Luego del reencuentro, los casos de Covid en
Argentina empezaron a crecer ya que muchas personas estaban regresando de sus
viajes por Europa. El presidente declaró distanciamiento social no obligatorio.
Lo que significaba que se podía seguir haciendo vida normal, pero siempre y
cuando se respetara una distancia entre personas de un metro y hubiera un
lavado de manos continuo. La cantidad de gente en la calle bajó
considerablemente ya que todos tenían miedo de contagiarse. Eso no impidió que
Agustín y Lucía se vieran. Fue un sábado. Iban a ir a tomar algo, pero la noche
estaba fría y lluviosa, entonces aprovecharon que ella estaba sola en su casa y
él fue para allá. Charlaron, se besaron, se abrazaron, se disfrutaron. Todo sin
saber qué esa sería la última vez que lo harían. Cuando empezó la semana, se
comenzó a rumorear que el presidente Alberto Fernández declararía la cuarentena
obligatoria por quince días. Eso significaba que solo las personas que tuvieran
trabajos esenciales podrían salir a la calle. El resto debía permanecer en sus
casas a menos que tuvieran un permiso especial para circular. Esto hizo que los
supermercados se plagaran y que hubiera colas interminables en las estaciones
de servicio. Por algún motivo la gente pensaba que debía stockearse como
si fuera el fin del mundo. A Lucía la mandaron a trabajar a la casa. Además
empezaron a cerrar los cines, los teatros, los gimnasios y todo aquello que
acumulara personas. El jueves el país era un caos, debido a que ya estaba casi
confirmado el confinamiento. “¿Nos vemos antes de que decreten la cuarentena?”,
le preguntó Agustín. “Dale, vení a casa que hoy estoy sola”, le contestó Lucía.
Sin embargo, no llegaron a verse. El presidente realizó una conferencia en la
que confirmó que el distanciamiento social obligatorio empezaría esa noche, lo
que significaba que al final Lucía no estaría sola. “Bueno, son quince días
nada más”, dijeron ambos tratando de compadecerse. Y como ellos, muchos
pensaron lo mismo. El 20 de marzo a las cero horas, Argentina se congeló como
el resto del mundo. Todos los comercios bajaron sus persianas. Las puertas de
las escuelas, las iglesias y las universidades cerraron. Se cancelaron todos
los eventos deportivos y culturales. Se prohibieron las reuniones sociales.
Cerraron el paso a los parques y plazas y los pasos que conectaban Provincia y
Capital. Todos los que trabajaban en oficia comenzaron a realizar teletrabajo.
Los que trabajaban en otros rubros tuvieron que tomarse unas vacaciones
obligadas. Al principio la mayoría lo tomó como un respiro ¿A quién no le viene
bien descansar quince días? No habían pasado cuarenta y ocho horas y había
miles de challenges en las redes sociales: desde etiquetar a un amigo
para que suba una foto de chiquito hasta hacer jueguitos con papel higiénico.
Muchos empezaron a hacer gimnasia con vivos de Instagram. A otros se les dio
por la gastronomía: fue innumerable la cantidad de gente que se puso a cocinar
pan. Las videollamadas colapsaron. Ahora
la vida transcurría adentro de cada casa porque afuera había un virus maligno
que atacaba sin importar clase social y no había suficientes respiradores para atender
a todos los enfermos.
