martes, 16 de febrero de 2016

No juegues con fantasmas

Se había cortado la luz hacía ya una hora y amenazaba con no volver hasta dentro de un largo rato. Hacía cuarenta grados de térmica pero eso no impidió que Mauro y sus amigos Lucas, Juan y Pablo,  hagan su reunión semanal. “La juntada semanal es la juntada semanal. Se hace llueva, nieve o truene. La única justificación para no hacerla es la muerte.” Decía siempre Lucas para evitar faltazos por razones menores.
Así es como ese día todos encararon para lo de Juan sin saber que ese sería la última vez que iban a estar todos juntos.

-        -  Días como hoy deberíamos vivir todos en barrios diferentes. Así por lo menos alguno tendría luz y nos salvaría del calvario a todos los demás. ¡Este calor es inhumano!, se quejó Mauro
-      -     Pero dejá de llorar mariquita. Yo prefiero mil veces este calor y no estar con treinta buzos y seguir teniendo frío, le contestó Pablo mientras repartía las cartas de póker.
-      -     Para mí lo de la temperatura es todo psicológico, que quieren que les diga, dijo Juan mientras levantaba las cartas que le habían tocado. Lo que no es psicológico es que sin luz no se ve nada y yo así no puedo jugar señores.
-      -     Eso de la psicología que decís son todas giladas Juan, si hace calor hace calor y si hace frío hace frío. En lo que te doy la razón es en que no se ve una goma.
-        -   Los años no vienen solos muchachos, dijo Lucas levantándose de la mesa. Hagamos otra cosa.
-         -  ¿Qué querés que hagamos con este calor y sin luz? ¿Hablar de nuestros sentimientos como si fueramos un grupo de minas? Dice irónico Pablo.
-       -    No, yo a vos te veo más metido en un club de bordado o algo así, le retrucó Lucas. Ya sé, juguemos al juego de la copa.
-       -    ¡¿Sos loco vos?! Con los espíritus no se juega, gritó Mauro de atrás.
-       -    Pero no me vas a decir que ahora le tenés miedo a los fantasmas Maurito. Hoy estás más mariquita que nunca eh.
-        -   Pero que decís. No es miedo. Es simplemente que con esas cosas no se juegan. Nunca sabés que puede pasar.
-          - Pero si mi sobrino lo jugó miles de veces y nunca le pasó nada. Se metió Juan. Son todas imaginaciones tuyas. A mí me gusta la idea. A parte es mi casa y yo digo que juguemos, si vos no querés quédate ahí sentado y mirá.

    Lucas y Pablo ayudaron a Juan a preparar todo el tablero. Mauro finalmente optó por quedarse como espectador. Apoyaron los dedos en la copas y comenzó el interrogatorio. El supuesto espíritu era un chico de doce años que había muerto hacía más de 400. Les contestó todo lo que preguntaron, nadie indagó sobre nada extraño. Se lo tomaban como un simple juego. Como Mauro veía que no pasaba nada malo medio que se enganchó y aunque no tocó la copa hacía que sus amigos pregunten por  él.

-          - Preguntale si la semana que viene nos vamos a juntar, dijo en una.
-        -   No sé para qué querés hacer esa pregunta si es obvio que sí, le contestó Pablo. Pero bueno, si te hace feliz le pregunto.
     
