jueves, 17 de junio de 2021

Siempre Hay un Imbécil en Bicicleta

 Los ciclistas siempre fueron molestos, pero se volvieron una plaga a partir de la pandemia del año 2020. La cuarentena de prácticamente un año hizo sacar a muchos su lado deportista y ecologista. Se compraron bicicletas para aprovechar más el aire puro que el encierro quitó. Se lanzaron a las calles sin que nada les importe. Literalmente sin que nada les importe. No puede ser que vayan por la vida sin respetar nada. ¿O acaso tienen coronita? ¿Por qué los autos y los peatones tenemos que respetar los semáforos y ellos no? Andan por donde quieren y se te cruzan por cualquier lado. Ah, pero vos llegás a poner un pie en la bicisenda y ya te empiezan a tocar la campanita. ¿Sabés adonde les metería ese “ring ring”? Descarados. Se creen los dueños de la calle, pero no hacen más que estorbar. Sobre todo cuando vas caminando apurado y querés cruzar antes de que venga una fila interminable de autos y de repente aparece un imbécil en bicicleta andando a dos por hora y a veces hasta con el celular en la mano. También detesto a los que van por la vereda. ¿Si tenés una calle y en algunos lugares la bendita bicisenda, ¿qué haces en la vereda? ¿No te das cuenta de que podés lastimar a alguien? Mirá si justo sale corriendo un nene o un perro tira de la correa? Hablando de perros, creo que los mayores imbéciles de este planeta son los que “pasean” al perro arriba de la bici. Vos los ves a los pobres perros con la lengua afuera mirando a sus dueños, suplicándoles que frenen. ¿Cómo podés ser tan cruel? ¿Tanto te cuesta caminar un poquito? ¿De verdad te pensás que eso es pasear un perro? No, hermano. A los perros les gusta ir oliendo cada pastito, no llevándote a vos como si tu bici fuera un trineo. Y después están los ciclistas envalentonados que se la juegan a ir por General Paz o metiéndose entre los bondis en las avenidas. Encima te hacen señas con las manos. Se piensan que los automovilistas entendemos sus señales. Cuando un auto pone el guiño, todos saben lo que significa, en cambio, en ningún lado dice que cuando el ciclista levanta la ceja izquierda va a pasarte en la bocacalle. En fin, siempre hay un imbécil en bicicleta.




jueves, 27 de mayo de 2021

El Ratón Pérez

 

