jueves, 2 de febrero de 2023

Coco, campeón del mundo IV

El martes 13 de diciembre se jugó la semifinal del mundial. Para ese entonces, ya me conocía a todos los jugadores del equipo y, gracias a las redes sociales, pudieron mostrar un lado humano que hizo que el pueblo argentino los amara aun más. Dibu era el sex symbol del equipo. Tenía 30 años, hablaba perfecto inglés, una sonrisa encantadora y encima iba al psicólogo. Scaloni también se había vuelto muy popular entre las mujeres. El famoso “Qué hombre” y al que todas querían abrazar porque se notaba que aunque siempre trataba de mantener la mente frío, por dentro se estaba muriendo de nervios y presión. El Papu Gómez ya nos había conquistado con sus pasos de baile durante la copa América, pero lo terminamos de amar cuando en un stream que hizo el Kun Aguero mostró que se había hecho el corto de Beckam. Desde ese entonces hasta llegaron a poner su foto en la página de Wikipedia de aquel jugador. Además, se lo reconocía por el amor que le demostraba a su mujer y su familia. Dybala era el que siempre esperábamos que entrara al campo de juego, pero siempre se terminaba quedando en el banco de suplentes. Enzo Fernández era el de la dentadura rara. Julián Álvarez se volvió una joven promesa del fútbol ya que logró meter como tres goles durante el torneo. Rodrigo de Paul, el más controversial por todo el escándalo entre su ex mujer y Tini, su actual novia. Tagliafico, el pibe de los talentos ocultos. No solo jugaba bien al fútbol sino también sabía bailar y cantar muy bien. Mac Allister, uno de mis favoritos: el colorado con risa de delfín. Messi, que simplemente era Messi y el Kun, que en realidad no era parte del equipo por un problema cardíaco que había tenido, pero que siempre estaba ahí metido. Obviamente me faltan jugadores, pero quise nombrar a los más populares.


Volviendo a aquel día, como el partido cayó día de semana, lo vi sola en casa (con Galán). Como siempre me puse un vestido de la gama de los azules, mi perfume de la suerte y a Galán su remera de Argentina. Le mandé un mensaje a mi vidente: “¿Somos finalistas?”,”Obvio”, me respondió. Cuando terminé de trabajar, me senté en el sillón (esta vez sin la compu del trabajo) y al lado coloqué al “libro cábala”. Antes de comenzar el partido mandamos al grupo nuestras fotos. Yo desde mi casa, Nati a punto de despegar porque ese día volaba (es azafata) y Gaby también en su casa con cerveza, quesitos y Coco. Obviamente. Luego el himno, el silbato del árbitro sonó y el partido comenzó. Les voy a ser sincera. No les puedo contar nada acerca de este partido porque esta vez sí me puse a leer y al no tener a Gaby gritando al lado, lo único que recuerdo bien es que faltando quince minutos, Scaloni metió en la cancha a los tres jugadores que todavía no habían hecho ni un minuto en el torneo. Creo que con ese gesto, las mujeres lo terminaron de amar. Ese día le ganamos 3 a 0 a los subcampeones de Rusia 2018. Cuando terminó el partido, empezaron a sonar bocinazos sin parar. Ya había gente que estaba celebrando en el Obelisco y medio Villa Luro ya estaba en lo de la abuela lalala. Estábamos en la final otra vez. Íbamos a tener revancha después de perder en Brasil en 2014. 





domingo, 22 de enero de 2023

Coco, campeón del mundo III

El viernes 9 de diciembre se jugó el partido más picante del mundial. Si todavía alguien no se había subido a la Scaloneta, ese fue el momento. Justo cayó feriado, por lo que nos reunimos religiosamente en lo de Gaby. Ese día hacía muchísimo calor y la casa no tenía aire. Entonces decidí ponerme un short y un top. Azul, obviamente. También me puse mi perfume de la suerte como en todos las ocasiones. El partido era a las cuatro nuevamente. Cociné mi budín de limón y esta vez Nati me pasó a buscar, por lo tanto, no hubo adicionales dulces. Llegamos y como siempre el queso ya estaba listo para ser cortado y Coco bien atento por si caía algo. Nati cortó todo y la ayudé a poner todo sobre la mesa.  Gaby se abrió su cerveza y nosotras tomamos agua, al igual que en el resto de los partidos. Por suerte esta vez teníamos un ventilador.

Sonó el himno y me emocioné. Qué lindo que es nuestro himno che. Coco como siempre fue a ladrar al balcón, como si anunciara que el partido debía empezar y nadie podía hacer otra cosa que no fuera mirarlo. Sonó el pitido y arrancó. Miré un rato y como no pasaba nada, abrí el libro de la suerte. Me puse a leer y mientras tanto escuchaba a Gaby gritar. Como les dije fue un partido picante. Mucho golpe, mucho insulto. El árbitro cobraba cualquier cosa y encima no sé por qué teníamos al mundo en contra. (Salvo Bangladesh, que por algún motivo desconocido nos amaba).

