martes, 18 de agosto de 2020

Paseos de Cuarentena

 

Voy a decir algo que sé que a la mayoría no les va a gustar, pero a mi me encanta la cuarentena, ¡qué quieren que les diga! Estoy aprovechando para caminar un montón porque sé que después no voy a poder. ¿Saben los músculos que saqué? Estoy hecho un sex-symbol. Salgo tres veces al día. La primera vuelta la hago temprano, tipo nueve. Solo doy una vuelta manzana, como para estirar las piernas y ver qué onda el clima. Hay días que no me cruzo con nadie, pero hay otros que me encuentro con los hermanos Aguirre. Son cuatro, pero nunca van juntos. Un día me encuentro con uno y otro día con el otro. Todo depende a la hora que salga. Los Aguirre me saludan de lejos, siempre van en la suya, sin embargo, las Aguirre siempre se me acercan y me dan un beso. La mayor siempre se me hace la linda, pero a mi me las rubias no me gustan. Prefiero a la hermana que es morocha, aunque es muy alta para mí. Por eso no le doy mucha bola. A veces también me encuentro con Clarita. Es más fea la pobre. Una cara de chancho tiene. Igualmente es simpática. Me cae bien. Cuando vuelvo a mi casa, desayuno, me tiro a dormir un rato más y juego un rato a la pelota. Soy futbolista ¿saben? Después espero ansioso a que se haga el mediodía para mi segunda salida del día, la más larga. Salgo a la una en punto y encaro siempre para la misma esquina para ver si me encuentro con mi gran amigo Galo. La mayoría de las veces lo encuentro. Suele estar sentado en el patio de la casa. Nuestras conversaciones por lo general empiezan igual: “¿La viste a mi negrita hoy?”, le digo yo. “¿Qué negra?”, me responde como si todas las noches le borraran la memoria “¿Qué negra va a ser, Galito? La única, la más linda del todo el barrio”, le contesto. “’¿La negra Chacha?”, me pregunta de nuevo. “Si, Galito. La negra Chacha”, le digo fastidiado. Les juro que esa negra me vuelve loco, pero se hace la difícil la muy turra. Igual ayer me dejó caminar unas cuadras con ella. Al principio ni me miraba, pero después se empezó a aflojar y hasta me paraba la cola porque sabe que estoy muerto por ella. ¿Saben lo que es esa colita? Bueno, después lograr de sacarle un poco de información a Galo sobre Chacha sigo mi camino. Cuando doy la vuelta, empiezo a andar rápido porque en esa cuadra está el loquito que siempre que paso me empieza a gritar incoherencias sin parar. No sé qué le pasa conmigo. Luego me voy para el otro lado de la vía que es más tranquilo. Antes de cruzar el pasonivel veo como algunos hacen ejercicio en el espacio verde que hay ahí. Siempre digo que algún día voy a imitarlos, pero nunca lo hago. También a esa altura siempre me encuentro a algún nene que, por lo general, quiere abrazarme. ¡Los amo! Son tan simpáticos.  Después camino un par de cuadras más hasta llegar a la General Paz porque me gusta ver los autos pasar. También me gusta ir para allá porque hay casas que tienen pasto relindo y a mi me encanta caminar sobre el pasto. Me siento libre. En Zufriategui y Río Pilcomayo le digo “hola” al de la garita que siempre me saluda como si me conociera de toda la vida. A veces también me encuentro con Marcos, un gigantón que mide como dos metros. Es todavía más alto que la Morocha Aguirre. Cuando encaro para cruzar la vía de nuevo, me suelo cruzar con los Perez. Ellos son tres y siempre van juntos. A veces me dan ganas de invitarlos a comer a casa porque se los ve flaquísimos, aunque me contaron que son así porque son corredores. Pura fibra. Una vez que crucé la vía ruego no cruzarme con las hermanas Flores. Son tres solteronas que no te paran de hablar. Sobre todo doña Pepa que a veces hasta me hace pensar que le gusto. Puaj. Doblo la esquina y encaro de nuevo para mi casa porque para esa altura ya suelo estar bastante cansado.

