miércoles, 2 de octubre de 2019

El Hincha de River


Un día, el gimnasio que estaba a cinco cuadras de mi casa decidió mudarse y con él, lo hicieron todas las personas que iban allí, incluyéndome. Lamentablemente, el nuevo lugar me quedaba a veinticinco cuadras y no tenía ningún medio de transporte que me dejara cerca, por lo tanto, cuatro veces por semana caminaba esa distancia para ir y para volver de mis clases. Para no aburrirme, solía empezar a caminar derecho, y solo doblaba si justo venía un auto que no me permitía cruzar la calle. Esto hacía que nunca tomara el mismo camino. Sin embargo, había una cuadra por la que siempre pasaba, aunque no lo quisiera. Era como si tuviese un centro magnético que me llevaba hacia ella.
Una tardecita de otoño, de esas en las que todavía no hace frío, volvía de mi clase de yoga en un estado de relajación absoluto cuando, sin darme cuenta, llegué a “la cuadra magnética”. Luego de maldecir por haber sido succionada nuevamente, me crucé a un hincha de River. Mi somnolencia no me permitió distinguirlo bien, pero llevaba puestos unos auriculares y tenía la mirada perdida. Si bien seguí caminando sin darle la menor importancia, aquella noche soñé con él.

El miércoles siguiente al encuentro, fui Zumba y como siempre salí con mucha energía y ganas de seguir bailando. Empecé a caminar rápido sin ningún motivo, y al juego que realizaba habitualmente para ir por caminos alternativos, le sumé la consigna de tratar de no pasar por “La Cuadra”. Ese día fui vencida una vez más. La maldita tenía un imán, sino no era posible lo que pasaba. De la bronca quise romper mi regla de “no ver en qué calle me encontraba a menos de que estuviera perdida” y cuando estaba tratando de leer el cartel de la esquina, apareció el hincha de River. Traté de mirarlo disimuladamente, pero mi curiosidad por ver bien cómo era el chico que se había introducido en mis sueños, me lo impidió. En el segundo que dura el acto de cruzarse con otra persona, pude ver que tendría aproximadamente 27 años, era más alto que yo y el pelo castaño lo tenía peinado para el costado. También noté que era muy atractivo y parecía algo temeroso. Luego de ese día, comencé a verlo habitualmente. Siempre vestía solo con la camiseta de River, por más frío que hiciera. Otra cosa que me llamaba mucho la atención era que jamás me miraba. Siempre iba como buscando algo, aunque no entendía qué era lo que podría llegar a ser. Lo qué si entendía era que me atraía mucho, inclusive mucho más que la “cuadra magnética” (que ya no era un problema para mí). Mi nuevo juego consistía en hacer que aquel chico me mirara. Probé de todo: ponerme ropa llamativa, toser fuerte, reír, llorar, pero nada sirvió. Solo una vez se me ocurrió una idea que no podía fallar, pero cuando la quise implementar, el hincha de River no apareció. No me lo crucé ni ese día, ni el siguiente, ni el siguiente. Desapareció por completo y a mí me quedó un sabor amargo por no haber logrado mi cometido.

Luego de unos días, tras haberme sacado la ilusión de volver a verlo, volví a mi rutina habitual. Todo había empezado a ser como antes hasta que aquel misterioso chico surgió de nuevo, pero esta vez en mis sueños. Al principio solo lo veía pasar caminando o parado en algún lugar, pero luego comenzó a mirarme como queriéndome decir algo, hasta que una noche me habló. Me dijo que se llamaba Ramiro y que estaba perdido. Yo le contesté que se quedara tranquilo, que pronto iba a encontrar el camino. Esa mañana me desperté con una sensación extraña. Por un lado, no entendía porque soñaba todos los días con una persona que ni siquiera conocía y por el otro, por algún motivo que desconocía, sentí alivio. Realmente todo lo que estaba pasando era muy raro. ¿Acaso era una obsesión lo que tenía con ese chico?, ¿estaba imaginando todo? Durante todo ese día me quemé el cerebro tratando de encontrar una respuesta, así que cuando salí de trabajar me fui directo a Yoga para despejarme un poco. Como era costumbre, salí relajada y somnolienta y comencé a caminar lentamente por las calles del barrio. Obviamente llegué a la “cuadra magnética”, a la cuál ya le había tomado cariño. Frené para atarme los cordones y cuando me levanté, lo vi. Ramiro (ya lo había bautizado así) iba caminando despacio, vestido con su camiseta de River y con sus auriculares puestos. Se lo veía tranquilo y cuando me pasó por al lado, no solo me miró, sino que también me sonrió. En ese instante, toda la paz que había logrado en mi clase se esfumó por completo y un estallido se produjo en mi interior. Por un momento quedé totalmente descolocada, pero cuando volví en sí, tomé la decisión de que no me volvería más loca por aquella situación. Si me lo cruzaba de nuevo, iba a aplicar el plan que no había podido poner en marcha la última vez. Así fue como al día siguiente, salí de Zumba totalmente convencida de que me lo iba a encontrar, me dejé imantar por la cuadra magnética y cuando finalmente me lo crucé, simulé que me tropezaba para chocármelo, pero en vez de impactar, él me atravesó.