martes, 28 de julio de 2020
martes, 21 de julio de 2020
Amor en Tiempos de Coronavirus XII
Mientras que Lucía y Agustín permanecían
distanciados, el mundo se había vuelto una película apocalíptica. En la mayoría
de los países del mundo se había decretado cuarentena por el Coronavirus. Italia,
España y Estados Unidos eran los que peor la estaban pasando. La cantidad de
contagiados se contaba de a cinco cifras y había tantos muertos que no tenían
donde ponerlos. La situación era totalmente crítica. En Argentina el miedo iba
entrando de a poco en cada casa. Todos sabían que, si un virus así llegaba al
país, el resultado podía ser devastador. Cada día la gente estaba más
expectante. Las noticias llegaban a borbotones. La enfermedad se declaró
pandemia y el 3 de marzo el pánico se instaló en el país. Había llegado desde
Italia el primer paciente con Coronavirus. Cuando la noticia llegó a Lucía,
rogó que fuera una Fake News, pero lamentablemente era verdad. Se preocupó bastante, pero cuando en el
noticiero mostraron un video del paciente en el que se lo veía tranquilo y
estable se sintió un poco más aliviada, aunque eso significó que su cabeza
vuelva a pensar sin parar en Agustín. El 4 de marzo se iba a cumplir el plazo
de la apuesta que habían hecho cuando ella le dijo que había soñado que se
prendía fuego. En Internet decía que un sueño así significaba problemas
emocionales o relaciones tóxicas no para ella, sino para él. “Mis sueños siempre
se terminan cumpliendo”, le dijo. “Tené cuidado”, agregó. “Vas a ver que no me
va a pasar nada”, le contestó Agustín y le propuso que hicieran una apuesta. Plantearon
un plazo de tres meses para ver qué pasaba y para el cuatro de marzo el
perdedor le tendría que dar algo al ganador. Lucía pidió un alfajor y Agustín
dijo que iba a pedir lo que quisiera cuando ganara. Eran las once de la noche y
Lucia todavía no sabía qué hacer. ¿Sería correcto hablarle? ¿Se acordaría de la
apuesta? A las 23:58 finalmente se había decidido. Agarró el celular, abrió la
conversación de Agustín y sonrió al ver que estaba escribiendo.
Durante el mes que estuvieron separados Agustín se
sintió muy enojado. Primero porque estaba harto de no poder concretar ninguna
relación y segundo porque le pareció que la actitud de Lucía no iba a la par de
sus sentimientos. Él sabía que le gustaba. “Malditos diecisiete años de
diferencia”, se decía todos los días. Para
colmo estaba ese virus dando vueltas por el mundo. Si bien no lo preocupaba
mucho porque no creía que fuera tan letal como decían, tenía miedo de que en
Argentina también declararan cuarentena y no poder abrir su negocio. Fue un mes
fatal, pero todavía tenía una oportunidad de cambiar las cosas. El 4 de marzo a
las 23:58 abrió el Whatsapp y en la conversación de Lucía escribió y borró
varias veces. Finalmente a las 00:00 tocó enter. “Gané”, le envió. Ella le
devolvió un “ajajja”. Cómo extrañaba hacerla reír. “¿Qué vas a querer de
premio?”, le preguntó luego. “Verte”, le mandó él con los ojos cerrados y
rogando una respuesta positiva. “Dale ¿El sábado?, le preguntó ella. Agustín
hizo su baile de la victoria como la primera vez que le había dicho que sí. Esta
vez no se le iba a escapar de nuevo. El sábado de esa misma semana Lucía se tomó el
colectivo, caminó un par de cuadras y le tocó el timbre a Agustín. Cuando le
abrió la puerta le dio un pico y encaró por el pasillo. En la mitad, él le
agarró la mano y le dio un beso de esos de película. Ella lo correspondió y
sintió una electricidad por todo el cuerpo. Fueron directamente a la
habitación. Se besaron más. Se desvistieron de a poco entre beso y beso y se
entregaron al otro. Cuando terminaron se abrazaron como si nunca hubieran
estado separados. Se rieron por lo que pasó y se pusieron a hablar de la vida y
del Coronavirus que, en ese momento, era el único tema de conversación entre la
gente.
martes, 14 de julio de 2020
Amor en Tiempos de Coronavirus XI
El domingo a Agustín le llegó un mensaje de Lucía que
no era lo que esperaba después del día anterior. “¿De verdad lo saben todos?”,
leyó en su pantalla. “Si, se los conté el otro día”, le contestó Agustín apretando
los dientes. “¿Por qué les contaste? Te pedí que no dijeras nada”, le puso
Lucía furiosa. “Lo que pasa que es que vos no te juntás tan seguido como yo con
los chicos de curso. Nosotros hablamos, se dan cuenta que me pasa algo con vos
y me molestan. Se los conté para que no te molestaran a vos cuando te vieran”.