La salida de la noche es la que más espero porque es en la que más probabilidades tengo de encontrarme a mi negrita. Para este paseo no tengo un horario fijo, voy rotando según el día. A veces me encuentro con Melbita, la vecina de enfrente. No es mala, pero se está poniendo vieja y bastante gruñona. Dependiendo si tengo que ir a hacer algún mandado voy para uno u otro lado. Si tengo que ir a comprar, voy para la izquierda y camino tranquilo hasta la carnicería que me queda a un par de cuadras. Cuando entro, siempre me saludan con un “Hola, rey. ¿Qué vas a llevar?” y después el de la caja me cuenta siempre la misma historia sobre su perro salchicha de la infancia. Cuando salgo, trato de caminar un par de cuadras más, pero con la bolsa es demasiado incómodo y siempre termino volviendo. Eso es lo malo de la cuarentena: los negocios cierran demasiado temprano. Cuando tengo la fortuna de no tener que ir a comprar, me voy para la derecha y camino muuuy despacito por la casa de Chacha para ver si justo sale, pero nunca tengo la suerte. Camino una cuadra más mirando para todos lados para ver si me la cruzo, pero no solemos coincidir. Nunca llegué a engancharle los horarios. A la que si veo siempre es a la señora Luna. Una viejita divina, aunque está sorda y casi no puede caminar. Doy la vuelta y sobre Laprida me encuentro con Clarita. Está muerta conmigo la gorda, pero es más grande que yo y rubia. Ya saben lo que pienso al respecto.  Igual me le hago el lindo un poco como para no perder la reputación que me dieron del “galán del barrio”. Si salgo tarde me encuentro con Pepo. Cada pilchita tiene. Y siempre de punta en blanco. Igual tiene buen corazón. Cuida a una viejita que es una dulce. Sigo un par de cuadras más. A veces me encuentro con más nenes. Otras veces disfruto del silencio y las calles vacías. Después de girar un rato más, vuelvo para casa. Como les dije al principio, me encanta salir a caminar, pero nada se compara con la sensación de llegar, que me saquen la correa y acostarme al lado de la estufa.


martes, 11 de agosto de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus XV - El Final

 

Un día Lucía tenía que ir a una farmacia que quedaba a veinte cuadras de su casa y pensó que sería buena idea aprovechar y verlo a Agustín. Se lo comentó y él le dijo que sí sin dudar. Mientras iba a su encuentro, él estaba ansioso. La extrañaba mucho y tenía muchísimas ganas de verla. Cuando llegó donde lo había citado, estacionó y esperó. A los pocos minutos la vio venir y se le hizo todo un cosquilleo en la panza. Hasta el barbijo le quedaba lindo. Ella miró para todos lados antes de subir, como si fuera un crimen lo que estaban haciendo. Se sacó el barbijo. Se sonrieron. Él le acarició la cara. Ella suspiró. Ambos se acercaron al otro y finalmente se dieron ese tan codiciado y peligroso beso. Se quedaron un rato abrazados y charlando. Agustín sentía como si el tiempo no hubiera pasado y Lucía cada vez más sentía que había encontrado su lugar al lado de él. Finalmente, el encuentro se tuvo que terminar. Se despidieron algo tristes, pero con la esperanza de que se volverían a ver pronto. Los siguientes días la relación tomó más vida. Volvieron a estar como cuando había empezado la cuarentena y contaban los días para volver a verse. Lucía se había dado cuenta de que quería tener una relación con él y ya no sería un problema contarle a todos lo que sentía, a pesar de todos los comentarios que sabía que recibiría.  La noche que anunciaron una nueva extensión de la cuarentena, le escribió para que se vieran el fin de semana. Agustín, que se moría de ganas de verla de nuevo, le dijo que no podría porque se sentía un poco mal. También le dijo que estaba seguro de que era solo una gripe, pero que por las dudas prefería quedarse en la casa. “Espero que no sea nada”, le contestó ella y agregó “Llamá al médico igual”. “No hace falta. No es nada”, le contestó él y le siguió hablando de otra cosa. Al día siguiente Agustín levantó un poco más de fiebre y le dolía mucho el cuerpo y la garganta. “Es solo una gripe fuerte”, se dijo a si mismo mientras se tomaba un Ibuprofeno y se volvía a acostar. Al cuarto día de sentirse mal, Lucía le rogó que llamara al médico, pero él se negó nuevamente. Fue recién dos días después cuando empezó a tener dificultad para respirar cuando finalmente dio el brazo a torcer y fue a la guardia. En la puerta una médica le preguntó qué síntomas tenía y le tomó la fiebre: 38 grados. “Tenés todos los síntomas de Coronavirus. Te vas a tener que hacer el hisopado”, le dijo mientras llamaba a otro médico para que lo acompañara al área del hospital donde solo atendían a pacientes con Covid.

