miércoles, 11 de enero de 2023

Coco, campeón del mundo I

En Argentina el 2022 comenzó como siempre, con inflación, inestabilidad económica, inseguridad y pobreza. Pero a diferencia de otros años, también comenzó con una gran ilusión. La selección de fútbol venía de ser campeona de América y en noviembre se disputaba la copa del mundo. Todo el mundo tenía puesta las fichas en “La Scaloneta” y la esperanza aumentó aún más cuando en junio ganaron La Finalissima ante Italia. Si bien en todos los mundiales el pueblo argentino pretendía consagrarse, esta vez se sentía diferente por dos motivos: en primer lugar, porque probablemente sería el último mundial de Messi y solo le faltaba esa copa para declararse como el mejor jugador de fútbol de la historia. Y en segundo lugar, parecía que la maldición que acechaba a la selección desde el el 86 se había roto, luego de que los campeones de ese año finalmente regresaran a agradecerle a la virgen de Tilcara por el título obtenido. 


A medida que pasaba los meses, la expectativa aumentaba. La selección estaba imparable y se empezó a formar una mística inigualable. La gente empezó a notar coincidencias con el 86: países que no clasificaban desde ese año, colores de la ropa de los futbolistas, resultados de partidos, etc. Todo indicaba que seríamos campeones. 


Finalmente el 20 de noviembre comenzó el mundial en Qatar. Argentina fue uno de los primeros en competir. Jugábamos contra Arabia Saudita. Supuestamente un equipo fácil de vencer. Por la diferencia horaria nos tocó a las siete de la mañana. Yo no lo vi. No me levantaba a esa hora para trabajar y menos lo haría para ver un partido de fútbol. Cuando me desperté, me llamó la atención que no me hubiera despertado antes por los gritos de gol. Fui hasta el living para constatar el resultado y la cara de Martín lo dijo todo. Habíamos perdido 2 a 1. Aparentemente habíamos hecho más goles, pero los anularon por offside. Nadie entendía nada y lo que era peor, si llegábamos a perder otro partido, nos quedábamos fuera del mundial. Igualmente había una esperanza. En el 86 también habíamos perdido el primer partido.  


Los tres días que nos separaron de la siguiente fecha fueron de tensión total. Hasta yo que no le doy mucha bola al fútbol estaba nerviosa. El sábado 26 de noviembre, a eso de las tres, me tomé el tren y me fui hasta Villa Urquiza a la casa de Gaby, una de mis amigas. Como el partido era a las cuatro, cociné un budín de limón y compré medialunas y cookies. Ese día hacía mucho calor por lo que me puse un vestido celeste. Cuando llegué a la casa de mi amiga, saludé a sus gatos y a Coco, su perro. Al rato llegó Nati, otra de las chicas con muchos quesos y snacks y se puso a preparar la picada. Mientras tanto, Coco, que sufría problemas intestinales y por lo cual no podía comer ni un solo quesito, la miraba muy atento con sus ojos saltones e intimidantes. Yo no sé si me hubiera podido resistir ante esa mirada, pero Nati fue infranqueable. El partido estaba por empezar así que dispusimos la picada sobre la mesa ratona y nos sentamos cada una en un lugar diferente: yo me recosté en el sillón, la dueña de la casa se sentó en el piso y la tercera optó por una silla porque el día anterior de había quemado toda la espalda con el sol. Sonó el himno y comenzó el partido. Coco se acostó al lado de la mesa, pero cada tanto salía al balcón a ladrar. Parecía como si estuviera en la hinchada. La verdad que el primer tiempo no fue nada emocionante. Por lo que Nati se puso a revisar la biblioteca de la Gaby y sacó un par de libros. Me interesó el de “El fin del amor” de Tamara Tenembaum y se lo pedí. Me puse a leer las primeras páginas y fuimos al entretiempo. Aproveché para cambiar la mesa salada por la dulce y nos pusimos a mirar los tweets sobre el partido. ¡Cómo nos acompañaron las redes sociales durante todo el mundial! Pasado los minutos de descanso, volvió a sonar el pitido y la pelota comenzó a moverse nuevamente. Yo abrí mi libro otra vez y después de un rato, escuchamos a los vecinos gritar. Presté atención a la tele. Con unos segundos de delay llegó nuestro primer gol. Lo gritamos igual aunque ya nos lo había spoileado. Mientras tanto, Coco aprovechó la distracción para abalanzarse muy hábilmente sobre la mesa y tratar de robarse algo de comida. Logró saborear un pedacito de cookie, pero ante nuestro grito de “¡No!” lo terminó escupiendo. Luego se fue al balcón a ladrar, como si estuviera festejando. El partido continuó y nos dimos cuenta que mientras estaba el libro abierto, el partido para Argentina era favorable. Por lo tanto, Gaby me obligó a ponerme a leer nuevamente. No me acuerdo cuánto pasó hasta el segundo gol, pero también lo gritamos con delay y festejamos cuando el partido finalizó y el marcador mostró el 2-0 que dejaba, por lo menos hasta el siguiente partido, a Argentina dentro del campeonato. 





martes, 13 de septiembre de 2022

La rebelión de los chelos

 Un día Alfredo, un jubilado de 77 años, viajaba en el tren Mitre. Adelante tenía a dos chicos de unos veinte años que conversaban muy animados sobre la cita que había tenido uno de ellos la noche anterior. En un momento, el que contaba la historia dijo: “Y terminamos en el telo, pero fue malísimo”. Cuando dijo eso, Alfredo abrió los dos ojos como huevos y puso su mejor cara de indignación. No podía creerlo. Estuvo a punto de decirle que era un insolente, pero se contuvo. Se bajó en la estación Florida y caminó las cuatro cuadras que había hasta su casa. Abrió la puerta de un portazo y su mujer, Noemí, que estaba sentada en el living escuchando la radio, le preguntó qué había pasado. “No tengo tiempo de contarte, tengo que llamar a los muchachos”. “¿Dónde está mi libreta?”, le preguntó. Como ya conocía a su marido hacía más de cincuenta años, simplemente le contestó y siguió tejiendo para su primer bisnieto. Cuando terminó de hacer las llamadas correspondientes, Alfredo le pidió a su mujer que preparara unas pizzas porque a la noche iban a recibir a sus excompañeros de la filarmónica de Buenos Aires, orquesta en la que trabajó toda su vida tocando el chelo. 