Pablo hizo la pregunta con voz firme y la copa se movió para el lado del no.
-         -  Bueno, ¿quien fue el gracioso que hizo la fuerza para el otro lado? Preguntó Lucas.
-        -   Nadie hizo fuerza para ningún lado, se movió sola. Le contestó Juan.
-       -    Entonces este fantasma está fallado porque todos sabemos que la única justificación para no hacer la juntada es la muerte.
-        -   Preguntale por qué no nos vamos a juntar, dijo Mauro pero justo en ese momento volvió la luz y todos se levantaron de las sillas.
-     -      Bueno muchachos, visto y considerando que ya volvió la luz y que es la 1:30 de la mañana creo que ya es hora de retornar a nuestros hogares, comentó Pablo.
-      -     Opino igual dijo Mauro levantándose de la silla. Eso sí, no te olvides de romper la copa Juancito.
-       -    ¿Romper la copa? Vos estás loco, esta copa era de mi bisabuela.
-          - Obvio que tenés que la tenés que romper, ¿o querés que el espíritu se te quede acá?
-          - Pero esto es todo mentira. Yo no pienso romper nada. Aparte de última si se queda el fantasma es un chico de doce años. Le preparo el Nesquik y listo. Todos contentos, dijo Juan en tono burlón.
-       -    Dejate de embromar y rompé la copa, dijo Mauro mientras cruzaba la puerta con Pablo y Lucas para irse.

Cuando todos se fueron Juan guardó todo, incluyendo la copa, y se fue a dormir pero no volvió a despertarse nunca. Al otro día lo encontraron ahorcado inexplicablemente con una corbata.

El espíritu que había dejado en su casa era un chico de doce años, sí. Lo que no sabían era que hacía 400 años lo habían mandado a la horca por haber asesinado a toda su familia.

sábado, 24 de octubre de 2015

A veces te quiero

A veces te quiero aunque me hayas lastimado una y otra vez
A veces te quiero aunque lo nuestro ya sea un recuerdo
A veces te quiero aunque se que lo nuestro no va a funcionar nunca
A veces te quiero aunque no te preocupe nada más que vos
A veces te quiero aunque se que no debería
A veces te quiero porque se que en el fondo sos el único para mí. 

miércoles, 7 de octubre de 2015

¿A donde irías si quisieras desaparecer? III

Cuando Camila tocó la arena fría, con sus pies descalzos, sintió como el alma le volvía al cuerpo. Se sentó pesadamente y cerró los ojos. Como le gustaba escuchar el tranquilizante sonido del mar. Definitivamente estaba en su lugar en el mundo.
Hacía un poco de frío y el cielo estaba nublado, solo un poco más que su mente. Sabía que había sido una locura haberse fugado de esa manera y sabía que consecuencias le esperarían cuando volviera. Pero no le importaba. Había intentado hacer cambios en su vida miles de veces para sentirse mejor pero nada había funcionado. No porque no le haya puesto empeño sino porque lo que necesitaba era cambiar algo en su interior. Sabía que la única manera de sentirse bien era hacer un paréntesis. Porque es así. Muchas veces es solo una cuestión de frenar un instante, reordenarnos y seguir adelante. Y qué mejor que hacerlo en un lugar que amamos.
Camila abrió los ojos y comenzó a sentir un cansancio terrible, de esos que sentís cuando te sacás algo pesado de encima.
En el cielo ya no había ni una sola nube, se fueron en el momento justo para presenciar la mejor parte del día. El sol, mientras se escondía entre los médanos, iluminaba con sus rayos la espuma de las olas que rompían revoltosas en la orilla. Camila suspiró por última vez en el día y se quedó observando ese maravilloso paisaje. Probablemente no podría solucionar sus problemas enseguida pero por lo menos estaba segura de que ahora podría verlos desde otra perspectiva.

Y  vos, ¿A dónde irías si quisieras desaparecer?

miércoles, 30 de septiembre de 2015

¿A dónde irías si quisieras desaparecer? II

Camila abrió el placard y rápidamente metió toda la ropa que le pareció necesaria en el bolso.
Con un nudo en la garganta escribió con letra desprolija un “Me fui” y lo dejó en la mesita del teléfono, solo por si acaso. Desenchufó todos los electrodomésticos, cerró todo con llave y se subió al auto ágilmente. Se puso el cinturón de seguridad y luego de respirar hondo arrancó.
Nunca había hecho nada semejante. Ni siquiera se había rateado alguna vez en el colegio. Pero ahora lo necesitaba. Lo necesitaba como nunca. Tenía que desaparecer, por primera vez en su vida tenía que hacer algo sin preocuparse por nada más que ella misma.