Pasaban los días y Lucía no tenía ninguna noticia de Agustín. La última vez que habían hablado fue cuando le dijo que se iba a la guardia porque se sentía muy mal. Estaba muy preocupada. Les preguntó a sus compañeros de curso si alguno sabía algo, pero nadie sabía nada de él. “¿Qué hago?”, se preguntaba sin parar. “No tengo el teléfono de nadie”, pensaba angustiada. “Ya sé”, dijo de repente y agarró su celular para buscar a la hermana en Instagram y le escribió: “Hola. Soy Lucía. Seguramente no sepas quien soy, pero estoy saliendo con Agustín y hace días no sé nada de él. ¿Le pasó algo?”. La respuesta no tardó mucho en llegar. “Me pasás tu número de teléfono? Tengo que decirte algo”, decía el mensaje y a Lucía se le hizo un nudo en la garganta. A los pocos minutos su teléfono sonó. Laura, la hermana de Agustín, le dijo que sabía de su existencia porque su hermano no paraba de hablar de ella. Le dijo que siempre que hablaban por teléfono lo escuchaba muy feliz, que se notaba que la quería. Lucía se alegró por lo que estaba escuchando, pero a la vez sentía un nudo en el estómago. De repente Laura paró de hablar. Se le había quebrado la voz. “Mirá Lucía. No sé como decirte esto porque yo todavía no lo puedo creer, pero Agustín falleció hace cuatro días. Nos llamaron del hospital hace un poco más de una semana. Cuando Agus entró a la guardia lo tuvieron que internar de urgencia porque no podía respirar y se descompensó. Estuvo en coma algunos días hasta que finalmente su cuerpo dijo basta. Nos dijeron que tenía una enfermedad coronaria que complicó su situación. Agus no lo sabía, por eso fue todo tan rápido”. Laura se puso a llorar. Lucía se quedó muda. El teléfono se le cayó de las manos y la primera lágrima empezó a caer por su mejilla.


martes, 4 de agosto de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus XIV


Agustín y Lucía no paraban de hablar ni de pensarse. La primera semana prácticamente estuvieron conectados las veinticuatro horas. Los últimos dos encuentros habían encendido algo en ellos. Sin embargo, la segunda semana Lucía empezó a tener sueños extraños, que la angustiaron un poco. En la televisión decían que era algo común que pasaba cuando alguien estaba encerrado mucho tiempo. La cuestión es que empezó a sentirse sofocada. Sentía que Agustín la ahogaba. Empezó a distanciarse un poco y a enojarse por cualquier cosa que hiciera. Agustín no entendía nada. ¿Qué le pasaba? Cada vez que se enojaba con él dejaba de hablarle y le clavaba el visto cuando intentaba saber qué le pasaba. Solo cuando le pedía perdón sin saber muy bien por qué, ella aflojaba un poco. Para colmo se empezó a correr la bola de que la cuarentena se extendería quince días más. El 1 de abril todas las familias se sentaron frente al televisor y confirmaron los rumores. Alberto comentó el estado de la situación y les pidió a todos los argentinos un esfuerzo más porque todavía tenían que seguir preparando el sistema de salud. Las cosas seguirían igual que antes: solo podrían estar en las calles los esenciales. También sería obligatorio el uso de tapabocas para ingresar a los comercios habilitados. Al día siguiente al anuncio, Agustín le mandó un mensaje a Lucía diciendo que abriría su local porque ya tenía el permiso. “Pero si vos tenés un bazar, no vendés cosas esenciales”, le contestó ella. “Cuando se empezó a rumorear lo de la cuarentena empecé a proveerme de algunos productos esenciales así que puedo abrir, pero con el rubro un poco cambiado”, le comentó él. “Bueno, cuídate”, le contestó ella. “Si, no te preocupes, no pienso dejar entrar a nadie al local”. Mientras tanto para algunos otros comerciantes la situación se les empezó a poner fea. Una cosa era cerrar quince días, pero un mes, era demasiado. En respuesta a los reclamos, el gobierno se dispuso a pagar la mitad del sueldo a todos aquellos que no estuvieran generando ingresos. También otorgó algunos créditos. 