Son las siete en punto de la tarde. Damián toca el timbre del piso nueve del edificio que está en Arenales y Maipú. “Ya bajo”, dice una voz femenina. Espera unos minutos más. Una mujer de unos cuarenta años le abre la puerta y lo dirige hasta el ascensor. Cruzan un par de palabras y sonríen. La mujer lo hace pasar al consultorio del doctor Pérez. Como todavía sigue la pandemia del Covid le pone alcohol en las manos, un camisolín y una cofia. Le pide la radiografía y lo hace pasar. Llegando al escritorio le pregunta qué muela se va a sacar. “La de la derecha”, le contesta. La secretaria lo hace acercarse al escritorio y le da unos papeles para firmar. Lee y se asusta un poco, sobre todo cuando dice “partes de la muela pueden llegar a ser tragadas”. Se arrepiente un poco de haber ido. Después de todo el dolor que sentía no era constante y bastante soportable. ¿Podía decir que no e irse? ¿O ya no tenía escapatoria? Decide ser valiente y pone la firma. El doctor lo llama enseguida. Eso es lo bueno de la pandemia. Ya no hay que aguardar horas en la sala de espera. Deja su mochila en un banquito y se sienta. El doctor Pérez le explica que va a sentir un tirón muy, muy fuerte, pero que no le va a doler. Le da un escalofrío. Se enjuaga la boca como le indica. El dentista acomoda el asiento y lo enceguece con la lámpara. Abre la boca y se entrega al sufrimiento. Le da un primer pinchazo que no duele tanto. De fondo se escuchan Los Piojos. Por lo menos su verdugo tiene buen gusto musical. Imagínense sacarse la muela del juicio con un hard rock. Cuando se quiere dar cuenta tiene la aguja otra vez en la boca. Ese pinchazo sí duele. Siente como el líquido se le va metiendo adentro de la encía. ”Vamos a esperar unos minutos”, le dice Pérez. Damián lo mira y trata de descifrar su apariencia debajo del barbijo y la máscara. Con el tema del Covid no tuvo una consulta previa. Fue todo por Whatsapp. Por lo tanto, estaba por escarbarle la boca alguien que ni siquiera había visto ni por foto. Una especie de cita a ciegas. O peor. Es como entrar a una habitación a tener sexo con alguien que no viste en tu vida. El dentista se acerca y dice que va a empezar. Le mete una pinza gigantesca y empieza a tirar. Siente dolor. No debería sentir dolor. Comienza a emitir sonidos para que se dé cuenta de que algo no anda bien. Me mira y me pregunta si me duele. Le dice que sí y saca la aguja de nuevo. Siente otra vez el líquido metiéndose en mi encía. Espera un minuto y empieza a tirar. Nuevamente dolor. Vuelve a gritar. Lo mira sorprendido porque todavía su boca no está dormida. “Vamos a esperar un par de minutos más”, le dice un tanto impaciente. Luego de un par de minutos vuelve a tirar, pero Damián ya no siente nada más que grandes tirones y la sangre tibia invade toda la boca. De repente el dolor aparece nuevamente, pero en el labio. Sin darse cuenta, el doctor está apretando la pinza contra su labio superior. Empieza a hacer ruidos para llamar su atención. “¿Te sigue doliendo?”, exclama algo molesto, pero cuando mira bien se da cuenta de lo que sucede. Quita la pinza, pero ya es tarde, la herida ya está hecha. Sigue escarbando un poco más y cuando Damián piensa que ya está por terminar, empieza lo peor. Los tirones cada vez se hacen más fuertes. Parece que le va a arrancar toda la dentadura. Cierra los y se retuerce de los nervios en asiento. Se agarra la ropa y respira profundamente. El dentista le dice que no tenga miedo, pero lo tiene y mucho. ¿Qué es lo que quiere de él? No pareciera una simple extracción. Siente que algo le toca la cara. Está a punto de abrir los ojos, pero justo el doctor Pérez le dice que se quedara quieto. El corazón le late muy fuerte. Hay algo que no está bien. Siente nuevamente que algo le toca la cara. Abre lo ojos y casi se muere. Tiene una rata gigantesca escarbándole la boca. Quiere gritar, pero no puede. Si se llega a mover un milímetro la pinza puede lastimarlo. Cada vez siente que sale más sangre. Pero la rata no parece darse por vencida. Quiere su muela a toda costa. ¿Qué hará con ella después? Siempre fue un misterio el porqué un ratón junta los dientes y se los lleva a cambio de dinero. ¿Le dará plata después de semejante tortura? La rata se acerca un poco más a su cara. Ya no lleva puesto ni el barbijo ni la máscara. ¿En qué momento se lo había sacado? ¿Era por eso que estaba todo tapado? Siente como su pelaje lo toca y le da un escalofrío. Que animal tan repugnante. Hubiera sido más feliz sabiendo que el ratón Pérez eran los padres. Los tirones se hacen cada vez más fuertes. Le gustaría saber qué está pasando, pero obviamente las circunstancias no le permiten emitir una sola palabra. De repente siente algo sólido rodando por su lengua y se acuerda del papel que firmó. ¿Qué pasaría si ese pedacito de muela entra en su garganta y se muere asfixiado? El susto le dura un segundo, porque la garra de la rata es más rápida y saca el pedacito antes de que pudiera caer. No cabe duda de que no piensa dejar ni un milímetro de la muela dentro de él. Siente que está adentro de ese consultorio hace horas. Está cansado y quiere que pare. En ese instante parece que sus deseos se hacen realidad. La rata suspira. Damián que está con los ojos cerrados siente un golpe. Abre un ojo y después el otro. La rata ya no está. Solo está el doctor Pérez que se ve exhausto. Le dice que sacó prácticamente toda la muela, pero que tuvo que dejar una pequeña puntita que estaba muy agarrada y que para sacarla tendría que romper el hueso y no valía la pena. Damián le pregunta si puede ver la muela extraída. El doctor le clava los ojos, pero acepta mostrársela. Lo hace de lejos. Damián se acerca para verla mejor, pero el dentista se la corre y la vuelve a poner en su lugar. Siente la boca prendida fuego. Lo que le espera cuando se vaya la anestesia. Sin dudas la otra muela que debía sacarse quedaría en el lugar. No quiere encontrarse nuevamente con esa rata inmunda. Pérez le da un papel donde están todas las indicaciones de lo que te tiene que hacer en las próximas horas y le hace una receta para unos antibióticos y un calmante. Le da las gracias mientras se saca la cofia y el camisolín y una vez que guarda todo se retira del consultorio. Antes de salir mira para atrás y lo ve al doctor Pérez mirando a la muela totalmente hechizado y a su larga cola moviéndose despacio.