Comenzó a andar haciendo el mismo camino que tendría que haber hecho si se hubiera tomado el tren a la mañana pero esta vez el destino era otro. Encaró para la ruta y manejó un par de horas tratando de poner su mente en blanco pero era algo imposible, su pecho se llenaba de angustia cada vez más y más, trató de controlar la situación pero no pudo más. Frenó el auto en la banquina y se puso a llorar. Las lágrimas le comenzaron a caer por las mejillas como si fuese una lluvia torrencial. La cabeza le empezó a latir con mucha fuerza y empezó a dudar. ¿Estaba haciendo lo correcto? Quizás sí, quizás no. Pero ya había llegado hasta ahí y tenía que seguir, tenía que volver a sentirse viva. Se secó las lágrimas, volvió a respirar hondo y pisó el acelerador. Todavía le quedaban algunas horas de viaje. 

lunes, 21 de septiembre de 2015

¿A dónde irías si quisieras desaparecer?

Camila bajó a la estación Aristóbulo del Valle, sacó su boleto y se desplomó en uno de los viejos bancos. Cerró sus ojos y disfrutó de la brisa primaveral que suavemente golpeaba su rostro. Que cansada se sentía. 
Faltaban solo unos meses para terminar el año y ya sabía que su balance sería negativo.  
En su cabeza dos deseos se iban alternando continuamente: volver a sentirse feliz y desaparecer. 
La bocina del tren la despertó de su ensoñación. Eran las 12:02 cuando todos comenzaron a subir dejando la estación completamente vacía. 

Al Belgrano Norte se lo reconoce por su color rojo y se caracteriza por su buen servicio pero sobre todo por tener siempre a alguien colgado en el estribo. 
Camila se lo toma todos los días. Cuando logra sentarse goza del paisaje, es que en tan solo 17 minutos puede admirar casi la mitad de la ciudad. 
12:19 el tren entró a la estación de Retiro. Cuando por fin frenó todos bajaron y comenzaron a caminar por el anden formando largas e interminables filas. Había hombres altos y bajos, mujeres gordas y flacas y niños rubios y morochos, pero ninguno de todos ellos era Camila.

domingo, 23 de agosto de 2015

Gracias a un accidente

Dicen que la vida da tantas vueltas que uno nunca sabe con lo que se puede encontrar. De un día para el otro uno puede dejar de ser lo que era, y  un pequeño error puede cambiarte la vida. Eso mismo me pasó a mí, que por anotar mal un número conocí a mi papá.

Según mi mamá, mi papá era un australiano que vino a pasar sus vacaciones acá, se conocieron y en poco tiempo se enamoraron profundamente. Él pensaba dejar todo y venirse a vivir ella. Pero un día, por un mal entendido, se pelearon y él decidió regresar. Como no le dejó ningún dato, mi mamá nunca pudo volver a contactarlo y por ende nunca se enteró de que del fruto de su amor había nacido yo.

Lo único que tenía de él era una foto. A veces me preguntaba si  había heredado de él mi pasión por la música y sobre todo por el piano.
El piano, mi fiel amigo, el que me acompaña desde los 6 años, el que me ha visto reír y llorar y gracias al cual conocí a mi progenitor.

Resulta que yo estaba en el último año del colegio, ya había decidido que mi destino era estudiar música por lo que debía practicar para hacer el examen de ingreso al conservatorio.
Para sentirme un poco más segura opté por ir a un profesor, busqué en Internet y vi uno que me parecía el indicado. Me anoté la dirección y me dirigí al lugar.
Cuando llegué y leí el nombre de la academia me di cuenta de que me había equivocado pero como ya estaba ahí decidí entrar igual. 

La recepcionista me atendió muy amablemente y me dijo que el profesor estaba libre asique podría conocerlo y charlar sobre cómo serían las clases.
Me acerqué a la sala que me habían indicado y el corazón me empezó a latir fuerte, desde el pasillo se podía escuchar la primera canción que aprendí a tocar y que me encanta. Eso ya era un buen indicio. Con una sonrisa abrí la puerta y me quedé helada. 