Por otro lado, los edificios porteños comenzaron a tomar protagonismo. Algunos comenzaron a hacer sus rutinas de ejercicios en los balcones o terrazas, otros sacaron a relucir sus talentos. Cada noche había un espectáculo nuevo. Luego los shows de música y luces se reemplazaron por aplausos. Cada día a las nueve de la noche todos los vecinos aplaudían a los médicos y a todos aquellos que no podían quedarse en sus hogares. También de a poco todos volvieron a sus rutinas diarias, pero de manera online. Lucía y Agustín bajaron la intensidad de su romance, pero igualmente se hablaban todos los días. Se decían buen día y buenas noches y hablaban gran parte del día. Se llevaban muy bien y la diferencia de edad cada vez se achicaba más. “Te extraño”, le decía Agustín, aunque ella se rehusaba a decirle que ella también lo hacía. Al principio le chocaba un poco nunca tener una respuesta positiva de su parte, pero después se acostumbró porque le demostraba su amor de otras maneras. Por ejemplo, cada semana un chico de Rappi llegaba a su local con alguna cosita dulce que le mandaba ella. Era su pequeño momento de felicidad. Luego de un mes de cuarentena, todos pensaron que la vida volvería a la normalidad ya que mucho tiempo más no se podía sostener un encierro semejante. Pero no fue así. El quince de abril la cuarentena se volvió a extender por quince días más. Los memes estallaron en las redes sociales. Parecía un chiste. Algo de nunca acabar. En esta etapa las necesidades de las personas empezaron a ser otras. Necesitaban dejar a un lado las pantallas. Necesitaban compartir un mate, una cena. Necesitaban abrazar, besar. Necesitaban de todo eso que la tecnología jamás les podría dar. Agustín y Lucía no eran la excepción. “Me encanta hablar con vos, pero necesito verte”, le decía Agustín. “Yo también”, le contestaba Lucía, que cada vez le incomodaba más tener una relación a distancia. “Dale, escapate. Yo tengo el permiso para cruzar a Provincia. Podemos vernos cerca de tu casa”, le suplicaba él. “¿Con qué excusa pretendés que salga de mi casa?”, le respondía ella. Y nuevamente se quedaban con las ganas de estar juntos. La gente cada vez estaba más cansada: los aplausos se apagaron, ya casi nadie le prestaba atención a la cantidad de contagiados que había por día. La mayoría prefería mantener el televisor apagado. Empezaron a aparecer los rompecuarentena. La gente en la calle empezó a aumentar y la vida pasó a hacer una promesa para “cuando todo esto pase”. Los ánimos empeoraron cuando Alberto extendió quince días más. Ya iban a pasar dos meses que Lucía y Agustín no se veían. Si seguían así mucho más no iban a poder durar. Cuando charlaban pensaban en esas parejas que se habían empezado a ver justo antes del confinamiento y se les cortó todo, sin tener en cuenta que ellos eran de esas parejas.



martes, 28 de julio de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus XIII