A la noche, luego de comer y tomar, los músicos se fueron al garage donde solían ponerse a tocar como en los viejos tiempos. Sin embargo, esta vez no tocaron ninguna pieza. Alfredo habló en voz baja, pero firme: “Tenemos que hacer algo grande, pero vamos a tener que buscar refuerzos porque con nosotros solos no basta. Necesitamos chelos, muchos chelos”. Desde ese momento hasta que se fueron, empezaron a cranear lo que iba a suceder el 18 de noviembre. Se habían propuesto tardar quince días en convocar a todos los músicos y un mes para ensayar. Si bien la mayoría hacía años que no tocaba más allá de las cuatro paredes de su casa, la chispa no se había apagado. Era solo una cuestión de aceitar los engranajes. Los que podían se juntaban martes y viernes en la casa de Alfredo y el resto se unía a través de zoom. Ya todos los nietos les habían explicado a sus abuelos cómo usarlo así que la distancia no era un impedimento. A veces los viernes se quedaban hasta las tres de la mañana. Igual la música la cortaban antes porque no querían que los vecinos se quejaran. Después simplemente se quedaban charlando, tomando unas cervezas y hablando de sus momentos de gloria. La verdad que algunos no entendían bien por qué Alfredo se había empeñado tanto en querer hacer lo que iban a hacer, pero la pasaban tan bien practicando que no les importaba. Cuando faltaba una semana para el gran día, Jorge, uno de los violinistas, consiguió que les prestaran el Colón para ensayar todos juntos. A medida que llegaban al teatro, iban pasando de a grupitos por la puerta de atrás. Con cada paso que daban hacia el interior del lugar, el pecho se les inflaba un poco más. Si bien habían tocado miles de veces ahí, cada vez que entraban era como si fuera la primera vez. Se acomodaron en sus lugares y afinaron sus instrumentos. A más de uno se le cayó una lágrima cuando imaginaron todas esas sillas vacías llenas, como cada vez que hacían un concierto. Hugo, el director de la orquesta se puso en posición y dio la señal para empezar. Comenzaron los violines, luego se sumaron chelos y continuaron los otros instrumentos. Alfredo cerró sus ojos y sonrió de satisfacción por lo que estaba viviendo y por lo que sabía que estaba por venir. Cuando terminó el ensayo, todos aplaudieron y sonreían como si no lo hubieran hecho en años. Para celebrar, decidieron ir a comer al Palacio de la pizza, como en los viejos tiempos. Cuando llegaron, saludaron al pizzero que conocían de hacía años y de a uno encararon para el fondo. La gente que estaba comiendo no podía creer el desfile de chelos que estaba presenciando. Luego de varias pizzas y un infaltable brindis, cada uno partió para su casa a descansar. 


El 15 de noviembre Alfredo salió de la cama de un salto. Casi que no pudo desayunar de la emoción y ansiedad que tenía. Se bañó, se lavó los dientes, se perfumó y se puso su traje aunque todavía faltaba más de una hora para salir de su casa. Luego sacó el chelo del estuche y se puso a afinar las cuerdas. Su esposa lo miraba de lejos y no podía creer cómo amaba ese hombre después de tantos años. Hasta sintió un poco de cosquillas en la panza cuando él la descubrió espiándolo, le sonrió y le tiró un beso. A las diez de la mañana, su hijo los pasó a buscar, cargaron el chelo como pudieron y se fueron para Plaza de Mayo. De a poco comenzaron a llegar todos los músicos y la gente se empezó a acumular para ver qué era lo que iba a suceder. Muchos de los que estaban ahí jamás habían visto semejante cantidad de instrumentos en su vida. Lo que más llamaba la atención era la cantidad de chelos. Algunos se preguntaban cómo era que una persona de repente se levanta y quiere aprender a tocar ese instrumento gigantesco. Cuando comenzaron a llegar los móviles de los noticieros, los músicos terminaron de acomodarse y el director, luego de hacer una reverencia hacia el público, dio la instrucción para empezar. Tocaron un tema tras otro durante media hora. Fue algo simplemente magnífico. Solo bastaba con cerrar un segundo los ojos para que la piel se pusiera como la de una gallina. La ovación del público duró media hora más. Fue realmente un espectáculo increíble, que se transmitió casi como una cadena nacional y cuyo recuerdo quedó por años. Para los músicos también fue un momento único. Volver a tocar en público hizo llorar a más de uno. Pero el más emocionado de todos fue Alfredo, que cuando le preguntaron por qué había organizado semejante espectáculo gratuito, contestó que hacía un mes y medio atrás iba en el tren Mitre y escuchó decir a un chico de unos veinte años que había escuchado tocar un chelo, pero que había sido malísimo. 





domingo, 7 de agosto de 2022

Un Travesti en mi Balcón

 En la película “Un cuento chino”, el personaje de Darín tenía un álbum en el que pegaba noticias del diario que eran absurdas, de esas que cuando las leés no podés creer que hayan podido ser ciertas. Bueno, la historia que les voy a contar iría de cabeza a ese álbum porque, cuando la lean, seguramente piensen que todo es un invento, pero no. Esta historia es completamente real. 