“Si, claro”. “Dale, no te enojes”, le suplicó Agustín, pero lo único que
recibió a cambio fueron dos tildes azules. El lunes Agustín le volvió a hablar
a Lucía. No quería que siguiera enojada con él. Por suerte ella le respondió y
al cabo de unos minutos logró volver a hacerla reír. “¿Nos vemos esta semana?”,
le dijo después. “Ya te convertiste en calabaza”, le contestó ella. “¿Cómo?,
preguntó Agustín confundido. “Eso. Que el sábado fue la última vez. Ya lo habíamos hablado”. “Bueno, pero pensé que no
era de verdad”, le puso tristemente Agustín. “Siempre te dije que no iba a
salir con vos”, le puso tajante ella y agregó: “Dale, no te enojes”. “Todo
bien”, le contestó él, aunque claramente no estaba todo bien. Como Lucía había
detectado que Agustín se había enojado, intentó hablarle de cualquier cosa para
que le dijera lo qué le pasaba. Finalmente a la noche lo logró, aunque cuando
vio un audio de tres minutos en su celular, intuyó que las cosas no terminarían
muy bien. Puso play y escuchó
como la voz de Agustín le decía que era una histérica, que un día le decía una
cosa y al otro hacía otra y que si no quería que se vieran seguido que prefería
que no siguieran hablando. Lucía pensó que tenía razón. Se había comportado como
una histérica, pero también le había dicho desde el momento cero que no quería
salir. Él había sido el que se armó una historia que no era. Trató de
explicarle eso mismo de buena manera, pero fue en vano y decidieron que lo mejor era no hablarse
más.
martes, 7 de julio de 2020
Amor en Tiempos de Coronavirus X
Al día siguiente para Lucía fue imposible
concentrarse en el trabajo. No podía parar de pensar en Agustín. Quería verlo. A
Agustín le pasaba lo mismo. Se lamentaba que no hubiera pasado nada en aquella
cita. Durante toda esa semana hablaron sin parar. Él no paraba de piropearla y
ella de ponerse colorada. “Basta. Estoy en la oficina”, le suplicaba ella.
“Muero por verte de nuevo”, le decía él. Finalmente, el encuentro sucedió ese
sábado. A la noche tenían el cumpleaños de uno de los chicos de curso. Él le
había dicho si lo podía acompañar a la tarde a comprarse una remera. Ella le
dijo que sí. Le preguntó si la pasaba a buscar, pero le contestó que prefería
que de día no lo vieran por su casa. Nadie de la familia de Lucía sabía que
estaba saliendo con él. “Paso yo por tu casa y vamos”, le dijo y a eso de las
cuatro de la tarde estaba de pie en la puerta de su casa preguntándose qué
estaba haciendo ahí. Agustín le abrió la puerta y sonrieron. Ella le dio un
beso tímido en los labios y entró. Caminaron por un pasillo largo y cuando
entraron al living, él la besó apasionadamente. “Vení, vamos al cuarto”, le
dijo después. Ella lo siguió y por fin sus cuerpos se unieron. Por primera vez
desde que había cortado con su ex, Lucía se sintió relajada con alguien. Hasta
se dejó abrazar cuando terminaron. Jamás se dejaba abrazar. Agustín se sentía
muy feliz. Hacía mucho no estaba con una mujer y con Lucía se sintió muy cómodo.
Además cuando se levantó y la vio desnuda le gustó todavía más. ¡Qué linda que
era! Después de un rato de estar tirados en la cama, Lucía le preguntó si era
verdad lo de ir al shopping. Él se rio y le dijo que si. Cuando estaban en el
auto, Agustín le preguntó si quería merendar y le contestó que sí. Así que
encararon para Palermo donde no había posibilidades de encontrarse con nadie
conocido. Fueron a un lugar que estaba medio escondido, pero aún así, Lucía no
dejó que Agustín le tomara de la mano. No sabía por qué, pero le daba un poco
de vergüenza que la vieran con alguien tan mayor. Una vez finalizada la
merienda fueron para Distrito Arcos. Cuando entraban a los diferentes lugares
Lucía le sugería ropa que le quedaría bien, pero él se negaba a aceptar
cualquier tipo de consejo. ¿Para qué quiso que lo acompañara?, se preguntaba
ella. Después se pusieron a hablar sobre casamientos. Lucía le contó que quería
casarse por iglesia, vestida de blanco y luego tener una celebración en algún
salón que estuviera ubicado en algún lugar accesible de la ciudad, ya que no le
atraía la idea de una fiesta en una quinta, como solía hacer mucha gente. Él le
contó que se casaría, pero no era algo que lo desvelara. No le gustaba ser el
centro de atención. Aparte como era judío, a menos que se casara con otra judía
con la que pudiera casarse en un templo, solo haría una unión de paz. En ese
momento Lucía se dio cuenta de que no solo la edad era una traba entre ellos. Si
bien la religión no era un punto excluyente para salir con alguien, debía ser
alguien a quien amara mucho como para renunciar a casarse por Iglesia y sobre
todo a no bautizar a sus hijos.