Luego del reencuentro, los casos de Covid en Argentina empezaron a crecer ya que muchas personas estaban regresando de sus viajes por Europa. El presidente declaró distanciamiento social no obligatorio. Lo que significaba que se podía seguir haciendo vida normal, pero siempre y cuando se respetara una distancia entre personas de un metro y hubiera un lavado de manos continuo. La cantidad de gente en la calle bajó considerablemente ya que todos tenían miedo de contagiarse. Eso no impidió que Agustín y Lucía se vieran. Fue un sábado. Iban a ir a tomar algo, pero la noche estaba fría y lluviosa, entonces aprovecharon que ella estaba sola en su casa y él fue para allá. Charlaron, se besaron, se abrazaron, se disfrutaron. Todo sin saber qué esa sería la última vez que lo harían. Cuando empezó la semana, se comenzó a rumorear que el presidente Alberto Fernández declararía la cuarentena obligatoria por quince días. Eso significaba que solo las personas que tuvieran trabajos esenciales podrían salir a la calle. El resto debía permanecer en sus casas a menos que tuvieran un permiso especial para circular. Esto hizo que los supermercados se plagaran y que hubiera colas interminables en las estaciones de servicio. Por algún motivo la gente pensaba que debía stockearse como si fuera el fin del mundo. A Lucía la mandaron a trabajar a la casa. Además empezaron a cerrar los cines, los teatros, los gimnasios y todo aquello que acumulara personas. El jueves el país era un caos, debido a que ya estaba casi confirmado el confinamiento. “¿Nos vemos antes de que decreten la cuarentena?”, le preguntó Agustín. “Dale, vení a casa que hoy estoy sola”, le contestó Lucía. Sin embargo, no llegaron a verse. El presidente realizó una conferencia en la que confirmó que el distanciamiento social obligatorio empezaría esa noche, lo que significaba que al final Lucía no estaría sola. “Bueno, son quince días nada más”, dijeron ambos tratando de compadecerse. Y como ellos, muchos pensaron lo mismo. El 20 de marzo a las cero horas, Argentina se congeló como el resto del mundo. Todos los comercios bajaron sus persianas. Las puertas de las escuelas, las iglesias y las universidades cerraron. Se cancelaron todos los eventos deportivos y culturales. Se prohibieron las reuniones sociales. Cerraron el paso a los parques y plazas y los pasos que conectaban Provincia y Capital. Todos los que trabajaban en oficia comenzaron a realizar teletrabajo. Los que trabajaban en otros rubros tuvieron que tomarse unas vacaciones obligadas. Al principio la mayoría lo tomó como un respiro ¿A quién no le viene bien descansar quince días? No habían pasado cuarenta y ocho horas y había miles de challenges en las redes sociales: desde etiquetar a un amigo para que suba una foto de chiquito hasta hacer jueguitos con papel higiénico. Muchos empezaron a hacer gimnasia con vivos de Instagram. A otros se les dio por la gastronomía: fue innumerable la cantidad de gente que se puso a cocinar pan.  Las videollamadas colapsaron. Ahora la vida transcurría adentro de cada casa porque afuera había un virus maligno que atacaba sin importar clase social y no había suficientes respiradores para atender a todos los enfermos.



martes, 21 de julio de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus XII


Mientras que Lucía y Agustín permanecían distanciados, el mundo se había vuelto una película apocalíptica. En la mayoría de los países del mundo se había decretado cuarentena por el Coronavirus. Italia, España y Estados Unidos eran los que peor la estaban pasando. La cantidad de contagiados se contaba de a cinco cifras y había tantos muertos que no tenían donde ponerlos. La situación era totalmente crítica. En Argentina el miedo iba entrando de a poco en cada casa. Todos sabían que, si un virus así llegaba al país, el resultado podía ser devastador. Cada día la gente estaba más expectante. Las noticias llegaban a borbotones. La enfermedad se declaró pandemia y el 3 de marzo el pánico se instaló en el país. Había llegado desde Italia el primer paciente con Coronavirus. Cuando la noticia llegó a Lucía, rogó que fuera una Fake News, pero lamentablemente era verdad.  Se preocupó bastante, pero cuando en el noticiero mostraron un video del paciente en el que se lo veía tranquilo y estable se sintió un poco más aliviada, aunque eso significó que su cabeza vuelva a pensar sin parar en Agustín. El 4 de marzo se iba a cumplir el plazo de la apuesta que habían hecho cuando ella le dijo que había soñado que se prendía fuego. En Internet decía que un sueño así significaba problemas emocionales o relaciones tóxicas no para ella, sino para él. “Mis sueños siempre se terminan cumpliendo”, le dijo. “Tené cuidado”, agregó. “Vas a ver que no me va a pasar nada”, le contestó Agustín y le propuso que hicieran una apuesta. Plantearon un plazo de tres meses para ver qué pasaba y para el cuatro de marzo el perdedor le tendría que dar algo al ganador. Lucía pidió un alfajor y Agustín dijo que iba a pedir lo que quisiera cuando ganara. Eran las once de la noche y Lucia todavía no sabía qué hacer. ¿Sería correcto hablarle? ¿Se acordaría de la apuesta? A las 23:58 finalmente se había decidido. Agarró el celular, abrió la conversación de Agustín y sonrió al ver que estaba escribiendo.

