miércoles, 21 de marzo de 2018

10 años ¿Cambian la historia? II

Con el correr del tiempo, el grupo cada vez se hizo más unido y nosotros dos también. Siempre volvíamos juntos de los ensayos y disfrutábamos de la compañía del otro.  Un día llevamos nuestras charlas de entre tiempo a conversaciones privadas por Whatsapp y, al igual que en persona, hablábamos de todo, solo que como no nos veíamos las caras, me animaba a contarle un poco más. Le dije que sentía que estaba caminando en arenas movedizas, que todo a mi alrededor se estaba derrumbando y sobre todo que me sentía muy sola. También le conté que había estado muy enamorada de alguien, pero me había lastimado tanto que sentía que ya no podía querer a nadie más. Él siempre sabía calmarme, me contaba sus experiencias y me hacía sonreír. Así fue como empecé a mirarlo con otros ojos y me di cuenta de que él ya lo hacía. Si hubiéramos tenido la misma edad, quizás todo hubiera sido más fácil, pero esos diez años de diferencia me hacían dudar mucho. Estábamos en etapas diferentes de la vida y así iba a ser constantemente. Cuando estábamos juntos nos llevábamos bárbaro y eso no lo podía negar, pero ¿sería lo mismo en una relación? “Si no probás nunca lo vas a descubrir” dirán ustedes y por eso mismo, un día me dije que, si él me quería conquistar, yo no me iba a resistir. El tema era que, para hacerlo, tenía que sorprenderme, cosa que no era trabajo fácil o sí, depende de cómo se lo mire. Yo necesitaba que hiciera algo que me descolocara, algo que rompiera con todas mis estructuras y me hiciese tomar la decisión de dar ese gran paso. 

miércoles, 14 de marzo de 2018

10 años ¿Cambian la historia? I


Nos conocimos en las clases de salsa, o mejor dicho armando la coreografía de fin de año ya que como íbamos diferentes días nunca nos habíamos visto más que por fotos. Él era rubio, alto, lindo, extremadamente gracioso y… diez años mayor que yo. ¿Y qué? Dirán ustedes. No se preocupen, yo me hice la misma pregunta muchísimas veces, solo que cuando tenés 22 y estás pasando el peor año de tu vida, la perspectiva de las cosas cambia un poco, pero si les parece bien les cuento un poco mejor como se fueron sucediendo los hechos.
Como les contaba anteriormente, nuestra historia comenzó cuando todos los viernes a la noche viajábamos unos 40 minutos para practicar la coreo de fin de año. En los primeros ensayos todavía no teníamos tanta confianza, ni nosotros dos, ni el grupo en general ya que, si bien íbamos a las clases y a algunas fiestas, como todos saben, generar una amistad lleva un poco más de tiempo o un punto de partida. El nuestro fue un asado que surgió como quien no quiere la cosa y en el que terminamos festejando el cumpleaños de él. Comimos, bailamos, cantamos, la pasamos tan, pero tan bien y se generó tan buena onda entre todos que lo que siguió después fueron prácticas llenas de risas, diversión y mucha cerveza. Quiero aclarar que este último dato no es menor ya que gracias a ella fue naciendo nuestro amor. No me malinterpreten, no quiero decir que nos emborrachábamos en cada ensayo y así fue como nos acercamos. En realidad, fue todo lo contrario. Comenzamos a acercarnos en los tiempos muertos en que los demás iban a comprar la cerveza. Charlábamos de todo, de lo que nos gustaba hacer, de nuestra familia, de nuestras metas y ambiciones y así, de a poquito, fue metiéndose en lo más profundo de mi alma que, en ese momento, tenía una herida muy grande. 



miércoles, 15 de noviembre de 2017

Un Amor All Inclusive IV

Los días pasaron, me establecí por completo en mi nuevo trabajo y se puede decir que prácticamente me volví experto en hoteles All Inclusive, o mejor dicho, de las personas que se hospedan en este tipo de hotel.

Por ejemplo, algo bien general que se ve en el 90% de los huéspedes es que tardan aproximadamente 40 minutos desde que cruzan la puerta en olvidarse que son padres, profesionales o personas responsables para convertirse en esponjas que absorben alcohol las 24 horas del día.

Luego, si entramos a hilar más fino y nos metemos a observar a las distintas nacionalidades, se puede decir que son  fácilmente distinguibles, simplemente hay que ver qué y a qué hora arrancan a tomar y de qué lado del buffet se sientan. Los canadienses, por ejemplo, empiezan tipo 11 de la mañana con alguna bebida blanca y en el comedor se sientan, en el desayuno, del lado de las cosas fritas y en el almuerzo y la cena del lado de la comida más liviana. Los argentinos, en cambio, arrancan con cerveza tipo 12. En cuanto a la ubicación en el restaurant, en el desayuno están del lado de las cosas dulces, las frutas o los fiambres y en el almuerzo y la cena cerca de la parrilla o las pastas. Igualmente por lo que más se los distinguen es por lo tarde que van a comer.