Con mi esposa vivimos en un edificio que tiene seis pisos. Nosotros vivimos en el quinto y arriba teníamos (digo “teníamos” porque gracias a Dios ya se mudó) el vecino que nadie desearía tener. El problema no era que no saludaba o que ponía música fuerte. Ojalá hubiera sido eso. Hasta hubiéramos preferido que se la pasara cocinando pescado frito todo el día. Pero no. El tipo era un drogadicto y un violento. Cuando el olor a marihuana se empezaba a sentir y escuchábamos sonar su timbre, ya sabíamos que íbamos a tener que llamar a la policía. Vivía solo, pero cada tanto lo visitaba su novia. Cuando lo hacía, al cabo de hora, hora y media, el volumen de la música empezaba a subir y con ella los gritos de ambos que comenzaban a pelearse. Cuando ya empezaban a escucharse golpes en los muebles y el llanto de ella, llamábamos a la policía. El tema es que ella no quería denunciarlo, entonces como llegaban, se iban. Aunque por lo menos el clima mermaba. Nos daba miedo hasta cruzarlo en el ascensor: ¿qué podría llegar a hacernos si se enteraba de que éramos nosotros los que hacíamos el llamado? Charlamos sobre la situación miles de veces en las reuniones de consorcio, pero lamentablemente no podíamos hacer nada. El flaco era propietario. O sea, intocable. Por lo tanto, no nos quedó otra que evitarlo y estar atentos ante cualquier pelea que pudiera llegar a tener con su novia. 


Una noche estábamos cenando con mi mujer cuando empezamos a sentir el olor a marihuana. Resoplamos sabiendo lo que nos esperaba. Al rato se escuchó el timbre y a él bajar. Tratamos de no darle importancia y terminamos nuestra comida. Miramos un rato la tele y a eso de las doce nos fuimos a acostar: al otro día había que trabajar. Arriba los ruidos eran mínimos, así que supusimos que andaban en buenos términos y nos dormimos pensando que por primera vez no nos iba a visitar la policía. Error. A eso de las tres de la mañana nos levantó un ruido muy fuerte. Parecía como si se hubiera caído algo, pero muy cerca nuestro. De repente empezamos a escuchar unos gemidos. “¿Escuchás eso?”, me dijo mi esposa. “Si”, le contesté. “Parece como si fuera acá”. Los gemidos se oían cada vez más fuertes y más cerca. “Andá a fijarte”, me ordenó. Salí despacio de la habitación y me asomé de a poco al living, con miedo, aunque sabía que era imposible que se hubiera metido alguien a robar a un quinto piso sin antes pasar por el resto de los departamentos. Cuando miré para el balcón, pegué un grito ahogado. Había un bulto moviéndose dificultosamente. Una vez que distinguí que era una persona, me acerqué casi corriendo. Entre las sombras había una mujer únicamente en bombacha y la baranda estaba toda abollada. ¿Cómo pudo haber caído del balcón de arriba? Entré corriendo y le ordené a mi esposa que llamara inmediatamente a la ambulancia y a la policía. Manoteé la manta que solíamos tener sobre el acolchado y volví para el balcón. Cuando me acerqué para colocársela encima, justo abrió una pierna y vi como los testículos se le escapaban de la tanga roja. Me congelé por un segundo y pensé: “Okey. Tengo un trava en el balcón agonizando. Una situación normal que sucede todos los días”.· Los gemidos de dolor me hicieron volver en mí. Le puse la manta encima y mientras mi esposa hacía el llamado de emergencia, comencé a preguntarle a la chica su nombre y cómo había terminado en mi balcón. Me dijo que se llamaba Romina y que era trabajadora sexual. También me explicó que mi vecino se había puesto violento y como corrió riesgo su vida, no le quedó otra que tirarse. De repente apareció mi esposa para decirme que ya había hecho los llamados y se sorprendió tanto como yo cuando se encontró a Romina. No sabíamos qué hacer. No la queríamos mover por las dudas de que se hubiera lastimado alguna vértebra, pero a la vez nos daba cosa dejarla a la intemperie. Optamos por dejarla ahí. No queríamos correr el riesgo de que quedara paralítica. Tratamos de seguir hablándole para comprobar que estuviera bien, pero se notaba que había consumido drogas y no decía más que incoherencias. Por suerte la ambulancia no tardó mucho en llegar. Bajó mi mujer y subió con dos ambulancieros y un policía.  Le pusieron un cuello ortopédico y la subieron a una camilla. No sé cómo iban a hacer para bajarla cinco pisos por escalera porque en el ascensor no entraba. Antes de que se terminaran de ir, mi mujer me gritó al oído: “agarrá ya la manta que se están llevando porque me la regaló mi abuela”. Que cosa increíble que son las mujeres. Podemos llegar a estar en el medio del apocalipsis, pero son capaces de reclamarte que no hiciste la cama. No me quedó otra que ir a manotearla. La pobre Romina quedó con todos sus atributos al aire. Igualmente lo peor fue que, cuando pensamos que la noche extraordinaria había terminado, el policía que todavía estaba en nuestro departamento nos dijo que teníamos que ir a declarar a la comisaría en ese mismo instante. Queríamos tirarnos nosotros por el balcón, pero caer directamente al asfalto. Luego de estar dos horas declarando de que no teníamos idea de quién era la persona que había caído en nuestro balcón y que nuestro vecino era capaz de cualquier cosa, volvimos agotados a las siete y media de la mañana. En media hora sonaba el despertador para irnos a trabajar. No había chance de faltar. ¿Qué clase de jefe creería que estuvimos toda la noche en vela porque un travesti había caído en nuestro balcón? Imposible. Igualmente lo contamos. Fue LA historia del día, de la semana y del mes. Cada vez que mencionábamos el tema, nuestro interlocutor abría los ojos como dos huevos y largaba una carcajada. Nosotros también nos reíamos. No podíamos creer qué nos había pasado. Igualmente cada vez que mirábamos la baranda abollada nos queríamos matar. Cuando hablamos con el seguro, nos dijeron que no podían hacer nada, que claramente no existía ningún seguro contra travestis que caen del cielo. En cuanto a Romina, nos enteramos de que salió ilesa de su intento de escape. Lo supimos porque a la semana volvió y rompió toda la entrada. Todavía no entendemos cómo hizo para no terminar estampada contra el piso. Definitivamente no era su día. Por mi parte tengo para decir que durante mucho tiempo pensé que tenía la mejor historia de la vida para contar y hacer reir a todo el mundo, pero un día leí el libro “Las malas” de Camila Sosa Villada. La historia se centra en un grupo de travestis que ejerce la prostitución. Entre ellas se encuentra la autora. A medida que pasan las páginas, uno se va a enterando de las atrocidades por las que tienen que pasar solo por nacer en el cuerpo equivocado. Leer ese libro me abrió mucho la cabeza. Me hizo pensar que tal vez las historias absurdas en realidad lo único que hacen es visibilizar un problema que no sabemos que existe. Si no se hubiera caído un travesti en mi balcón quizás nunca me hubiera llamado la atención el libro que leí y quizás nunca me hubiera dado cuenta de todo lo que había de fondo de mi pintoresca historia. Así que ya saben, si les ocurre algún hecho extraordinario, vayan un poco más allá de la anécdota, porque quizás detrás de todo eso, hay una persona o un grupo minoritario pidiendo ayuda a gritos. 