Durante el mes que estuvieron separados Agustín se sintió muy enojado. Primero porque estaba harto de no poder concretar ninguna relación y segundo porque le pareció que la actitud de Lucía no iba a la par de sus sentimientos. Él sabía que le gustaba. “Malditos diecisiete años de diferencia”, se decía todos los días.  Para colmo estaba ese virus dando vueltas por el mundo. Si bien no lo preocupaba mucho porque no creía que fuera tan letal como decían, tenía miedo de que en Argentina también declararan cuarentena y no poder abrir su negocio. Fue un mes fatal, pero todavía tenía una oportunidad de cambiar las cosas. El 4 de marzo a las 23:58 abrió el Whatsapp y en la conversación de Lucía escribió y borró varias veces. Finalmente a las 00:00 tocó enter. “Gané”, le envió. Ella le devolvió un “ajajja”. Cómo extrañaba hacerla reír. “¿Qué vas a querer de premio?”, le preguntó luego. “Verte”, le mandó él con los ojos cerrados y rogando una respuesta positiva. “Dale ¿El sábado?, le preguntó ella. Agustín hizo su baile de la victoria como la primera vez que le había dicho que sí. Esta vez no se le iba a escapar de nuevo. El sábado de esa misma semana Lucía se tomó el colectivo, caminó un par de cuadras y le tocó el timbre a Agustín. Cuando le abrió la puerta le dio un pico y encaró por el pasillo. En la mitad, él le agarró la mano y le dio un beso de esos de película. Ella lo correspondió y sintió una electricidad por todo el cuerpo. Fueron directamente a la habitación. Se besaron más. Se desvistieron de a poco entre beso y beso y se entregaron al otro. Cuando terminaron se abrazaron como si nunca hubieran estado separados. Se rieron por lo que pasó y se pusieron a hablar de la vida y del Coronavirus que, en ese momento, era el único tema de conversación entre la gente.



martes, 14 de julio de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus XI


El domingo a Agustín le llegó un mensaje de Lucía que no era lo que esperaba después del día anterior. “¿De verdad lo saben todos?”, leyó en su pantalla. “Si, se los conté el otro día”, le contestó Agustín apretando los dientes. “¿Por qué les contaste? Te pedí que no dijeras nada”, le puso Lucía furiosa. “Lo que pasa que es que vos no te juntás tan seguido como yo con los chicos de curso. Nosotros hablamos, se dan cuenta que me pasa algo con vos y me molestan. Se los conté para que no te molestaran a vos cuando te vieran”. “Si, claro”. “Dale, no te enojes”, le suplicó Agustín, pero lo único que recibió a cambio fueron dos tildes azules. El lunes Agustín le volvió a hablar a Lucía. No quería que siguiera enojada con él. Por suerte ella le respondió y al cabo de unos minutos logró volver a hacerla reír. “¿Nos vemos esta semana?”, le dijo después. “Ya te convertiste en calabaza”, le contestó ella. “¿Cómo?, preguntó Agustín confundido. “Eso. Que el sábado fue la última vez. Ya lo habíamos hablado”. “Bueno, pero pensé que no era de verdad”, le puso tristemente Agustín. “Siempre te dije que no iba a salir con vos”, le puso tajante ella y agregó: “Dale, no te enojes”. “Todo bien”, le contestó él, aunque claramente no estaba todo bien. Como Lucía había detectado que Agustín se había enojado, intentó hablarle de cualquier cosa para que le dijera lo qué le pasaba. Finalmente a la noche lo logró, aunque cuando vio un audio de tres minutos en su celular, intuyó que las cosas no terminarían muy bien.  Puso play y escuchó como la voz de Agustín le decía que era una histérica, que un día le decía una cosa y al otro hacía otra y que si no quería que se vieran seguido que prefería que no siguieran hablando. Lucía pensó que tenía razón. Se había comportado como una histérica, pero también le había dicho desde el momento cero que no quería salir. Él había sido el que se armó una historia que no era. Trató de explicarle eso mismo de buena manera, pero fue en vano y decidieron que lo mejor era no hablarse más.



