sin embargo, aunque nos sacamos ese problema de encima, sumamos otro nuevo: todo el papelerío y la investigación que había que hacer para viajar por el tema Covid. Empezamos a leer las páginas de todas las embajadas y empezamos a tachar las cosas de la lista: PCR, no se necesitaba. Tachado. Seguro de viaje. Comprado. Tachado. Pase de salud. Solo se podía hacer un día antes de viajar. Pendiente. Vacunas: este ítem hizo que los nervios se me pusieran de punta hasta el último momento. Resulta que en un momento, la página del ministerio de salud de Costa Rica decía que solo aceptaban las vacunas que ellos daban, pero los que no tuvieran esas vacunas podían ingresar al país con un seguro de viaje. Por supuesto, la vacuna que me había dado yo no estaba entre las permitidas. Entonces, todos los días ingresaba a la web para verificar que no hubieran cambiado las reglas. El tema estuvo cuando ese párrafo explícito desapareció y la cuestión se daba a entender, pero no del todo. ¿Me iban a dejar pasar o no? Por ese temita estuve toda la semana previa sin poder dormir bien, aunque no lo crean. Igual lo peor fue después. El check in solo se podía hacer veinticuatro horas antes y lo necesitaba para poder completar el pase de salud ya que me pedían el número de asiento.¿Qué pasaba si no me lo aceptaban? La noche anterior al viaje fue terrible, casi que no pude dormir. Encima me desperté como a las siete de la mañana, intenté hacer el check in y no pude. Caos y desesperación. Me puse a trabajar e intenté nuevamente a eso de las once de la mañana. Pude entrar perfectamente a la página, pero el problema estuvo cuando vi un cartel que decía “vuelo demorado” y aparecían unas treinta horas de escala en Colombia. ¿Cómo iban a avisarnos semejante cambio de itinerario el mismo día? Intenté llamar a la aerolínea. Imposible. Si hay algo por lo que se destaca Avianca es por no tener ningún canal de comunicación rápido que funcione. Entonces le escribí a Vianca, el bot del Whatsapp de la aerolínea con el que estuve luchando un mes seguido para que me cambiaran el maldito pasaje que me habían dejado abierto en 2020 (esta historia no se las cuento en detalle porque no los quiero estresar tanto como lo hice yo). Pulsé la opción de “información de mi  vuelo” y no marcaba ningún cambio de itinerario. No solo eso, a los pocos minutos llegó un mail que si mencionaba el retraso del vuelo, pero no decía nada de las treinta horas de escala en Colombia. ¿Tanto cuesta tener una comunicación adecuada?  Con ganas de llorar hice el check in igual porque lo necesitaba para hacer el pase de salud. Por suerte, ese bendito pase solo implicaba completar un formulario y se generaba un QR. Un problema menos. Tachado. Ahora solo necesitaba saber a qué hora iba a salir mi vuelo y qué iba a ser de mi vida cuando llegara a Colombia. ¿Qué iba a hacer si debía quedarme treinta horas en el aeropuerto? ¿Qué iba a hacer con mis cosas? ¿Cómo iba a hacer para estar despierta tanto tiempo? Con toda esa angustia me fui hasta el aeropuerto. Por suerte mi novio salía antes de manera que me fui con él bien temprano por las dudas de que en realidad mi vuelo saliera en horario. Empezamos a hacer su fila. Ahí nos enteramos de que necesitábamos una declaración jurada para salir de la Argentina, pero que gracias a Dios la podíamos hacer ahí mientras esperábamos. Despachó su valija sin problemas y fuimos a cenar algo ya que todavía faltaba un poco para que tuviera que embarcar. Después de un rato nos despedimos y como vi que en los mostradores de mi vuelo ya había fila, fui para allá. Pensé que quizás, finalmente, el vuelo iba a salir en horario. Ilusa. ¿Saben cuánto tiempo estuve haciendo esa bendita fila? TRES HORAS. Si, así como lo leen. Como el vuelo en el que viajaba se retrasó, y ese vuelo tenía conexión con muchos otros vuelos más, cada vez que alguien llegaba al mostrador estaba veinte minutos reloj para resolver su problema. Mientras tanto charlábamos entre todos. Conversé con una familia colombiana que llevaban tres carros llenos de valijas e inclusive una tele. Resulta que habían estado viviendo en Argentina por algunos años, pero no les quedó otra que volverse a su país porque la cosa no daba para más. También charlé con una pareja que estaba yendo a República Dominicana porque su trabajo les había dado un premio. Afortunados. Otro con el que hablé fue con el chico que estaba delante mío en la cola. Tenía la misma edad que yo y también iba para Costa Rica solo que él se iba a quedar dos meses. Me dijo que después de estar una hora en el teléfono a la mañana logró comunicarse con Avianca. Le dijeron que efectivamente el vuelo estaba retrasado y que debíamos estar treinta horas en Colombia. También me dijo que había negociado un hotel para quedarse y que yo debía hacer lo mismo. Así que estuve practicando mi speech el resto de lo que me quedó de la fila. Mientras seguíamos esperando, se sumó a la charla el que estaba atrás nuestro. Él también se iba a ir a vivir a Colombia. Se quejó de la economía del país, pero la verdad era que era una persona que ya había vivido en otros países. Finalmente fue el turno del chico que estaba delante mío. Escuché bien atentamente todo lo que le pedían. y vi cómo tuvo que abrir la valija para pasar algunas cosas a un bolso porque no sé qué era que no podía llevar. Cuando la abrió, me sorprendí porque llevaba solo cuatro mudas de ropa para dos meses. El resto era comida y regalos. También me reí porque pensaba meter en el bolso de mano una zapatilla eléctrica. Con el de atrás mío le hicimos seña para que la sacara. Cuando terminó de rehacer sus valijas, le preguntó al del mostrador si para entrar a Colombia necesitaba PCR y le contestó que no. Respiré aliviada porque si bien tenía el papel que constataba que me había hecho un hisopado, no puedo decir que realmente haya sucedido eso. Finalmente, cuando el chico de adelante dejó el mostrador y yo ya estaba dando mis primeros pasos hacia él, el chico que atendía hizo pasar a una pareja que estaba haciendo una fila paralela. Resoplé de la bronca, pero por suerte me llamaron de otro mostrador al instante. Ahí mis nervios empezaron a esparcirse por todo mi cuerpo ya que era el momento de la verdad, el momento en el que iba a saber si todos los papeles que tenía para viajar eran los correctos. Le entregué el pasaporte, el pase de salud de Costa Rica, la declaración jurada de Argentina y también la de Colombia que tuve que hacer mientras hacía la fila. También me pidieron el PCR. Saqué temblorosa la hoja y se la di con mucho miedo. La miró, la miró, la volvió a mirar y se la mostró a una compañera. La gota gorda empezó a recorrer mi cara. Gracias a Dios la compañera le dio el visto bueno y luego de teclear algunas cosas en la computadora me devolvió todo junto con la tarjeta de embarque. “¿Sigue estando esa escala de treinta horas en Colombia?”, pregunté y me dijo que sí, pero que me correspondía un hotel, que cuando llegara a Colombia me dirigiera a la oficina de Avianca y ahí me iban a resolver todo. Un problema menos.