No podía ser verdad lo que estaba viendo. Allí estaba. El que estaba tocando el piano era nada más y nada menos que mi papá.

Él levantó la vista y me sonrió. Obviamente no sabía quién era yo. Como vio que estaba no emitía sonido se acercó hacia mí y me preguntó si me sentía bien. Me puse a llorar.
Él no entendía nada. Trataba de calmarme pero yo lloraba aún más y más. Cuando pude respirar le dije que era mi papá. Él pensó que estaba jugando pero cuando le dije el nombre de mi mamá su cara se transformó.

Cuando me calmé hablamos tranquilos, le conté todo lo que sabía al respecto. No podía creer todo lo que estaba pasando.
Me acompañó a mi casa y allí se encontró con mi mamá. Fue un día de demasiadas emociones.
¿Quién iba a decir que por escribir mal un número iba a pasar todo esto?

De este día ya pasaron diez años. Hoy mi papá y mi mamá están más enamorados que nunca. Tengo un nuevo hermanito y mi papá y yo nuestra propia academia de música. 

domingo, 26 de julio de 2015

Amor subterráneo


Me llamo Marcos y soy músico en el subte.  Si, vivo de eso. Y antes de que me empiecen a decir vago, hippie o sucio, les cuento que hay denominaciones que me quedan mucho mejor como: persona que ama lo que hace, soñador, optimista o cualquier término que sea adjetivo de feliz. Toco en la línea D simplemente porque es verde y a ese color se lo relaciona con la esperanza, sentimiento que mí me sobra y que creo que nunca hay que perder, al menos que se cumplan los objetivos, claro. Cuando era más joven vivía con la esperanza de que pasara algo asombroso, algo que me cambiara la vida. Por suerte, hoy en día tengo el agrado de decir que así sucedió. Fue un viernes. Empecé mi día a eso de las diez cuando el subte dejó de ser una lata de sardinas. “Muchacha ojos de papel” fue el primer tema que interpreté y así fui variando el repertorio hasta la hora del almuerzo.  A eso de las tres, volví al mundo subterráneo. Como siempre, vi pasar un sinfín de gente: altos, bajos, gordos, flacos, mujeres con tacos, hombres en traje, chicos con chupete y adolescentes con celulares. Es increíble con la diversidad con la que uno se puede encontrar ahí abajo, pero también es increíble como entre todas esas personas tan diferentes puede haber solo una que te vuele la cabeza. Eran las 21:03 cuando subió al vagón. Su perfume me envolvió por completo dejándome totalmente embobado. Tenía puestos unos jeans oscuros, botas negras, un tapado azul marino y un brillante pelo castaño, atado en una larga cola de caballo. Cuando la miré a los ojos quedé paralizado, nunca en mi vida había visto semejante belleza. Se sentó en el asiento al lado de la puerta, justo en frente mío, en el lugar perfecto para admirarla hasta el cansancio. Era hermosa. No me imagino como me vería desde afuera, pero seguro que no muy bien, porque una señora me preguntó si me pasaba algo. Ahí fue cuando volví a la realidad. Como vi que ya había suficiente gente me presenté y anuncié que iba a comenzar con una canción de Charly. No hizo falta decir más, con solo decir ese nombre logré que me prestara atención. Me clavó los ojos y sonrió. No tienen una idea de la explosión de sentimientos que se generó en mi interior en ese glorioso momento.  Hice sonar los primeros acordes y seguí con las primeras estrofas de “Rezo por vos”. Ella automáticamente cerró los ojos y empezó a mover la cabeza al compás de la música. Mi corazón latía cada vez más fuerte. No podía dejar de mirarla, estaba hipnotizado. El subte frenó en José Hernández, subió más gente, pero no me importó.  Solo me importaba ella.