A los 35 minutos metimos el primer gol. Obviamente lo escuchamos con delay, pero aún así se festejó. Coco hizo su gran jugada distractiva y esta vez logró robar una papa con la habilidad de un cachorro. También se fue a ladrar al balcón, pero no para festejar su gol, sino su triunfo. Fuimos al entretiempo y aproveché para cambiar la mesa salada por la dulce. También abrimos Twitter para compartirnos los memes que encontrábamos. Para ese entonces yo ya conocía a prácticamente todo el plantel, por lo que los memes eran todavía más divertidos. Gaby se sirvió otra cerveza más. Nosotras seguimos con el agua. Arrancó el segundo tiempo. La cosa se ponía cada vez más picante, pero no se entendía bien por qué. El cielo estaba cada vez más nublado porque estaba anunciado una lluvia que nunca llegaba. Comí budín y me puse a leer. Por eso básicamente no puedo dar detalles sobre el partido. Igual no se preocupen, personas del futuro que lean este relato, que para eso está Youtube.

A los 73 minutos del segundo tiempo, Messi hizo un gol de penal y festejó haciéndole “El Topo Gigio” al técnico holandés. A los 90 minutos, el árbitro adicionó diez más. Gaby se quejó y Coco ladró nuevamente. Gaby lo calmó. A los 83 minutos, Holanda hizo su primer gol y unos minutos después marcó el segundo. Teníamos un gran equipo, pero parecía que cada vez que nos metían un gol, era un poco complicado recuperarse. Terminamos yendo al alargue. Cuando se dio el pitido final no solo no se había convertido ningún gol, sino que además el árbitro le había sacado tarjeta amarilla hasta el público. El equipo se preparó para los penales y todos los argentinos para sufrir. Estábamos viviendo la misma situación que en Brasil 2014, solo que aquella vez, el sufrimiento había sido en semifinales.

Cuando los dos equipos se dispusieron para comenzar con la ronda de penales, Nati se volvió a sentar en la silla y Gaby en el sillón conmigo. Yo abrí el libro.. No tienen una idea lo que es leer con tanta tensión. El primer penal lo pateó Holanda (me niego a decir Países Bajos). Escuchamos los festejos de los vecinos y nos quedamos tranquilas: penal errado. El segundo fue de Messi que muy hábilmente esperó a que el arquero se tirara para patear. Gol. El tercero Holanda lo erró nuevamente y todos cruzamos los dedos. Yo no paraba de leer. El cuarto penal lo pateó Paredes. Gol. Cada vez estábamos más cerca. Solo nos faltaba un poquito más. Lamentablemente el quinto penal, nuestro rival logró hacerle un gol al Dibu. Nos preocupamos, pero no tanto. Veníamos ganando y sabíamos que nuestro arquero estaba muy preparado psicológicamente ya que luego de la derrota con Arabia Saudita había declarado que habló con su psicólogo sobre cómo fortalecerse. (Por eso a lo largo del mundial se volvió un sex symbol. Hoy en día a las mujeres nos gustan los hombres que cuidan su salud mental). El sexto penal de la noche lo pateó Montiel. Gol. Las cámaras enfocaban a la tribuna y se veía  a la gente llorar. ¿Cómo no iba hacerlo si estábamos tan cerca de nuestro objetivo? El séptimo penal también fue gol para Holanda. Los nervios aumentaron aunque mi vidente ya me había dicho que éramos semifinalistas. El octavo gol lo pateó Enzo Fernández. Lo tiró para afuera. ¿Acaso era necesario sufrir tanto? (De hecho para escribir este relato estoy mirando la repetición de esta parte del partido y estoy sufriendo nuevamente). El siguiente penal, Holanda lo metió adentro. Nos quedaba un tiro más que iba a patear Lautaro Martinez. Si lo metía, pasábamos a semis. Si le erraba o se lo atajaba, la cosa seguía. Cuando en nuestra tele estaba a punto de patear, se escucharon los gritos del edificio de enfrente. Éramos semifinalistas. Vimos el gol y celebramos. La ilusión no se extinguía. Los jugadores fueron a abrazar a Lautaro, mientras que Messi se desvió y se tiró encima del Dibu, el verdadero héroe del partido. El festejo duró poco. El equipo holandés se metió en el campo de juego y todos empezaron a pelear. Después de que los separaron, finalmente los jugadores pudieron celebrar con su público.