domingo, 5 de junio de 2022

La pelea

 Cuando sonó el timbre que anunciaba la finalización de las clases, todos se levantaron apurados y encararon para la plaza que quedaba a cuatro cuadras del colegio. Lo hicieron con carpa porque no querían que ningún profesor ni directivo del colegio se enterara de lo que iba a ocurrir. Nadie quería que el show se arruinara. La bola se empezó a correr ni bien empezó el recreo de las nueve y diez y para cuando terminó a las nueve y veinte todo el secundario ya se había enterado y esperaban ansiosos que terminara el día. Diego y Lucas se iban a agarrar a las piñas. Lucas ya se la tenía jurada desde hacía rato. Nunca pudo superar que Diego le hubiera roto la nariz con la puerta del laboratorio de biología. Lo raro era que no se la hubiera cobrado antes. Nadie lo entendía. Sin embargo, ese día llegó. Al parecer Diego hizo un comentario que a Lucas no le cayó nada bien y esa fue la gota que rebalsó el vaso. “Te espero a la salida”, le dijo al oído mientras la profesora de matemática trataba de explicar qué eran los límites. 

Ya en la plaza se armó una ronda gigante alrededor de ellos dos. Algunos hinchaban por Lucas y otros por Diego. También se habían hecho algunas apuestas. El gordo Fermín de tercero cuarta fue el encargado de contabilizar todo. Dejaron sus mochilas, se sacaron los buzos y se acercaron al centro. 

─Te voy a romper todos los huesos, le gritó Diego. 

─Y yo te voy a dejar sin caminar por una semana, le retrucó Lucas mientras se le tiraba encima.

 Empezaron a forcejear y cayeron al suelo. Se tiraban de la ropa y revoleaban manotazos por todos lados. En un momento, Diego terminó arriba de Lucas y pasó lo inesperado. Cuando tuvo la oportunidad, le encajó un beso. Lucas lo empujó con todas sus fuerzas hasta que logró separarlo. 

─¿Qué estás haciendo, flaco? Vinimos a agarrarnos a piñas, no a hacer escenitas de amor, le dijo Lucas un tanto desconcertado. 

─Y bueno. Vos me dijiste que me ibas a dejar sin caminar por una semana. Pensé que me hablabas de otra cosa. No sé si me entendés, le contestó Lucas. 

─Pero qué decis, pedazo de maricón, gritó Lucas. 

De fondo algunos chiflaban y otros pedían silencio, pero todos estaban bien atentos a lo que estaba ocurriendo. 

─Dale, no me digas que ahora te vas a venir a hacer el machito. Si todos saben que te ves con el de historia fuera del colegio, dijo indignado Diego. 

─En primer lugar, yo no tengo absolutamente nada con el de historia. No sé por qué se empezó a correr ese rumor. Y en segundo lugar, yo no me hago el machito. Acá todos saben que yo no tengo ningún problema en decir que a mi me gustan los hombres. El problema es que vos no podés venir en el medio de una pelea y encajarme un chupón. ¿Qué te pensás? ¿Qué uno puede ir repartiendo besos por la vida así como así sin pedir permiso? Aparte yo tengo mucha bronca y esa bronca no se va con besos. Yo quiero romperte toda la cara, dijo Lucas casi quedándose sin aliento. 

─¿Por qué guardás tanto rencor? Ya te expliqué mil veces que lo de la puerta fue un accidente. Yo solo quería hacerte un chiste para llamar tu atención y bueno, pasó lo que pasó. Pero te juro que no fue intencional. Además, no sé por qué te quejás tanto si te terminé haciendo un favor. Mirá que hermosa nariz tenés ahora. Decime si no te levantaste el doble de pibes desde que te operaron. 

Lucas se miró la nariz en el reflejo de un auto. Mientras tanto, entre el público las apuestas habían cambiado. Ahora lo que se apostaba era si Lucas terminaba confesando su amor por Diego o si le terminaba dando la trompada que le tenía jurada hacía años. 

─Dale, Lu. Aflojá. ¿De verdad pensás que yo tengo ganas de romperte los huesos? Yo estoy acá solo porque pensé que si finalmente me dabas la piña que tanto querías darme, después íbamos a poder hacer las paces y empezar una nueva relación. 

Lucas respiró profundamente y se acercó a Diego. 

─A mi me gustás desde el primer día en que te vi. Por eso me enojé tanto cuando me rompiste la nariz. Porque pensé que me odiabas. 

─No te odio para nada. Todo lo contrario. Y no puedo creer que desperdiciamos dos años por un malentendido. ¿Qué te parece si agarramos nuestras cosas y nos vamos a tomar un helado? Yo te invito. 

Lucas lo miró en silencio por un minuto. El público se comía las uñas de los nervios hasta que finalmente le comió la boca de un beso. 

─Dale, vamos, le respondió sonriendo. 