“¿Sigo con una de Cerati?”, pregunté. LE pregunté, mejor dicho. Asintió con la cabeza y “Trátame suavemente” fue la canción que siguió. Avanzamos dos estaciones más y yo no podía parar de derretirme. Sentía que había una química tan grande que podía llegar a producir un estallido. De repente quedé en blanco. Todas las canciones se me habían borrado de la mente. Lo único que reproducía mi cabeza era mi futuro con ella al lado. Suena muy exagerado, lo sé, pero les juro que fue amor a primera vista, nunca me había pasado algo semejante. Como mis neuronas siguieron sin poder hacer sinapsis, no me quedó otra que preguntarle al público qué quería escuchar y allí ocurrió el milagro. La voz más dulce del universo penetró en mis oídos pidiéndome una canción del Flaco. “Tus deseos son órdenes” pensé. Y le canté con mucha fuerza “Seguir viviendo sin tu amor”. Frenamos en Bulnes, ella se paró y a mi casi me agarró un paro. No podía dejarla ir. Por suerte, no se bajó ahí, pero si lo haría en la estación próxima, así que me disculpé con el público y empecé a guardar las cosas rápidamente. Todos se empezaron a parar y a dejarme unos billetes en la gorra. Si bien me encanta que hagan eso, en ese momento necesitaba actuar con rapidez. Frenamos en Agüero y esquivándome se bajó. Bajé tras ella. Pensaba seguirla e invitarla a tomar algo, pero no pude. No sé qué fue lo que me pasó. Ahí me quedé, parado mirando como el amor de mi vida se escurría entre la gente. Me fui a mi casa totalmente decepcionado. No entendía cómo pude haber sido tan estúpido. Con mucha bronca empecé a contar lo recaudado en el día, parecía que en ese sentido las cosas habían salido bien. Cuando estaba sacando los últimos billetes de la gorra, mi corazón dio un vuelco, mezclado había un papel arrugado con un número de teléfono. ¿Me lo habría dejado ella? Lo agendé tan rápido como pude, pero cuando abrí el Whatsapp la desilusión volvió a invadirme. La foto era de una señora con un hijo, se ve que a alguien se le había caído sin querer. Me fui a dormir con un sabor amargo en la boca. Nunca me iba a perdonar no haber accionado.Fue la peor noche que tuve en años. No podía dejar de pensar en ella y en el momento mágico que había vivido y, por supuesto, de cómo había arruinado todo. Al otro día me levanté cansado y enojado. Pensé en quedarme en casa, pero para bien o para mal la vida siempre sigue así que me fui a tomar un café al bar del que era habitúe. Me senté, saludé al mozo, me puse a leer el diario, el ritual de todos los días. Mi ánimo comenzó a mejorar, escribí los títulos de las canciones que tenía ganas de cantar y sin darme cuenta empecé a tararear “Al lado del camino”. “Me encanta esa canción, ayer no la cantaste”, escuché decir. Me quedé petrificado. Estaba soñando o realmente la voz que me hablaba era… Me di vuelta de inmediato y ahí estaba, parada frente a mí, con el pelo atado con esa cola de caballo que me volvía loco. Me la quedé mirando sin poder pronunciar una sola palabra. De todos los recovecos que tiene el mundo, la chica de mis sueños pasó por el que estaba yo, me vio y entró y ahí estaba, parada frente a mí, encarándome y todo era real.  “Perdón que te moleste, pero te vi por la ventana y no te podía dejar ir otra vez. Me llamo Lucía.” Y así fue como empezó todo. Nos pasamos toda la mañana hablando, teníamos muchas cosas en común. Yo no podía creer lo que estaba pasando, pero pasaba. ¿Cómo terminó todo? Salimos un tiempo, pero no funcionó. No estábamos en la misma sintonía. Sin embargo, se ve que las cosas tenían que ser porque años después nos volvimos a encontrar. Hoy Lucía es mi esposa, la madre de mis hijos y la mujer de mi vida.