martes, 10 de septiembre de 2019

Esos Ojos Color Miel. El Final


Cuando te vi no lo podía creer. Tus cicatrices prácticamente no estaban y tus ojos ya no reflejaban lo mismo de siempre. Por eso supe que te pasaba algo. Cuando salí del shock de ver tu nuevo rostro, me hiciste sentar. Me dijiste que esa era la sorpresa que me habías mencionado en Mar de las Pampas cuando nos habíamos encontrado. Me contaste que, en realidad, habías terminado el cuatrimestre hacía bastante, pero que te habías quedado más tiempo para realizarte la cirugía y recuperarte. También me contaste que mientras estabas internado tuviste una compañera de habitación, también argentina, que había pasado por una operación similar a la tuya. Me dijiste que habían tenido una conexión inmediata porque entendían lo que era vivir como si fueran monstruos. También me dijiste que se habían hecho amigos muy rápido y que sin darse cuenta esa amistad había terminado algo más y que ahora estaban juntos. Empecé a sentirme mal, muy mal. La presión me debió haber bajado a tres ese día. Me acuerdo de que tu cara se me empezó a desfigurar. En ese momento y para siempre, el hecho de que prácticamente habías vuelto a tener tu cara de nuevo pasó a un último plano. No entendía qué era lo que me estabas diciendo. No podía ser verdad. No podías decirme lo que me estabas diciendo cuando te esperé durante meses. No podías decirme que estabas con otra cuando me habías prometido que cuando volvieras nadie nos iba a separar. Te odie. Te odié como nunca odié a nadie, Simón. Mientras me pedías perdón, los cables comenzaron a conectarse. Por eso era que siempre me cortabas las conversaciones. Por eso era que empezaste a no responderme los mensajes o me esquivabas las conversaciones. Y yo que pensaba que era que todavía no sabía usar bien Whatsapp, que en ese momento todavía era algo nuevo ¡Qué ilusa! No tenés una idea de cómo me hiciste sufrir. Lloré todavía más que la primera vez que nos separamos. Pensé que nunca me iba recuperar, pero por suerte tiempo después apareció Sebas, que la remó tanto, pero tanto que logró que finalmente me fijara en él y lo quisiera. Aunque nunca lo llegué a amar, hizo que me olvidara bastante de vos, o por lo menos hasta que nos volvimos a reencontrar en Gesell y comenzaran nuestros encuentros furtivos anuales. Maldigo el día que comenzó todo y te maldigo a vos por haberlo iniciado. ¿Por qué me besaste si estabas de novio? ¿Por qué lo hiciste sabiendo que la cosa no iba a terminar en un simple beso? Si te diste cuenta de que lo nuestro seguía intacto ¿Por qué no dejaste a Clara y te quedaste conmigo? Yo lo hubiera dejado a Sebas por vos. Pero no, solo hicimos ese estúpido acuerdo sin sentido: vernos en Gesell una vez al año y después hacer como si no existiéramos Fue muy difícil para mi ese trato. Cada vez que estaba con vos, me quedaba con ganas de más, de tenerte al lado mío, como debería ser. Igual, creo que la peor parte fue cuando te casaste. De verdad, ¿era necesario? ¿Quién se casa a los veinticuatro años? O mejor dicho ¡¿Quién se casa hoy en día?! Ese verano te juro que no pensaba verte. Traté a toda costa de no ir, pero Sebas me insistió demasiado porque ya se había acostumbrado a pasar año nuevo en Gesell y le encantaba. Y si bien terminé yendo, tenía firmemente decidido que no iba a verte, pero como una estúpida volví a caer en tus garras. No pude evitarlo, ni ese año ni el otro ni el otro. Entonces ¿por qué no aparecí este año y tampoco supiste nada más de mí? Lamentablemente no fue porque pude sacarte de mi vida. Es muy difícil contártelo y pensé mucho si realmente quería decírtelo, pero me di cuenta de que era necesario. El verano pasado no me viste porque fui mamá y hace nueve meses estamos viviendo en Madrid. Igualmente, no voy a estar acá mucho tiempo más. Me trasladaron del trabajo y en unos meses ya me vuelvo. Con Sebas terminamos. Con la llegada del bebé me di cuenta de que él se merecía a alguien que lo quisiera de verdad. Así que estamos solos con Camilo (te acordás que te dije que cuando tuviera un hijo le iba a poner Camilo). Es el bebé más bueno del mundo.  Se ríe un montón y ya está intentando pararse. Cuando nació peso 3,525 kg y midió 52 cm. Hoy en día, tiene el pelo medio rubio y los ojos color miel más hermosos del mundo.