jueves, 20 de mayo de 2021

Carapantalla Municipal

 ¿Ustedes se quejan de sus vidas? ¿Qué tengo que decir yo entonces? Que soy invisible. Bah, en realidad tan invisible no soy porque cuando el perrito no tiene un árbol para levantar la pata, ahí me ven perfecto. Ah y en época de elecciones ni les cuento como me ven. ¿Acaso no tienen otro lado donde escribir “Macri gato” o “Cristina chorra? Encima a veces me hacen bigotes. Muchachos, el bigote me queda horrible. Prefiero los cuernos, miren lo que les digo. Total, a mi nadie me da bola, así que menos me van a meter los cuernos. No soy como los chupetes backlights que con sus luces encandilan a todos. Encima tienen esos cristales que llueve y no les pasa nada. A mí, caen dos gotas y ya la promoción del concierto de Arjona se transforma en la octava de Rápido y Furioso. Aparte soy presa fácil para los enojados. Ven algo que no les gusta y ¡Zaz! Me arrancan el papel de un tirón ¡Qué dolor! Ya les digo. Mi vida no es nada fácil. Ojalá fuera una gigantografía, que tienen una vista bárbara. O mejor uno de los que van pegados en el vidrio de atrás del bondi. ¿Saben lo que daría por ir recorriendo los barrios de Buenos Aires? También estaría bueno ser de los que están en el subte, en el tren o en la parada del colectivo. Ahí si que te prestan atención. Imaginate que con lo mal que funciona el transporte en Argentina siempre hay demoras, por lo tanto, a la gente no le queda otra que mirarte. Aparte también podés escuchar las conversaciones de la gente. Qué divertido debe ser eso. Yo las escucho también, pero como pasan caminando rápido siempre me quedo con la intriga de cómo terminó la historia. Lo único bueno que rescato de mi vida es que el paisaje siempre me cambia a lo largo del día. Hay momentos en que pasan más autos y más personas y otras que está más tranquilo y puedo descansar. Aparte en la posición en la que estoy tengo la primicia de los choques o si un auto insulta al otro. Las gigantografías, por ejemplo, están tan alto que no ven con nitidez lo que pasa. Yo en cambio se qué auto fue el que hizo mal las cosas. A veces hasta puedo predecir cuando alguno se la va a mandar. Bueno, también me gusta cuando la gente me sonríe. Porque yo se que dije que me insultan y me escriben, pero cuando la gente ve algo que le gusta o le interesa se paran a mirarme con detenimiento y se ponen felices. Y lo mejor es cuando esas personas tienen bebés. Amo a los bebés. Duermen en cada posición los locos. Hablando de dormir, otra cosa que está buena es que a la noche yo puedo hacerlo. Otros carteles no pueden porque tienen todo el tiempo luces en la cara.  De eso siempre agradezco. ¿Saben lo que debe ser no poder decirle chau al mundo por algunas horas? ¡Terrible! Y si sigo pensando, es verdad que la lluvia arruina mis promociones, pero por lo menos puedo sentirla. Algunos no tienen ese privilegio, porque están encerrados en una cajita de cristal o bajo techo. No tienen idea lo lindo que es darse una duchita de vez en cuando. 