lunes, 10 de enero de 2022

Playa Dominical

 Siempre creí en el dicho “Las cosas pasan por algo” y lo terminé de comprobar en mi último viaje. Resulta que el 16 de mayo de 2020 debía viajar a Costa Rica. El viaje lo iba a hacer sola ya que el año anterior había viajado por mi cuenta a Nueva York y la experiencia me había fascinado. Ya tenía todo prácticamente listo, mi pasaje, los hostels reservados, y todas las ganas de vivir una nueva aventura. Sin embargo, como todos saben, la hermosa pandemia de Covid paralizó al mundo y me dejó sin mis tan preciadas vacaciones. Igualmente debo decir que en mi caso no fue tan malo. Si bien me quedé encerrada un año como todos, fui una de las afortunadas que logró enamorarse en pandemia y comenzar una hermosa relación. Por lo tanto, cuando finalmente abrieron las fronteras, ese viaje solitario que pensaba hacer a Costa Rica, se transformó en una aventura de a dos. 


El cinco de noviembre de 2021, luego de un año y medio de espera, fuimos con mi novio hasta el aeropuerto juntos, aunque viajamos en aviones separados ya que yo tenía mi pasaje de antes y el adherente, tuvo que sacarse un pasaje por otra aerolínea. Él salió primero. Yo tuve que esperar unas cuantas horas más por un retraso de la aerolínea y encima me comí treinta horas de escala en Colombia, aunque esa aventura la pueden leer en mí relato "La escala". Finalmente, luego de dos días de viaje llegué a Costa Rica y viajamos con Martín (el susodicho) algunas horas hasta nuestro primer destino: Manuel Antonio. El primer día fuimos hasta el famoso parque nacional con el nombre homónimo del lugar y el segundo día decidimos viajar una hora hasta el Parque Nacional Marino Ballena. Allí, como en todos lados, nos frenó una guía que aparentaba ser del lugar para explicarnos el funcionamiento del parque y vendernos una excursión para ir a ver las ballenas. Si, aunque no lo crean, en el medio del Caribe hay ballenas que van a aparearse y criar a sus ballenatos. Las descubrió no hace mucho uno de los presidentes de Costa Rica. Le dijimos que lo íbamos a pensar mientras estacionábamos (o aparcábamos) el auto.ya que el precio de la excursión era nada más y nada menos que cincuenta dólares. Cuando por fin bajamos y vimos que la guía efectivamente era del lugar y que la excursión podría ser interesante, aceptamos. Le dimos los cincuenta dólares y entramos al parque a disfrutar un rato de la playa ya que la lancha para adentrarnos en el mar salía una hora y media después. Lo primero que vimos cuando entramos fue un cartel que decía “No alimente a los cocodrilos” ¿Quién en su sano juicio le daría de comer a un cocodrilo? ¿Quién en su sano juicio se acercaría a un cocodrilo si ve uno? Seguimos caminando. La playa era realmente enorme. Estaba como para ir con un niño y decirle: “Andá solo al mar, yo te miro desde acá”. Comenzamos a caminar hasta “la cola de la ballena” porque no se los dije, pero además de haber ballenas, en ese lugar la playa formaba naturalmente una cola de ballena. ¿Pueden creerlo? Por lo tanto caminamos hasta allí, hasta donde si te parabas en el medio, podías ver las olas romper de un lado y del otro. Nos sacamos unas fotos y volvimos. Me metí un rato al mar cálido y nos fuimos abajo de unas palmeras porque el sol te hacía derretir. Finalmente, cuando llegó la hora de la excursión, nos fuimos a buscar a la guía que nos reunió con el resto del grupo: cuatro españoles, dos mexicanos y dos que no sabíamos de dónde eran, pero no hablaban castellano y eran muy rubios. Nos subimos a la lancha