Igualmente la cosa no terminó ahí. Lo más épico de ese partido fue lo que vino después. Resulta que le estaban por hacer una entrevista a Messi y antes de comenzar la cámara filmó mientras le decía a alguien “Que mirá, bobo. Andá pa yá”. Esa frase épica tardó 24 horas en estar en cuadernos, remeras, tazas y demás objetos. Por esa frase algunos medios dijeron que por fin Messi había sacado su lado maradonniano, que era lo que faltaba como jugador. Otros lo tildaron de “vulgar”. La verdad que si era vulgar o no, daba igual porque lo que importaba era que esa frase ya había quedado inmortalizada para la eternidad. Y para finalizar un día lleno de mística, se largó una tormenta increíble.




domingo, 15 de enero de 2023

Coco, campeón del mundo II

 El tercer partido fue contra Polonia. Fue un martes a las cuatro de la tarde, por lo que no nos pudimos juntar para verlo. Yo lo vi sola en casa. Bah, lo vi con Galán, mi perro, que muy interesado no se veía. Este era un partido decisivo. Si perdíamos: Siamo Fuori de la copa. Si ganábamos, quedábamos primeros del grupo y jugábamos contra Australia en octavos de final. Si otro de los equipos del grupo (que no me acuerdo cuál era) tenía determinado resultado, Argentina quedaba segundo y tenía que jugar el próximo partido con Francia, el último campeón del mundo y equipo que nos había dejado afuera en Rusia 2018. Cuando prendí la tele, el partido ya había empezado. Me senté en el sillón con la compu del trabajo y me dejé el “libro cábala” bien cerquita. Antes de empezar mandé una foto de Galán con su camiseta de Argentina y Gaby una de Coco con sus ojos saltones bien atento a los quesitos que estaban sobre la mesa.  Esta vez no leí, pero sí aproveché que nadie me iba a molestar para hacer algunas cosas del trabajo que llevaban tiempo, pero no necesitaban de mi atención. En un momento me fui para la cocina y escuché que los vecinos gritaron gol. Corrí hasta el living, miré la repetición y agradecí que estaba sola porque sino sabía que “por cábala” me iba a tener que quedar el resto del partido en la cocina. El partido continuó y al cabo de un rato Argentina metió el segundo y último gol que lo dejó primero en su grupo y con el pase a octavos de final. Muchos fueron a festejar al Obelisco y muchos otros se reunieron en las esquinas de los barrios. Entre esas esquinas, surgió al Abuela lalala. De a poco la fiebre mundialista fue invadiendo a todos y cada vez se hacía más grande, como una bola de nieve. 


El partido de octavos de final lo vi en Córdoba. Justo ese fin de semana me había ido para allá porque uno de mis compañeros del taller literario nos había invitado a su casa (la casa protagonista de “Asomados al pozo”). Me acuerdo de que cuando me armaba la mochila, me di cuenta de que en todos los partidos que había visto me había puesto un vestido de la gama de los azules. Entonces me guardé otro vestido celeste que tenía para ponerme exclusivamente para ver el partido. Llegamos allá el mismo sábado que se disputaban los octavos. Yo había dormido solo dos horas porque el avión salió a las siete y media de la mañana y previamente había ido a la fiesta de fin de año de mi trabajo. No podía más con mi vida y deseaba más dormir que mirar el partido, pero a la vez sentía que no podía dejar de verlo. Un ratito antes de las cuatro salimos para el restaurant que el dueño de la casa había elegido como sede. Cuando estaba de camino, me di cuenta de que me había olvidado el libro, pero ya no teníamos tiempo de volver. Igualmente me sentía tranquila porque tenía puesta mi otra cábala. Además, como en los partidos anteriores, le había mandado un mensaje a la mejor amiga de Martín, que es vidente. Siempre era un mensaje corto. “¿Ganamos”? y ella me contestaba “obvio”. No preguntaba más. Si bien me gustaba tener la tranquilidad de saber que ganábamos o perdíamos, prefería vivir el partido igual que el resto. Cuando llegamos al lugar, pedimos una docena de empanadas y cerveza. Mientras esperábamos que empezara el partido, mis amigas me mandaron la foto de ellas, sentadas cada una en su lugar. También me dijeron que no me olvidara el libro y les mentí diciéndoles que ya lo tenía conmigo, aunque en realidad estaba descansando sobre la mesita de luz. El partido comenzó y le pregunté a Martín qué pasaba si alguno metía gol en contra. “Se cuenta como gol para el otro equipo”, me respondió y volvimos a mirar hacia el televisor. Me puse a observar a mi alrededor. Todos se veían tan felices. Aunque sea una persona a la que no le gusta el fútbol es imposible no admitir que es un deporte que une. Casi llegando al final del primer tiempo Messi metió el primer gol de la tarde. El restaurant se llenó de gritos de festejo. Le di un beso a Martín. Ese fue el primer y último partido que vimos juntos de todo el mundial. Durante el entretiempo me mensajeé con las chicas. Coco ya se había robado el quesito de cábala así que íbamos bien. Empezó el segundo tiempo y el segundo gol no tardó en llegar. Julián Álvarez, quien se volvería una importante figura del mundial, fue el que lo hizo. La emoción era total. Estábamos a solo unos pasitos de pasar a cuartos. Lamentablemente no pudimos irnos sin goles. En el minuto 77 Enzo Fernández hizo un gol en contra. “Fue por tu pregunta mufa”, me dijo Martín, pero yo sabía que íbamos a ganar, por lo que no le di mucha importancia a su comentario. Finalmente ganamos y pasamos a cuartos de final. Automáticamente entré a Twitter y a Instagram para ver los memes y los comentarios del partido. Creo en este mundial las redes sociales fueron clave para manijear a todo el pueblo argentino. Una vez más, muchos se fueron a festejar al Obelisco y muchos otros con la abuela lalala. Nadie lo quería decir, pero todos pensábamos lo mismo. La Scaloneta estaba imparable y hasta no tener la copa en sus manos, no se iba a detener. 