Todos empezaron a aplaudir y chiflar. Todos menos los que habían perdido la apuesta.




lunes, 28 de marzo de 2022

PCR - El Final

 Llegué al final del aeropuerto y vi el cartel verde que decía algo en inglés de cinco minutos. Estaba tan nerviosa que ni siquiera podía leer bien. Entonces en mi cabeza, la que pensaba que el micro era un laboratorio ambulante, leyó que el micrito llegaba en cinco minutos. “ok”, me dije al principio, pero después caí en la cuenta de que era un cartel fijo el que estaba leyendo, por lo que era imposible que estuviera contando el tiempo de llegada. Estaba confundida, muy confundida, pero por suerte en ese momento llegó una chica alta y rubia. Le pregunté acerca del micrito en castellano y, para mi fortuna, me entendió. Seguro era alemana. Todos los alemanes que conocí sabían hablar castellano. Me explicó que el micrito lo que hacía era llevarte hasta el lugar donde hacían los PCR, que era a cinco minutos del aeropuerto. Una vez entendido todo, le empecé a contar mi drama y se compadeció de mí. El micrito llegó y cuando abrió las puertas, el chofer nos preguntó si teníamos turno. Le dije que no desesperadamente y conté nuevamente mi problema. Me calmó a la vez que me daba un papelito y me explicaba que debía entrar a esa página y sacar el turno. Finalmente arrancamos y yo me quedé sin el wifi del aeropuerto. Por lo tanto, no se me ocurrió otra cosa mejor que hacer que ir de punta a punta lamentándome porque no tenía Internet. Llegamos y nos recibió un chico vestido de ambo que nos preguntó si teníamos turno. Le expliqué mi situación y me llevó para dentro de la carpa gigante donde el wifi se me conectó automáticamente. Entré a la página y se me abrió un formulario para completar. Lo primero que había que poner era si te ibas a hacer un PCR o un antígenos. Y debajo aclaraba que el resultado del PCR podía llegar a tardar tres horas. Si eso ocurría, no solo iba a perder el avión, sino también 240 dólares. Pensé en la posibilidad de tirar la toalla y dejar ir mi vuelo. Por suerte otra parte de mi cerebro me dijo: “¡No! ¡No te des por vencida ni aún vencida!” Así que empecé a completar el formulario lo más rápido que pude. Al final me pedía una tarjeta de crédito. Puse todos los números, el código de seguridad y nada. Lo revisé todo para ver si me había equivocado en algún número, pero no. Intenté varias veces y nada. Entonces, me acerqué al chico del ambo y le pregunté si podía pagar en efectivo. Abrió los ojos como dos huevos. Se ve que Argentina es el único país donde es normal pagar con efectivo. Me dijo que si pagaba así, debía abonar la totalidad. Le dije que no había problema, aunque no entendía de qué otra manera podía pagarle si no era la totalidad. Titubeó un poco y se acercó otra a ver qué pasaba. Le explicamos y en un microsegundo me sacó la tarjeta de la mano y la pasó por un posnet. Luego, el chico me llevó hasta unas ventanillas. La que me atendió me volvió a pedir mis datos y cuando le dije mi apellido, vi que presionó las letras incorrectas. Lo único que me faltaba era perder el avión porque el mail no llegaba a destino. Se lo deletreé y le dije que mirara como estaba escrito en mi pasaporte. Después me dio una etiqueta y me ordenó que la revisara. La miré mil veces. No había chance de que hubiera algún dato erróneo que impidiera mi vuelo. Terminado ese trámite, me hicieron pasar a unos box, que era donde te sacaban la muestra. Le expliqué lo más rápido que pude mi situación a la chica que me iba a hacer el hisopado  y le supliqué que me dieran el resultado lo más rápido posible. Se rió y me dijo que iba a hacer lo posible. Acto seguido, me hizo tirar la cabeza para atrás y me metió el hisopo sin preámbulos. Los nervios que debía tener que ni lo sentí. Nada que ver a mis dos traumáticos hisopados anteriores. Hecho el trámite, me fui para afuera a esperar el micrito. Cuando llegó, me subí y volví al aeropuerto. Al principio me senté en la entrada y me encontré con los brasileros de la fila.Me dijeron que estaban teniendo algunos problemas para abordar con su perro y yo les conté mi drama. Luego de un rato de charla, me dieron fuerzas y se despidieron. Yo me quería