Bueno, pensándolo bien, tal vez exageré un poco. Se puede decir que no es tan difícil ser yo. Por lo menos no tengo que preocuparme por temas de plata, que yo sé que a ustedes los agobia mucho. Tampoco nunca nadie me va a romper el corazón ni voy a sufrir la muerte de nadie. ¡Qué triste es su vida! La verdad tienen razón, mejor síganse quejando, tal vez algún día tengan la fortuna en reencarnar en un carapantalla municipal como yo. 





miércoles, 12 de mayo de 2021

38 huevos - El final

Cuando por fin entendí que no iba a decir ni una sola palabra, me acerqué al mostrador, lo miré a los ojos y le dije "Así que no vas a hablar" y con el brazo le pegué a la pila de huevos que había. Algunos cayeron al piso. Conté tres docenas. Luego del exabrupto planificado me fui. Cuando llegué a mi casa, lloré, pero de la bronca. Me sentía humillada. ¿Cómo iba a engañarme a mí? Y encima lo peor era que era la segunda, porque la novia oficial era la otra. Y eso creo que era lo que más bronca me daba. Yo no soy la segunda de nadie. Pasaron casi dos días hasta que recibí su llamada. Dos días. A la otra le había caído en la casa el mismo día del incidente. Lo sabía porque la piba me siguió hablando. Por algún motivo se me quería hacer la amiga y por ese mismo motivo cuando le corté la amistad, ella cambió totalmente su actitud hacia mí. Pero no en ese mismo instante, sino días después cuando se enteró de que el pollero me estaba hablando nuevamente. Resulta que cuando finalmente decidí atenderlo y contestar sus mensajes, se me empezó a hacer el perro arrepentido. Como les dije, era una persona muy manipuladora por lo que, si bien no llegó a convencerme de que volviera con él, si me hizo pensar que se merecía mi perdón. Es por eso que quedamos en que iría al local a que me explicara todo lo que había pasado. Me citó a las dos y a las dos estuve puntual, pero él no estaba ahí. Mientras esperaba me llegó un mensaje de ella, muy agresivo, diciéndome que dejara en paz a su novio. La ira me subió por el cuerpo súbitamente. No solo por cómo me hablaba la piba, sino porque me estaba enterado de que habían vuelto. Una vez más había sido engañada. La segunda vez en una semana. Demasiado. Me llegó otro mensaje, pero esta vez era de él. Me preguntaba si podíamos encontrarnos a las cinco ya le había surgido “algo” y no podía llegar. Ese “algo” era ella. Le dije que estaba “ok”, que iba a ir más tarde. Lo que no le dije era lo que le esperaba cuando llegara. 