martes, 7 de julio de 2020

Amor en Tiempos de Coronavirus X


Al día siguiente para Lucía fue imposible concentrarse en el trabajo. No podía parar de pensar en Agustín. Quería verlo. A Agustín le pasaba lo mismo. Se lamentaba que no hubiera pasado nada en aquella cita. Durante toda esa semana hablaron sin parar. Él no paraba de piropearla y ella de ponerse colorada. “Basta. Estoy en la oficina”, le suplicaba ella. “Muero por verte de nuevo”, le decía él. Finalmente, el encuentro sucedió ese sábado. A la noche tenían el cumpleaños de uno de los chicos de curso. Él le había dicho si lo podía acompañar a la tarde a comprarse una remera. Ella le dijo que sí. Le preguntó si la pasaba a buscar, pero le contestó que prefería que de día no lo vieran por su casa. Nadie de la familia de Lucía sabía que estaba saliendo con él. “Paso yo por tu casa y vamos”, le dijo y a eso de las cuatro de la tarde estaba de pie en la puerta de su casa preguntándose qué estaba haciendo ahí. Agustín le abrió la puerta y sonrieron. Ella le dio un beso tímido en los labios y entró. Caminaron por un pasillo largo y cuando entraron al living, él la besó apasionadamente. “Vení, vamos al cuarto”, le dijo después. Ella lo siguió y por fin sus cuerpos se unieron. Por primera vez desde que había cortado con su ex, Lucía se sintió relajada con alguien. Hasta se dejó abrazar cuando terminaron. Jamás se dejaba abrazar. Agustín se sentía muy feliz. Hacía mucho no estaba con una mujer y con Lucía se sintió muy cómodo. Además cuando se levantó y la vio desnuda le gustó todavía más. ¡Qué linda que era! Después de un rato de estar tirados en la cama, Lucía le preguntó si era verdad lo de ir al shopping. Él se rio y le dijo que si. Cuando estaban en el auto, Agustín le preguntó si quería merendar y le contestó que sí. Así que encararon para Palermo donde no había posibilidades de encontrarse con nadie conocido. Fueron a un lugar que estaba medio escondido, pero aún así, Lucía no dejó que Agustín le tomara de la mano. No sabía por qué, pero le daba un poco de vergüenza que la vieran con alguien tan mayor. Una vez finalizada la merienda fueron para Distrito Arcos. Cuando entraban a los diferentes lugares Lucía le sugería ropa que le quedaría bien, pero él se negaba a aceptar cualquier tipo de consejo. ¿Para qué quiso que lo acompañara?, se preguntaba ella. Después se pusieron a hablar sobre casamientos. Lucía le contó que quería casarse por iglesia, vestida de blanco y luego tener una celebración en algún salón que estuviera ubicado en algún lugar accesible de la ciudad, ya que no le atraía la idea de una fiesta en una quinta, como solía hacer mucha gente. Él le contó que se casaría, pero no era algo que lo desvelara. No le gustaba ser el centro de atención. Aparte como era judío, a menos que se casara con otra judía con la que pudiera casarse en un templo, solo haría una unión de paz. En ese momento Lucía se dio cuenta de que no solo la edad era una traba entre ellos. Si bien la religión no era un punto excluyente para salir con alguien, debía ser alguien a quien amara mucho como para renunciar a casarse por Iglesia y sobre todo a no bautizar a sus hijos.

A eso de las siete de la tarde, Agustín dejó a Lucía en su casa y le preguntó si la pasaba a buscar para ir al cumpleaños. “No te hagas drama. Voy por mi cuenta. Te veo allá”, le contestó ella. “Dale”, le dijo él y se despidieron con un beso en los labios. Cuando a la noche Lucía llegó al cumpleaños, saludó a todos con un beso en la mejilla, inclusive a Agustín. Él intentó acercarse algunas veces, pero ella siempre se alejaba. “¿Qué te pasa?”, le dijo en un momento. “Se van a dar cuenta todos si te me acercás así”, le dijo. “Ya lo saben todos. No pasa nada”, le contestó él. “¿Cómo que ya lo saben?”, le dijo desesperada. “Si, se los conté el otro día”. Lucía quería matarlo. Cuando empezaron a salir, le pidió que no dijera nada ¡y ahora lo sabían todos! Quiso seguir indagando, pero justo se les acercó otra compañera del grupo. Lucía le clavó una mirada furiosa y pensó que eso no iba a quedar así. Encima, en un momento vio que Agustín se iba a hablar con otro de los chicos del curso al balcón de la casa. “Seguro le está contando todo lo que pasó hoy”, pensó angustiada y se empezó a arrepentir de haber estado con él. Para colmo, hacia el final de la noche, lo vio ponerse a hablar muy cerca con otra que estaba en el cumpleaños, pero no era del grupo. “Cartón lleno. Es hora de irme”, se dijo Lucía y se paró para agarrar sus cosas y saludar. Cuando llegó el turno de Agustín, le volvió a dar un beso en el cachete, pero él no mostró mucho interés y ella se enojó un poco más.