largar a llorar, pero no me salió ni una sola lágrima. Entonces, me puse a rezar. Prometí que si lograba abordar el vuelo, iba a ir cuatro veces a misa. Cuando terminé mi charla con Dios, abrí mi mail. Nada. Refresqué. Nada. Esperé unos minutos más. Nada. Miré el reloj. Ya eran las nueve de la mañana. Necesitaba que mi resultado llegara en los próximos diez minutos. Mientras tanto, me acerqué hacia los mostradores de Avianca. Miré mi celular de nuevo. Nada. Ya casi era la hora, pero me calmó ver que todavía había gente haciendo cola para el check in y hasta que no pasara el último, tenía oportunidad. Refresqué de nuevo. Nada. Para ganar tiempo, me acerqué a la chica que me había atendido y le consulté si debía hacer la declaración jurada de Argentina otra vez ya que en la anterior tenía cargado el PCR vencido. Como no estaba segura, me respondió que la hiciera de nuevo por las dudas. Comencé a cargar mis datos, a la vez que refrescaba mi mail y la fila del check in seguía avanzando. Cuando llegué a una determinada parte del formulario, me saltó un cartel que decía que ya tenía mi DD.JJ. hecha. Por lo tanto, cerré la página y refresqué el mail una vez más. Bingo. A las nueve y veinte de la mañana, con una sola persona restante para cerrar el check in, ocurrió el milagro. Ahí estaba en la bandeja de entrada, el mail que me llevaría a Argentina. Lo abrí a toda velocidad y rogué para que el resultado fuera negativo. Si no, ahí tendría un problema mucho mayor. NEGATIVO. Festejé como si hubiera ganado un mundial. Me acerqué al mostrador victoriosa y la chica se alegró por mí. Hicimos todo el papelerío y fui corriendo para migraciones. Gracias a Dios no había nadie. Luego, me dirigí hacia la puerta de embarque, pero cuando llegué, vi que estaban todos muy sentados. Miré la hora y todavía faltaba un rato para abordar, así que aproveché para ir al baño y comprarme algo para comer. Mientras decidía qué comprarme, le dije algo al vendedor y me dijo “vos hablás castellano, no español. ¿De dónde sos?”, me preguntó. “Argentina”, le respondí y en cinco minutos le conté hasta que me iba a casar. Se mató de risa y hasta aceptó darme cambio de cincuenta dólares sin problemas cuando apenas había gastado siete en un juguito y un pedazo de budín sequísimo. ¿Por qué había tan mala pastelería en Costa Rica? Ya calmada,me senté, me dispuse a desayunar y a decirle a todos los que habían seguido el minuto a minuto de mi novela que finalmente iba a volver al país. Cuando terminé de comer, nos llamaron para subir al avión y luego de un par de horas, aterrizamos en Colombia. Como tenía dos horas de escala, lo primero que hice fue almorzar. El patio de comidas estaba llenísimo y me faltaban mis amigos de escala. Me compré una hamburguesa y busqué una mesa. Estaban todas ocupadas. Solo encontré un lugar en una barra que daba contra la pared, que aparentaba ser del local de comida colombiana, pero que no lo era. Me senté y me puse a revisar mis redes sociales mientras comía. Al cabo de un rato, tiré mi basura y me fui al freeshop, Me compré unos chocolates. Me lo merecía después de tanto estrés. Cuando más o menos era la hora, fui para la puerta de embarque. Otra vez me volvieron a pedir todos los papeles, incluso el PCR, que esta vez estaba correctamente. Cuando vieron que estaba todo bien, me hicieron un garabato en la tarjeta de embarque. Llegó la hora de subir al segundo avión. Por fin me iba a casa. Viajar es hermoso, pero volver a casa no se compara con nada. No sé cómo hacen los nómades. Yo siempre necesito volver. Después de cinco horas más de vuelo, en las que no las pasé muy bien ya que me cambiaron de asiento y me mandaron al último que no se inclinaba, y encima no pude dormir nada, llegué a mi amada Buenos Aires. ¿Y pueden creer una cosa? Me hicieron hacer migraciones de forma digital. Nadie me pidió absolutamente ni un solo papel. Pero ya era tarde y estaba demasiado cansada como para enojarme. Agarré mi valija y salí al encuentro de mi novio que también había llegado. Le di un beso y lo abracé casi sin fuerzas. Nos subimos al auto y nos fuimos a casa. Lo único que queríamos era encontrarnos con Galán, nuestro perro.