jueves, 22 de agosto de 2019

Esos Ojos Color Miel V


Cuando te vi entre los árboles de Mar de las Pampas, el corazón me dio un vuelco. Me quedé completamente inmóvil. Ahí estabas, después de un año de prácticamente no saber nada de vos, estabas ahí, en frente de mis ojos caminando con una bolsa de La Pinocha en la mano. Cuando me viste vos también te quedaste paralizado, pero no tardaste en volver a reaccionar y acercarte a mí. Me abrazaste muy fuerte y me empezaste a hacer un montón de preguntas sobre mi vida, pero yo lo único que atiné a decirte fue por qué no me habías avisado que habías vuelto.  Me dijiste que habías vuelto solo por las fiestas, que en unos días ya te volvías porque tenías que terminar la cursada, que no me habías dicho nada porque pensabas darme una sorpresa más adelante. Mientras me hablabas tu voz me resonaba como un eco y todo a mi alrededor giraba en círculos. Por suerte las chicas vinieron a rescatarme, porque si no creo que caía desmayada ahí. Creo que nunca estuviste al tanto de la magnitud de todo lo que me provocabas. Los siguientes días traté de no pensar en vos y de disfrutar mis vacaciones con mis amigas, pero era imposible sabiendo que estábamos en el mismo lugar, en nuestro lugar. Cuando una mañana me desperté y vi que el mensaje que tenía era tuyo empecé a temblar, y cuando leí que querías verme, se me cortó la respiración. Se lo mostré a mis amigas y la mayoría estuvo de acuerdo con que no te contestara, pero ¿cómo resistirme ante una de mis mayores debilidades? A pesar de las quejas y súplicas de las chicas me cambié y salí a tu búsqueda como un perro cuando lo llaman a comer. Estúpida, estúpida, estúpida. Odiaba ser tan arrastrada y odiaba seguir queriéndote tanto, pero que inevitable era. Me pasaste a buscar por Toscana, el hotel donde estaba parando, en 107 y playa. Cuando salí estabas ahí parado, qué lindo que estabas ¡y que ganas de comerte la boca tenía! Caminamos por la avenida 3 porque la idea era volver por la playa. Me acuerdo de que rompiste el hielo preguntándome qué me parecía parar por el centro y te contesté que no había como las playas del sur. Me contaste de tu vida en Inglaterra, de cómo era ir a la facultad en el extranjero. También me dijiste que habías hecho algunos amigos y que, si bien te gustaba estar allá, sentías que tu lugar era acá en Buenos Aires. Yo te conté cómo fue mi último año de colegio, de lo bien que la había pasado en mi viaje de egresados y que en marzo empezaba la licenciatura en Publicidad. Cuando volvíamos caminando por la playa, de la nada me dijiste que me extrañabas. Con solo escuchar esas palabras, la tristeza que se había acumulado en mi alma durante todos los meses que estuvimos separados, se disolvió y todo se llenó de felicidad. Nos besamos mucho, y en cada beso confirmaba una vez más que eras la persona que quería besar el resto de mi vida. Me acompañaste de nuevo al hotel. Nos volvimos a besar y el beso se hizo cada vez más apasionado. No quería que te fueras, o por lo menos no así. Supongo que te diste cuenta de que no te había invitado a pasar para que conocieras el lugar. Mientras caminábamos por el largo pasillo que separaba la puerta principal de la habitación le mandé un mensaje a las chicas para que no aparecieran por un buen rato. Llegamos. Me senté en la cama y te dije que te sentaras al lado mío. Te vi nervioso y seguramente pensaste que yo también lo estaba, pero la verdad es que estaba muy decidida. Los nervios vinieron después, con lo desconocido. Todavía me acuerdo de tus manos acariciándome, de nuestros corazones latiendo con fuerza y de vos cuidándome todo el tiempo. Al fin habíamos tenido nuestra primera vez, esa que, por uno u otro motivo, no se nos había dado en los meses que estuvimos de novios. Obvio que después de estar juntos menos quería que te fueras. Quería congelar el momento para siempre, pero no fue posible. Nos despedimos entre besos, lágrimas y abrazos. “Vuelvo en julio y nadie nos va a separar”, me dijiste mirándome a los ojos. Yo confié en tus palabras. Por eso, cuando seis meses después volviste de novio y con una cara nueva, el mundo se me derrumbó.