A las 16:55 empecé a caminar las cinco cuadras que separaban mi casa de la pollería. A las cinco en punto crucé la puerta del local y, como me imaginaba, no solo me lo encontré a él sino también a ella detrás del mostrador. “Esta vez vas a hablar”, le dije sin siquiera decir “hola”. “Con el local abierto no voy a hablar”, me contestó. “Si vas a hablar. Quiero que me expliques todo y quiero que lo hagas delante de ella”, le ordené. “Con el local abierto no voy a hablar”, volvió a contestar. “¿Así que con el local abierto no vas a hablar?”, le dije y automáticamente me puse a cerrar el local. Primero cerré la puerta y luego corrí las cortinas. Él respiró hondamente y salió detrás del mostrador. Ella permaneció ahí sin decir una sola palabra. Mientras terminaba de cerrar la última, él empezó a abrir el resto. Se la quise volver a cerrar, pero no me dejó. “Pará, calmate”, me dijo sin levantar ni siquiera un poco la voz. Como no me calmé nada empezamos a tironear. La ira me invadió de nuevo y no me pude contener. Solté la cortina y mi mano se dirigió a su rostro para pegarle un cachetazo. Me la detuvo. Sin pensarlo saqué la otra y le quise pegar del otro lado. Me la agarró también. Entonces, con las dos manos sujetadas, giré mi cintura y le pegué una patada en los testículos, cual burro. No le quedó otra que soltarme. Mientras iba cayendo despacio al piso le grité que no me buscara más y me di vuelta y señalando a la piba le dije “y vos tampoco”. La escena que quedó cuando me fui era digna de ser filmada, pero lamentablemente no había nadie con una cámara para grabar el momento. Después de eso, aunque no lo puedan creer, tiempo después me volvió a llamar y a convencerme de que se había equivocado y bla bla bla. Hasta volví a ir a verlo, pero no hubo ni golpes ni huevos rotos. Simplemente cuando me terminó de decir su sarta de mentiras e intentos de manipulación, me di media vuelta y me fui. A mi pesar, su local continúa en el barrio, pero él se quedó pelado. El karma. Al principio lo esquivaba yendo por otros caminos. Sin embargo, cuando sentí que todo ya estaba superado volví a caminar libre. A veces me lo cruzo y nos miramos. Me pregunto cómo recordará aquellos días. ¿Pensará que estoy loca? ¿O habrá atribuido mi ataque a mi juventud, como lo hago yo hoy en día?  No sé. Lo único que sé es que de esa relación aprendí mucho. También sé que es una anécdota que no puedo contar más, porque cada vez que alguien la escucha, inmediatamente se olvida de toda mi trayectoria amorosa. De lo único que se acuerda fue de cuando fui a la pollería y le rompí treinta y ocho huevos al pollero. 