domingo, 20 de marzo de 2022

PCR I

 El viaje a Costa Rica fue hermoso, pero también muy accidentado (se los cuento por si no leyeron ninguno de los relatos anteriores). Tanto a la ida como durante la estadía pasaron cosas y obviamente como dice la ley de Murphy: “si algo sale mal, puede salir peor”. Es por eso que la vuelta a casa también se vio afectada por imprevistos. Resulta que por el bendito Coronavirus, Argentina exigía la presentación de un PCR negativo para ingresar al país. Este debía hacerse como máximo 72 horas antes del vuelo. Por un error de cálculos, nosotros lo hicimos unas 96 horas antes. Lo peor de todo es que durante esos cuatro días, me di cuenta de lo que había pasado, pero en vez de accionar y hacerme otro, solo repetía sin cesar que no nos iban a dejar volar. Obviamente, Martín, despreocupado como siempre, no se hacía ningún problema al respecto e inventaba excusas por si le llegaban a decir algo. Finalmente, después de estar algunos días en una playa increíble, nos trasladamos hacia San José, la capital, ya que ahí se encontraba el aeropuerto. Llegamos un viernes al mediodía. Martín viajaba ese mismo día a la noche y yo recién al otro día a la mañana. Es por eso que reservamos una noche de hotel. Como cuando llegamos, la habitación que habíamos pagado no estaba disponible, nos dieron una suite increíble. Era gigante y la cama era de otro mundo. Sin embargo, estaba tan nerviosa por lo que podía llegar a suceder en el aeropuerto que no pude disfrutar de ninguna de todas esas comodidades. Mientras que esperábamos la hora en la que Martín debía partir para el aeropuerto, paseamos un rato por la ciudad y a la noche fuimos a un restaurante argentino que se encontraba frente al hotel. Nos sentamos en una mesa en el fondo del lugar y lo primero que nos pusieron fue la panera. ¡Cómo extrañaba comer pan! No entiendo por qué en otras partes del mundo se lo niegan a sus comensales. Yo me pedí un pastel de papas y Martín una milanesa ya que teníamos muchas ganas de volver a comer comida argentina. Sin embargo, cuando llegaron los platos, nos decepcionaron un poco. Tanto la milanesa como el pastel de papas estaban un tanto extranjerizados. Igualmente estaba muy rico todo, sobre todo después de pasar quince días comiendo “casaditos”. Cuando terminamos, volvimos al hotel ya que Martín debía terminar de preparar sus cosas. Para ese entonces yo era una bolita de nervios. Cuando llegó la hora, la combi que lo pasaba a buscar para llevarlo al aeropuerto, arribó al hotel. Bajamos juntos y nos despedimos. Le dije que me avisara si lo habían dejado pasar o no. Volví para la habitación gigantesca y traté de dormir. Imposible. No pude pegar un ojo hasta que me dijo “pasé”. Igualmente también me dijo que lo dejaron pasar porque justo le tocó una chica copada en el check in. Adelanté la hora del despertador un poco más. Necesitaba estar con la mayor anticipación posible para tener tiempo en el caso de que no me dejaran pasar. La noche fue terrible. Casi que no pegué un ojo y me levanté toda transpirada de los nervios. Aunque me había bañado antes de acostarme, volví a hacerlo. Terminé de guardar las pocas cosas que me quedaban y revisé absolutamente toda la habitación para asegurarme de que no me olvidaba nada. Luego bajé hacia el hall principal. El conserje me ayudó a bajar la valija por la escalera. Anuncié que me iba y me senté a esperar la combi que me llevaría al aeropuerto. Me dijeron que tenía café si quería tomar mientras esperaba y también algo para comer. Ja. Si como con los nervios que tenía hubiera podido comer algo. Llegó el chofer. Era un hombre gordo y simpático. Me preguntó cómo había estado el viaje. Le conté un poco y también que Martín me había propuesto matrimonio. Ese fue su pie para hablarme de sus hijas. En esa charla me enteré que en Costa Rica la gente no convive antes de casarse y que es prácticamente un pecado no contraer matrimonio si salís con alguien. Cuando llegamos al aeropuerto, me despedí y entré a buscar donde estaban los mostradores de Avianca. Los encontré y vi que ya había un poco de fila, por lo que me puse detrás del último. Si o si necesitaba ser una de las primeras que atendieran por si tenía que resolver el tema del PCR. Delante mío había una pareja con un perro con el que me puse a jugar. Eran dos brasileños, pero que hablaban perfectamente castellano. Cuando se hizo la hora de empezar el check in, aparecieron los empleados de la aerolínea y empezaron a llamar. Los primeros fueron rápido, pero justo hubo un par que tuvieron problemas e hicieron que se retrasara todo. Tenía ganas de matarlos a todos. No les puedo explicar lo nerviosa que estaba. Finalmente me tocó mi turno. La chica que me atendió me pidió el pasaporte y todos los papeles. Miró todos en detalle y cuando llegó al PCR, se me vino la noche encima. “Este PCR está vencido”, me dijo en tono serio. “¿Cómo que está vencido?”, pregunté haciéndome la sorprendida y agregué “Si me lo hice el miércoles” (mentira, me lo había hecho el martes). “Si, pero hoy es sábado”, me respondió y empezó a contar con los dedos todos los días que habían pasado desde la fecha que aparecía en el papel. Me daban ganas de decirle: “Basta de contar, ya sé que está revencido”, pero en cambio le pregunté si no podía pasar igual. “Claro que no”, me respondió y me dijo que en el aeropuerto hacían test rápidos, que salían 240 dólares, pero que no me podía asegurar que el resultado estuviera antes de que partiera el vuelo. También me dijo que mi pasaje tenía posibilidad de cambio, así que si lo perdía, solo tenía que pagar la diferencia por el pasaje nuevo, pero no uno entero y que toda esa gestión se hacía de forma online. Caos y desesperación. De ninguna manera podía perder ese vuelo. No solo porque no quería pagar más sino porque si el trámite se hacía de forma online no me iba a ir nunca más de Costa Rica. Imagínense que para cambiar mi pasaje afectado por la pandemia estuve un mes comunicándome con la aerolínea todos los santos días. No, no y no. Yo no iba a perder ese vuelo. Le pregunté dónde era qué hacían los PCR. Mientras me hablaba mi mente estaba a mil, de manera que solo entendí que tenía que caminar hacia el final del aeropuerto, que iba a ver un cartel verde en forma de círculo y algo de un micro. Entonces, lo que mi mente entendió era que el PCR te lo hacían en un micro que era una especie de laboratorio ambulante. Muy coherente todo. Salí prácticamente corriendo hacia el exterior del aeropuerto, con mi valija a la que nunca le había podido arreglar la manija que me habían trabado a la ida. Me iba tropezando con ella, tratando de no perder el abrigo que llevaba en la mano y cargando la mochila de mano que pesaba ochenta mil kilos.