miércoles, 11 de enero de 2023

Coco, campeón del mundo I

En Argentina el 2022 comenzó como siempre, con inflación, inestabilidad económica, inseguridad y pobreza. Pero a diferencia de otros años, también comenzó con una gran ilusión. La selección de fútbol venía de ser campeona de América y en noviembre se disputaba la copa del mundo. Todo el mundo tenía puesta las fichas en “La Scaloneta” y la esperanza aumentó aún más cuando en junio ganaron La Finalissima ante Italia. Si bien en todos los mundiales el pueblo argentino pretendía consagrarse, esta vez se sentía diferente por dos motivos: en primer lugar, porque probablemente sería el último mundial de Messi y solo le faltaba esa copa para declararse como el mejor jugador de fútbol de la historia. Y en segundo lugar, parecía que la maldición que acechaba a la selección desde el el 86 se había roto, luego de que los campeones de ese año finalmente regresaran a agradecerle a la virgen de Tilcara por el título obtenido. 


A medida que pasaba los meses, la expectativa aumentaba. La selección estaba imparable y se empezó a formar una mística inigualable. La gente empezó a notar coincidencias con el 86: países que no clasificaban desde ese año, colores de la ropa de los futbolistas, resultados de partidos, etc. Todo indicaba que seríamos campeones. 


Finalmente el 20 de noviembre comenzó el mundial en Qatar. Argentina fue uno de los primeros en competir. Jugábamos contra Arabia Saudita. Supuestamente un equipo fácil de vencer. Por la diferencia horaria nos tocó a las siete de la mañana. Yo no lo vi. No me levantaba a esa hora para trabajar y menos lo haría para ver un partido de fútbol. Cuando me desperté, me llamó la atención que no me hubiera despertado antes por los gritos de gol. Fui hasta el living para constatar el resultado y la cara de Martín lo dijo todo. Habíamos perdido 2 a 1. Aparentemente habíamos hecho más goles, pero los anularon por offside. Nadie entendía nada y lo que era peor, si llegábamos a perder otro partido, nos quedábamos fuera del mundial. Igualmente había una esperanza. En el 86 también habíamos perdido el primer partido.  


Los tres días que nos separaron de la siguiente fecha fueron de tensión total. Hasta yo que no le doy mucha bola al fútbol estaba nerviosa. El sábado 26 de noviembre, a eso de las tres, me tomé el tren y me fui hasta Villa Urquiza a la casa de Gaby, una de mis amigas. Como el partido era a las cuatro, cociné un budín de limón y compré medialunas y cookies. Ese día hacía mucho calor por lo que me puse un vestido celeste. Cuando llegué a la casa de mi amiga, saludé a sus gatos y a Coco, su perro. Al rato llegó Nati, otra de las chicas con muchos quesos y snacks y se puso a preparar la picada. Mientras tanto, Coco, que sufría problemas intestinales y por lo cual no podía comer ni un solo quesito, la miraba muy atento con sus ojos saltones e intimidantes. Yo no sé si me hubiera podido resistir ante esa mirada, pero Nati fue infranqueable. El partido estaba por empezar así que dispusimos la picada sobre la mesa ratona y nos sentamos cada una en un lugar diferente: yo me recosté en el sillón, la dueña de la casa se sentó en el piso y la tercera optó por una silla porque el día anterior de había quemado toda la espalda con el sol. Sonó el himno y comenzó el partido. Coco se acostó al lado de la mesa, pero cada tanto salía al balcón a ladrar. Parecía como si estuviera en la hinchada. La verdad que el primer tiempo no fue nada emocionante. Por lo que Nati se puso a revisar la biblioteca de la Gaby y sacó un par de libros. Me interesó el de “El fin del amor” de Tamara Tenembaum y se lo pedí. Me puse a leer las primeras páginas y fuimos al entretiempo. Aproveché para cambiar la mesa salada por la dulce y nos pusimos a mirar los tweets sobre el partido. ¡Cómo nos acompañaron las redes sociales durante todo el mundial! Pasado los minutos de descanso, volvió a sonar el pitido y la pelota comenzó a moverse nuevamente. Yo abrí mi libro otra vez y después de un rato, escuchamos a los vecinos gritar. Presté atención a la tele. Con unos segundos de delay llegó nuestro primer gol. Lo gritamos igual aunque ya nos lo había spoileado. Mientras tanto, Coco aprovechó la distracción para abalanzarse muy hábilmente sobre la mesa y tratar de robarse algo de comida. Logró saborear un pedacito de cookie, pero ante nuestro grito de “¡No!” lo terminó escupiendo. Luego se fue al balcón a ladrar, como si estuviera festejando. El partido continuó y nos dimos cuenta que mientras estaba el libro abierto, el partido para Argentina era favorable. Por lo tanto, Gaby me obligó a ponerme a leer nuevamente. No me acuerdo cuánto pasó hasta el segundo gol, pero también lo gritamos con delay y festejamos cuando el partido finalizó y el marcador mostró el 2-0 que dejaba, por lo menos hasta el siguiente partido, a Argentina dentro del campeonato. 