jueves, 6 de mayo de 2021

38 Huevos II

 Al día siguiente, a pesar de que no había sido una cita ideal, lo pasé a visitar a la pollería cuando volví de la facultad y al otro día cuando volví del gimnasio. Pronto esas visitas se volvieron un ritual. Cada vez que pasaba por el negocio, entraba aunque sea un ratito a estar con él. Tanto en las citas que teníamos, como en las visitas express nos reíamos, la pasábamos bien, pero había algo que no me gustaba. Sentía que era una persona bastante manipuladora. Todo el tiempo pretendía que hiciera lo que él me pedía. Me ponía cara de pobrecito, me daba un discurso y yo se suponía que tenía que ceder. Sin embargo, como siempre tuve un carácter fuerte y sobre todo a esa edad, nunca logró imponerse sobre mi. Quizás con unos años más de experiencia hubiera huido antes, pero no lo hice. Me quedé aunque en el aire se sentía ese olor a que algo no estaba bien. Me quedé porque, aunque frente a mí tenía el claro del bosque, no lo quise ver. Resulta que en un lapso corto de tiempo (no sabría decir cuánto porque la relación en sí fue muy corta), sucedieron una serie de hechos que mirándolos desde lejos me hacen dar ganas de gritarme “Amiga date cuenta”. La cosa empezó una noche que volvía del gimnasio haciéndome mucho pis. Por eso, cuando llegué a la pollería, en vez de parar como hubiera hecho en cualquier otro momento, seguí caminando, pero vi algo extraño. Vi a una chica sentada en el cantero que estaba afuera y cuando me di vuelta, él salió del local y se sentó al lado de ella. Como pensé que era una amiga, no le di mucha importancia. Lo que sí me hizo ruido fue cuando al día siguiente lo visité y me dijo que si alguna vez lo veía con alguien en el local que no fuera cliente, que no pasara. ¿Qué clase de pedido era ese? En ese momento no dije nada, pero mi cabeza quedó recalculando. El segundo hecho que me dejó pensando fue cuando un día que estaba con él, le sonó el celular y atendió diciendo “Hola, Gordi”. ¿A quién le decía gordi? Me dijo que era la madre, pero nunca había escuchado a ningún hijo nombrar así a su mamá. Volví a hacer ojos ciegos, porque a veces el amor es creer o reventar y como yo no quería reventar, opté por creer. Después de eso hubo un último suceso, que fue el que tendría que haberme cacheteado, pero ni eso me alcanzó. Una tarde, ya que hacía un par de semanas que estábamos saliendo, le pregunté si tenía Facebook. Cómo me dijo que no, lo primero que hice cuando llegué a mi casa fue buscarlo. No tardé mucho en encontrarlo y en ver que en su foto de perfil estaba abrazado a una chica. Casi que enloquecí, pero decidí calmarme. No podía ser tan idiota de decirme que no tenía Facebook sabiendo perfectamente que lo podía encontrar. Me fijé la fecha de la foto. Era de un año atrás. Seguramente era de la ex. ¿Tenía una ex? A la noche me junté con mis amigos y le conté la situación. Todos agarraron mí teléfono y empezaron a stalkearlo. "Este Facebook está muerto", dictaminó uno de los chicos. "Esa debe ser la ex", continuó. El veredicto de mis amigos me dejó un poco más tranquila, pero las cosas no iban a quedar así. Al día siguiente, me hice la estúpida y le pregunté si había estado de novio así podía sacar cuentas. Me dijo que sí y la historia que me contó me dejó satisfecha. Error. Nunca debí haberme conformado con ese cuento barato y sobre todo cuando mi intuición me decía lo contrario.  En fin, cómo la vida se dio cuenta de que no me iba a sacar la venda de los ojos, una tarde me llegó un Whatsapp de un número desconocido preguntándome por Gastón. Antes de contestar nada pregunté quién era. "Soy la novia", me respondió y yo me quedé sin reacción. Después de hablar un poco y enterarme de que estaba de novio hacía dos años, acordamos con la chica caerle las dos juntas al negocio para ver qué decía. Cuando llegamos, me preguntó cómo lo había conocido, hacía cuánto salíamos y algunas cosas más. Ella me dijo que no era la primera vez que se lo hacía y no pude entender cómo era que seguía con él. "Yo le voy a romper algo", le dije y entramos las dos. Él nos miró incrédulo. Sus pesadillas se habían hecho realidad. Tanto él como la novia se quedaron callados. Parecía ser yo la única abatida por lo sucedido. Quise gritarle, pero no me salía hacerme la loca. Por lo que traté de hablarle en el tono más enojado que tenía. "Decile que que estamos saliendo", le empecé a "gritar". "Contame quién es ella", continué. Mientras tanto, él lo único que hacía era preparar milanesas y repetía como un loro "No voy a hablar".




jueves, 29 de abril de 2021

38 Huevos I

 

Les voy a contar algo que me pasó hace algunos años. La verdad no me siento orgullosa de lo que hice, pero me voy a justificar diciendo no solo que era chica, sino que pensaba que lo que pasaba en las películas y novelas también se podía hacer en la vida real. Aparte, ¿quién no cometió alguna locura alguna vez? Bueno, aunque tengo que decir que lo mío, en realidad, no fue un ataque de locura, sino que todo fue premeditado. En fin, se los cuento, en primer lugar, para que no les pase lo mismo que a mí, pero sobre todo para que no actúen igual que yo. 