y el guía se puso a hablar en inglés a pesar de que la mayoría hablábamos castellano. Eso es algo que me molesta. ¿Por qué siempre somos los latinos los que tenemos que hablar en inglés y los que hablan en ese idioma no pueden hacer un poquito de esfuerzo para hablar en castellano? En fin, el guía nos dijo que primero iríamos a ver si veíamos las ballenas y después hasta una isla donde podríamos ver piedras que formaban unas ventanas y también podríamos nadar un rato. También nos advirtió que la época de ballenas en realidad ya había terminado, pero que quizás veríamos alguna rezagada como había sucedido el día anterior. Empezamos a navegar mar adentro. Al principio cada cosita que veíamos empezábamos a gritar para ver si el guía nos decía efectivamente que era una ballena, pero no. Siempre era alguna rama. Navegamos como dos horas buscando ballenas, pero solo vimos una tortuga como la de “Buscando a Nemo”. Una completa desilusión. Igualmente el paseo estaba lindo y se puso mejor cuando llegamos a una zona donde las piedras formaban ventanas y había una de ellas que formaba como una especie de puerta por la que no pasamos porque, según el guía, esa parte se había vuelto peligrosa. Luego fuimos hasta la isla que en realidad era una piedra gigantesca, pero que se llamaba isla porque tenía más de un árbol. Allí nos tiramos al mar. Debo decir que me dio un poco de miedo estar ahí en el medio de la nada sin hacer pie. ¿Qué hubiera pasado si justo aparecía una ballena cuando estábamos en el agua? Ya sé que no hacen nada, pero ¿saben lo que debe ser que te pase un animal de semejante tamaño por al lado? Por suerte no pasó nada y cuando el guía nos indicó, volvimos a la lancha a emprender el regreso. Navegamos una hora aproximadamente y al ir en contra de la corriente, el paseo se volvió más divertido porque las olas nos hacían saltar de nuestros asientos. Finalmente, llegamos a la playa y nos despedimos de todos. Como todavía quedaba un rato antes de que oscurezca, Martín sugirió que fuéramos a Playa Dominical, que quedaba solo a unos kilómetros de allí. Por lo tanto, nos subimos al auto todos mojados y nos dirigimos hasta ahí. Llegamos justo para ver el atardecer. Estacionamos y bajamos hasta la playa. La arena era bien negra y había ramas desparramadas por todos lados. El sol, que ya se había empezado a ocultar, pintaba de naranja todo el cielo, y la lluvia tropical le daba un toque mágico. Nos quedamos parados, ahí mirando semejante belleza. Era un momento perfecto. De repente, Martín se fue a buscar algo en su mochila. Estuvo bastante rato haciéndolo y ahí empecé a suponer qué era lo que estaba buscando. Entonces, cuando lo encontró, se acercó a mí con una bolsita de papel. Muchas veces habíamos hablado de casarnos. Prácticamente ya teníamos organizado medio casamiento en nuestras cabezas y hasta sabíamos a dónde nos íbamos a ir de luna de miel. Por eso cuando se acercó, me preguntó: “¿Adónde nos vamos a ir de luna de miel?” “A México”, le respondí y empecé a sonreír porque mis sospechas se estaban a punto de confirmar. “Bueno”, siguió. “Como ahí nos vamos a ir de Luna de Miel, ahí compré los anillos”. Mentira. Después me confesó que los había comprado en México (donde él hizo escala para ir a Costa Rica) porque no había tenido tiempo de comprarlos en Buenos Aires, pero eso lo vamos a dejar pasar. Volviendo al mágico momento, sacó los anillos de la bolsita y me preguntó: “¿Te querés casar conmigo?” Y obvio que le dije que sí, ¿cómo no le voy a decir que sí? Si es el amor de mi vida.