domingo, 21 de julio de 2019

Esos Ojos Color Miel IV


A lo largo de estos años me di cuenta de que los problemas en las parejas comienzan cuando se abren al mundo, cuando dejan de ser solo dos contra todo y comienzan a compartirse con el resto de la sociedad. Siempre me acuerdo el primer día que fui a tu casa y me presentaste a tus viejos. Tu papá me saludó muy amablemente, pero tu mamá me miró con un desprecio que hasta un ciego lo hubiera notado. Era por eso que siempre que me invitabas a ir te inventaba alguna excusa. No me sentía cómoda y muchos menos después de escuchar que tu mamá le decía a tu tía que yo estaba con vos porque por la plata, porque no era posible que me gustaras. Nunca te lo dije porque no me parecía correcto, pero ahora me siento en condiciones de poder liberar ese secreto. Y perdón que te lo diga así, pero ¿qué clase de madre puede pensar eso? Se que para alguien externo si podía ser difícil pensar que me haya podido enamorar de vos a pesar de tus cicatrices, ¿pero tu mamá? Más que nadie tendría que haber sabido todas las cualidades que tenías. Más allá de eso, ese tiempo que pasamos juntos para mí fue un sueño e hizo que me enamorara de vos cada vez más. Por eso, cuando me dijiste que te ibas un año a estudiar a Inglaterra el mundo se me partió en dos. No solo porque te ibas a alejar de mí, sino porque vos no querías ir, pero no tuviste las agallas de decir que no. Después de despedirte aquella tarde lloré todos los días hasta que no tuve más lágrimas. La distancia siempre es difícil, pero en ese momento lo fue todavía más ya que aún no existía ni Whatsapp ni Instagram ni todos los medios de comunicación que hay ahora. Lo único que logró levantarme el ánimo en esa época fue la magia de quinto año, mis amigas, Bariloche, la fiesta de egresados y el pensar en mi futuro después del colegio. Sin embargo, eso no hizo que pudiera sacarte de mi cabeza. En octubre de ese año, con mis amigas comenzamos a planear nuestras primeras vacaciones juntas y, como era de esperarse, se decidió como destino Villa Gesell. De ese viaje esperaba mucha diversión, libertad, un poco de nostalgia porque cada rincón me iba a hacer acordar a vos. Lo que jamás esperé era encontrarte.




domingo, 26 de mayo de 2019

Esos Ojos Color Miel III


El 14 de enero fue el último día de playa del 2011. Ni bien me desperté miré por la ventana. A pesar de que habían pronosticado mal tiempo, el cielo estaba completamente despejado. Pensé que iba a hacer un gran último día y de hecho lo fue, solo que un poco diferente a lo que había imaginado. 