Resulta que en el año 2012 pusieron una pollería en el barrio. Un día, volviendo del gimnasio que estaba por ahí, me percaté que el chico que atendía era muy lindo. Por lo que, cada vez que pasaba, no podía evitar mirarlo. Otro día que volvía con mis amigas en el colectivo, me hice la canchera y les dije que me lo iba a levantar. Ellas se rieron y me desafiaron a hacerlo. “En menos de un mes, voy a estar saliendo con él”, les dije y al día siguiente comencé con mi misión. Como en la puerta había un cartel que decía “Hamburguesas de pollo”, pensé que podía ser un buen anzuelo para entrar y después tener algo de qué charlar. Así fue como ingresé al local. Ese día realizamos una compra-venta habitual, con mucha amabilidad, pero sin muchas palabras. Buen comienzo. Probé las hamburguesas. No estaban mal, pero a mi no me gusta el pollo, por lo que básicamente tratar de conquistar al chico era un gran sacrificio. Volví a los cuatro días para comprar comida para mi perro y de paso le dije que las hamburguesas estaban buenísimas, para sacarle un poco de conversación. Hablamos dos minutos, pero no dejó de ser una simple visita a la pollería. Las cosas no iban a quedar así. Empecé a pasar casi todos los días por la puerta e iba a comprar cada vez que podía. Primero me empezó a saludar cada vez que me veía y después las charlas dentro del local se extendieron cada vez más. Un día me la jugué y le pregunté cómo se llamaba para que se diera cuenta de que tenía interés en él. Me sonrió, me dijo que se llamaba Gastón y me preguntó cuál era mi nombre. “Florencia”, le contesté sonriendo y festejando mi primer acierto. Después de ese día la relación cambió. Las charlas comenzaron a ser un poco más profundas y comenzamos a conocernos. En una de esas tantas charlas, me dejó muy en claro que estaba soltero, o por lo menos la cantidad de veces que enfatizó que estaba solo me hizo pensar en eso. Antes de que se cumpliera mi plazo de conquista, finalmente me invitó a salir. Me dijo que me llevaría a comer. Como en ese entonces todavía no trabajaba y no tenía plata propia, sugerí ir al Dot, que sabía que no me iba a salir un ojo de la cara, en el caso de que no me invitara él. A la noche me pasó a buscar y fuimos caminando. En el trayecto me contó que el dueño de la pollería era él. Me sorprendió porque apenas tenía diecinueve años. Ahí fue cuando me explicó que cuando era adolescente había sido jugador de fútbol y con esa plata que había ganado pudo empezar el negocio. También me dijo que no era de Buenos Aires, que hasta los doce vivió en Mar del Plata y vino acá cuando lo convocaron de un equipo. Cuando llegamos, le sugerí comer en Mcdonald's. Me preguntó si tenía doce años. Eso no me gustó. ¿Quién era él para decirme eso? No sé qué cara le habré puesto, pero me dijo que era un chiste y fuimos hasta ahí. Pedimos el combo del día y pagó él. Nos sentamos y seguimos charlando. Durante toda la cita me resaltó que no era un simple pollero. Si bien tenía cosas que me parecían atractivas, había algo en él que no me cerraba. Después de comer fuimos a la terraza. Entre risa y charla nos dimos nuestro primer beso. Besaba bien, pero fue raro. Cuando llegó la hora de volver, se largó a llover muy fuerte. Empezamos a caminar rápido y en un momento lo agarré y le di un beso. “Siempre quise dar un beso bajo la lluvia”, le dije y sonriendo me dio otro. Cuando llegamos a mi casa, nos besamos un poco más y la cosa se puso un poco intensa. Me dijo de ir a la casa y le dije que no. Lo miré a la cara y por algún motivo me dio miedo. Me siguió insistiendo, pero no logró convencerme. Me dijo que no pasaba nada, pero se lo notaba algo molesto. Nos despedimos. Entré a casa, me acosté en la cama y me puse a llorar sin razón alguna hasta dormirme.



miércoles, 21 de abril de 2021

Todos Necesitamos un Poquito de Mar

 Todos necesitamos un poquito de mar, porque el mar sana, y no solo las heridas de la piel, sino también las del alma.

Todos necesitamos un poquito de mar, porque dentro de él, no sentimos un poquito más libres.

Todos necesitamos un poquito de mar, porque sumergirse entre la espuma equivale a dejarse abrazar por la calma del universo.

Todos necesitamos un poquito de mar, porque además de tranquilidad, a veces también se necesita el sacudón de las olas. 

Todos necesitamos un poquito de mar, porque nos hace dar cuenta de cuán grande es la inmensidad del mundo y cuán chiquitos somos nosotros.

Todos necesitamos un poquito de mar porque nos recuerda que en la vida también hay momentos salados, aunque siempre tenemos la chance de superarlos. 

Todos necesitamos un poquito de mar para refrescar nuestros pensamientos.


“Todos necesitamos un poquito de mar”, repitió el jefe de la mafia, mientras tiraba al soplón por la borda.