jueves, 9 de diciembre de 2021

La Frontera - El Final

 Caminamos unos metros por la playa hasta el restaurante que estaba suspendido sobre el mar. No paraba de llover, pero igualmente el paisaje se veía hermoso. Íbamos a tener que volver otra vez para poder admirar semejante belleza. Me pedí una hamburguesa y un Daikiri de melón, pero como no había, le pregunté si había de frutilla, o mejor dicho, de fresa ya que cuando dije frutilla el mozo me miró con una cara como diciéndome “no tengo idea qué es una frutilla”. Tardaron muchísimo en traernos la comida. De hecho, estuvimos ahí sentados una hora de la hora y media que teníamos para disfrutar el lugar. Pero bueno, por lo menos el paisaje era lindo y con lluvia era lo mismo estar sentados en el restaurant o en la playa. Cuando terminamos de comer, volvimos para el muelle y nos metimos en el mar porque no habíamos ido hasta ahí para no tocar la cálida agua caribeña. El placer terminó rápido porque ya casi era la hora pactada. Mientras nos secábamos, apareció el grupete de panameños con vasos de plástico en la mano y riéndose mucho. Martín les pidió un trago y uno fue a buscar un vaso. Dudé mucho si tomar o no, ya que quizás lo que querían eran emborracharnos o ponernos algo en la bebida para poder cometer su acto delictivo, pero como la verdad habían sido tan buena onda hasta ese momento y el ron tenía una pinta bárbara, acepté. Tomamos un par de vasos de ese ron exquisito y nos sacamos fotos para que las mujeres de todos aquellos hombres supieran que estaban de trabajando y no de fiesta. De repente, el líder del grupo nos dijo que vayamos al muelle porque ya debíamos tomar la lancha para regresar. Cuando llegó, subimos y viajamos los quince minutos hasta el puerto. Para ese entonces, el que diría todo se empezó a preocupar porque le parecía que estábamos algo retrasados. Llegamos al puerto y nos dirigimos todos hasta la ventanilla donde se mostraban los boletos. Uno de los panameños nos pidió otra vez los pasaportes. Dudas de nuevo. En las series de trata de personas, las chicas secuestradas siempre eran despojadas de sus pasaportes. Martín me pidió que saliéramos a sacarnos fotos. Él estaba en un cumple sin dudas. Los beneficios de ser hombre. Nos sacamos algunas fotos y apareció el hombre con nuestros pasaportes. Prácticamente corrí a buscarlos y me tranquilicé nuevamente. Aunque no por mucho ya que la lancha no llegaba y el tiempo seguía corriendo. Esperamos un rato más hasta que finalmente llegó y viajamos la media hora correspondiente hasta tierra firme. Miré el reloj. Para mí solo un milagro nos podía hacer llegar, pero el chofer aseguró que llegaríamos justo veinte minutos antes de las cinco para poder tener poder hacer tranquilos migraciones. Subimos corriendo a la camioneta y ni bien arrancó empezó la carrera contra el tiempo. No sé a qué velocidad iríamos, pero seguro era más de la permitida para ese tipo de vehículo. La bocina sonaba sin cesar y no parábamos de pasar autos. Para ese entonces estaba tan preocupada por el tiempo que mi paranoia sobre el asesinato de Martín y mi secuestro se me había pasado o por lo menos hasta que la camioneta frenó de golpe al lado del camino. No tenía un espejo, pero seguro estaba más blanca que un fantasma. El corazón se me subió a la garganta, pero bajó rápidamente cuando vi que en realidad el chofer había bajado a hacer pis. “Es la adrenalina”, dijo cuando terminó, subió a la camioneta y volvió a manejar a toda velocidad. Ahora sí, descartada la posibilidad de muerte y secuestro me dediqué a disfrutar de la adrenalina de la llegada. Me hacía acordar cuando en Capri bajé a toda velocidad una montaña en un auto descapotable para poder alcanzar