martes, 13 de septiembre de 2022

La rebelión de los chelos

 Un día Alfredo, un jubilado de 77 años, viajaba en el tren Mitre. Adelante tenía a dos chicos de unos veinte años que conversaban muy animados sobre la cita que había tenido uno de ellos la noche anterior. En un momento, el que contaba la historia dijo: “Y terminamos en el telo, pero fue malísimo”. Cuando dijo eso, Alfredo abrió los dos ojos como huevos y puso su mejor cara de indignación. No podía creerlo. Estuvo a punto de decirle que era un insolente, pero se contuvo. Se bajó en la estación Florida y caminó las cuatro cuadras que había hasta su casa. Abrió la puerta de un portazo y su mujer, Noemí, que estaba sentada en el living escuchando la radio, le preguntó qué había pasado. “No tengo tiempo de contarte, tengo que llamar a los muchachos”. “¿Dónde está mi libreta?”, le preguntó. Como ya conocía a su marido hacía más de cincuenta años, simplemente le contestó y siguió tejiendo para su primer bisnieto. Cuando terminó de hacer las llamadas correspondientes, Alfredo le pidió a su mujer que preparara unas pizzas porque a la noche iban a recibir a sus excompañeros de la filarmónica de Buenos Aires, orquesta en la que trabajó toda su vida tocando el chelo. 

A la noche, luego de comer y tomar, los músicos se fueron al garage donde solían ponerse a tocar como en los viejos tiempos. Sin embargo, esta vez no tocaron ninguna pieza. Alfredo habló en voz baja, pero firme: “Tenemos que hacer algo grande, pero vamos a tener que buscar refuerzos porque con nosotros solos no basta. Necesitamos chelos, muchos chelos”. Desde ese momento hasta que se fueron, empezaron a cranear lo que iba a suceder el 18 de noviembre. Se habían propuesto tardar quince días en convocar a todos los músicos y un mes para ensayar. Si bien la mayoría hacía años que no tocaba más allá de las cuatro paredes de su casa, la chispa no se había apagado. Era solo una cuestión de aceitar los engranajes. Los que podían se juntaban martes y viernes en la casa de Alfredo y el resto se unía a través de zoom. Ya todos los nietos les habían explicado a sus abuelos cómo usarlo así que la distancia no era un impedimento. A veces los viernes se quedaban hasta las tres de la mañana. Igual la música la cortaban antes porque no querían que los vecinos se quejaran. Después simplemente se quedaban charlando, tomando unas cervezas y hablando de sus momentos de gloria. La verdad que algunos no entendían bien por qué Alfredo se había empeñado tanto en querer hacer lo que iban a hacer, pero la pasaban tan bien practicando que no les importaba. Cuando faltaba una semana para el gran día, Jorge, uno de los violinistas, consiguió que les prestaran el Colón para ensayar todos juntos. A medida que llegaban al teatro, iban pasando de a grupitos por la puerta de atrás. Con cada paso que daban hacia el interior del lugar, el pecho se les inflaba un poco más. Si bien habían tocado miles de veces ahí, cada vez que entraban era como si fuera la primera vez. Se acomodaron en sus lugares y afinaron sus instrumentos. A más de uno se le cayó una lágrima cuando imaginaron todas esas sillas vacías llenas, como cada vez que hacían un concierto. Hugo, el director de la orquesta se puso en posición y dio la señal para empezar. Comenzaron los violines, luego se sumaron chelos y continuaron los otros instrumentos. Alfredo cerró sus ojos y sonrió de satisfacción por lo que estaba viviendo y por lo que sabía que estaba por venir. Cuando terminó el ensayo, todos aplaudieron y sonreían como si no lo hubieran hecho en años. Para celebrar, decidieron ir a comer al Palacio de la pizza, como en los viejos tiempos. Cuando llegaron, saludaron al pizzero que conocían de hacía años y de a uno encararon para el fondo. La gente que estaba comiendo no podía creer el desfile de chelos que estaba presenciando. Luego de varias pizzas y un infaltable brindis, cada uno partió para su casa a descansar. 