Luego de desayunar fui a la playa. Allí me encontré con Beca y Luchi, lo cual era muy extraño ya que nunca aparecían hasta después de las cuatro de la tarde. Me dijeron que como era mi último día habían querido pasar tiempo conmigo, pero luego comprendí que sus intenciones eran otras. Esa mañana me preguntaron que onda con vos y aunque traté de negar todo terminaron haciéndome confesar lo mucho que me gustabas. Beca me dijo que, aunque vos no le habías dicho nada, ella sabía que yo también te gustaba, solo que no te animabas a hacer nada por miedo al rechazo. Así que empezaron a cranear un “plan maestro” para que finalmente diéramos el siguiente paso.  La idea era ir a bailar como habíamos hechos otras tantas veces, pero durante la previa te iban a comer la cabeza para que entendieras que ambos nos gustábamos. Como recordarás nada de eso sucedió, por suerte. Me gusta mucho más como finalmente terminaron las cosas. Debo decir que cuando después de almorzar vi como el cielo se llenó de nubes y el viento empezó a soplar como nunca casi me dio un paro cardíaco. Si llegaba a llover no solo no te iba a poder ver en la playa, sino que tampoco íbamos a poder vernos a la noche, lo que significaba volver a Buenos Aires sin que hubiera pasado nada. Se ve que a vos te pasó lo mismo porque al rato me llegó un mensaje tuyo preguntándome si quería ir a merendar a La Austríaca ya que no íbamos a poder vernos en la playa. Me dijiste que le dijera a Beca y a Luchi, pero pensé que luego de la conversación que habíamos tenido a la mañana entenderían si no les de decía nada. Me pasaste a buscar con el auto, pero te sugerí que fuéramos caminando a pesar de que habían empezado a caer algunas notas. Dudaste un poco, pero aceptaste. Cuando llegamos al lugar nos sentamos en una mesa desde donde se podía ver cómo la lluvia iba mojando toda la calle de arena. Te noté un poco nervioso. Yo también lo estaba ¡y cómo no! si era nuestra primera cita no oficial. Para romper el hielo te hablé sobre lo bien que la había pasado en las vacaciones, que deseaba que nunca terminaran. También te comenté de lo emocionada que estaba con el hecho de que era mi último año del secundario, que no podía creer que a principios del otro año ya sería una estudiante universitaria. Me dijiste que no pensara en eso, que disfrutara lo más posible todo lo que vendría, que iba a ser lo mejor que me pasara y de lo que nunca me olvidaría. Cuando trajeron las porciones de torta, como la mía era gigante, me apostaste una salida en Buenos Aires a que no la terminaba. Acá es cuando te confieso que después de no dejar ni una miga con tal que me invitaras a salir, no pude comer torta de chocolate y dulce de leche como por un año. ¡Esa torta era enorme de verdad! Para cuando nos fuimos de la casa de té, ya eran las seis de la tarde y había parado de llover. Me propusiste ir a la playa a caminar un rato y obviamente te dije que sí. Si era por mí, te acompañaba hasta otra galaxia con tal de estar con vos. Salimos por el muelle, ya que estábamos por la 129, y encaramos para la 142. Caminamos callados. Yo particularmente estaba pensando de que manera podíamos quedar “casualmente” uno frente al otro para decirte lo que sentía y darte un beso. Vos no sé en qué pensabas, pero te veías nervioso. Cada tanto me mirabas de mirabas de refilón y suspirabas. Me gusta pensar que vos también planeabas la estrategia perfecta para besarme. Finalmente, llegamos a las 142 y nos sentamos en la arena fría. El cielo se había despejado de nuevo así que pudimos ver cómo el sol, que se estaba escondiendo entre los médanos, iluminaba las olas dándole un color inigualable. Te dije que amaba la playa a esa hora porque el mar se ponía hermoso. “Vos sos hermosa”, me dijiste tímidamente y cuando te miré a los ojos, de un impulso me robaste un beso. En ese instante supe que nunca más quería besar a otra persona que no fueras vos. Fue el mejor día de mi vida, lástima que al día siguiente nuestra burbuja se explotaría.




domingo, 5 de mayo de 2019

Esos Ojos Color Miel II


Al final esa noche no fuimos a bailar, los tragos y el Tutti Frutti se extendieron más de lo previsto, y aunque me quedé con las ganas de conocer algún boliche, la pasé muchísimo mejor. Me habías parecido súper divertido y muy lindo. Y no sé qué opinás vos, pero para mí nuestra conexión fue inmediata. Nos despedimos con un rápido beso en el cachete, pero nos quedamos mirándonos una eternidad. Dicen que los ojos reflejan el alma y la tuya se veía muy transparente. Me hechizaste por completo, Simón.