domingo, 6 de marzo de 2022

La Escala - El Final

 Cuando me desperté, acomodé todo ya que después de desayunar debíamos ir al aeropuerto otra vez. Ana me tocó la puerta y bajamos al comedor. Estaba lleno de gente. Conseguimos una mesa y me dirigí hacia la parte dulce del buffet. Nunca voy a entender cómo la gente puede desayunar salchichas. Ya en la mesa le pregunté a Ana si había podido hacer el check in  y me dijo que sí. ¿Cómo podía ser que yo no? Y fue justo en ese momento que me acordé de que en la fila de Buenos Aires, el que se iba a vivir a Colombia, me dijo que cuando quiso hacer el check in no pudo porque le estaba poniendo tilde a su nombre. Inmediatamente saqué mi teléfono. Volví a entrar a la página de Avianca y escribí mi nombre completo sin la tilde en la é de Belén, mi segundo nombre. Santo remedio. En dos segundos tuve mi tarjeta de embarque y con el número de asiento que había puesto en el pase de salud de Costa Rica. Cuando terminamos de desayunar, nos fuimos a nuestras habitaciones y concordamos encontrarnos en el hall principal a las diez de la mañana para irnos juntas hasta el aeropuerto. Por lo tanto, a esa hora en punto estaba en el punto de encuentro. Devolvimos las llaves y nos encontramos con Simón, uno de los chicos del grupete, que se había quedado dormido el día anterior y se había perdido nuestra pequeña excursión por la ciudad. Le dijimos que fuera con nosotras al aeropuerto, que supuestamente la combi del hotel pasaba diez treinta, pero que si no aparecía nos íbamos a tomar un taxi. Por suerte apareció y nos ahorramos diez dólares. Era una combi muy pequeña y adentro éramos como ocho más las valijas. Por suerte era un viaje corto. Cuando bajamos, el chofer empezó a bajar todo el equipaje y de repente, quedó una valija sola y abandonada. Nos percatamos que era de una de las chicas que ya había encarado para la puerta. ¿Cómo te vas a olvidar de tu valija? Como si fuera algo chiquito y poco importante. Simón la corrió y le avisó. Mientras tanto yo me quedé firme al lado de las valijas para que nada les pasara. Cuando la chica se dio cuenta, todos se empezaron a reir. Pasamos y fuimos para el primer piso (o segundo como se dice en Colombia) El lugar estaba lleno de gente y había largas filas por todos lados. Basta de filas. No queríamos más filas. Nos acercamos a un hombre que tenía el uniforme de Avianca y nos ayudó a sacar los tickets para el equipaje. Luego de eso, nos fuimos para la fila del check in. El pobre Simón en realidad no tenía que despachar su valija, pero como él no había podido hacer ninguno de los trámites, tenía que ver qué era lo que sucedía en el mostrador. Mientras hacíamos la fila, seguimos charlando sobre nuestras vidas y observábamos cómo estaban vestidas todas las colombianas de la fila. Parecía que se iban a una fiesta más que a un viaje en avión. Tacos, lentejuelas, remeras abiertas, maquillaje, mucho maquillaje. Y nosotros, en jogging y zapatillas, como buenos argentinos. Si hay algo que me gusta de viajar, es poder identificar a los argentinos. Es tan fácil reconocernos.  Luego de una hora de espera, llegó la hora de despachar las valijas. Otra vez me revisaron toda la documentación. Que cansador es viajar en medio de una pandemia. Por suerte mi gran miedo sobre las vacunas fue derribado. Si bien no tenía la vacuna permitida, sí tenía mi seguro de viaje por lo que podía ingresar al país sin problemas. Una vez hechos los trámites, me dirigí junto a Ana y Simón a migraciones. Otra fila eterna. Basta de filas. Ahí nos separamos ya que fuimos todos para diferentes ventanillas y en consecuencia, pasamos por distintos escáneres. Luego de pasar todas mis cosas y que estuviera todo bien, me senté en unas sillas que estaban ahí para ver si aparecían los otros dos. Esperé unos minutos, pero como no los vi, decidí ir para el freeshop. Empecé a caminar y vi mi amado Victoria Secret. Estaba a punto de entrar, cuando escuché que me chistaban. Me di vuelta y me encontré con Ana y Simón. Quedamos en ir a comer algo ya que todavía faltaban dos horas para despegar, pero primero les pedí que me esperaran que necesitaba entrar a “mi paraíso”. Entonces, entré a Victoria Secret y me compré dos cremas con brillitos y un splash. Luego de mis compras nos dirigimos los tres hacia el patio de comidas. Estaba lleno de gente. Basta de gente. Simón decidió probar comida Colombiana, yo no me quise arriesgar antes de un vuelo y fui para Burger King. Por su parte, Ana quiso comer una ensalada. Odio las ensaladas. Mientras almorzábamos, Simón nos contó sobre su empresa de hongos. Hongos Blanc. Se los cuento nada más por si alguna vez se vuelve un empresario multimillonario. Para que sepan que yo pasé mi escala con él. Ana por su parte nos contó sobre sus juntadas clandestinas durante la cuarentena con los vecinos de la cuadra. Nos matamos de risa. Finalmente llegó al hora de embarcar. Nos acercamos hasta la puerta, pero no había indicios de que fuéramos a subir al avión. Esperamos una hora más. El viaje más interminable de la vida. Mientras nos llamaban por filas, me despedí de mis amigos de escala ya que estábamos todos sentados en lugares diferentes y no sabía si los vería al bajar. A mi me tocó estar al lado de dos colombianas muy emocionadas por viajar. Yo no podía más por mi vida. Lo único que quería en el mundo era llegar. Para colmo, quise poner una película para que se me pasaran rápido las dos horas de viaje, pero por motivos del covid no había entretenimiento. ¿Qué clase de excusa barata era esa? Enojada saqué mi libro y me puse a leer hasta que el avión aterrizó. Empezaron a llamar por filas a bajar. En ese momento la vi a Ana y me dio su saludo final. Luego me tocó a mi. Bajé cansada y me dirigí hacia migraciones. Casi me morí cuando vi la fila que había. Me esperaba fácil una hora. Basta de filas. Basta de esperar.  Por suerte me encontré con Simón y nos pusimos a charlar un rato. Resulta que él había pagado para estar en business, le sobrevendieron el asiento y encima como no había más lugar arriba del avión le tuvieron que despachar su carry on. Estaba que volaba de ira. La fila avanzaba, pero no llegaba nunca. Cuando me aburrí de hablar con Simón, me conecté al wifi del aeropuerto y me puse a ver redes sociales. También le contaba el minuto a minuto a Martín que me estaba esperando afuera hacía dos horas. Mientras tanto el ambiente estaba inundado de sonidos de pájaros. Si, habían puesto parlantes de los que salían sonidos de pájaros. La cintura no me daba más y los tics no paraban de salir de mi cuerpo. Necesitaba una cama urgente. De a poco la sala se empezó a vaciar. Ya éramos pocos los que quedábamos. Cuando ya estaba cerca de las casillas, empecé a observar a los que te pedían los documentos y a deducir quién me haría menos preguntas. Migraciones siempre me pone nerviosa, aunque no tengo motivos para que me detengan. Finalmente tocó mi turno. Le di todos los malditos papeles y me preguntaron de qué trabajaba. Le respondí todo y cuando puso el sellito en mi pasaporte me sentí un poco liberada. Fuimos con Simón a agarrar nuestras valijas ya que él había salido al mismo tiempo que yo. Eran casi las últimas que quedaban. Caminamos hasta la puerta de salida y el calor nos abrazó. Le pregunté si lo había ido a buscar su novia y me respondió que sí. Cuando divisé a mi novio, despedí a mi amigo de escala y fui a abrazarlo y a darle un beso. Sentía que no lo veía hace siglos. Le encajé la valija y fuimos hasta donde estaba nuestro auto alquilado. Todavía nos quedaban dos horas de viaje hasta nuestro primer destino: Manuel Antonio. Basta de viajar.