El 15 de noviembre Alfredo salió de la cama de un salto. Casi que no pudo desayunar de la emoción y ansiedad que tenía. Se bañó, se lavó los dientes, se perfumó y se puso su traje aunque todavía faltaba más de una hora para salir de su casa. Luego sacó el chelo del estuche y se puso a afinar las cuerdas. Su esposa lo miraba de lejos y no podía creer cómo amaba ese hombre después de tantos años. Hasta sintió un poco de cosquillas en la panza cuando él la descubrió espiándolo, le sonrió y le tiró un beso. A las diez de la mañana, su hijo los pasó a buscar, cargaron el chelo como pudieron y se fueron para Plaza de Mayo. De a poco comenzaron a llegar todos los músicos y la gente se empezó a acumular para ver qué era lo que iba a suceder. Muchos de los que estaban ahí jamás habían visto semejante cantidad de instrumentos en su vida. Lo que más llamaba la atención era la cantidad de chelos. Algunos se preguntaban cómo era que una persona de repente se levanta y quiere aprender a tocar ese instrumento gigantesco. Cuando comenzaron a llegar los móviles de los noticieros, los músicos terminaron de acomodarse y el director, luego de hacer una reverencia hacia el público, dio la instrucción para empezar. Tocaron un tema tras otro durante media hora. Fue algo simplemente magnífico. Solo bastaba con cerrar un segundo los ojos para que la piel se pusiera como la de una gallina. La ovación del público duró media hora más. Fue realmente un espectáculo increíble, que se transmitió casi como una cadena nacional y cuyo recuerdo quedó por años. Para los músicos también fue un momento único. Volver a tocar en público hizo llorar a más de uno. Pero el más emocionado de todos fue Alfredo, que cuando le preguntaron por qué había organizado semejante espectáculo gratuito, contestó que hacía un mes y medio atrás iba en el tren Mitre y escuchó decir a un chico de unos veinte años que había escuchado tocar un chelo, pero que había sido malísimo. 





domingo, 7 de agosto de 2022

Un Travesti en mi Balcón

 En la película “Un cuento chino”, el personaje de Darín tenía un álbum en el que pegaba noticias del diario que eran absurdas, de esas que cuando las leés no podés creer que hayan podido ser ciertas. Bueno, la historia que les voy a contar iría de cabeza a ese álbum porque, cuando la lean, seguramente piensen que todo es un invento, pero no. Esta historia es completamente real. 


Con mi esposa vivimos en un edificio que tiene seis pisos. Nosotros vivimos en el quinto y arriba teníamos (digo “teníamos” porque gracias a Dios ya se mudó) el vecino que nadie desearía tener. El problema no era que no saludaba o que ponía música fuerte. Ojalá hubiera sido eso. Hasta hubiéramos preferido que se la pasara cocinando pescado frito todo el día. Pero no. El tipo era un drogadicto y un violento. Cuando el olor a marihuana se empezaba a sentir y escuchábamos sonar su timbre, ya sabíamos que íbamos a tener que llamar a la policía. Vivía solo, pero cada tanto lo visitaba su novia. Cuando lo hacía, al cabo de hora, hora y media, el volumen de la música empezaba a subir y con ella los gritos de ambos que comenzaban a pelearse. Cuando ya empezaban a escucharse golpes en los muebles y el llanto de ella, llamábamos a la policía. El tema es que ella no quería denunciarlo, entonces como llegaban, se iban. Aunque por lo menos el clima mermaba. Nos daba miedo hasta cruzarlo en el ascensor: ¿qué podría llegar a hacernos si se enteraba de que éramos nosotros los que hacíamos el llamado? Charlamos sobre la situación miles de veces en las reuniones de consorcio, pero lamentablemente no podíamos hacer nada. El flaco era propietario. O sea, intocable. Por lo tanto, no nos quedó otra que evitarlo y estar atentos ante cualquier pelea que pudiera llegar a tener con su novia. 