Debo confesar que no pude aguantar mucho la intriga, así que al día siguiente le pregunté a Beca que te había pasado en el rostro y, aunque me lo explicaste muchas veces, sigo sin entender como es que una cortadora de pasto terminó pasándote por arriba. También tengo que confesarte que me moría de ganas de verte de nuevo y cuando me enteré de que, en realidad, parabas en Mar de las Pampas me desilusioné mucho ya que así, solo podría verte si las chicas arreglaban para salir y decidían invitarte a vos y a tus amigos. Les rogué a todos los santos de todas las religiones para que pronto se concretara una salida, y parece que me escucharon porque al día siguiente Beca lo propuso. Así que esa noche me cambié, pero esta vez pensando en vos, y me fui a lo de Luchi ansiosa por verte de nuevo. Cuando cruzaste la puerta mi corazón, otra vez (y como siempre), empezó a latir fuerte. Me sonreíste y adentro de mí empezaron a explotar fuegos artificiales. No quería parecer muy desesperada, pero seguro se notaba veinte mil leguas que me gustabas. En la previa me enteré de que estabas por empezar el primer año de ingeniería, porque además de lindo siempre fuiste muy inteligente y lograste hacer el CBC en solo un año. Cuando sonaron las alarmas (¿te acordás que nos pusismos la alarma para que no se nos pase la hora de nuevo?) limpiamos todo y nos fuimos hasta la parada del colectivo. Me acuerdo de que tu amigo Pablo se quejó de que iba a venir lleno, pero yo le dije que estábamos en la calle 142 y hasta ahí todavía no subía nadie. Como no me creyó apostamos un trago y por supuesto gané, aunque siempre agradezco que esa apuesta no la hicimos años después cuando Gesell se empezó a poblar más y en esa parada el bondi llegaba ya casi sin asientos.

En el colectivo nos sentamos juntos. Ahí me contaste que jugaste al rugby muchos años, pero que con la facultad tuviste que dejar. También me dijiste que te gustaban los perros y que el tuyo era el mejor de todos. Lo que te olvidaste de mencionar fue que bailabas muy bien, eso lo comprobé adentro Dixit, el boliche donde terminamos yendo después de estar como una hora decidiendo. Esa noche tuve mucho levante, pero no le di bola a nadie porque, en realidad, solo quería estar con vos. Cuando salimos rogué que fuéramos a la playa a ver al amanecer, pero todos prefirieron ir a bajonear un pancho al Marroquí. Por suerte vos me quisiste acompañar. Cuando encaramos por la 107 me di cuenta de lo borracha que estaba porque mis huellas en la calle de arena no seguían un camino derecho. La playa estaba tan llena que parecían las tres de la tarde. Nos sentamos y en silencio esperamos a que saliera el sol. De vez en cuando te miraba y vos a mí, pero ninguno se animaba a decir ni hacer nada porque la tensión que había era muy fuerte. El amanecer fue hermoso, aunque solo lo pude capturar con mis ojos porque la cámara digital se la había quedado Luchi en su cartera. No sabés las ganas que tenía ese día de que me abrazaras muy fuerte y quedarme así, para siempre. No sé si fue la borrachera o el momento, pero te dije que deseaba que pararas cerca de donde estaba yo así podía verte todos los días, y esa misma tarde apareciste caminando por la larga entrada del balneario de Sunset y fue la primera de todas las que siguieron hasta que se terminaron las vacaciones. Al principio, para que ni Beca ni Luchi pensaran que nos gustábamos pasábamos todo el tiempo con ellas, pero con el correr de los días empezamos a buscar momentos a solas. Teníamos suerte de que a ninguna de las dos les gustaba meterse al mar ni salir a caminar. Así que n esos instantes entre las olas o en las caminatas hasta el muelle nos conocimos un montón. Me contaste que desde tu accidente tus papás te sobreprotegían y eso te molestaba muchísimo. Te sentías sofocado. También me confesaste que solo habías besado a una chica y fue solo porque la habían desafiado. Te sentías un monstruo y pensabas que nunca nadie te iba a querer. Te dije que era imposible que alguien no te quisiera y que si no estaban con vos por tu apariencia era porque solo querían algo pasajero y únicamente para alardear. Te reíste y me dijiste que te decía eso porque era tu amiga, aunque sabías perfectamente que estaba muerta por vos. Si me quedé callada aquella vez fue porque, por primera vez, pensé que en realidad no te gustaba y eso me partió el alma.