un ferri que finalmente perdimos. Esperaba que esta vez el final fuera feliz. Eran las seis menos veinte de Panamá (cinco menos veinte de Costa Rica) y no había ni novedades de la frontera. ¿Llegaríamos? Pasaron cinco minutos más y nada. La angustia volvía de nuevo. ¿Dónde íbamos a pasar la noche? Según Martín sí migraciones estaba cerrado íbamos a poder pasar igual, dormir en el hotel y volver al otro día a sellar el pasaporte. Sinceramente a veces dudo de que tenga cuarenta y cinco años. La cuestión es que llegamos a la frontera nueve minutos antes de que cerrara. Bajamos corriendo de la camioneta y fuimos hasta la casilla de Panamá. Allí nos recibieron tres panameños sentados o apoyados en la pared con las manos en los bolsillos que parecían ñoquis municipales. Cuando nos vieron, nos dijeron que no nos podían sellar el pasaporte porque la oficina de Costa Rica estaba por cerrar. Martín le empezó a decir que si se quedaban así claramente no íbamos a llegar, que todavía faltaban cinco minutos. Por su parte, uno de los panameños con el teléfono en la mano les decía que uno de sus compañeros había ido corriendo hasta el otro lado del puente y las autoridades costarricenses nos estaban esperando. Yo por mi parte estaba ahí parada, callada y sin saber qué hacer. Gracias a Dios algo los hizo cambiar de opinión y me pidieron que me acercara a la ventanilla. Me tomaron una sola huella, me preguntaron de qué trabajaba y me sellaron el pasaporte. Martín, que todavía no había terminado el trámite, me miró y me dijo: “Corré, yo ya te alcanzo” Y eso hice. Corrí junto con el panameño a través del puente, en ojotas y con todas las secuelas que me había dejado el Covid que se me había metido en el cuerpo tres meses atrás. Tuve que frenar en la mitad. El aire ya no pasaba más. Respiré profundamente y caminé, porque correr era imposible. Mientras tanto miraba para atrás para ver si lo veía a Martín. Nada. Tomé aire de nuevo y empecé a correr otra vez. No duré mucho. Caminé de nuevo un trayecto y otra vez tomé velocidad. Finalmente terminé de cruzar el larguísimo puente. “Subí a la oficina de allá”, me dijeron. Y eso hice con el poco aire que tenía. Le mostré el pase de salud a una doctora. Gracias a Dios lo habíamos hecho antes de pasar a Panamá. La médica escaneó el QR del pase. Luz verde. Bajé la escalera y cuando casi estaba por llegar a la casilla de migraciones de Costa Rica apareció Martín. Otra vez me preguntaron de qué trabajaba, me pidieron que mostrara mi pasaje de vuelta a Buenos Aires y zaz. Ya estaba legalmente en Costa Rica otra vez. Miré para el piso de arriba, pero Martín ni siquiera se asomaba. ¿Qué pasaría? Me di vuelta y le dije a migraciones que faltaba mi novio. Se rió y me preguntó si lo dejábamos. Los panameños que estaban atrás mío también se rieron y dijeron que sí. Yo también me reí, pero contesté que no, que por favor lo esperaran. ¿Qué iba a hacer si yo quedaba adentro y él afuera? Afortunadamente a las 17:03 mi compañero salió con el pasaporte sellado. Todos festejaron y los panameños ligaron quince dólares de propina. Caminamos todos juntos hasta el auto, riendo y respirando aliviados. Nos despedimos y le pregunté a la mujer que nos cuidó el auto cuánto le debíamos: “veinte dólares”, me contestó. Se los di sin chistar porque mi cabeza que nunca está para hacer cuentas, luego de todo ese adrenalínico día, menos. Cuando nos subimos al auto, Martín me preguntó cuánto nos había cobrado. Casi puso el grito en el cielo cuando escuchó el monto, pero como dice mi cuñado: “Si convertís, no te divertís”. Así que imaginamos que fueron solo veinte pesos y nos dirigímos hacia el hotel. Nos merecíamos una buena ducha y gran cena. 