Una noche estábamos cenando con mi mujer cuando empezamos a sentir el olor a marihuana. Resoplamos sabiendo lo que nos esperaba. Al rato se escuchó el timbre y a él bajar. Tratamos de no darle importancia y terminamos nuestra comida. Miramos un rato la tele y a eso de las doce nos fuimos a acostar: al otro día había que trabajar. Arriba los ruidos eran mínimos, así que supusimos que andaban en buenos términos y nos dormimos pensando que por primera vez no nos iba a visitar la policía. Error. A eso de las tres de la mañana nos levantó un ruido muy fuerte. Parecía como si se hubiera caído algo, pero muy cerca nuestro. De repente empezamos a escuchar unos gemidos. “¿Escuchás eso?”, me dijo mi esposa. “Si”, le contesté. “Parece como si fuera acá”. Los gemidos se oían cada vez más fuertes y más cerca. “Andá a fijarte”, me ordenó. Salí despacio de la habitación y me asomé de a poco al living, con miedo, aunque sabía que era imposible que se hubiera metido alguien a robar a un quinto piso sin antes pasar por el resto de los departamentos. Cuando miré para el balcón, pegué un grito ahogado. Había un bulto moviéndose dificultosamente. Una vez que distinguí que era una persona, me acerqué casi corriendo. Entre las sombras había una mujer únicamente en bombacha y la baranda estaba toda abollada. ¿Cómo pudo haber caído del balcón de arriba? Entré corriendo y le ordené a mi esposa que llamara inmediatamente a la ambulancia y a la policía. Manoteé la manta que solíamos tener sobre el acolchado y volví para el balcón. Cuando me acerqué para colocársela encima, justo abrió una pierna y vi como los testículos se le escapaban de la tanga roja. Me congelé por un segundo y pensé: “Okey. Tengo un trava en el balcón agonizando. Una situación normal que sucede todos los días”.· Los gemidos de dolor me hicieron volver en mí. Le puse la manta encima y mientras mi esposa hacía el llamado de emergencia, comencé a preguntarle a la chica su nombre y cómo había terminado en mi balcón. Me dijo que se llamaba Romina y que era trabajadora sexual. También me explicó que mi vecino se había puesto violento y como corrió riesgo su vida, no le quedó otra que tirarse. De repente apareció mi esposa para decirme que ya había hecho los llamados y se sorprendió tanto como yo cuando se encontró a Romina. No sabíamos qué hacer. No la queríamos mover por las dudas de que se hubiera lastimado alguna vértebra, pero a la vez nos daba cosa dejarla a la intemperie. Optamos por dejarla ahí. No queríamos correr el riesgo de que quedara paralítica. Tratamos de seguir hablándole para comprobar que estuviera bien, pero se notaba que había consumido drogas y no decía más que incoherencias. Por suerte la ambulancia no tardó mucho en llegar. Bajó mi mujer y subió con dos ambulancieros y un policía.  Le pusieron un cuello ortopédico y la subieron a una camilla. No sé cómo iban a hacer para bajarla cinco pisos por escalera porque en el ascensor no entraba. Antes de que se terminaran de ir, mi mujer me gritó al oído: “agarrá ya la manta que se están llevando porque me la regaló mi abuela”. Que cosa increíble que son las mujeres. Podemos llegar a estar en el medio del apocalipsis, pero son capaces de reclamarte que no hiciste la cama. No me quedó otra que ir a manotearla. La pobre Romina quedó con todos sus atributos al aire. Igualmente lo peor fue que, cuando pensamos que la noche extraordinaria había terminado, el policía que todavía estaba en nuestro departamento nos dijo que teníamos que ir a declarar a la comisaría en ese mismo instante. Queríamos tirarnos nosotros por el balcón, pero caer directamente al asfalto. Luego de estar dos horas declarando de que no teníamos idea de quién era la persona que había caído en nuestro balcón y que nuestro vecino era capaz de cualquier cosa, volvimos agotados a las siete y media de la mañana. En media hora sonaba el despertador para irnos a trabajar. No había chance de faltar. ¿Qué clase de jefe creería que estuvimos toda la noche en vela porque un travesti había caído en nuestro balcón? Imposible. Igualmente lo contamos. Fue LA historia del día, de la semana y del mes. Cada vez que mencionábamos el tema, nuestro interlocutor abría los ojos como dos huevos y largaba una carcajada. Nosotros también nos reíamos. No podíamos creer qué nos había pasado. Igualmente cada vez que mirábamos la baranda abollada nos queríamos matar. Cuando hablamos con el seguro, nos dijeron que no podían hacer nada, que claramente no existía ningún seguro contra travestis que caen del cielo. En cuanto a Romina, nos enteramos de que salió ilesa de su intento de escape. Lo supimos porque a la semana volvió y rompió toda la entrada. Todavía no entendemos cómo hizo para no terminar estampada contra el piso. Definitivamente no era su día. Por mi parte tengo para decir que durante mucho tiempo pensé que tenía la mejor historia de la vida para contar y hacer reir a todo el mundo, pero un día leí el libro “Las malas” de Camila Sosa Villada. La historia se centra en un grupo de travestis que ejerce la prostitución. Entre ellas se encuentra la autora. A medida que pasan las páginas, uno se va a enterando de las atrocidades por las que tienen que pasar solo por nacer en el cuerpo equivocado. Leer ese libro me abrió mucho la cabeza. Me hizo pensar que tal vez las historias absurdas en realidad lo único que hacen es visibilizar un problema que no sabemos que existe. Si no se hubiera caído un travesti en mi balcón quizás nunca me hubiera llamado la atención el libro que leí y quizás nunca me hubiera dado cuenta de todo lo que había de fondo de mi pintoresca historia. Así que ya saben, si les ocurre algún hecho extraordinario, vayan un poco más allá de la anécdota, porque quizás detrás de todo eso, hay una persona o un grupo minoritario pidiendo ayuda a gritos. 