miércoles, 24 de abril de 2019

Esos ojos color miel I


Mientras pensaba como decirte lo que tengo para decirte me acordé de cómo comenzó todo.
Me acuerdo de que cuando vi el cartel de “Bienvenidos” le pedí a mi papá que subiera el volumen de la música y me puse a cantar muy fuerte. Era el 30 de diciembre de 2010 y faltaban solo dos días para que comenzara el 2011, el año en el que cumpliría 18, terminaría el colegio y te conocería a vos, el gran amor de mi vida.

Ni bien nos instalamos en el departamento me fui corriendo a la playa. Como todos los años, cuando toqué la arena cerré los ojos para escuchar el sonido del mar y me dejé abrazar por la brisa tan típica de Villa Gesell. Después, me metí al agua y desde ahí miré para la costa. Había muy poca gente todavía. El primer malón llegaría al día siguiente para pasar fin de año y entre ellos estarías vos. El segundo malón, lo haría el primero de enero, al comenzar la quincena. Ahí estarían Beca y Luchi, que días más tarde serían las encargadas de presentarnos oficialmente. Digo oficialmente porque no sé si te acordás, pero nosotros ya nos habíamos cruzado. Fue uno o dos días antes, yo había ido a caminar hasta el muelle y en el camino me compré un licuado. Cuando lo terminé, me acerqué al sector de carpas, donde estaban los tachos de basura para tirar el vaso vacío, y ahí te vi. Bah, vi tus ojos. Esos ojos color miel, con esa mirada tan intensa que me generó una electricidad por todo el cuerpo. Vos también te quedaste helado, pero solo por unos segundos, después te fuiste rápido, como escapándote. Al principio pensé que eras tímido, pero cuando nos presentaron entendí que era lo que te había pasado.

El 5 de enero de 2011 el día estaba hermoso así que fui temprano a la playa. Ahí me encontré con Beca y Luchi, que me preguntaron si ese año podría ir a bailar ya que el año anterior, cuando las conocí, mis papás no me lo permitieron porque todavía era muy chica. Cuando les dije que sí se emocionaron todavía más que yo y al instante nos pusimos a hacer planes para la noche. Nos íbamos a juntar en lo de Luchi y en la peatonal íbamos a decidir a qué boliche ir. Hasta ese momento ni siquiera podía imaginar que eras amigo de Beca y que te vería horas más tarde. A eso de las diez, después de cenar, comencé a prepararme. Me acuerdo de que me puse una pollera tubo negra y una musculosa roja. También recuerdo que mientras me ponía el labial pensé en esas cosas que se aprenden de chico y quedan automatizadas para siempre, como pintarse los labios o ponerse las medias de nylon. Si no te lo enseñan como sabe uno que primero hay que ponérselas de a una hasta las rodillas y después subirlas completamente. Perdón, me fui de tema, pero creo que esa fue la última vez que pude tener un pensamiento tan superficial. Luego de esa noche, te instalaste en mi cabeza y nunca más te fuiste. 

Volviendo a cómo sucedieron los hechos, luego de cambiarme y maquillarme me fui a lo de Luchi. Mientras preparábamos algo para tomar sonó el timbre y, en ese momento, me enteré de que nos acompañarían unos amigos de Beca. Lo que nunca me hubiera imaginado era que, entre ellos, ibas a estar vos. Debo confesar que al principio no me di cuenta. Es que a diferencia de la primera vez que nos vimos, vi tus cicatrices y no tu mirada. La verdad que fue impactante, pero bastó que nuestros ojos se encontraran para comprender que eras vos. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. No entendía nada, ¿cómo es que habíamos coincidido los dos en el mismo lugar? “Simón”, así me dijo Beca que te llamabas y que eras amigo de ella hacía muchos años. En ese momento no me atreví a preguntarle que te había pasado en la cara, por qué tenías tantas cicatrices. De lo que sí me animé fue de ofrecerte un trago y de preguntarte de dónde eras. San Isidro, me contestaste y, automáticamente, pensé que eras de una familia con plata, lo que no pensé fue que ese detalle nos iba a pesar tanto, tiempo después.