Muchas veces con mis compañeros jugamos a adivinar de donde proviene la gente que va a ingresando. Hoy a la mañana fue una de esas veces. Venía contando 13 canadienses, 5 españoles, 4 uruguayos cuando la vi. Pasó por la gran puerta de vidrio junto con dos amigas y cuando frenaron dos segundos a mirar el lugar el corazón me empezó a latir fuerte. Tenía puesto un vestido blanco con flores y el pelo castaño claro le caía por los hombros. Solo tuvo que sonreír para que me terminara de enamorar. ¿De dónde sería? Parecía argentina cosa que hacía que me gustara más todavía. Crucé los dedos y le rogué a Dios que fuera a sentarse para el lado de la mesa dulce. Por favor supliqué, por favor. Reanudaron el paso, tambalearon un poco, unos pasos para la derecha y otros para la izquierda. Yo seguía suplicando cuando finalmente se sentaron … al lado de la gran mesa de medialunas. 

lunes, 12 de junio de 2017

Rompiendo Estereotipos



Simplify group es un grupo de gente al que le importa el bienestar de las personas y realiza servicios específicos según las diferentes necesidades de las personas o empresas. El sábado pasado me invitaron a su evento “YogArte + Cerveza” donde viví una de esas experiencias que no se viven todos los días.

La consigna era romper estereotipos y no quedó ninguna duda de que así fue. Si bien yo practico yoga desde hace ya varios años y sé perfectamente que llevar una vida sana no excluye bailar, tomar alcohol o divertirse de cualquiera de las formas posibles, nunca había tenido la oportunidad de poder disfrutar todo a la vez.

El evento tuvo lugar en un espacioso salón con vista al río. La cita era a las seis de la tarde por lo que los que llegamos a horario tuvimos el placer de deleitarnos con el hermoso atardecer que nos ofreció el día. Mientras esperábamos que se inicie formalmente el programa, podíamos elegir entre relajarnos con unos masajes en los pies o cabeza o volcar toda nuestra creatividad pintando un montón de hojas distribuidas meticulosamente en el piso.


Al cabo de una hora, las organizadoras nos llamaron para comenzar con las actividades. Cada uno eligió una colchoneta y comenzamos con unos juegos para conectarnos entre todos y romper el primer estereotipo ¿Quién dijo que en una clase de yoga uno no puede reírse? ¿Quién dijo que una práctica de yoga es, únicamente, hacer posturas? 


Una vez terminadas las actividades volvimos a nuestras colchonetas para bajar las pulsaciones pero sobre todo para ver y entender como nos sentíamos en ese momento. Minutos después, cuando la práctica física había comenzado, se podía observar a más de 40 guerreros uniendo su cuerpo, su alma y su mente.

El día continuó, algunos tuvieron la suerte de ganar en el sorteo que se realizó mientras que los demás simplemente disfrutamos de romper el estereotipo n°2 ¿Quién dijo que los practicantes de yoga no pueden tomar cerveza? No solo que podemos, sino que lo hicimos mirando la espectacular Luna llena reflejada en el río.




Y como no hay dos sin tres, terminamos el día quebrando el último estereotipo bailando al compás de la banda de cumbia Salame Sandia y comiendo unos ricos muffins salados y saludables.
¿Si recomiendo YogArte? Definitivamente, los que tengan la posibilidad de asistir a los próximos encuentros no dejen de hacerlo, no se van a arrepentir.


Pueden encontrar información en Facebook: Simplify Group y en Instagram: simpgroup






lunes, 1 de mayo de 2017

Un Amor All Inclusive III

Eran las tres menos cuarto. Todavía tenía quince minutos para cruzar el parque que separaba la ruta de la puerta del hotel por lo que me quedé ahí parado observando su inmensidad. Si bien no tenía más de tres pisos, ocupaba al menos unas siete cuadras de largo, y eso era solo la fachada.

A las tres en punto el coordinador del personal me recibió por la puerta de servicio. Apurado pero amable me dio las indicaciones correspondientes y luego de darme el uniforme me acompañó hacia uno de los restaurants.
No fue mucho lo que pude ver en ese corto trayecto pero si de afuera el lugar se veía grande, adentro era gigantezco.

Una vez dentro, uno de los empleados se me acercó sonriente y dándome unas palmaditas en la espalda me dijo:
-Hola chico, mi nombre es Tomás, tu eres Diego, ¿verdad? Asentí con la cabeza.
Mirá, aquí hay tres cosas importantes que debes saber sobre este trabajo:
La primera es que si te gusta alguna de las clientes, no te inhibas, a las extranjeras les encanta la carne cubana.
La segunda es que cuando haces el turno noche puedes ir a la disco cuando termina la jornada asique si fichaste a alguien durante el día, esa es tu oportunidad.
Por último pero sin dudas lo más importante, no te enamores chicos, ellas siempre se van.

Los consejos de Tomás me hicieron reír mucho, prácticamente no lo conocía pero sabía que nos íbamos a llevar muy bien. Le devolví las palmaditas en la espalda y le dije:
-          No te preocupes chico, no soy  de los que se enamoran fácil.
-          Esa es la actitud que me gusta, ahora ven por aquí que te voy mostrar un poco la mecánica del trabajo.