domingo, 5 de junio de 2022

La pelea

 Cuando sonó el timbre que anunciaba la finalización de las clases, todos se levantaron apurados y encararon para la plaza que quedaba a cuatro cuadras del colegio. Lo hicieron con carpa porque no querían que ningún profesor ni directivo del colegio se enterara de lo que iba a ocurrir. Nadie quería que el show se arruinara. La bola se empezó a correr ni bien empezó el recreo de las nueve y diez y para cuando terminó a las nueve y veinte todo el secundario ya se había enterado y esperaban ansiosos que terminara el día. Diego y Lucas se iban a agarrar a las piñas. Lucas ya se la tenía jurada desde hacía rato. Nunca pudo superar que Diego le hubiera roto la nariz con la puerta del laboratorio de biología. Lo raro era que no se la hubiera cobrado antes. Nadie lo entendía. Sin embargo, ese día llegó. Al parecer Diego hizo un comentario que a Lucas no le cayó nada bien y esa fue la gota que rebalsó el vaso. “Te espero a la salida”, le dijo al oído mientras la profesora de matemática trataba de explicar qué eran los límites. 

Ya en la plaza se armó una ronda gigante alrededor de ellos dos. Algunos hinchaban por Lucas y otros por Diego. También se habían hecho algunas apuestas. El gordo Fermín de tercero cuarta fue el encargado de contabilizar todo. Dejaron sus mochilas, se sacaron los buzos y se acercaron al centro. 

─Te voy a romper todos los huesos, le gritó Diego. 

─Y yo te voy a dejar sin caminar por una semana, le retrucó Lucas mientras se le tiraba encima.

 Empezaron a forcejear y cayeron al suelo. Se tiraban de la ropa y revoleaban manotazos por todos lados. En un momento, Diego terminó arriba de Lucas y pasó lo inesperado. Cuando tuvo la oportunidad, le encajó un beso. Lucas lo empujó con todas sus fuerzas hasta que logró separarlo. 

─¿Qué estás haciendo, flaco? Vinimos a agarrarnos a piñas, no a hacer escenitas de amor, le dijo Lucas un tanto desconcertado. 

─Y bueno. Vos me dijiste que me ibas a dejar sin caminar por una semana. Pensé que me hablabas de otra cosa. No sé si me entendés, le contestó Lucas. 

─Pero qué decis, pedazo de maricón, gritó Lucas. 

De fondo algunos chiflaban y otros pedían silencio, pero todos estaban bien atentos a lo que estaba ocurriendo. 

─Dale, no me digas que ahora te vas a venir a hacer el machito. Si todos saben que te ves con el de historia fuera del colegio, dijo indignado Diego. 

─En primer lugar, yo no tengo absolutamente nada con el de historia. No sé por qué se empezó a correr ese rumor. Y en segundo lugar, yo no me hago el machito. Acá todos saben que yo no tengo ningún problema en decir que a mi me gustan los hombres. El problema es que vos no podés venir en el medio de una pelea y encajarme un chupón. ¿Qué te pensás? ¿Qué uno puede ir repartiendo besos por la vida así como así sin pedir permiso? Aparte yo tengo mucha bronca y esa bronca no se va con besos. Yo quiero romperte toda la cara, dijo Lucas casi quedándose sin aliento. 

─¿Por qué guardás tanto rencor? Ya te expliqué mil veces que lo de la puerta fue un accidente. Yo solo quería hacerte un chiste para llamar tu atención y bueno, pasó lo que pasó. Pero te juro que no fue intencional. Además, no sé por qué te quejás tanto si te terminé haciendo un favor. Mirá que hermosa nariz tenés ahora. Decime si no te levantaste el doble de pibes desde que te operaron. 

Lucas se miró la nariz en el reflejo de un auto. Mientras tanto, entre el público las apuestas habían cambiado. Ahora lo que se apostaba era si Lucas terminaba confesando su amor por Diego o si le terminaba dando la trompada que le tenía jurada hacía años. 

─Dale, Lu. Aflojá. ¿De verdad pensás que yo tengo ganas de romperte los huesos? Yo estoy acá solo porque pensé que si finalmente me dabas la piña que tanto querías darme, después íbamos a poder hacer las paces y empezar una nueva relación. 

Lucas respiró profundamente y se acercó a Diego. 

─A mi me gustás desde el primer día en que te vi. Por eso me enojé tanto cuando me rompiste la nariz. Porque pensé que me odiabas. 

─No te odio para nada. Todo lo contrario. Y no puedo creer que desperdiciamos dos años por un malentendido. ¿Qué te parece si agarramos nuestras cosas y nos vamos a tomar un helado? Yo te invito. 

Lucas lo miró en silencio por un minuto. El público se comía las uñas de los nervios hasta que finalmente le comió la boca de un beso. 

─Dale, vamos, le respondió sonriendo. 

Todos empezaron a aplaudir y chiflar. Todos menos los que habían perdido la apuesta.