A eso de las siete de la tarde, Agustín dejó a Lucía en su casa y le
preguntó si la pasaba a buscar para ir al cumpleaños. “No te hagas drama. Voy por
mi cuenta. Te veo allá”, le contestó ella. “Dale”, le dijo él y se despidieron
con un beso en los labios. Cuando a la noche Lucía llegó al cumpleaños, saludó a
todos con un beso en la mejilla, inclusive a Agustín. Él intentó acercarse
algunas veces, pero ella siempre se alejaba. “¿Qué te pasa?”, le dijo en un
momento. “Se van a dar cuenta todos si te me acercás así”, le dijo. “Ya lo
saben todos. No pasa nada”, le contestó él. “¿Cómo que ya lo saben?”, le dijo
desesperada. “Si, se los conté el otro día”. Lucía quería matarlo. Cuando
empezaron a salir, le pidió que no dijera nada ¡y ahora lo sabían todos! Quiso
seguir indagando, pero justo se les acercó otra compañera del grupo. Lucía le
clavó una mirada furiosa y pensó que eso no iba a quedar así. Encima, en un
momento vio que Agustín se iba a hablar con otro de los chicos del curso al
balcón de la casa. “Seguro le está contando todo lo que pasó hoy”, pensó
angustiada y se empezó a arrepentir de haber estado con él. Para colmo, hacia
el final de la noche, lo vio ponerse a hablar muy cerca con otra que estaba en
el cumpleaños, pero no era del grupo. “Cartón lleno. Es hora de irme”, se dijo
Lucía y se paró para agarrar sus cosas y saludar. Cuando llegó el turno de Agustín, le volvió a dar un beso en el
cachete, pero él no mostró mucho interés y ella se enojó un poco más.
martes, 30 de junio de 2020
Amor en Tiempos de Coronavirus IX
Durante la semana Agustín le habló a Lucía y le
preguntó cuándo verían de nuevo. Ella le esquivó completamente la pregunta y se
desilusionó un poco. ¿No quería verlo de nuevo? Durante la cita pareció que la
estaba pasando bien. Dejó pasar un par de días y el sábado mientras cerraba el
local le habló de nuevo. Ella estaba en el shopping comprando un regalo. “Te
paso a buscar y almorzamos”, le dijo, pero ella le contestó: “No deberíamos
salir”. En ese momento sintió como un puñal se le clavaba en el pecho. ¿Por qué
nunca tenía suerte con las mujeres que le gustaban? Decidió mandarle un audio
para que el mensaje no se distorsionara. Le dijo que a él le gustaba mucho y
que quería salir con ella. También le dijo que le parecía que él le gustaba
también y le preguntó si había algo que la frenaba. ¿Es por lo que puede llegar
a decir tu familia o tus amigos? La respuesta tardó unos minutos en llegar. “Es
por mi familia, por mis amigos y por mí. Es todo muy complicado en este
momento”, le contestó. Agustín le dijo que la entendía, pero le pidió que lo
pensara. Después de esa conversación dejaron de hablarse por unos días. Sin
embargo, Agustín no quería alejarse de ella. No todavía y no así. Así que una
tarde en la que se encontraba solo en su local, le mandó un mensaje: “Me
aburro”, le escribió y cruzó los dedos para recibir una respuesta. Por suerte
fue inmediata. “Yo también”, le contestó y comenzaron a charlar sobre el hombre
que se había comido un murciélago en China y había contraído Coronavirus.
“Estos chinos son impresionantes. ¿Cómo se va a comer un murciélago?”, le decía
Lucía. “No tengo idea, son más raros”, le contestaba Agustín y así comenzaron a
hablar de nuevo, (aunque con menos frecuencia) sin imaginar todo lo que estaba
a punto de ocurrir.