miércoles, 1 de diciembre de 2021

La Frontera II

 Finalmente nos vinieron a buscar tres panameños. El que conocimos en el centro de copiado, el de la camisa y uno más que supuestamente era el chofer de la combi con la que íbamos a ir. Nos llevaron hasta la casilla de migraciones de Costa Rica donde entregamos los pasaportes y nuestros certificados de vacunación completa contra el Covid. Luego, los panameños nos hicieron cruzar el largo puente que separaba un país de otro y nos llevaron hasta la casilla de migraciones de Panamá. Ahí volvimos a presentar toda la documentación y además nos tomaron las huellas. Para ese entonces me había tranquilizado un poco ya que había aparecido una pareja española que iba a viajar con nosotros hasta Bocas del Toro. Sin embargo, luego de hacer todos los trámites migratorios, esa pareja se fue en otro auto. ¿Por qué se iban con otro transporte si íbamos todos al mismo lugar? El miedo se apoderó nuevamente de mi. Fuimos todos juntos hasta una combi destartalada que tenía unos asientos supercolorinches. Ya en viaje, los panameños nos mostraron una botella de ron de casi dos litros y nos contaron que como hasta que llegamos nosotros no tenían ningún viaje, habían decidido ir ellos hasta Bocas a una fiesta en la playa que había en celebración de los 101 años de la isla. Después nos preguntaron a dónde íbamos a ir nosotros y como Martín le contestó que a la playa, decidieron que iríamos todos juntos. En el camino se subió un panameño más, que no habló en todo el viaje. Sospechoso. Durante el trayecto hasta el puerto estuve bastante nerviosa ya que el lugar era horrible y no había ningún cartel que indicara a dónde íbamos. Por lo tanto, tampoco tenía la certeza de que llegaríamos a donde queríamos ir. Al cabo de una hora de viaje llegamos al puerto. El lugar era realmente horrible. No obstante, ahí me volví a tranquilizar un poco ya que vi muchos extranjeros que estaban por tomar la lancha hacia la isla, de manera que me sentí más segura. El panameño pidió seis boletos y nos llamó para que le mostráramos los pasaportes a la mujer que los daba. Esperamos un rato y nos subimos a una lancha como las lanchas colectivo que hay en Tigre. Calculé la hora en la que habíamos salido ya que nos habían explicado que si salíamos a las cuatro de Bocas del Toro, llegaríamos perfecto antes de las cinco de Costa Rica para hacer migraciones. La lancha tardó exactamente media hora en llegar. Bajamos y estaba lloviendo, aunque eso no impidió que notara lo cristalina que era el agua. Sin dudas un día de sol, aquel lugar debía ser paradisíaco. Salimos del puerto y se veían edificaciones muy coloridas y me acordé de que una parte de la Casa de Papel se había filmado en Panamá. ¿Sería allí? Mis pensamientos fueron interrumpidos por uno de los panameños que me preguntaba si íbamos a hacer la nuestra o íbamos a ir con ellos. Estaba contestando que íbamos a ir por nuestra cuenta, cuando Martín les respondió que iríamos con ellos. Nos recomendaron que fuéramos a comprar algo de comer ya que en la playa no íbamos a encontrar nada. Entonces, fuimos hasta un supermercado a abastecernos. En la caja había una china y solo pude pensar cómo es que una china había llegado a una isla de Panamá. Pagamos y fuimos otra vez para el puerto. Ahí los seis nos tomamos otra lancha que en menos de quince minutos nos dejó en una playa que estaba plagada de panameños tomando y bailando. Para ese entonces ya me sentía tranquila ya que seguíamos con vida y en el lugar donde estaba planeado estar. Nos dijeron quince para las cuatro estuviéramos en el muelle porque sino no íbamos a llegar antes de las cinco a Costa Rica y nos señalaron un lugar adonde podíamos ir a comer. Pensé tres cosas:

 - Teníamos solo una hora y media para disfrutar de la playa

- Para qué nos habían hecho comprar comida si al final había un restaurante 

- Cómo iban a estar cómodos en la playa con jeans largos y camisa.




jueves, 25 de noviembre de 2021

La Frontera I

 Luego de leer este relato, los que también leyeron Domani no, hoy  van a pensar que me gusta hacer excursiones que desafíen el tiempo. Pero la verdad es que no. Detesto vivir al límite. Para que se den una idea vivo al lado de la estación del tren, pero igualmente voy cinco minutos antes a esperarlo sentada ahí. También soy de las personas que llegan cuatro o cinco horas antes al aeropuerto “por las dudas”. Sin embargo, por segunda vez el tiempo me jugó en contra en un viaje y por segunda vez tengo una gran anécdota que recordaré toda la vida. 


Resulta que viajamos con mi novio, al que a partir de ahora llamaremos Martín, a Costa Rica. Luego de recorrer la mayoría de los lugares turísticos del lado del Océano Pacífico, fuimos para Puerto Viejo, del lado del Atlántico, a pasar los últimos tres días de nuestras vacaciones. Como aquel lugar quedaba muy cerca de la frontera con Panamá, Martín me sugirió ir a pasar el día a Bocas del Toro. Por lo tanto, nos subimos al auto que habíamos alquilado y viajamos una hora hasta el límite de ambos países. Llegamos hasta un puente que estaba lleno de camiones y avanzamos entre ellos hasta un puesto policial. Allí nos explicaron que con autos de alquiler no podíamos cruzar, que si queríamos hacerlo, debíamos hacerlo a pie. Así que estacionamos el auto sobre el puente, detrás de los camiones y se nos acercaron una señora y un muchacho en bicicleta. La mujer nos dijo que si íbamos a Bocas del Toro debíamos estar de vuelta a las cuatro de la tarde nuevamente porque la frontera de Costa Rica cerraba a las cinco. Lo repitió tres veces para que nos quedara claro. Por su parte, el muchacho de la bicicleta dijo que nos llevaría hasta el lugar donde debíamos pagar un impuesto para salir del país. Mientras caminábamos, Martín le preguntó cómo llegar hasta la isla sin el auto y nos habló de unos taxis, pero sin darnos ninguna información exacta. Finalmente nos dejó en un local que aparentaba ser un centro de copiado y dijo que le pagáramos dieciocho dólares al hombre de ahí y que él volvería enseguida. Todo me pareció muy raro, parecía que nos estaban estafando. Sin embargo, le dimos al señor los pasaporte y el dinero y a cambio nos dio un papel que decía que habíamos pagado. En ese interín, el chico de la bicicleta llegó con un hombre muy grandote y nos explicó que él era panameño y que nos podía llevar a Bocas del Toro por ciento diez dólares en total ya que íbamos a ir en combi con un grupo, pero después íbamos a volver solo nosotros dos. Martín le regateó el precio y terminó arreglando que le pagaríamos cien dólares en total más una propina. De esta manera, el panameño nos puso unas cintas en la muñeca y nos llevó hasta un estacionamiento cerca de ahí y nos pidió que hiciéramos el pase de salud para Costa Rica porque nos lo iban a pedir al regreso. “No tenemos Internet”, le dije. Y llamó a otro panameño muy bajito con jean largo y una camisa onda Versace para que nos diera señal, aunque no lo terminó haciendo porque Martín le dijo que él tenía. Sin embargo, no bien se fue el hombre, se dio cuenta de que el Internet era muy lento. En ese momento, mis dudas al respecto del viaje empezaron a crecer. ¿Cómo estábamos seguros de que esa gente nos iba a llevar realmente a Bocas del Toro y no nos iba a matar o secuestrar? Para colmo, justo apareció una mujer con pinta de Madama de burdel a la que le preguntamos si había wifi en el lugar y de forma seca y descortés nos dijo que no. Listo. Desde ese instante no pude parar de pensar que a Martín le iban a pegar un tiro en la cabeza y yo iba a terminar en una red de trata.