Las horas fueron pasando, de a poco fui conociendo al resto de mis compañeros y aprendiendo el manejo del lugar. A eso de las 17:30 se abrieron nuevamente las puertas del buffet y comenzaron a llegar los primeros huéspedes para cenar. Con el correr del tiempo el lugar se empezó a llenar y  se convirtió en un bullicio terrible. La gente iba y venía con platos llenos de comida y nosotros tras ellos viendo que no les falte nada.


En un momento, me detuve un minuto para acomodarme la camisa y cuando levanté la vista vi que en una de las mesas había una madre joven con un niño de unos nueve años. Me llamó un poco la atención su vestimenta ya que parecían de otra época pero como los turistas suelen vestirse de manera extravagante no me detuve mucho en ese detalle. Lo que si no pude pasar por alto fue que cuando me acerqué para preguntarles que querían beber, ellos ya no estaban allí ni en ningún otro lado. 


viernes, 24 de marzo de 2017

Un amor all inclusive II

Eran las seis de la mañana cuando me tomé el autobús para Varadero. Apenas salía el Sol pero las calles estaban bastantes concurridas.

Cuando pasamos por la plaza de la Revolución me despedí de la figura del Che, no solo porque no sabía cuándo la volvería a ver, sino porque considero que  cuando algo se termina, temporal o definitivamente, hay  que anunciarlo para que la mente lo entienda.

Doblamos y tomamos por el Malecón. Ahora sí se podía ver que estaba ingresando el frente frío porque las olas habían crecido y se movían violentamente como los recuerdos en mi cabeza.
Es cierto que no me estaba muriendo pero  cuando uno pasa  por un lugar donde vivió momentos tan importantes es imposible no pensar en todo lo ocurrido. En esa calle,mi papá me enseñó a andar en bicicleta, di mi primer beso, probé mi primera cerveza. A esa calle iba cada vez que necesitaba pensar y ahí tomé la decisión de irme.

Mientras avanzábamos en el camino, se podía ver la transición del agitado paisaje urbano de La Habana a la tranquilidad de los diferentes pueblos.

Creo que no paré de pensar en todo el viaje. Si bien no estaba arrepentido  de mi decisión, dudaba del trabajo  que había tomado. Me estaba yendo a trabajar de mozo a un hotel All Inclusive. Claramente el problema no era ser mozo y hasta podría decir que  tampoco lo era el all inclusive. Si bien es un choque de mundos y, para los cubanos, una realidad  totalmente diferente, ya estamos acostumbrados al abismo que hay entre los lugares hechos para los turistas y aquellos donde vivimos nosotros. El problema sin duda era en lo que se transformaban las personas dentro de esa burbuja.
El autobús frenó de golpe interrumpiendo mis pensamientos. Ya habíamos llegado a destino.




lunes, 20 de febrero de 2017

Un amor all inclusive I

Cuando terminé de poner en el bolso lo último que me quedaba, me di vuelta y, como no podía ser de otro modo, ahí estaba mi mamá, parada en la puerta llorando como en cada momento que acreditaba que me estaba transformando en un hombre.
-          Voy  a estar a solo tres horas de aquí y te voy a llamar todos los días. ¿Puedes dejar el dramatismo por una vez en tu vida?
-          ¡Dramatismo tu abuela! Te quiero ver a vos cuando tu único hijo ya sea lo suficientemente grande como para dejar de la casa de  sus padres y se vaya a trabajar a  otra  provincia.
Esta vez se puso a llorar peor. Le di un fuerte abrazo y un beso en la mejilla.
-          Me voy a caminar un rato, ¿sí? Vuelvo enseguida.

Aunque era invierno y pronosticaban la llegada de un frente frío, aquella noche era perfecta. Empecé a caminar sin rumbo por la típica oscuridad cubana, esa que odiaba y  amaba a la vez solo porque permitía que se vieran muchas más estrellas que en cualquier lado.

Me llamo Diego, tengo 22 años y soy medio cubano y medio argentino. Puede ser que por eso suelo ver las cosas de otro modo.  
Todo empezó hace 24 años atrás cuando mi mamá vino a vacacionar aquí, lo conoció a mi papá y nunca más quiso irse de su lado. Hasta el día de hoy son muy felices a pesar de sus diferencias que aunque ellos digan que  no, son muy notorias.

Con respecto a mi crianza, mi papá hizo lo imposible para inculcarme su ideología  comunista, sin embargo, mi mamá, inconscientemente, me mostró que fuera de la isla había otra realidad, una realidad que siempre me gustó mucho más  que esta.

Cuando terminé el colegio, a pesar de las súplicas de mi familia, decidí no ir a la universidad. No me interesaba  estudiar una  carrera  que no me haría feliz.  Yo quería  ser publicista, como lo era mi mamá antes de irse de Argentina, pero como todos saben, la publicidad  es palabra prohibida en Cuba asique preferí ganarme la vida de otra  cosa.


Fui mozo, taxista, vendedor, fotógrafo y hasta un improvisado guía turístico pero dentro de mí había algo que me inquietaba, algo que me decía que pronto iba a pasar algo. Así fue como tomé la decisión de irme de La Habana a Varadero.