Mientras Lucía y Agustín descubrían qué pasaba entre
ellos, en una ciudad de China detectaron once millones de casos de neumonía
cuyo origen era desconocido. Con el correr de los días, cada vez más personas
aparecían con los mismos síntomas: tos, fiebre, dolor de cabeza y dificultad
para respirar. Nadie entendía qué estaba pasando. Fue más o menos el 31 de
diciembre cuando detectaron que la enfermedad que se estaba expandiendo sin
control era Coronavirus. Un virus que contraían los animales y únicamente se
contagiaba entre ellos ahora estaba en el cuerpo humano. Aparentemente todo
comenzó cuando un habitante de Wuhan tomo una sopa de murciélago y este estaba
infectado. Como es una enfermedad alta y fácilmente contagiosa, solo bastó que una
gota de saliva cayera en otra persona para que empezara a formarse una bola de
nieve gigantesca y descontrolada. Tuvieron que empezar a cerrar escuelas, oficinas,
shoppings. Todos debían permanecer aislados en sus casas. Estaba prohibido
realizar reuniones y estar a menos de un metro de distancia de otra persona. En
la televisión se podía ver cómo camiones rociaban todas las calles con agua y
desinfectante. Las imágenes parecían de esas películas futuristas. Al principio
el resto del mundo no se preocupó mucho. Se reía y hacía memes al respecto. “Eso
les pasa por tener esas costumbres raras”, decían algunos. Sin embargo, cuando
a mediados de enero descubrieron el primer caso en Europa, el ánimo de todos
cambió.
Durante enero, Agustín y Lucía comenzaron de nuevo a
hablar muy seguido. Agustín se la pasaba desenvolviendo una serie de halagos y la
trataba de convencer de que se vieran. Lucía siempre le respondía que no.
Estuvo prácticamente todo el mes rehusándose a verlo, pero un día, después de
tanto “que linda que sos” y “como me gustas” no se aguantó más. “¿Vamos a tomar
una limonada y a comer torta?”, le mandó por Whatsapp. “A la tarde no puedo”,
le contestó él y agregó: “si querés puede ser tipo ocho”. “A las ocho no se
merienda. Podemos ir a tomar algo después de comer”, le dijo Lucía. “Dale, te
veo a la noche”, le contestó Agustín y ambos celebraron.
A eso de las diez Agustín la pasó a buscar a Lucía
por su casa. Como siempre estacionó a la vuelta para que nadie lo viera. “Me
sorprendiste con tu mensaje”, le dijo. “No esperaba que me dijeras de vernos”.
Lucía se rio y por dentro pensó que ella tampoco esperaba invitarlo a salir.
Fueron a un bar de esos ocultos. Como hacía calor fueron para la terraza. Él se
pidió un trago con gin, siempre se pedía tragos que tuvieran esa bebida. Ella
se pidió uno más dulzón. Comenzaron a charlar de cualquier cosa. Agustín se
sentía muy feliz de estar ahí con Lucía y ella otra vez se sentía muy
tranquila. “Quiero darle un beso”, pensó Agustín y le dijo: “Vení, sentate acá”.
“¿Por qué siempre me exige las cosas en vez de preguntármelas?”, pensó Lucía.
“No me voy a mover”, le dijo entonces. Agustín revoleó los ojos y corrió su
silla al lado de ella. Le tomó la mano y jugueteó un poco con sus dedos. Lucía
se tensó un poco, pero no lo suficiente como la primera vez que habían salido.
Él se acercó aún más y finalmente le dio un beso. Ella lo correspondió. Lucía
se relajó y no sintió vergüenza por que el resto de las mesas los miraran.
Agustín quería que ese momento nunca terminara. A eso de las once y media
pidieron la cuenta. Cuando salieron del bar Lucía encaró hacia el auto, pero
Agustín le agarró el brazo y comenzó a besarla. De a poco y suavemente la
empujó hacia la pared y el beso se volvió más apasionado. Luego de unos
minutos, Lucía lo separó y le dijo: “vamos”. Caminaron en silencio hasta el
auto y ahí se unieron nuevamente en un beso más fogoso que el anterior. Ambos
terminaron sin aliento, pero cuando se subieron a la camioneta, ese fuego no
continuó. Lucía quería que siguiera, pero no iba a tomar la iniciativa la
primera vez y él no lo hizo. Entonces, la noche terminó cuando Agustín la dejó
en su casa y ambos se quedaron con ganas de más.
martes, 23 de junio de 2020
Amor en Tiempos de Coronavirus VIII
Cuando Lucía leyó el mensaje de Agustín lo primero
que pensó fue si era una pregunta o una imposición. Después pensó qué excusa
podía inventar para decirle que no, pero se imaginó que dijera lo que le dijera
al cabo de unos días la iba a invitar a salir de nuevo. Por último, pensó que
quizás la invitación no era una cita sino una salida de amigos, aunque sabía
que esas no eran sus intenciones. “Bueno, no tengo motivos para decirle que
no”, pensó. “Dale”, le escribió no muy segura de lo que estaba haciendo. “¿Mañana?”,
le preguntó él. Imposible, pensó ella sabiendo que tenía otra cita. “Arreglemos
más llegado el finde”, le contestó finalmente y pensó que quizás se olvidaría o
tendría alguna excusa y evitaría salir con él. Sin embargo, cuando llegó el
sábado, a eso del mediodía recibió un mensaje de él preguntándole si al final
podía. “Ya fue, le digo que sí”, pensó y le mandó una respuesta afirmativa. Cuando
la pasó a buscar y se subió a su auto vio que se había afeitado y se había
puesto una camisa. “Parece más viejo de lo que es”, pensó y un poco se
arrepintió de haberle dicho que sí, aunque cambió de opinión cuando sacó un
libro y se lo regaló. Sonrió y le dijo que seguro le iba a gustar. Si había
algo que le gustaba que le regalaran eran libros, y ese parecía uno bueno. En
el camino charlaron de todo un poco. Le contó que ya no salía más con Matías,
pero obvió la parte de que había salido con otro chico apenas dos días atrás.
Cuando entraron al bar, los recibió una chica y le dio un poco de vergüenza de
que los vieran juntos. “¿Qué pensaría?”. Por suerte sus miedos y dudas se
disolvieron cuando se sentaron en la mesa. Por algún motivo que desconocía se
sentía muy tranquila con él. No sintió en ningún momento los nervios que tuvo
con sus otras dos citas aquella semana. Quizás el hecho de que se conocían de
antes ayudó. Durante la cena se rió mucho y en ningún momento sintió la
diferencia de edad. Cuando terminaron de comer, él le ofreció ir hasta la
orilla del río. Lucía entró en pánico. Sabía que si iban hasta ahí, él iba a
darle un beso. Si bien muchas veces se imaginó haciéndolo, ¿realmente quería
que la besara? Ante la indecisión se dejó llevar y lo siguió. Cuando estuvieron
cerca de la orilla, le empezó a contar una anécdota sobre su ex para ver si
podía evitar lo que estaba por venir, pero el la interrumpió y se puso a hablar
de otra cosa. Era evidente que estaba dispuesto a cumplir su objetivo a toda
costa. “¿Tenés frío?”, le dijo cuando vio que tiritaba. “Un poco”, le contestó,
siempre manteniendo una distancia prudente.
Cuando le pidió que le diera la mano, se dio cuenta
de que no tenía más escapatoria. Podía frenarlo, sin dudas, pero no lo hizo.
Algo en su interior la empujó a que viviera aquel momento. El beso fue lindo.
Se sentía bien y había una conexión entre ambos, pero eso no impidió que le
pánico la invadiera nuevamente “¿Qué estoy haciendo? Este hombre podría ser mi
papá”, se dijo mientras sus bocas seguían pegadas. Cuando se separaron, le dijo
que él era muy grande para ella, para que entendiera que esa cita no era el
inicio de nada. Pero mucho no le importó. Le dijo que él no había notado la
diferencia de edad y la volvió a besar. Luego Agustín le preguntó si quería ir
a tomar algo a otro lado, pero ella sabía que eso significaba que podrían
terminar en su casa y definitivamente era algo que no quería hacer. “Mejor
llévame a mi casa”, le contestó y sintió que volvía a tener doce años de nuevo.
Cuando finalmente la dejó en su casa, su cabeza era un bolillero de
pensamientos. Abrió el libro que le había regalado y vio que tenía una
dedicatoria. La leyó y sonrió. Le mandó un mensaje diciendo que le había encantado
la dedicatoria. “¿Por qué no tiene aunque sea diez años menos?”, pensó y se
tiró en la cama para procesar todo lo que había vivido en unas pocas horas. “No
puedo seguir saliendo con él”, se dijo finalmente.
martes, 16 de junio de 2020
Amor en Tiempos de Coronavirus VII
Agustín estuvo varios días pensando si invitar a
salir a Lucía o no y a la vez pensando de qué manera hacerlo. Una mañana estaban
hablando por Whatsapp de cualquier cosa y sin pensarlo le escribió “vamos al
cine” y se lo envió con los ojos cerrados. “No hay nada para ver en el cine”,
contestó ella y asumió que había sido una maniobra para decirle que no. Sin
embargo, no quiso quedarse con esa respuesta y le retrucó: “Vamos a tomar algo”
y cruzó los dedos esperando el sí. “Bueno, está bien”, fue la respuesta y Agustín
realizó su típico baile de la victoria. “¿Cuándo?, ¿mañana?”, le preguntó
luego. “Arreglemos más cerca del finde, quizás el sábado puedo”, le contestó y rogó
para que esa cita se concretara.
El sábado se levantó casi al mediodía y se la jugó.
No quería quedarse sin salir con Lucía. “¿Al final podés hoy?”, le escribió.
Mientras esperaba la respuesta vio que ella escribió y borró varias veces, pero
al final le dijo que sí. A eso de las ocho se afeitó, se puso una camisa y
agarró el libro que le había comprado de regalo. A las nueve en punto le mandó
un Whatsapp diciéndole que estaba parado a la vuelta. Cuando la vio salir el corazón
le dio un vuelco. Qué linda que estaba. Ni bien se subió la saludó con un beso
en el cachete y le dio un libro. “Es mi autor favorito, espero que te guste”.
Lucía le agradeció y le dijo que seguro le gustaría porque tenían gustos
parecidos en la literatura. Durante el viaje hasta el bar que había elegido
para llevarla a comer, ella le contó que había terminado su breve relación con
Matías y le contó los motivos. “Qué suerte”, pensó él.
Durante la cena la pasó
muy bien. En ningún momento sintió la gran diferencia de edad que había entre
ellos. Ella era muy divertida y le encantaba cuando se reía. Aparte era de buen
comer. Eso le gustaba. Cuando terminaron de cenar, como el lugar daba al río,
le preguntó si quería acercarse a la orilla. La vio dudar un poco, pero
finalmente le dijo que sí. Caminaron y cuando él se quiso seguir, ella le dijo
que no, que por lo general al borde del río había ratas. Lo hizo reír otra vez,
pero aceptó su petición. “¿Tenés frío?”, le preguntó cuando la vio aferrarse a
su saco. “Un poco”, le contestó casi sin mirarlo. “Dame la mano”, le dijo
entonces. En ese momento lo miró y se la dio. Sorprendido porque le había hecho
caso, se la tomó y la llevó hacia él para darle el tan esperado beso. Mientras
la besaba sentía que había rejuvenecido veinte años y sobre todo se sentía muy feliz.
Estar con ella siempre era como una bocanada de aire fresco. Cuando se
separaron, la miró y se mordió el labio. Qué linda que era. La abrazó una vez
más aunque esta vez se mostró un poco distante. “Sos muy grande para mí, lo
sabés, ¿no?”, le dijo de repente. “Si, lo sé, pero yo no sentí en ningún
momento la diferencia de edad”, le contestó. “Dale, aflojá un poco”, le dijo
después y la volvió a besar. “¿Querés que vayamos a otro bar?”, le preguntó.
“No, quiero que me lleves a casa”, le dijo y ahí se bajoneó un poquito, pero no
lo suficiente. Luego de dejarla en su casa fue a cargar nafta y mientras esperaba
le llegó un mensaje de ella: “Me encantó la dedicatoria del libro y la pasé muy
bien hoy”. Agustín no pudo evitar sonreír de oreja a oreja y para sus adentros
se dijo: ”La besé, no puedo creer que la besé”.
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